Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El juego de cartas con mi marido y mi compañero

Pocas cosas cambiaron tras aquel invierno. Nuestra vida de pareja siguió siendo la de siempre, tranquila y cómplice, y con Adrián tampoco se torció nada. En la oficina nos tratábamos igual que antes, incluso cuando, sin buscarlo, coincidíamos solos en la sala de reuniones o en la máquina de café. No volvimos a mencionar lo que había pasado. Era como si hubiéramos firmado un pacto de silencio sin haberlo negociado nunca.

Lo entendí como parte del acuerdo al que llegó con mi marido aquella vez. Pero jamás olvidé lo de aquel día. De hecho, más de una vez volvió a mí en mis ratos a solas, una imagen recurrente que me aceleraba el pulso y me dejaba con las bragas empapadas y dos dedos hundidos en el coño. Y, por algo que Adrián me dejó caer entonces, estoy convencida de que a él le pasaba lo mismo, que más de una noche se la había meneado pensando en mí.

Fue ya entrada la primavera cuando el fantasma de aquel encuentro volvió a sobrevolar nuestra cama. Serían las cuatro de la madrugada de un sábado. Me había despertado un sueño raro, algo de agua salada y arena, con la garganta seca y el coño tan encendido que sentía el latido entre los muslos. Bajé a la cocina, bebí un vaso de zumo y volví a meterme desnuda entre las sábanas.

Bruno dormía boca abajo, plácido. Tomé su mano dormida y la guié entre mis piernas, restregándome los dedos por los labios ya mojados, empujando su índice y su corazón hasta que se hundieron en mi coño hasta los nudillos. Me froté contra su palma buscando el clítoris hasta que noté cómo se le ponía dura la polla contra mi cadera y salía despacio de la inconsciencia. Se dio la vuelta, me buscó la boca, me chupó los pezones uno a uno hasta dejármelos duros como piedras, y me la metió por detrás, en cucharita, apretándome una teta con una mano y jugando con mi coño con la otra. Y fue entonces, cuando ya me abrazaba por la espalda y bombeaba dentro de mí con embestidas lentas y profundas, cuando se destapó lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta.

—¿Te apetecería que invitáramos a Adrián a cenar algún día? —me susurró al oído, entre embestidas lentas, mientras me pellizcaba el pezón.

La pregunta me dejó descolocada. No sé qué me sorprendió más, si la casualidad de que los dos estuviéramos pensando lo mismo o que él se hubiera atrevido a decirlo. Se me contrajo el coño alrededor de su polla al oírlo y él lo notó, porque gimió sordo contra mi nuca.

—¿Y a ti? —respondí, devolviéndole la pelota mientras controlaba el vaivén de mis caderas para que no saliera de mí, apretándolo dentro cada vez que empujaba.

—Sí. Si a ti te apetece, a mí también —contestó, sin comprometerse más de lo necesario, follándome más fuerte de repente.

—¿Solo a cenar? —repliqué, con la malicia que me prestaba la excitación, buscándole la mano y llevándomela otra vez al clítoris.

—Bueno. Después podríamos jugar a algo, si os apetece —murmuró con la voz entrecortada, embistiéndome hasta el fondo.

Y ahí se acabó la conversación, arrastrada por el oleaje de un orgasmo que nos pilló a los dos a la vez, con él corriéndose dentro de mí a chorros calientes y yo mordiendo la almohada para no despertar a nadie. Inconclusa, que no imprecisa.

***

El viernes siguiente, despidiéndonos en el aparcamiento de la empresa, le pregunté a Adrián si le apetecía compartir mesa esa noche en casa. Se puso colorado hasta las orejas, pero dijo que sí. Se lo conté a Bruno durante la comida, con tiempo de sobra para cancelar cualquier plan, por supuesto. Le entraron algunas dudas, pero no llegó a decir que no. La mayor pega que puso fue por el menú, o por la falta de él. Nada que no resolviéramos con un par de pizzas y un pack de cervezas.

Sobre las siete empezó el desfile de duchas y armario. Los dos nos pusimos cómodos, ni demasiado formales ni demasiado de andar por casa. Un polo y unas bermudas para él. Una camiseta de tirantes y unos leggings hasta la pantorrilla para mí. Debajo, eso sí, fui más cuidadosa. Elegí un conjunto de lencería blanca preciosa, con un tanga cuya parte delantera era lo bastante transparente como para adivinar que iba completamente depilada sin necesidad de quitármelo. Y nada más. Pasara lo que pasase, alguien iba a disfrutarlo esa noche.

