La desconocida del cine no dejaba de mirarme
La vi en la oscuridad antes que nada. Sus ojos brillaban como los de un gato en la noche, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. Estábamos en una de esas salas pequeñas del fondo, donde la película era apenas una excusa y todo el mundo sabía a qué venía.
La luz tenue del proyector le dibujaba el contorno de los labios, voluptuosos, entreabiertos. Un reflejo le cruzaba los muslos desnudos mientras su hombre le devoraba el pecho. La blusa, subida y arrugada, apenas le cubría el vientre, y ella aguantaba cada tirón sin dejar de mirarme. Su mirada traviesa me invitaba a algo que todavía no tenía nombre.
Habíamos llegado hacía menos de media hora. Era la primera vez que Marcos y yo nos animábamos a entrar en un sitio así, después de meses dándole vueltas en la cama, contándonos al oído lo que nos gustaría hacer y sin atrevernos nunca. Esa noche, sin planearlo demasiado, nos metimos en el coche y vinimos. Crucé la puerta con el corazón en la garganta y las piernas flojas, convencida de que daríamos media vuelta en cualquier momento. No lo hicimos.
Yo me dejaba hacer. Marcos, mi pareja, luchaba por bajarme la ropa interior con una mano mientras con la otra me sujetaba la nuca, y yo no podía apartar los ojos de aquella mujer. Cada vez que él me apretaba, yo apretaba los muslos, y ella lo notaba. Lo notaba todo.
Me está calentando más de la cuenta y ni siquiera la he tocado.
Le dijo algo al oído a su acompañante. Los dos giraron la cabeza hacia nosotros al mismo tiempo. Marcos tenía los ojos cerrados, perdido, y yo me afanaba en que entrara hasta el fondo de mi garganta, despacio, sintiendo cómo se tensaba. Un golpecito en su hombro lo hizo abrir los ojos. No escuché lo que se dijeron. Solo sé que un momento después ella y yo nos buscábamos la boca por encima de los cuerpos de nuestros hombres.
—Soy Renata —me dijo bajito, casi sin voz.
—Julia —contesté, y fue lo último coherente que dije en un buen rato.
Nos besamos con una calma que contrastaba con todo lo demás. Después bajé a sus pechos, más pequeños que los míos pero más firmes, y los tomé entre las manos mientras ella me observaba saborearlos. Sentí cómo se le erizaba la piel al primer roce de mi lengua sobre el pezón. Apenas lo tocaba y ya suspiraba.
Yo me encendía con el sabor de su cuerpo, con el aroma tibio que despedía. Su sexo olía dulce; podía percibir el calor que salía de él aunque mis manos estuvieran todavía lejos de su centro. La escuchaba contener el aire, retenerse. Algo la frenaba. Lo notaba en cómo su cabeza no paraba de trabajar, sopesando la situación, decidiendo hasta dónde dejarse ir.
***
Su acompañante, excitado de vernos, acercó su miembro a mi boca. Estaba duro, húmedo, y yo empecé a lamerle la punta sin dejar de mirar a Renata, que a su vez buscaba a Marcos con la mano. Era evidente que no solo a mí me había gustado ella. Y cómo culparlo: la mujer era preciosa.
A los pocos minutos escuché gemir a Marcos. Renata se le había subido encima y lo cabalgaba como una experta, ahí mismo, en una butaca de cine, sin ninguna prisa. Yo, doblada hacia delante, recibía lo mío. Las manos de aquel hombre —nunca supe su nombre— me daban palmadas en las nalgas y me sujetaban la falda como si fuera una correa. Estaba segura de que al día siguiente tendría las marcas de sus dedos en los muslos. Verlos a ellos dos disfrutar tan cerca, en primer plano, me prendía como nada.
—Date la vuelta —le oí decir a Marcos.
Renata obedeció y quedamos frente a frente. Me estiré todo lo que pude hasta quedar a pocos centímetros de su boca y nos besamos otra vez, intercambiando el sabor de nuestros hombres. Su boca olía a él, y reconocerlo en los labios de ella me puso a mil. Marcos se dio cuenta y nos animaba con la voz a no separarnos, a seguir tocándonos mientras él se hundía en mi humedad.
La piel me ardía. Gruesas gotas de sudor me corrían por la espalda, el corazón me golpeaba el pecho y la cabeza se me volvió un caos. En algún momento dejé de pensar. Simplemente sentía, y vaya que sentía.
