El club de intercambio y la pareja que se animó
Había sido una semana de perros. Demasiado trabajo y, por si fuera poco, dos días encerrados en casa con la niña enferma, una fiebre que apareció y desapareció sin lógica ninguna. Noelia estaba al borde del colapso. Ya no tengo edad para esto, pensó mientras freía la cebolla y las patatas para una tortilla.
Darío llegó con la pequeña del colegio. La mandó a jugar a su cuarto, le dio un beso a Noelia y le dijo que apestaba a cebolla. Ella ni se inmutó. Llevaban tantos años juntos que no hacía falta contarse nada: con una mirada ya sabían que el día había sido una mierda.
Terminaron la tortilla a cuatro manos, como les gustaba cocinar. Darío se encendió un cigarrillo bajo la campana extractora, tirando la ceniza en un vaso con agua, cosa que a ella la sacaba de quicio. Cenaron, cuento para la niña, y a la cama.
Esa noche follaron sin prisa, conociéndose de memoria. Él la trabajó con la lengua hasta que ella le pidió que parara y se la metiera, y acabaron a la vez, agotados, durmiendo como troncos.
***
El sábado pasó sin pena ni gloria, limpiando y haciendo deberes con la pequeña. Al anochecer la dejaron en casa de los abuelos, que se la quedaban a dormir. Noelia imaginaba una noche cualquiera, pero al subir al coche y ver cómo Darío enfilaba hacia el centro supo que tramaba algo.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Es una sorpresa —contestó él, guiñándole el ojo.
Reconoció las calles enseguida. Iban a un local de intercambio que años atrás habían frecuentado y al que hacía siglos que no volvían.
—No vengo vestida para la ocasión —protestó ella—. Podías habérmelo dicho.
—No te preocupes, llevo yo lo que necesitas. —Le señaló una bolsita en el asiento de atrás.
Noelia la abrió y sacó un conjunto de lencería negra y un babydoll que tenía para las noches en casa.
—¿Solo me has traído esto? —dijo indignada.
—Es noche de «solo ropa interior» —respondió él, encajando el coche en un hueco imposible con dos maniobras secas.
Apagó el motor y le pidió que se cambiara allí mismo. Ella dudó, había un par de calles hasta el local, pero él empezó a desnudarse con una sonrisa de crío y Noelia acabó imitándolo. Un motorista que esperaba el semáforo casi se come al coche de delante al verla en pelotas. Se pusieron las chaquetas por encima y salieron disimulando, cruzándose solo con un señor que los miró con franca desaprobación.
***
—¡Cuánto tiempo! —los saludó Sonia, la encargada, con dos besos—. ¿Me permitís? —Les recogió las chaquetas y los repasó de arriba abajo—. Vais muy guapos.
—¿Cómo está el ambiente? —preguntó Noelia.
—Tranquilo —contestó, invitándolos a pasar con los tickets.
En la barra atendía un camarero que no habían visto nunca. Alto, fuerte, de piel muy oscura y la cabeza rapada que le brillaba bajo las luces. Les sirvió dos gin-tonics. Olía a incienso, sonaba jazz suave y había un par de parejas tomando copas en sus mesas. Todo de lo más normal, salvo que iban en ropa interior.
Una mano se alzó al fondo de la sala. Era una pareja conocida de cuyos nombres Noelia no se acordaba. Se sentaron con ellos, se tomaron una copa y poco más: ya habían tenido su fiesta y se marchaban, no sin avisar de que la noche estaba muerta.
Recorrieron los pasillos. En el jacuzzi, ni un alma. En el pasillo de las mamparas, nada, hasta que de uno de los agujeros emergió una polla. Darío le hizo una seña y Noelia se lanzó a ella, frotándosela contra las tetas antes de agachárse a chupar. Era una mamadora experta, virtud y defecto: el tipo descargó en menos de un minuto. La polla desapareció por el orificio y ella cogió unas servilletas para limpiar el suelo.
—¿En serio? —preguntó Darío solo con la mirada.
Volvieron a la sala principal. Quedaban dos parejas magreándose en un sofá, tan absortas que ni los miraron. Noelia pidió otra copa, fastidiada.
—Oye, ¿solo hay esta gente? ¿Dónde se ha metido todo el mundo? —le preguntó al camarero.
