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Relatos Ardientes

El verano que compartí a mi mujer con nuestro amigo

Hugo llegó a la costa con su hijo, igual que nosotros. La idea era pasar las vacaciones juntos: mientras Lorena, mi mujer, nuestros niños y los suyos hacían el curso de surf, yo aprovecharía para trabajar sin perderme la convivencia. Alquilamos una casa unifamiliar preciosa, con piscina y un porche amplio que daba al mar. Cada mañana, Hugo, Lorena y los chicos se marchaban hasta el mediodía a recibir las clases. Bianca, la mujer de Hugo, seguía trabajando en la ciudad y trataría de venir los fines de semana.

La rutina se instaló desde el primer día. Salían temprano y, hasta que volvían, apenas tenía noticias de ellos. No tardé en notar algo: entre las horas que compartían y las que yo le robaba al ordenador, parecían más una familia que nosotros. Mi relación con Hugo era estupenda; conocía su vida al detalle, incluso cosas íntimas de su matrimonio. A mitad de semana, ya de regreso, nos bañábamos en la piscina cuando él agarró a Lorena y la lanzó al agua. Observé que había poco pudor en la manera de atraparla y jugar con ella.

La verdad es que, con tanto sol, Lorena estaba radiante. Tostada, el pelo aclarado, todo el día en bikini, ni se le notaban los cuarenta y tres. Y así, tal como lo pensé, lo dije en voz alta.

—Parecéis un matrimonio —solté desde la tumbona.

—¿Yo, con este animal? No, no, déjate —respondió ella riéndose.

Lo que provocó que Hugo volviera a sumergirla de una aguadilla. Mi actitud tranquila y cómplice les facilitaba ese juego, alimentado por el tiempo a solas, el roce diario y esa atracción de verano que vuelve a las mujeres todavía más hermosas. No me molestaba. Si soy sincero, empezaba a gustarme mirar.

Esa misma noche, después de cenar y mientras los niños jugaban en el jardín, tomábamos una copa en el porche. Lorena estaba recostada sobre mí, y Hugo al otro lado, de modo que ella quedaba en medio de los dos. Él le mostró unas fotos que les había pasado el monitor: se acercaron sin ningún reparo, hombro con hombro, viéndose en plena práctica. En una, Lorena salía de espaldas, con la braguita del bañador medio metida, y los dos se rieron.

—Como sigáis así me voy a poner celoso —dije, uniéndome a la broma.

Ella, consciente de la situación extraña y consentida, se giró hacia mí y me besó.

—¿Qué dices tú ahora? —murmuró.

Hugo se levantó, supongo que para dejarnos un momento de intimidad, pero Lorena lo llamó.

—Tonto, ven aquí, ya sabes cómo es este.

Él intentó excusarse, aunque ella terminó convenciéndolo. Volvió a sentarse, esta vez más lejos, y Lorena le reclamó que regresara a su sitio. Sin rubor alguno apoyó sus piernas bronceadas sobre él, que sin duda tenía una visión privilegiada dado el vestido corto de playa que llevaba.

—¿Lo ves, bobo? No pasa nada —me dijo, volviendo a besarme—. Así estamos bien los tres.

Y me besó de nuevo, ahora dándome la espalda, acariciándome el muslo de una forma que podía iniciar un incendio. Abrí los ojos y vi que Hugo había tomado los pies de Lorena entre sus manos y jugaba con ellos despacio. Rocé con cautela su pecho y la sentí anormalmente excitada: la respiración, el modo en que se contoneaba, cómo movía los dedos de los pies muy cerca del regazo de él. Tantos días de coqueteo se condensaban en ese porche.

Hugo se acercó más. Sus manos ya subían por las piernas de ella. Sin planearlo, igual de encendido que los dos, lo único que hice fue empujarla con suavidad hacia él. Lorena se separó de mí, me besó otra vez y se deslizó hasta Hugo, colocándose a horcajadas sobre su cuerpo, manteniendo todavía una mano extendida hacia mí como señal de que no me dejaba fuera. Él le sujetó la cara y empezaron a besarse mientras le palpaba el trasero, porque el vestido se le había subido al moverse.

A Lorena le pierden los besos, la excitan más que cualquier otra cosa, y me gustaba verla así. Habíamos coqueteado con la idea de intercambiar parejas, pero nunca la había compartido a conciencia. Ella comenzó a contonearse sobre él, como si ya estuvieran follando. Hugo me miró y yo, sin más, asentí. En el instante en que él le mordisqueaba el pecho por encima de la tela, sonó la puerta.

