Un intercambio de parejas con una regla humillante
Marina y Lucía siempre habían sido inseparables. Se llevaban apenas un año y, desde niñas, no había secreto que una le ocultara a la otra. Crecieron compartiéndolo todo: la ropa, los amigos, las primeras decepciones. De adultas, casadas cada una por su lado, esa costumbre no se rompió. Simplemente cambiaron de tema.
Marina, la mayor, hablaba sin pudor de lo bien que se las arreglaba su marido, Diego. Decía que tenía un cuerpo grande, manos firmes y una manera de tomarse las cosas que no admitía dudas. Que en la cama mandaba él, y que a ella eso le gustaba más de lo que estaba dispuesta a confesar en voz alta.
Lucía, en cambio, suspiraba cada vez que tocaba el tema de Tomás. Su marido era atento, dulce, incapaz de levantarle la voz. Lo que le faltaba de iniciativa lo compensaba con paciencia y con una lengua que, eso sí, sabía usar.
—Tienes suerte de tener a Diego —dijo Lucía una tarde, removiendo el café—. En cinco años de matrimonio, Tomás nunca ha conseguido que me corra como me gustaría. Lo intenta, pobre, pero no es lo mismo.
—No te creas que es todo perfecto —respondió Marina—. Diego es egoísta a su manera. Está tan convencido de que su cuerpo es un regalo del cielo que casi nunca se molesta en darme placer con la boca. Llega, hace lo suyo, y listo.
—Pues yo a veces me pregunto qué se sentirá con un hombre así —admitió Lucía, bajando la voz aunque estuvieran solas—. Tomás es el único que he conocido. Nunca he probado otra cosa.
Marina dejó la taza sobre la mesa muy despacio. La idea ya estaba en su cabeza, redonda y completa, antes de que terminara de pronunciarla.
—Tengo una propuesta —dijo, conteniendo una sonrisa—. ¿Y si intercambiamos por una noche? Nunca te lo había dicho, pero Diego ha comentado más de una vez que no le importaría estar contigo. Y dudo mucho que Tomás rechace una oportunidad así.
Lucía abrió la boca para protestar, pero no le salió nada. La curiosidad pesaba más que el escándalo.
***
Esa misma noche, Marina le planteó el asunto a Diego. Él, fiel a su carácter, aceptó al instante. Pero puso una condición que dejó claro que el intercambio sería bajo sus reglas.
—De acuerdo, pero hay un detalle —dijo recostado en la cama, con esa calma que a Marina le erizaba la piel—. Yo me ocupo de tu hermana como se merece. Tomás, en cambio, no la toca a usted con nada más que la lengua. Nada de meterla. Que se quede en lo que sabe hacer.
—Me parece justo —contestó Marina, divertida—. Por lo que cuenta Lucía, tampoco notaría gran diferencia. Es más, si quieres, podemos asegurarnos. Tengo entendido que existen unas jaulas de castidad para hombres. Sería… educativo.
Diego se rió con ganas. La idea le encantó.
Al otro lado de la ciudad, esa misma noche, Lucía tuvo su propia conversación. Le explicó a Tomás el plan completo: el intercambio, la condición de Diego, la jaula, el hecho de que él solo tendría permitido usar la boca.
—Eso no es justo —se quejó Tomás, más herido que enfadado—. Él puede estar contigo de verdad y yo solo puedo lamer a tu hermana.
—Lo siento, cariño, pero así es el trato —respondió Lucía con una firmeza que a ella misma la sorprendió—. Además, voy a dejar que Diego me haga lo que quiera, de todas las formas que se le ocurran. Así que tú bien puedes conformarte con probar a Marina. Algo es algo.
Tomás bajó la mirada. No tenía argumentos. Y, en el fondo de esa rendición, había algo que no se atrevía a nombrar y que le hacía latir el pulso más rápido.
***
El plan se montó para el sábado siguiente. Los cuatro cenarían en casa de Lucía y Tomás, y al final de la velada cada quien se iría con la pareja que le tocaba esa noche.
Diego llegó de un humor excelente. Felicitó a Lucía por cómo se veía, le rozó la cintura al pasar y, en un momento, le dio una palmada juguetona en el trasero mientras Tomás miraba desde la cocina sin saber dónde meter las manos. El gesto lo decía todo: aquella noche, Diego se sentía dueño del lugar.
Cenaron, bebieron un par de copas de vino y dejaron los platos lavados. La conversación se fue volviendo más densa, cargada de miradas que ya no disimulaban nada. Cuando se hizo el silencio, las dos hermanas se cruzaron una sonrisa cómplice. Había llegado el momento.
—Bueno, Tomás —dijo Lucía, levantándose—. Ya sabes lo que toca. Desnúdate.
La humillación empezó ahí, delante de todos. Tomás obedeció con las mejillas ardiendo, y fue el propio Diego quien insistió en colocarle la jaula. Era una pequeña funda de plástico que se cerraba sobre el pene con un candado de latón diminuto. Tomás se quedó de pie en medio del salón, las manos en la nuca y la vista al frente, mientras el otro hombre le ajustaba el dispositivo a la vista de las dos mujeres.
—Esto te va a quitar las ganas de hacer travesuras —se burló Diego, guardándose la llave en el bolsillo del pantalón con una lentitud calculada—. No es que pudieras hacer mucho, pero más vale prevenir.
Y con eso, todavía riéndose, tomó a Lucía de la mano y la guió escaleras arriba.