—Es que hoy es mal día. Hay fiestas en la ciudad —respondió.
—¡Mierda, no me acordaba! —soltó Darío.
Sonia se acercó, siempre amable, lamentando que no hubiera acción. Conocía a Noelia de antes y sabía que iba buscando hombres. Les ofreció devolverles la entrada e invitarles a otra copa.
—Si nos prestas un rato al chaval, no pasa nada —bromeó Darío, señalando con el pulgar al camarero a su espalda.
—Néstor no puede «interferir» en horas de trabajo —rió ella.
Noelia se relamió. Cruzó una mirada con el camarero y los dos se entendieron sin palabras.
—Préstamelo, porfa —suplicó a Sonia con voz de niña.
—Néstor, descansa quince minutos si quieres —dijo la encargada señalándola con la cabeza.
El muchacho la miró, luego a su jefa, y asintió sonriendo. Darío cogió un par de condones del bol de la barra y se los dio a Noelia con un beso.
—¿Vienes? —le preguntó ella.
—Paso, estoy bien aquí. Disfruta, amor.
***
Subieron por una escalera de caracol hasta una habitación pequeña con una cama ovalada y dos lamparillas de luz rosada. Noelia no perdió el tiempo: era un descanso corto. Le quitó la camisa blanca y disfrutó recorriéndole los pectorales con las yemas, deleitándose con aquel cuerpo. Le desabrochó el cinturón y se coló bajo el bóxer hasta encontrar una polla larga y gruesa, justo como la quería.
Se arrodilló, la admiró un segundo y se la llevó a la boca. No le cabía más que el capullo y un poco de tronco. La chupó un rato corto, se levantó, se apoyó de rodillas en la cama y miró atrás.
—Fóllame —le ordenó, tendiéndole un condón.
Él se lo puso y empezó suave, demasiado suave para el gusto de Noelia, que ya empezaba a impacientarse. Le hizo salir y, de paso, charlaron mientras ella se la machacaba con la mano.
—¿Casado? —preguntó.
—No, con novia.
—¿Y aquí follas mucho?
—Nunca. Llevo poco tiempo. Alguna señora me ha hecho una paja si he salido a fumar, pero las parejas van a lo suyo.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés. Es mi primer trabajo.
Noelia casi explota de emoción; aparentaba un treintañero curtido. Le acarició los testículos, aceleró la mano y lo miró con picardía.
—¿Estás sano?
—Sano como un roble.
—Y tú no quieres ser suave, ¿verdad? —le susurró, abriéndose el coño con los dedos para que viera lo mojada que estaba—. A mí no me harás daño. ¡Fóllame como quieras!
Aquello bastó. El chico se soltó. La tumbó, le devoró el coño con ganas y luego se le echó encima clavándosela hasta el fondo. Noelia chilló de placer y le envolvió las caderas con las piernas para que no se saliera, arañándole la espalda.
—¡Sí! ¡Dame más! —pedía a gritos, disfrutando de unas penetraciones profundas y rápidas que la hacían perder la cabeza.
Tenía la polla perfecta: no necesitaba tocarse el clítoris para acabar. No tardó en correrse a grito pelado. Él la siguió poco después, clavándola muy hondo, vaciándose entero. Cuando salió, Noelia le sonrió y le dio un beso.
—Ha estado diferente —dijo el muchacho, ya recomponiéndose—. Tengo que volver al trabajo.
La dejó sola. Ella se relajó unos minutos, se limpió en el aseo y bajó.
***
No encontró a Darío por ningún lado. Recorrió pasillos vacíos hasta que oyó gemidos al fondo. Por fin te encuentro, pensó al ver a su novio comiéndole las tetas a una mujer de pechos enormes. La acompañaba otro hombre, un tipo guapote y entrado en carnes, que la pareja le presentó como Lorena y Sergio.
Noelia se acercó desvistiéndose por el camino. Empezó por Sergio, arrodillándose a chuparle una polla blanca y de buen tamaño mientras Lorena se morreaba con Darío. Las cosas se enredaron deprisa: Lorena la atrajo hacia su coño y, aunque a Noelia no le iban demasiado las mujeres, estaba tan cachonda que se la comió a conciencia, recogiendo con la boca todo lo que la otra soltaba al correrse.