La cena transcurrió con normalidad. Conforme avanzaban los minutos, los tres nos fuimos soltando. Hablábamos sobre todo de la oficina, de sus líos y de sus incompetencias, un tema del que Bruno estaba perfectamente al tanto, así que nunca quedó fuera de la conversación. Cuando terminamos, recogimos entre los tres y, ya en la cocina, mi marido nos invitó a pasar al salón mientras él preparaba unas copas. Malibú con piña para mí, un combinado más fuerte para ellos dos, y un bol de palomitas para acompañar las anécdotas.

Fue entonces, con los vasos ya solo llenos del agua de los hielos derretidos, cuando me lancé al vacío.

—¿Os apetece jugar a algo? —pregunté, lanzándole a Bruno una mirada desafiante, tratando de medir hasta dónde quería llegar, si es que a esas alturas quedaba algo de camino por recorrer.

Su respuesta me sorprendió para bien. Se levantó, rebuscó en los cajones del mueble hasta dar con una baraja y la dejó sobre la mesa baja.

—¿Conocéis la carta más alta? —preguntó—. Es muy sencillo, por si acaso. Jugamos a la carta más alta. El que gana es la madre, el que saca la más baja pierde prenda. La madre puede mandar sobre cualquiera de los otros dos. Y si salen dos o tres cartas iguales, perdemos prenda todos. ¿Vale?

—Por mí, bien —respondí, dándome exactamente igual qué formato eligiera.

—Por mí también —repitió Adrián, como un eco nervioso.

—De acuerdo, entonces —siguió Bruno con las normas—. No se puede ordenar nada que implique quitarse ropa.

—¿Y cuánto duran las órdenes? —preguntó Adrián, para sorpresa de los dos, como si de pronto hubiera tomado conciencia de las verdaderas intenciones de todo aquel teatro.

—La suma de las cartas que haya sobre la mesa. ¿Os parece bien?

—Me parece poco —rebatí con una sonrisa.

—Está bien —resopló mi marido, acercándose otra vez al mueble y cogiendo un dado—. La suma de las cartas multiplicada por la tirada del dado. ¿Mejor así?

—Ajá —asentimos Adrián y yo al mismo tiempo.

***

Si algo caracteriza a Bruno es la increíble mala suerte que tiene siempre con las cartas. Sobre todo cuando soy yo quien está enfrente. Creo recordar que hicieron falta apenas siete manos para que se quedara completamente desnudo, con la polla ya medio dura descansando contra el muslo, aunque, quizá, esta vez la cosa no le parecía tan mala. Yo, por mi parte, solo había perdido los pantalones, que no era poco, y Adrián la camiseta. Las órdenes, todavía tímidas y limitadas por la ropa, habían ido caldeando el ambiente.

Más aún tras la jugada siguiente, en la que saqué la carta más baja, lo que dejó a Adrián en calzoncillos y por fin le dio el mando a mi marido.

—¿Y bien? ¿Qué va a ser? —pregunté, engolando la voz como un mayordomo.

Bruno nos miró sonriendo. Tiró el dado, sumó y multiplicó. Cuarenta y cinco segundos. Menos era nada.

—Vera, quiero que le quites los calzoncillos a Adrián con los dientes —sentenció.

Y, como tenía que obedecer, decidí hacerlo añadiéndole un poco más de sal a la escena. Avancé a cuatro patas hacia Adrián, meneándole el culo a mi marido para que viera bien la humedad que se me marcaba en el tanga, y me relamí los labios. Adrián se reacomodó en el sillón para facilitarme la tarea. Una vez a su altura, sujeté su cadera y mordí con cuidado la cinturilla elástica.

—Sin manos —oí desde detrás de mí.

—Vale —contesté—. Sin manos tendrá que ser.

Tiré con fuerza y bajé la parte delantera hasta que se enganchó con la punta de una erección más que evidente. Busqué los laterales, la parte de atrás, intenté hacer lo mismo por todos lados, pero era inútil. Adrián seguía con los calzoncillos puestos porque su propia excitación impedía que cayeran.

—Tengo un problema —le dije a Bruno, mirándolo con falsa cara de pena—. Su polla no quiere que se los quite.

Sabía perfectamente cómo lo encendía que usara ese tipo de lenguaje en la intimidad. Me imagino lo que tuvo que ser para él oírlo en esas circunstancias, viendo cómo se le hinchaba a él también entre las piernas.

—Está bien —dijo, visiblemente rojo por el sofoco—. Te dejo usar una mano, pero solo un segundo.