Lorena saltó, se recolocó la ropa en un segundo y yo fui a abrir a los niños, que entraron directos a la cocina. Los mandamos a la cama, no sin esfuerzo. Hugo se marchó algo desconcertado, diría que avergonzado.

Lorena y yo subimos al dormitorio con una normalidad extraña. La esperé impaciente en la cama. Apareció con una camiseta y unas braguitas, se tumbó a mi lado y me miró de reojo.

—¿En serio? ¿No te importa? Me has dejado descolocada —dijo.

—Iba a pasar igual —contesté—. Al menos así me divierto yo también.

Y me coloqué sobre ella y la penetré sin preámbulos ni sutileza. Todo el trabajo previo estaba hecho; lo comprobé en cuanto la toqué.

***

Por la mañana el despertador puso a todos en marcha. Lorena y Hugo se encontraron por primera vez después del intento fallido de la noche anterior. Él tomaba un café apoyado en la encimera y ella, desde su espalda, le dio un beso cariñoso en el cuello. Él alargó la mano y se rozaron un instante antes de seguir con el desayuno. Hugo me miró y resopló. Después salieron apresurados hacia el curso de surf, todos apretados en el coche.

Con la cabeza todavía agitada, intenté ponerme a trabajar. Tenía una videollamada y la casa entera para mí durante toda la mañana. Pero apenas había pasado media hora cuando oí la verja y el coche entrando de nuevo. Me asomé y allí estaban los dos: ni siquiera habían terminado de bajar y ya se besaban apoyados en el capó, incapaces de esperar a llegar adentro. Yo había propiciado y consentido aquello, así que no podía sorprenderme.

Entraron de la mano, como dos amantes jóvenes. Hugo se dirigió a mí.

—Es todo muy raro, dime cómo vamos a hacer esto…

No había terminado la frase cuando Lorena ya se había quitado la camiseta y lo esperaba con solo la braguita del bikini, recostada en uno de los sofás que daban a la piscina. Yo me limité a asentir, igual que la noche anterior, y él se lanzó sobre ella. Me sentía excitado, sucio y poderoso a partes iguales. Mi mujer estaba absolutamente desatada, entregada a nuestro amigo, que casi impresionaba por cómo usaba su físico para manejarla a su antojo.

Lorena me pidió que me acercara extendiendo la mano. Entendí que era su forma de pedir permiso y de dar las gracias a la vez. Apenas la rocé y asentí de nuevo, con el extraño poder que me otorgaba permitir que follaran delante de mí. Se besaban con ansia, ella gemía casi exagerando, él recorría sus piernas, su sexo, sus pechos, hasta que la giró y la colocó mirando a la piscina para penetrarla por detrás.

En ese momento me permití participar. Aprovechando que la cabeza de Lorena sobresalía del borde del sofá, le ofrecí mi sexo para que lo lamiera mientras Hugo la embestía sin tregua. Otras veces habría sido más considerado; esa vez no me anduve con contemplaciones. Sin avisar, me corrí sobre su boca abierta, mientras él la hacía gozar como no imaginaba.

Me retiré y ellos siguieron. Era evidente cómo se deseaban, cómo disfrutaban de aquella tregua entre dos matrimonios. Mi presencia no les estorbaba. Ella acariciaba el torso y los brazos de Hugo como quien no termina de creerse lo que tiene entre las manos; él la apretaba contra su cuerpo y le devoraba el sexo. No sé cuántas veces se corrió Lorena, pero seguro que más de tres. Terminaron tumbados el uno junto al otro, empapados de sudor.

Les regalé un rato más y fui a buscar a los niños. Antes de salir, Lorena me besó y me susurró al oído:

—No sé por qué lo haces, pero gracias. Me gusta.

Cuando volví, todo parecía otra vez normal.

***

La tónica de los días siguientes fue la misma. En la práctica, Lorena tenía dos parejas en casa, las dos de acuerdo y sin malas caras. Alguna noche incluso dejamos que Hugo durmiera en nuestra cama, y de un modo lento, ya sin la prisa del principio, la poseíamos los dos a la vez. Ella deseaba la novedad de Hugo, pero no quería romper el equilibrio que le permitía disfrutar de nuestro amigo con mi consentimiento. Cualquier excusa servía para empezar entre ellos una nueva batalla: cocinar, una ducha, sentarse junto a la piscina. En cuanto los niños se iban, el deseo les nublaba la mente.

