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Relatos Ardientes

El regalo que mi marido pidió por mi cumpleaños

Cumplí treinta y dos un martes de octubre, y para entonces ya sabía que el regalo de Adrián no iba a ser un collar. Llevaba semanas rondando el tema, primero con bromas, después con una insistencia que se le escapaba en la cama, cuando me susurraba al oído cosas que antes no se atrevía a decir. Yo dejaba que hablara. Me gustaba el calor que le subía a la voz, esa urgencia tan poco suya.

El piso de Ruzafa estaba preparado cuando salí de la ducha. Velas de higo en la mesa baja, dos botellas de tinto abiertas para que respiraran, bandejas de comida que él había ordenado por la tarde. Me sequé el pelo despacio frente al espejo del dormitorio, en ropa interior, observando cómo me miraba desde la puerta.

—Estás preciosa —dijo, y se acercó por detrás. Me besó el hombro, la nuca, ese punto que conoce de memoria—. ¿Te lo pondrás? El vestido vino.

Sabía a cuál se refería. El de seda, el que se ajusta como una segunda piel y tiene un escote que baja más de lo prudente.

—¿Para Bruno y para Maxi? —pregunté, sin girarme, mirándolo a los ojos en el reflejo.

Tragó saliva. Ahí estaba: el tema que llevaba meses sin nombrar del todo.

—Solo si tú quieres —respondió, y la voz le tembló—. Solo si te apetece. Lo paramos cuando digas. Una palabra y se acaba.

Me di la vuelta. Le tomé la cara entre las manos.

—Lo he pensado, Adrián. Mucho más que tú, seguramente. —Le sonreí—. Pero las reglas las pongo yo. Esta noche mando yo. ¿Lo entiendes?

Asintió tan rápido que casi me dio ternura.

—Lo entiendo.

—Tú miras. No tocas hasta que yo lo diga. Y si decido que no, te quedas con las ganas. Ese es tu regalo: dármelo todo y no controlar nada.

Vi cómo se le oscurecían los ojos. Llevaba años casada con este hombre y nunca lo había visto tan excitado como en ese instante, rendido antes de empezar.

—Sí —murmuró—. Sí.

***

Me puse el vestido. Sin sujetador, como él había imaginado tantas noches, pero no porque él lo pidiera: porque yo quería sentir la seda directa sobre la piel, el roce de cada respiración. Tacones, el pelo suelto, un toque de perfume en las muñecas y detrás de las rodillas. Cuando salí del baño, Adrián estaba sentado en el sofá como un niño esperando permiso.

El timbre sonó a las nueve.

Bruno entró primero. Lo conocía de las cenas de empresa: alto, ancho de hombros, con esa seguridad de quien sabe que gusta y no necesita demostrarlo. Detrás, Maxi, más callado, de manos grandes y una sonrisa lenta que tardaba en llegar pero que valía la pena esperar. Los dos me felicitaron con un beso en la mejilla, uno en cada lado, y noté cómo se demoraban medio segundo de más respirando mi perfume.

—Feliz cumpleaños —dijo Bruno, y sus ojos recorrieron el vestido sin disimulo—. Adrián no exageraba.

—Adrián habla demasiado —respondí, y serví el vino yo misma—. Esta noche habla menos.

Se rieron. Adrián también, aunque el suyo fue un sonido nervioso. Nos sentamos. La conversación fluyó fácil al principio: el trabajo, una serie que todos habíamos visto, un viaje que Maxi planeaba para el verano. Pero la tensión estaba debajo de cada frase, espesa como el aroma de las velas. Yo la alimentaba con calma. Cruzaba las piernas despacio. Me llevaba la copa a los labios y la dejaba ahí un instante de más. Sabía exactamente lo que hacía.

A la media hora, Bruno apoyó la mano en mi rodilla. No la aparté. Lo miré, sostuve su mirada, y solo entonces le di permiso con un gesto mínimo de la cabeza. Su mano subió un poco. Despacio. Lo justo.

—Ella decide —dijo Adrián desde su sillón, con la voz rota—. Lo que ella diga.

—Cállate, amor —le contesté sin mirarlo—. Tú miras.

***

Fui yo quien besó a Bruno primero. Me incliné, le sujeté la mandíbula y lo besé despacio, marcando el ritmo, mordiéndole el labio cuando intentó acelerar. Maxi se acercó por el otro lado y le ofrecí el cuello, la clavícula, el borde del escote. Cuatro manos empezaron a recorrerme, pero eran mis reglas las que decidían hasta dónde y cuándo.

—El vestido se queda —dije, cuando uno de ellos buscó la cremallera—. Por ahora.

Sentí el aire frío cuando la seda cedió igualmente unos centímetros, lo suficiente para que la boca de Maxi encontrara mi pecho. Cerré los ojos. La lengua tibia, la barba raspándome la piel, la otra mano de Bruno subiendo por el muslo hasta el borde del encaje. Desde el sillón llegaba la respiración entrecortada de Adrián, rápida, contenida.

—Mírame —le ordené, y abrí los ojos para encontrar los suyos—. Quiero que veas cuánto lo disfruto.

Lo vi asentir, con la mano apretando el reposabrazos, sin atreverse a más porque yo no lo había permitido. Esa era la parte que más me gustaba: no la piel de ellos, sino el poder. La certeza de que toda la habitación giraba alrededor de lo que yo quisiera.