Rodeé el tronco de Adrián con los dedos. Echaba de menos ese tacto, ese calor, esa dureza gruesa que me quemaba la palma. Le apreté suavemente, deslicé el puño hacia arriba y hacia abajo una vez, dos, sintiendo cómo palpitaba, cómo se le escapaba una gota transparente por la punta. Tiré despacio de la parte delantera y por fin liberé la prenda, dejando que su glande hinchado y brillante me rozara la mejilla, dejándome un rastro húmedo en la piel. Me contoneé un poco, saqué la lengua sin poder evitarlo y le lamí la punta, apenas un segundo, saboreando la sal de su presemen. De la boca de mi compañero se escapó un suspiro bajo y ronco. Pero el tiempo se acabó y ahora los dos estaban completamente desnudos en el salón de mi casa, con las pollas duras apuntando al techo.

***

Aquello, en realidad, solo había sido el calentamiento. Volvimos a repartir, y esta vez la fortuna me sonrió a mí: saqué la carta más alta y me convertí en la madre. Tiré el dado con calma, hice la cuenta y miré a los dos hombres desnudos que esperaban frente a mí, sentados en el sofá, con las vergas erguidas y sin saber qué hacer con las manos.

—Adrián —dije, saboreando cada sílaba—, quiero que te pongas de rodillas delante de mí y me comas el coño hasta que yo te diga.

Lo hizo sin protestar. Me bajé el tanga blanco hasta los tobillos y lo aparté con el pie, dejando a la vista mi coño depilado, brillante y abierto por la excitación acumulada de toda la noche. Adrián se relamió antes de acercarse, como si llevara meses esperando ese momento. Le sujeté la cabeza y lo acerqué a mí, restregándole la cara contra los labios mojados antes de dejarlo trabajar.

—Chúpamelo bien —le susurré—. Como si fuera lo único que te importara.

Su lengua se movió despacio, con una atención casi reverente. Empezó por los labios exteriores, lamiéndolos de arriba abajo, separándolos con la punta, para luego hundirse dentro y follarme con la lengua. Cuando por fin llegó al clítoris, lo rodeó primero con círculos lentos y luego lo atrapó entre los labios y lo chupó despacio, con una succión constante que me arqueó la espalda. Metió dos dedos dentro de mí y los curvó buscando ese punto que me hace perder la cabeza, mientras seguía succionándome el botón. Yo buscaba con la mirada a mi marido. Bruno se pajeaba lentamente, subiendo y bajando el puño por su polla dura, mordiéndose el labio, sin perderse un solo detalle, y esa imagen me gustó más de lo que esperaba: él mirando cómo me comían el coño, Adrián de rodillas devorándome, yo al mando de los dos.

—No pares —le ordené a Adrián cuando intentó tomar aire—. Todavía no. Chúpame más fuerte, cabrón.

El reloj de la orden corría a mi favor. Apoyé la espalda en el respaldo del sillón, abrí un poco más las piernas y le monté la cara sin ninguna vergüenza, restregándome contra su boca, contra su nariz, contra su barbilla mojada de mis jugos. Dejé que la tensión de toda la noche se concentrara en un solo punto. Cuando llegó, me mordí el labio para no gritar demasiado fuerte y le clavé los dedos en el pelo a Adrián hasta que el último temblor me recorrió entera, embadurnándole toda la cara mientras seguía lamiendo cada espasmo.

—Ahora tú —le dije a Bruno, todavía con la respiración entrecortada—. Ven aquí. Quiero tu polla en la boca.

Las cartas, el dado y las prendas quedaron olvidados sobre la mesa. Ya no hacían falta las reglas. Tiré de mi marido hacia el sillón y me arrodillé yo también, junto a Adrián, con la cara aún húmeda de mi propio orgasmo. Le agarré la polla a Bruno con las dos manos y me la metí en la boca hasta el fondo, hasta que sentí el glande golpearme la garganta. Lo besé como no lo besaba en meses, pero con la boca alrededor de su verga, chupando, lamiendo la punta, escupiendo saliva por el tronco para deslizarlo mejor entre los labios. Miré a Adrián de reojo y no hizo falta decir nada. Solté la polla de Bruno un segundo y la ofrecí, empujando la cabeza de Adrián con la mano libre.

—Tú también —le dije—. Chupádmela los dos a la vez.

Los vi mirarse, dudar un instante, pero pudo más la calentura. Adrián lamió un lado del tronco mientras yo lamía el otro, nuestras lenguas encontrándose en la punta, jugando con el glande de mi marido entre las dos bocas. Bruno soltó un gemido gutural que jamás le había oído. Le chupé las pelotas mientras Adrián se la metía entera, luego cambiamos, turnándonos, dejándole la polla brillante de saliva.

