El juego de cartas con mi marido y mi compañero
Pocas cosas cambiaron tras aquel invierno. Nuestra vida de pareja siguió siendo la de siempre, tranquila y cómplice, y con Adrián tampoco se torció nada. En la oficina nos tratábamos igual que antes, incluso cuando, sin buscarlo, coincidíamos solos en la sala de reuniones o en la máquina de café. No volvimos a mencionar lo que había pasado. Era como si hubiéramos firmado un pacto de silencio sin haberlo negociado nunca.
Lo entendí como parte del acuerdo al que llegó con mi marido aquella vez. Pero jamás olvidé lo de aquel día. De hecho, más de una vez volvió a mí en mis ratos a solas, una imagen recurrente que me aceleraba el pulso. Y, por algo que Adrián me dejó caer entonces, estoy convencida de que a él le pasaba lo mismo.
Fue ya entrada la primavera cuando el fantasma de aquel encuentro volvió a sobrevolar nuestra cama. Serían las cuatro de la madrugada de un sábado. Me había despertado un sueño raro, algo de agua salada y arena, con la garganta seca y el cuerpo encendido. Bajé a la cocina, bebí un vaso de zumo y volví a meterme desnuda entre las sábanas.
Bruno dormía boca abajo, plácido. Tomé su mano dormida y la guié entre mis piernas, primero para mí, mientras él iba saliendo despacio de la inconsciencia y tomaba la iniciativa. Y fue entonces, cuando ya me abrazaba por la espalda y se movía dentro de mí, cuando se destapó lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta.
—¿Te apetecería que invitáramos a Adrián a cenar algún día? —me susurró al oído, entre embestidas lentas.
La pregunta me dejó descolocada. No sé qué me sorprendió más, si la casualidad de que los dos estuviéramos pensando lo mismo o que él se hubiera atrevido a decirlo.
—¿Y a ti? —respondí, devolviéndole la pelota mientras controlaba el vaivén de mis caderas para que no saliera de mí.
—Sí. Si a ti te apetece, a mí también —contestó, sin comprometerse más de lo necesario.
—¿Solo a cenar? —repliqué, con la malicia que me prestaba la excitación.
—Bueno. Después podríamos jugar a algo, si os apetece —murmuró con la voz entrecortada.
Y ahí se acabó la conversación, arrastrada por el oleaje de un orgasmo que nos pilló a los dos a la vez. Inconclusa, que no imprecisa.
***
El viernes siguiente, despidiéndonos en el aparcamiento de la empresa, le pregunté a Adrián si le apetecía compartir mesa esa noche en casa. Se puso colorado hasta las orejas, pero dijo que sí. Se lo conté a Bruno durante la comida, con tiempo de sobra para cancelar cualquier plan, por supuesto. Le entraron algunas dudas, pero no llegó a decir que no. La mayor pega que puso fue por el menú, o por la falta de él. Nada que no resolviéramos con un par de pizzas y un pack de cervezas.
Sobre las siete empezó el desfile de duchas y armario. Los dos nos pusimos cómodos, ni demasiado formales ni demasiado de andar por casa. Un polo y unas bermudas para él. Una camiseta de tirantes y unos leggings hasta la pantorrilla para mí. Debajo, eso sí, fui más cuidadosa. Elegí un conjunto de lencería blanca preciosa, con un tanga cuya parte delantera era lo bastante transparente como para adivinar que iba completamente depilada sin necesidad de quitármelo. Y nada más. Pasara lo que pasase, alguien iba a disfrutarlo esa noche.
La cena transcurrió con normalidad. Conforme avanzaban los minutos, los tres nos fuimos soltando. Hablábamos sobre todo de la oficina, de sus líos y de sus incompetencias, un tema del que Bruno estaba perfectamente al tanto, así que nunca quedó fuera de la conversación. Cuando terminamos, recogimos entre los tres y, ya en la cocina, mi marido nos invitó a pasar al salón mientras él preparaba unas copas. Malibú con piña para mí, un combinado más fuerte para ellos dos, y un bol de palomitas para acompañar las anécdotas.
Fue entonces, con los vasos ya solo llenos del agua de los hielos derretidos, cuando me lancé al vacío.
—¿Os apetece jugar a algo? —pregunté, lanzándole a Bruno una mirada desafiante, tratando de medir hasta dónde quería llegar, si es que a esas alturas quedaba algo de camino por recorrer.
Su respuesta me sorprendió para bien. Se levantó, rebuscó en los cajones del mueble hasta dar con una baraja y la dejó sobre la mesa baja.
—¿Conocéis la carta más alta? —preguntó—. Es muy sencillo, por si acaso. Jugamos a la carta más alta. El que gana es la madre, el que saca la más baja pierde prenda. La madre puede mandar sobre cualquiera de los otros dos. Y si salen dos o tres cartas iguales, perdemos prenda todos. ¿Vale?
—Por mí, bien —respondí, dándome exactamente igual qué formato eligiera.
—Por mí también —repitió Adrián, como un eco nervioso.
—De acuerdo, entonces —siguió Bruno con las normas—. No se puede ordenar nada que implique quitarse ropa.
—¿Y cuánto duran las órdenes? —preguntó Adrián, para sorpresa de los dos, como si de pronto hubiera tomado conciencia de las verdaderas intenciones de todo aquel teatro.
—La suma de las cartas que haya sobre la mesa. ¿Os parece bien?
—Me parece poco —rebatí con una sonrisa.
—Está bien —resopló mi marido, acercándose otra vez al mueble y cogiendo un dado—. La suma de las cartas multiplicada por la tirada del dado. ¿Mejor así?
—Ajá —asentimos Adrián y yo al mismo tiempo.