***
Tomás se quedó solo con Marina, más nervioso de lo que había estado en toda su vida. Ella lo miró de arriba abajo, paladeando el poder que acababa de caer en sus manos.
—Ponte esto —le dijo, sacando de una bolsa varias prendas. Eran de mujer: un sostén negro, unas bragas a juego, medias y un liguero.
—Pero… eso es ropa de mujer —tartamudeó él—. ¿Por qué tengo que ponérmela?
—Porque nunca has sido capaz de satisfacer a mi hermana —respondió Marina sin perder la sonrisa—. Y porque esta noche vas a hacer lo que yo diga. Póntela.
Rojo de vergüenza, Tomás obedeció. Se enfundó el sostén, las bragas, las medias sujetas por el liguero, y hasta unos zapatos de tacón que le quedaban incómodos. Cada prenda lo hundía un poco más, y, sin embargo, no encontraba en sí mismo ni una pizca de voluntad para negarse.
Marina, para reforzar su dominio, le esposó las muñecas a la espalda. Después le pasó por el cuello un collar con una correa y tiró de ella para probar la tensión.
—Mucho mejor —murmuró satisfecha.
Se sentó en el sofá, se levantó la falda y se bajó las bragas con una calma exasperante. Tenía el sexo cuidado, depilado, enmarcado por unas medias casi idénticas a las que él llevaba puestas. La ironía no se le escapó a ninguno de los dos.
—No te quedes ahí parado con la boca abierta —ordenó ella, dando un tirón seco a la correa—. Arrodíllate y lámelo. Ya.
Qué humillante es todo esto, pensó Tomás mientras se dejaba caer de rodillas sobre la alfombra.
Ahí estaba, vestido de mujer, atado y de rodillas, rindiendo tributo al sexo de su cuñada, mientras a su propia esposa se la llevaba otro hombre al piso de arriba.
***
Tomás apenas podía concentrarse en lo que hacía con la lengua. Desde el dormitorio bajaba un escándalo imposible de ignorar. La cama golpeaba la pared con un ritmo brutal, y Lucía, que siempre había sido callada en la intimidad, gritaba de una manera que él no le había oído jamás en cinco años.
Se detuvo un segundo, alarmado.
—Creo que le está haciendo daño —dijo.
—No seas idiota —bramó Marina, apretándole la cabeza de nuevo contra su sexo—. ¿No reconoces los gritos de una mujer cuando un hombre de verdad se la está follando? Sigue trabajando.
Tomás volvió a su tarea. Lamía despacio, con cuidado, sintiendo cómo Marina se humedecía y se movía contra su boca cada vez con más impaciencia. Por encima de ellos, los muelles del colchón aullaban sin descanso.
—Así, justo así —jadeaba Marina, clavándole las uñas en la nuca—. Más fuerte. Para algo tienes que servir.
—Sí… sí… ¡no pares! —se escuchó desde arriba, la voz de Lucía quebrada por el placer.
Y entonces ocurrió algo casi absurdo: las dos hermanas se corrieron casi al mismo tiempo. Lucía, montada sobre el cuerpo de Diego; Marina, estremeciéndose contra la lengua de un hombre vestido con su misma lencería. La casa entera se llenó de sus gemidos, y después, de golpe, cayó en silencio.
Tomás separó por fin la cara de entre los muslos de Marina. Tenía la barbilla húmeda y la respiración entrecortada.
—Levántate —ordenó ella, ya recuperada, tirando de la correa hacia las escaleras—. Todavía te queda un trabajo por hacer.
***
Con las piernas temblorosas por la postura y por los nervios, Tomás siguió a Marina hasta el dormitorio. Al cruzar la puerta se encontró con la escena que llevaba toda la noche imaginando sin atreverse a hacerlo: su esposa tendida sobre la cama, las piernas abiertas, el cuerpo brillante de sudor y la marca evidente de lo que acababa de pasar.
—Límpiala —dijo Diego desde el respaldo, en un tono que no dejaba lugar a réplica.
—Vamos, ¿dónde están tus modales? —añadió Lucía, todavía agitada—. Ni siquiera le has dado las gracias a Diego por ocuparse de mí como tú no sabes.
—Gracias —murmuró Tomás, casi sin voz.
—Gracias, señor —lo corrigió Marina, tensando la correa.
—Perdón… gracias, señor —repitió él.
Más sometido que en ningún otro momento de su vida, Tomás se subió a la cama y se colocó entre las piernas de su mujer, que llevaba unas medias casi gemelas de las suyas. Se inclinó y empezó a lamer aquel sexo que tantas veces había besado antes, solo que esta noche todo era distinto y él lo sabía perfectamente.
—Más te vale acostumbrarte —dijo Diego, observándolo con una sonrisa ladeada—. A partir de ahora esto va a ser lo tuyo.
—Sí, mi pequeño marido —añadió Lucía, acariciándole el pelo con una ternura que dolía más que cualquier insulto—. De ahora en adelante, de mí se encarga Diego. Tú sirves para esto, y solo para esto. ¿Entendido?
—Sí, señora —respondió Tomás.
Y mientras seguía cumpliendo su nueva función, escuchó cómo las dos hermanas empezaban a hablar entre risas de la próxima vez, como si todo aquello hubiera sido siempre así. Por primera vez en mucho tiempo, Tomás supo cuál era exactamente su lugar. Y lo más perturbador de todo era que ya no estaba seguro de querer escapar de él.