Cuando se cansó del asunto, que fue pronto, escaló por el cuerpo de Lorena para besarla y calentar a los hombres. Funcionó: enseguida tenía a Sergio detrás, lamiéndole el coño. Se puso el condón y la folló mientras ella y Lorena se besaban entre gemidos. Darío, sentado, dejaba que Lorena lo cabalgara a su antojo; por sus gritos, se corría una y otra vez.
Sergio aceleró y Noelia se frotó el clítoris hasta acabar con él. Lorena terminó haciéndole una paja rápida a su marido hasta que las piernas le fallaron. Dieron la sesión por concluida y se vistieron sin prisa, charlando: eran una pareja agradable. Se marcharon primero ellos.
—¿Qué tal con el camarero? —preguntó Darío de vuelta a la sala.
—Mejor que con éste —rió ella.
Había sido un intercambio decente. Ni demasiado intenso ni decepcionante, pero aliviador.
***
Pasaron por el jacuzzi a refrescarse. Cuando volvieron al salón principal, Néstor les sirvió otros dos gin-tonics gratis. Aquello se moría por minutos: solo quedaban parejas que rechazaban cualquier contacto. Hasta que entró una pareja joven, de unos veinticinco, que no sabía dónde se había metido.
Él era de estatura media, rubio de ojos verdes, bien afeitado, con vaqueros oscuros y un jersey gris. Ella, delgadita, de cara afilada y melena castaña lisa, muy mona con su vestido azul poco escotado. Darío y Noelia se miraron. Comestibles.
No iban en ropa interior, claro. Ella tiraba del brazo de él, susurrándole que se marcharan, que aquello había sido mala idea. Sonia, amable pero firme, les recordó que para entrar había que quedarse en ropa interior. La chica ya hacía ademán de irse.
Noelia se acercó a la encargada y le sugirió flexibilidad: ellos harían de anfitriones y se los llevarían a una sala del fondo para no molestar a nadie. Sonia, que en el fondo sabía que la primera vez siempre cuesta, aceptó de buen grado.
—Hola, soy Noelia —se presentó tendiendo la mano—. Venid, yo os enseño esto. Será divertido, creedme.
—Hola. Soy Iván, y ella… —tiró de la mano de su chica— Marina.
La mano de Marina estaba fría y temblaba un poco. Las dos mujeres se sonrieron, ella con cierto miedo al ver a Noelia en babydoll casi transparente.
***
Se llevaron las copas a la salita. Noelia corrió la cortina y pasó el cordel, señal de que no querían visitas. Hablaron largo rato, animados por la bebida. Iván era su primera vez en un local así; solo venían a mirar, sin intención de intercambiar ni de tríos. Un reto, pensó Noelia, y Darío supo al instante que su novia se había propuesto que rompieran el tabú.
Marina se sentía atraída por Darío, era obvio: le reía todas las gracias. Iván no apartaba los ojos de las tetas de Noelia. Tras otra ronda, los convencieron de quedarse al menos en ropa interior. Accedieron con reservas, Marina sobre todo.
—Es una pena que no queráis participar, sois simpáticos… y guapos —dijo Noelia mordiéndose el labio y acariciándole el muslo desnudo a Iván, que se puso erecto al instante—. ¿Seguro que no quieres nada más?
—Em… yo… no, mejor no —tartamudeó él mirando a su novia.
—¿Os gustaría vernos a nosotros, en confianza? —propuso Noelia. Los dos se miraron, e Iván asintió.
Darío se quitó el bóxer sin pudor. Noelia se desnudó más despacio, disfrutando de la mirada hambrienta de Iván. A Marina se le escapaba algún vistazo de reojo a la polla de Darío, por mucho que intentara disimular.
—Marina, tu chico está muy contento —rió Noelia señalándole el paquete—. Yo de ti lo ataría, no se le vaya a escapar el instinto.
Las dos rieron ante el avergonzado muchacho. La tensión en la salita se podía cortar.
—Ya que no queréis participar, dejadme al menos divertirlo un poco —dijo Noelia a Marina—. Te prometo que no será nada serio, solo un tonteo. ¿Permites?
Marina asintió, más por morbo que por otra cosa.
***
Noelia se subió a horcajadas sobre Iván, restregándole su coño caliente por encima del bóxer. Él no se movía, solo sonreía, deseando manosearla.
