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Relatos Ardientes

Nuestro primer intercambio de parejas en el crucero

Esa noche el mar estaba picado y volver al camarote por el pasillo estrecho se había convertido en una aventura. No ayudaba que lleváramos demasiadas copas encima. Cada cabeceo del barco nos lanzaba contra las paredes, y cada tropezón terminaba en una carcajada que rebotaba por el corredor a deshoras.

Delante de nosotros iban Sonia y mi mujer, abriendo camino sobre unos tacones imposibles. Detrás, Diego y yo cerrábamos el grupo. Las sandalias altas y los vestidos de fiesta no eran aliados del equilibrio, y ellas, perjudicadas por el vino, convertían cada traspié en gritos y risas sin importarles las horas de silencio nocturno.

Habíamos pasado una velada larga en la sala de espectáculos: bailes, anécdotas, chistes que ya nadie recordaba pero que seguían dando risa. En apenas unos días, esa pareja tan simpática nos había abierto la cabeza a cosas que nunca nos habíamos atrevido a nombrar. Nuestros hijos hacían sus propios planes por el barco, así que teníamos las noches para nosotros cuatro.

A mi esposa, Lucía, le caía muy bien Diego. Lo miraba como quien encuentra un estímulo nuevo para una libido que el matrimonio había vuelto perezosa. Y Sonia, por su parte, era una mujer de cuerpo exuberante, con un atractivo que habría puesto nervioso a cualquier hombre. Yo era la prueba.

—Queridos amigos, ha sido una velada genial —dije al llegar frente a las puertas—. Hacía mucho que no me reía tanto.

Sonia, que iba a mi lado, se dejó caer sobre mí fingiendo que el movimiento del barco la había desequilibrado.

—Eres muy ocurrente —dijo con sorna—. Como bailarín te pongo un aprobado raspado. En lo que destacas es en saber agradar a una señora.

—Pues tu mujer sí que es toda una señora —intervino Diego mirando a Lucía—. Hacía tiempo que no me reía tanto con las imitaciones de nadie.

—Estar con un chico tan guapo me motiva —le devolvió ella el piropo, demasiado melosa—. No lo puedo evitar, me van los jóvenes como tú.

Nadie se decidía a decir el «buenas noches» de rigor. Sonia tenía un brillo en la mirada que me hizo pensar que tramaba algo. Lucía estaba tan pegada a Diego que dudaba que quisiera separarse de él, y él aprovechaba cada vaivén del barco para rozarle la cadera con disimulo.

Por mi parte, llevaba toda la noche empalmado. El vestido rojo de Sonia se ajustaba a su cuerpo como un guante, con un escote profundo y una abertura que me había dejado entrever, más de una vez, el encaje blanco de su ropa interior. Sabía perfectamente lo que hacía conmigo, y lo hacía sin prisa.

—Ya llegó el momento de las parejas —dijo entonces.

Diego y yo lo entendimos como la señal de retirarnos cada uno con su mujer. Pero no era eso. Ellas cruzaron una mirada cómplice, de esas que dicen «a estos dos hay que espabilarlos nosotras». Y antes de que cualquiera reaccionara, Lucía entró sin una palabra en el camarote de nuestros vecinos y Sonia me tomó de la mano y me arrastró al nuestro.

—Buenas noches, vecinos —dijo Sonia hacia la pareja recién formada.

—¡Buenas noches! —respondió mi esposa desde el otro lado con un entusiasmo que me dejó helado—. ¡Pasadlo bien! Mañana nos contamos todo con detalle.

Oí cerrarse su puerta. Sonia cerró la nuestra. Iba a ser nuestro primer intercambio de parejas, y no podríamos haber elegido cómplices mejores.

***

—No te lo esperabas, ¿verdad? —dijo apoyándose contra la puerta—. ¿Viste lo contenta que se fue Lucía? Tú y yo también estamos solos.