Me deslicé hasta el suelo, sobre la alfombra, y los hice arrodillarse conmigo. Le bajé los pantalones a Bruno yo misma, sin prisa, y lo tomé en la boca mientras Maxi me apartaba el pelo de la cara con una delicadeza que no esperaba de unas manos tan grandes. Iba a mi ritmo. Cuando Bruno intentó marcarlo con la mano en mi nuca, levanté la vista y me detuve hasta que la apartó. Aprendió rápido.

—Buen chico —dije, y volví a bajar la cabeza.

Adrián gimió desde el sillón. Le lancé una mirada de reojo, una sonrisa.

—¿Te gusta lo que ves?

—Sí —jadeó—. Dios, sí.

—Entonces sigue mirando. Y no te toques hasta que yo lo diga.

***

Me llevaron al sofá cuando se lo permití, no antes. Esta vez dejé que la seda cayera del todo. Quedé desnuda entre los dos, y por un momento la mirada de ambos recorriéndome fue casi tan intensa como el contacto. Maxi se tendió debajo de mí; lo guié yo, con la mano, hundiéndolo despacio, marcando cada centímetro hasta que estuve lista. Bruno esperaba detrás, su pecho contra mi espalda, su boca en mi hombro, paciente porque yo se lo había exigido.

Me moví como quise. Subía, bajaba, me detenía cuando estaba a punto solo para alargar el momento, para escuchar cómo se les escapaba el aire a los dos. Bruno me rodeaba con un brazo, su mano abierta sobre mi vientre, y con la otra recorría sitios que me hacían arquear la espalda. El placer venía en oleadas largas, controladas, mías.

—Ahora tú —le dije a Bruno, y le di permiso para más con un movimiento de mis caderas.

Lo que siguió lo dirigí yo entera: el ritmo de uno, la boca del otro, mis propias manos guiando, deteniendo, exigiendo. Cuando me corrí, fue alto y largo, una sacudida que me dobló sobre el pecho de Maxi mientras Bruno me sostenía las caderas. No fingí nada. No me hizo falta. Hacía años que no sentía algo tan limpio, tan sin reservas.

Los dejé terminar cuando yo ya había terminado, no antes. Y solo entonces, ronca, sin aliento, miré a mi marido.

—Ahora puedes.

Pero Adrián ya casi no podía. Estaba al borde de las lágrimas, esa mezcla de placer y algo más hondo que ninguno de los tres había anticipado.

***

Bruno y Maxi se vistieron en silencio, con una cortesía casi tímida después de todo lo anterior. Les agradecí la noche con un beso a cada uno, ya envuelta en la bata, dueña de mí otra vez. No hubo promesas de repetir. No las quería y ellos lo entendieron.

—Feliz cumpleaños, de verdad —dijo Maxi en la puerta, y por primera vez su sonrisa lenta me pareció sincera y no calculada.

Cuando se cerró la puerta, el piso quedó en silencio. Solo las velas, ya bajas, y Adrián en el sofá, mirándome como si esperara que volviera a sentarme en su regazo y le dijera que todo seguía igual.

Me serví la última copa de vino. Me senté frente a él, no a su lado.

—¿Estás bien? —preguntó, con esa voz pequeña.

—Estoy perfecta —respondí, y era verdad—. Mejor que en mucho tiempo.

Sonrió aliviado, y ahí entendí que no había comprendido nada. Que creía que esto había sido un regalo para él, una fantasía suya cumplida, algo que lo ataría más a mí. Dejé la copa.

—Adrián, escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. —Esperé a tener toda su atención—. Esta noche no ha sido por ti. Llevabas meses pidiéndomela como si fuera tuya, y te dejé creerlo porque me convenía. Pero he sido yo la que ha mandado, de principio a fin. Y por primera vez en años he sentido exactamente lo que quería sentir.

La sonrisa se le borró despacio.

—No te entiendo.

—Lo sé. Ese es el problema. —Me levanté—. No habrá una segunda vez. Ni con ellos, ni de ninguna otra forma. Lo de esta noche me ha dejado clarísimo algo que llevaba mucho tiempo sin mirar de frente: que me he pasado años conformándome. Reduciéndome para que tú estuvieras cómodo. Pidiendo permiso para cosas que tendría que haberme dado yo sola.

Se puso de pie, asustado.

—Espera… ¿esto es por…? Yo solo quería hacerte feliz.

—Lo sé. Y lo conseguiste, sin querer. —Recogí mi vestido del suelo y lo doblé sobre el brazo del sofá—. Me has regalado la noche en la que recordé quién soy cuando mando yo. No puedo desaprenderlo. Y no quiero.

—Nadia, por favor…

—Mañana hablamos de lo práctico —dije, y mi voz salió tranquila, sin rencor, casi suave—. Esta noche déjame disfrutarla entera.

Fui hasta la habitación. En la puerta me giré. Él seguía de pie en medio del salón, entre las velas casi consumidas y dos copas vacías, sin entender todavía que el regalo no había sido para él.

—Feliz cumpleaños a mí —dije, y cerré la puerta.

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Comentarios (5)

ValentinaS

Que historia tan bien narrada!! De esas que te atrapan desde la primera linea y no te sueltan hasta el final.

MarcelaCBA

Por favor necesito la continuacion!! No me puedo quedar con las ganas de saber que paso despues

LauraG_75

Me encanto, se siente muy autentico. Esas dinamicas de pareja son complicadas y las retrataste perfectamente.

torino_rdg

buenisimo, uno de los mejores relatos que lei aca ultimamente

SoleRosario

El titulo me llamo la atencion y el relato supero las expectativas. Muy bien escrito!

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