Detrás de mí, en algún momento, Adrián se puso de rodillas y me recorrió la espalda con la boca, bajando por la columna hasta que le sentí la lengua entre las nalgas y luego más abajo, hundiéndose otra vez en mi coño desde atrás. Tener a los dos a la vez, sentir dos pares de manos reclamándome al mismo tiempo, dos bocas, dos pollas, era exactamente lo que llevaba semanas imaginando en mis ratos a solas mientras me metía los dedos hasta el fondo.

Me coloqué a horcajadas sobre Bruno, de cara a él, para poder ver su gesto cuando entrara en mí. Me empalé despacio sobre su polla, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro hasta que me senté encima con toda su longitud dentro. Empecé a moverme en círculos, restregándome, y él me chupaba las tetas, mordiéndome los pezones, mientras me apretaba las nalgas y las separaba. Adrián esperó su turno con una paciencia que le agradecí, acariciándome las caderas, escupiendo entre mis nalgas para lubricarme, hasta que yo misma lo guié apoyándome sobre el pecho de mi marido y ofreciéndole el culo.

—Métemela ahí —le susurré por encima del hombro—. Despacio al principio.

Sentí la presión de su glande contra el ojete, la resistencia, y luego cómo cedía y entraba, un centímetro, dos, hasta que estuvo hundido entero. Grité contra el cuello de Bruno cuando me sentí llena por los dos agujeros a la vez, con la polla de mi marido dentro del coño y la de Adrián en el culo, separados solo por una fina pared de carne que temblaba con cada movimiento.

Lo que vino después no tuvo nada de juego de mesa. Fue lento al principio y luego dejó de serlo. Mi marido me sujetaba la cintura y bombeaba hacia arriba, Adrián marcaba el ritmo desde atrás, agarrándome del pelo, dándome palmadas en el culo cada tantas embestidas, y yo solo tenía que dejarme llevar entre los dos, repartiendo besos, jadeos, insultos calientes y órdenes que ya nadie se molestaba en cumplir al pie de la letra. Me follaban por los dos lados a la vez, coordinándose sin hablar, uno saliendo mientras el otro entraba, machacándome hasta que perdí la cuenta de los orgasmos que se me acumularon uno detrás de otro.

—Me voy a correr —gruñó Bruno debajo de mí.

—Yo también —jadeó Adrián.

—En la cara —les pedí, bajándome de encima—. Corréos los dos en mi cara.

Me arrodillé entre sus piernas y les agarré una polla con cada mano, meneándoselas rápido, con la lengua fuera y los ojos cerrados. Bruno fue el primero, salpicándome la mejilla y la frente con chorros calientes y espesos. Adrián lo siguió a los pocos segundos, corriéndose sobre mis labios, sobre mi barbilla, dentro de mi boca abierta. Me quedé quieta, saboreando la mezcla de los dos, tragando lo que me había caído entre los labios, con la cara embadurnada de semen goteándome hasta las tetas.

No sé cuánto duró todo. Sé que terminamos los tres enredados en el sillón, sin aliento, riéndonos por lo bajo de lo absurdo y maravilloso de la situación, con mis pezones aún duros y sus pollas empezando a ablandarse contra mis muslos. Bruno me besó la sien, sin importarle el rastro de corrida que aún tenía en la mejilla. Adrián, todavía sin recuperar el ritmo de la respiración, fue el primero en hablar.

—¿Y ahora cómo volvemos a tratarnos el lunes en la oficina?

Me reí contra el pecho de mi marido.

—Igual que siempre —contesté—. Como si no hubiera pasado nada.

Y, como la otra vez, así fue. En el trabajo seguimos siendo los de siempre, correctos y distantes, con ese pacto de silencio que nunca necesitamos negociar. Pero las dos copas que quedaron a medias aquella noche fueron solo las primeras. Porque algo me dice, por cómo Adrián me mira ahora cuando coincidimos solos junto a la máquina de café, con esa media sonrisa que dice que se acuerda del sabor de mi coño, que esta partida no ha hecho más que empezar.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(9)

SofiaM

excelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente

NachoCba87

Por favor tiene que haber segunda parte, dejo demasiadas cosas abiertas

Martina_lec

Me recordo a algo que vivimos con mi marido hace un tiempo... te entiendo perfectamente jeje. Muy bueno

GatoLector

Ese final... tremendo. No me lo esperaba para nada

rosita92

Que manera de arrancar un relato, la introduccion me engancho de entrada. Buenísimo

Rulo45

jajaja el giro que pego esto al final me mato. Sigue escribiendo!

VoyeurMdq

increible, corto pero muy intenso. Esperando el proximo

CristinaBue

Muy bien escrito, se nota que sabes contar una historia sin necesidad de ser explicito. Saludos desde baires

MoniLect21

Se me hizo cortisimo, quiero saber que pasa despues jeje

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.