Se acercó, me puso una mano en la nuca y la otra en la cadera. Aplastó sus pechos contra mi torso y me besó con lengua, sin pedir permiso. Yo llevaba toda la noche buscando ese roce: en los bailes con mi esposa, en los que habíamos cambiado de pareja, había rozado sus curvas como por casualidad. Ahora no había casualidad que valiera.

—Puedes elegir una de dos opciones —murmuró separándose apenas, recogiendo con un dedo la saliva del beso en el borde de mis labios.

—Te escucho.

—Opción uno: hacemos como si yo fuera tu esposa. La que vino contigo de vacaciones, pero que esta noche está especialmente complaciente y con ganas de probar cosas nuevas.

Adoptó una pose a medio camino entre lo recatado y lo descarado.

—¿Y la opción dos? —pregunté, incrédulo.

—La dos es que contratas a una profesional. Una mujer dispuesta a cumplir cualquier fantasía que se te ocurra. Que sea una dómina y te haga gozar con el filo de la humillación, o una jovencita dócil con la que hagas lo que quieras, o la que te pida que la llenes entera. Tú decides.

Cómo elegir entre dos puertas cuando ambas llevan al mismo paraíso.

—No me decido —confesé.

—Entonces elijo yo. Acabas de contratar a la opción dos: a la más caliente de las dos. ¿El precio? Lo está pagando tu esposa en el camarote de al lado. ¿No la oyes?

Agucé el oído. No oía nada, o no quería oír nada. Mi mente entera estaba ocupada por la mujer que tenía delante.

—Vamos a lo nuestro —dijo, y se levantó la falda corta hasta el nacimiento de las caderas.

Me mostró sus braguitas por completo: un triángulo blanco rematado en encaje. Con coquetería estiró la cinturilla para alisar la tela, dejando bien dibujado el relieve de su sexo.

—Quítamelas —ordenó.

Se las bajé despacio, haciéndola levantar los pies aún calzados con esas sandalias de plataforma que le daban un porte de diosa. Con un movimiento rápido me guardé la prenda en el bolsillo: sería el recuerdo de una noche imposible de repetir.

Apoyó un pie en la cama y su pubis quedó expuesto, una vulva pálida de labios apretados entre sí, con el clítoris asomando tímido bajo un pliegue de piel.

—Para empezar, quiero que me la comas —dijo, llevándose mi cabeza con la mano hasta su entrepierna—. Hace tiempo que no tienes algo tan rico, ¿verdad? Cómetela toda.

La obedecí con hambre. Chupé, lamí, le hundí la lengua, sorbí sus labios mientras ella balanceaba las caderas y suspiraba con la respiración cada vez más entrecortada. Subida a la plataforma plateada, mantener el equilibrio le costaba, y su pierna empezó a temblar.

—¿Lo oyes? —dijo de pronto, sujetándome del pelo para frenar mi cabeza—. Escucha… parece que tu mujer está llorando.

Levanté la cara y presté atención. Del otro lado de la pared llegaban con nitidez los gemidos de Lucía. No había duda de lo que pasaba allí.

—Gime como si la estuvieran partiendo —dijo Sonia con media sonrisa—, pero no le oigo pedir que pare. Diego la conoce bien. Le diré que te la deje preparada, por si alguna vez quieres saber lo que se siente.

Lejos de molestarme, sus palabras me encendieron más. El marido de Sonia estaba con mi esposa, y yo tenía a una semidiosa abierta para mí. ¿Qué más se podía pedir, y la noche apenas empezaba?

—¿Tú crees que lo están haciendo de verdad? —pregunté, entre la envidia y la excitación.

—Conociendo a Diego, no me extrañaría. Y Lucía esta noche se lo comía con los ojos.

—Cuesta creerlo. Parece tan sensato…

—No te fíes, esos son los peores —rió, llevándome la mano hacia su entrepierna—. En cuanto pueden, se destapan. Te lo digo yo, que soy su mujer. Además, ¿quién se va a enterar? ¿Quién va a reclamar?