***
Si algo caracteriza a Bruno es la increíble mala suerte que tiene siempre con las cartas. Sobre todo cuando soy yo quien está enfrente. Creo recordar que hicieron falta apenas siete manos para que se quedara completamente desnudo, aunque, quizá, esta vez la cosa no le parecía tan mala. Yo, por mi parte, solo había perdido los pantalones, que no era poco, y Adrián la camiseta. Las órdenes, todavía tímidas y limitadas por la ropa, habían ido caldeando el ambiente.
Más aún tras la jugada siguiente, en la que saqué la carta más baja, lo que dejó a Adrián en calzoncillos y por fin le dio el mando a mi marido.
—¿Y bien? ¿Qué va a ser? —pregunté, engolando la voz como un mayordomo.
Bruno nos miró sonriendo. Tiró el dado, sumó y multiplicó. Cuarenta y cinco segundos. Menos era nada.
—Vera, quiero que le quites los calzoncillos a Adrián con los dientes —sentenció.
Y, como tenía que obedecer, decidí hacerlo añadiéndole un poco más de sal a la escena. Avancé a cuatro patas hacia Adrián, que se reacomodó en el sillón para facilitarme la tarea. Una vez a su altura, sujeté su cadera y mordí con cuidado la cinturilla elástica.
—Sin manos —oí desde detrás de mí.
—Vale —contesté—. Sin manos tendrá que ser.
Tiré con fuerza y bajé la parte delantera hasta que se enganchó con la punta de una erección más que evidente. Busqué los laterales, la parte de atrás, intenté hacer lo mismo por todos lados, pero era inútil. Adrián seguía con los calzoncillos puestos porque su propia excitación impedía que cayeran.
—Tengo un problema —le dije a Bruno, mirándolo con falsa cara de pena—. Su polla no quiere que se los quite.
Sabía perfectamente cómo lo encendía que usara ese tipo de lenguaje en la intimidad. Me imagino lo que tuvo que ser para él oírlo en esas circunstancias.
—Está bien —dijo, visiblemente rojo por el sofoco—. Te dejo usar una mano, pero solo un segundo.
Rodeé el tronco de Adrián con los dedos. Echaba de menos ese tacto, ese calor, esa dureza. Tiré despacio de la parte delantera y por fin liberé la prenda, dejando que su glande me rozara la mejilla. Me contoneé un poco y de la boca de mi compañero se escapó un suspiro bajo. Pero el tiempo se acabó y ahora los dos estaban completamente desnudos en el salón de mi casa.
***
Aquello, en realidad, solo había sido el calentamiento. Volvimos a repartir, y esta vez la fortuna me sonrió a mí: saqué la carta más alta y me convertí en la madre. Tiré el dado con calma, hice la cuenta y miré a los dos hombres desnudos que esperaban frente a mí, sentados en el sofá, sin saber qué hacer con las manos.
—Adrián —dije, saboreando cada sílaba—, quiero que te pongas de rodillas delante de mí.
Lo hizo sin protestar. Me bajé el tanga blanco hasta los tobillos y lo aparté con el pie. Le sujeté la cabeza y lo acerqué a mí. No tuve que decir nada más. Su lengua se movió despacio, con una atención casi reverente, mientras yo buscaba con la mirada a mi marido. Bruno se acariciaba lentamente, sin perderse un solo detalle, y esa imagen me gustó más de lo que esperaba: él mirando, Adrián de rodillas, yo al mando de los dos.
—No pares —le ordené a Adrián cuando intentó tomar aire—. Todavía no.
El reloj de la orden corría a mi favor. Apoyé la espalda en el respaldo del sillón, abrí un poco más las piernas y dejé que la tensión de toda la noche se concentrara en un solo punto. Cuando llegó, me mordí el labio para no gritar demasiado fuerte y le clavé los dedos en el pelo a Adrián hasta que el último temblor me recorrió entera.
—Ahora tú —le dije a Bruno, todavía con la respiración entrecortada—. Ven aquí.
Las cartas, el dado y las prendas quedaron olvidados sobre la mesa. Ya no hacían falta las reglas. Tiré de mi marido hacia el sillón y lo besé como no lo besaba en meses, mientras Adrián, detrás de mí, recorría mi espalda con la boca. Tener a los dos a la vez, sentir dos pares de manos reclamándome al mismo tiempo, era exactamente lo que llevaba semanas imaginando en mis ratos a solas.
Me coloqué a horcajadas sobre Bruno, de cara a él, para poder ver su gesto cuando entrara en mí. Adrián esperó su turno con una paciencia que le agradecí, acariciándome las caderas, hasta que yo misma lo guié. Lo que vino después no tuvo nada de juego de mesa. Fue lento al principio y luego dejó de serlo. Mi marido me sujetaba la cintura, Adrián marcaba el ritmo desde atrás, y yo solo tenía que dejarme llevar entre los dos, repartiendo besos, jadeos y órdenes que ya nadie se molestaba en cumplir al pie de la letra.
No sé cuánto duró. Sé que terminamos los tres enredados en el sillón, sin aliento, riéndonos por lo bajo de lo absurdo y maravilloso de la situación. Bruno me besó la sien. Adrián, todavía sin recuperar el ritmo de la respiración, fue el primero en hablar.
—¿Y ahora cómo volvemos a tratarnos el lunes en la oficina?
Me reí contra el pecho de mi marido.
—Igual que siempre —contesté—. Como si no hubiera pasado nada.
Y, como la otra vez, así fue. En el trabajo seguimos siendo los de siempre, correctos y distantes, con ese pacto de silencio que nunca necesitamos negociar. Pero las dos copas que quedaron a medias aquella noche fueron solo las primeras. Porque algo me dice, por cómo Adrián me mira ahora cuando coincidimos solos junto a la máquina de café, que esta partida no ha hecho más que empezar.