El jueves venía Bianca, la mujer de Hugo. Es una belleza muy operada, pero belleza al fin. Menuda, de carácter fuerte y divertida a la vez, abogada de profesión, de las que disfrutan vacilando y coqueteando. Le pregunté a Hugo, no sin algo de maldad.

—¿Qué sabe Bianca de todo esto?

—Nada —respondió tajante—. Y no sé cómo decírselo. Ya la conoces, lo mismo le parece bien que mal.

Era una buena respuesta. Con la sartén por el mango, no me corté.

—Todos deberíamos ganar algo de esto, ¿no?

Su cara fue un poema. Subí a la habitación y, aprovechando que Lorena estaba allí, decidí que era nuestro momento. La empotré contra la puerta de la terraza y, con poca mediación, la penetré hasta correrme. Me gustaba poder jugar a esto sin pedir excusas. Mientras salía de la ducha, le conté mi conversación con Hugo y que me encantaría que Bianca quisiera entrar en el juego.

—Qué cara tienes tú —me contestó, sorprendida y divertida.

Después de la cena, ya con todos reunidos, los niños se fueron a jugar y quedamos los cuatro. Me sorprendió que fuera Lorena quien rompió el hielo.

—Te lo han contado, ¿no? —le dijo a Bianca.

—Ya os vale —respondió ella.

Pero no se la veía demasiado molesta, y a partir de ahí el ambiente empezó a aflojarse, y con él los miedos, sobre todo los de Hugo, que apenas había hablado. Cuando él se levantó a por hielo y se colocó junto a Lorena, se me acabó la paciencia. Me acerqué a Bianca y empecé a contarle los juegos de esos días, mientras ella repetía una y otra vez lo descarados que habíamos sido. Para cuando me di cuenta, tenía la mano apoyada en su pierna de un modo poco inocente, sin que ella hiciera nada por impedirlo. Con la rodilla doblada, ni siquiera disimulaba el tanga mínimo que llevaba.

Al otro lado de la mesa, Hugo y Lorena jugaban con sus bocas y, por lo que adivinaba, también con las manos.

—¿Todo es perfecto en ti? Qué piel tan suave —le dije a Bianca.

Sabía que le gustaría que la adulara. Estiró la pierna y me mostró un pie precioso, cuidado, con las uñas pintadas de rojo.

—¿Te gustan? —preguntó.

—Todo es perfecto en ti —repetí.

Esa frase fue magia. Dejó deslizar el cuerpo hacia mí y se entregó. Empecé a besarla, y reconozco que, además del deseo, había ganas de revancha, de demostrar que nosotros también sabíamos jugar. Metí la mano en su sexo, completamente rasurado y ya húmedo; ella no dudó en exagerar cada contracción de placer. Al lado, los otros dos ya follaban. No tardamos en imitarlos. Nunca había tocado unos pechos de silicona, perfectamente redondos. Aún estaba un poco fuera de sitio: jamás imaginé acabar así con nuestros amigos.

Bianca y yo nos levantamos y fuimos a su habitación. Me pidió un minuto y apareció con un conjunto precioso de lencería que, claramente, no estaba pensado para mí. Le pedí que se dejara las sandalias puestas. Se recostó y devoré su sexo apartando el tanga granate de encajes, mientras ella empujaba mi cabeza contra su pubis y gemía. En la otra habitación, Hugo seguía tomando a Lorena por detrás.

No tenía ni idea de cómo íbamos a volver a la realidad, pero sí sabía que debía aprovechar ese momento. Cuando sonó el timbre, cada uno regresó a su sitio aparente. Me crucé con Hugo en la escalera y los dos nos reímos, sin decir nada.

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Comentarios (5)

FernandoCba22

Tremendo relato!!! me dejó sin palabras

lector_ansioso

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues. No lo podes dejar asi!!

Ruben_CF

Me recordo a un verano que vivi algo parecido, aunque no llego tan lejos jaja. Buenisimo el relato

Cami_Neu

Y despues de esa noche todo siguio normal entre ustedes tres? quedé intrigada con eso

MarisolPQ

Increible, de los mejores que lei aca!

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