—A estas alturas hay cosas a las que tenemos derecho, ¿no crees? —dije, deslizando los dedos arriba y abajo por su hendidura húmeda.

—Para cuatro días que vivimos… —respondió, abriendo un poco más las piernas.

***

Mientras hablábamos terminé de desnudarme. No tengo veinte ni treinta años, tengo bastantes más, pero estoy orgulloso de mi cuerpo y de aguantar firme un buen rato. Me planté ante ella, bajé el prepucio y le mostré el glande tenso y brillante de líquido.

—Uhmm, qué bien lo tienes —murmuró relamiéndose.

Me arrodillé a su costado, de manera que mi mano alcanzara su sexo y mi cuerpo quedara cerca de su cara. Le metí dos dedos hasta el fondo y presioné hacia arriba contra la pared interna, en un movimiento que la hizo arquearse de inmediato. Ella, ni corta ni perezosa, atrapó mi erección al vuelo y se la llevó a la boca.

Aceleré el ritmo de la mano. Quería que se corriera antes de que la chupada me llevara a mí demasiado pronto. Estaba tan fuera de sí que apenas atinaba a hacerlo bien, y a mí me costaba mantener la concentración con su lengua trabajándome.

—Ohhh… ohhhh —jadeó, aspirando aire a bocanadas atropelladas.

Se corrió sujetándome la mano para que no me retirara. En cuanto me soltó, me coloqué entre sus piernas y la penetré despacio, aprovechando que la tenía sensible y mojada. Empecé a bombear con calma.

Hasta entonces Sonia había sido la mujer discreta de la mesa. Ahora se destapaba a cada embestida, y oírla me estimulaba más que nada.

—Ahhh… así, así, no pares —repetía, clavándome las manos en la cintura para atraerme y luego soltarme—. ¡Dame, dame todo!

Era una embestida dura, enérgica, la que ella estaba esperando y la que a mí me venía como agua de mayo después de tanto tiempo de rutina. Empujé una y otra vez, perdido en el sonido de nuestros cuerpos al chocar, hasta que me corrí por fin con un gruñido. Me abrazó contra ella, sin dejarnos mover, sudorosos y sin aliento.

—Uff, ha estado genial —dijo al soltarme.

Me dejé caer a su lado intentando recuperar la respiración.

—¿Crees que ellos lo habrán pasado tan bien? —preguntó, pegada a mi costado, su pierna sobre la mía y los dedos jugando con el vello de mi pecho—. Espero que no nos hayan oído. Es que no me podía contener.

—¡Hacía tiempo que no disfrutaba así! Vaya mujer estás hecha —le dije, pensando que con eso la conformaría y me dejaría descansar.

Me equivocaba. Su mano bajó despacio hacia mi vientre, justo al lado de mi sexo dormido.

—Siempre soñé con una noche loca con un tío majo —murmuró acariciándome—, y mira por dónde, aquí estás tú.

—Estás en zona peligrosa, ¿lo sabes? —le advertí al notar que no se detenía—. Si sigues por ahí, no respondo.

—Una noche es una noche. No quiero que Diego me cuente mañana lo que hizo y yo no tenga nada que contar. Solo tú y yo lo sabremos.

—Parece que no soy el único que quiere alargar la velada —dije, mientras ella me llevaba, ya endurecido otra vez, a colocarme en posición para sentarse encima.

—Toda la noche, amor —respondió pasándose la lengua por los labios—. Uy, cómo me pones.

Y el barco siguió cabeceando hasta el amanecer, ajeno al pacto silencioso de cuatro adultos que habían decidido, por una vez, no preguntarse nada.

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Comentarios (4)

MarceloR88

Tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final. Mas asi!!

TatianaCCR

Me encanto la tension que se va construyendo de a poco. Muy bien narrado, sigue subiendo!

HernanBA

Hay segunda parte? Me quede con ganas de saber que paso al dia siguiente entre las dos parejas.

CruceroFan_Mx

jajaja que momento el de cerrar la puerta... tremendo

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