—¿Notas el calor? —le susurró al oído. Él asintió.
Mientras tanto, Darío se había pegado a Marina muslo con muslo. Le besaba el hombro, le acariciaba el brazo, y poco a poco la chica cerraba los ojos y estiraba el cuello pidiendo más. Noelia le cogió la mano a Iván y se la llevó a la boca para lamerle los dedos, luego se los pasó por las tetas. Él ya no podía contenerse y empezó a tocarla.
Cuando vio que Darío tenía a Marina entregada, Noelia se lanzó a comerle la boca a Iván y le ofreció las tetas. Bajó del sofá de un salto y, antes de que el chico procesara que su novia se estaba besando con otro hombre que le metía mano por las bragas, le metió la polla en la boca de un golpe.
—¡Ohhh! —gimió Iván, echando la cabeza atrás.
Noelia le hacía una de sus mamadas profundas y lentas. Por el rabillo del ojo veía a Darío bajándole las bragas a Marina y dedeándole un coño rosado depilado. Iván no tardó en descargar en su boca; ella sorbió hasta la última gota.
Sin darle respiro, se subió de pie al sofá y le aprisionó la cabeza entre los muslos, dándole de comer su coño.
—¡Sí! ¡Chupa! —le pidió agarrándolo del pelo.
Iván la lamía como un perro, hondo y torpe. Más arriba, al clítoris, pensaba ella bajando un poco las caderas. Cuando el chico acertó, a Noelia le flojearon las rodillas y tuvo que agarrarse al cabecero para no caerse, corriéndose con un temblor que la dejó sin aire.
***
Marina también se había corrido, con las piernas temblando casi al aire. Darío no perdió el tiempo: cogió un condón, se lo puso y la ensartó de una estocada, agarrándola fuerte mientras ella gemía sin parar.
Noelia se bajó de Iván, que miraba atónito y con la polla tiesa cómo follaban a su novia. Pasó por encima de él para coger otro condón, se lo tiró y se puso de rodillas a su lado, ofreciéndole el culo.
—Déjala, mi Darío la cuidará bien —dijo dándose una palmada en una nalga—. ¿Quieres o no?
Notó movimiento detrás, algo rozándole la raja y, después, placer. Llevaba rato cachonda sin acabar del todo y la polla de aquel novato, entrándole con miedo, la excitó aún más.
—¡Sí! ¡Qué rica polla! ¡Fóllame más! —jadeó—. ¡Sin miedo, más fuerte!
Marina, mientras tanto, se había encaramado a Darío y ahora era ella la que se penetraba a caderazos, corriéndose una vez más. Iván follaba a Noelia fuerte, suspirando en cada embestida. Al oír gritar a su novia, descargó. Noelia, que no quería terminar todavía, se frotó el clítoris con furia hasta correrse también.
Cuando él salió, los cuatro quedaron quietos un momento. Darío sentó a Marina en el sofá, se quitó el condón y se pajeó a pocos centímetros de su boca. Ella, sin pensarlo, le agarró el culo y se metió el capullo entre los labios hasta que él descargó, parte dentro y parte sobre su pequeño pecho.
***
La pareja volvió a la cordura al mismo tiempo. Se miraron avergonzados, ella con la cara y el pecho perlados, él con el condón colgando. Se juzgaron en silencio.
—Mejor nos vamos —dijo Iván sin saber dónde tirar el preservativo.
Noelia tendió la mano y lo recogió como si nada. Se vistieron deprisa y se marcharon cogidos de la mano, callados, soltando solo un «gracias» que sabía a cualquier cosa menos a agradecimiento.
—¿Se habrán enfadado? —preguntó Noelia.
—No sé. Motivos no tienen —contestó Darío encogiéndose de hombros—. ¿Qué tal?
—Ni fú ni fá. ¿Y la estirada?
—Pequeñita, pero entregada —rió él.
Se vistieron tranquilos. En la sala ya no quedaba nadie; Néstor recogía las mesas y Sonia hacía cuentas. Al pasar, Noelia le dio una palmada en el culo al camarero, que se echó a reír.
—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó la encargada.
Asintieron los dos. Salieron casi corriendo hacia el coche, muertos de frío e iban medio desnudos. Bien jugado, cariño, pensó Noelia para sus adentros, apretándose contra él en la noche fresca.