Lo que más me sorprendía era la facilidad con la que el pudor se había evaporado. En mi vida normal me costaba desvestirme con la luz encendida, y ahí estaba, abierta de piernas frente a desconocidos, besando a una mujer que había conocido diez minutos antes, sin una sola gota de vergüenza. Era como si la oscuridad de la sala hubiera apagado también la parte de mi cabeza que siempre me decía qué estaba bien y qué no.
Renata debía de sentir lo mismo, porque cada vez que nuestras miradas se cruzaban se le escapaba una sonrisa, mezcla de asombro y de gozo. Las dos descubríamos lo mismo al mismo tiempo, y eso, de algún modo, nos unía más que cualquier caricia.
Renata aguantaba a Marcos entrar y salir de ella con la mirada siempre clavada en mí. Nuestros pechos se balanceaban al mismo ritmo. Las dos, dobladas, sin más sostén que las manos de los hombres en nuestras caderas, recibíamos las embestidas sin guardarnos nada. Gemíamos sin pudor, mostrándonos la una a la otra cuánto nos gustaba.
***
A nuestro alrededor se había formado un grupo de mirones que se deleitaban con el espectáculo. No era algo raro en aquel lugar, pero la manera en que nos estábamos entregando tenía algo distinto, algo que atraía las miradas. Alguien se acercó con el miembro en la mano, buscando mi boca. Haciendo equilibrio, lo tomé con la izquierda y empecé a moverla, acompasando la muñeca con el vaivén de mis caderas.
Cuando volví a mirar a Renata, ella también tenía a varios hombres alrededor reclamándole atención. Con cada orificio ocupado y las manos llenas, cabalgaba feliz, y yo no me quedaba atrás. Marcos disfrutaba del manjar que tenía delante, sin perder detalle.
Poco a poco aquella salita se llenó de gemidos y de olor a sexo. El espacio reducido se cargó de cuerpos sudorosos que se buscaban unos a otros sin orden ni reglas. Mi boca, ocupada en una verga y luego en otra, apenas dejaba escapar algún gemido ahogado. Perdí la noción de todo. Sentía cómo me pasaban de un hombre a otro, cómo se desocupaba mi boca solo para volver a llenarse de inmediato.
Me dolía la mandíbula. Tenía la garganta seca, sed, el cuerpo bañado en sudor. Las piernas me temblaban y empezaba a estar agotada, pero algo en aquel descontrol me mantenía encendida. Cada vez que pensaba que no podía más, una mano nueva me giraba, me acomodaba, y volvía a empezar.
Busqué a Renata con la mirada entre los cuerpos. Ella me devolvió una sonrisa cansada, cómplice, como diciéndome que estábamos en lo mismo. Nos habíamos convertido en el centro de aquel pequeño caos y ninguna de las dos sabía cómo ni cuándo terminaría.
***
Marcos hacía rato que había pedido el relevo. Lo veía sentado un poco más allá, mirándome, esperando a que yo terminara. Renata estaba igual que yo: pedía tregua, pero en cuanto uno acababa, otro ocupaba su lugar. No sabíamos cuándo nos dejarían en paz.
Fue Marcos quien acabó viniendo en mi auxilio. Al verme exhausta, se abrió paso, apartó con firmeza a los que todavía me reclamaban y me cubrió con su cuerpo. Su acompañante hizo lo mismo con Renata casi al mismo tiempo, como si los dos hubieran leído la misma señal. De golpe volvimos a ser dos parejas, y el resto de la sala, despacio, perdió el interés y siguió a lo suyo.
Me dejé caer contra el pecho de Marcos, temblando todavía, con la respiración entrecortada. Él me apartó el pelo húmedo de la cara y me besó la sien sin decir nada. No hacía falta.
Un rato después, ya sentados los cuatro en la última fila, compartíamos una cerveza tibia y nos reíamos bajito de lo que acababa de pasar. Renata se había recogido el pelo y tenía las mejillas todavía encendidas. Su acompañante me pasó la lata con una sonrisa torpe, como si ahora, vestidos a medias y hablando como personas, nos diera un poco de vergüenza.
—No suelo hacer esto —me confesó Renata, y las dos nos echamos a reír, porque era justo lo que yo iba a decir. Resultó que ellos tampoco eran habituales; llevaban semanas convenciéndose el uno al otro igual que nosotros. Saberlo me tranquilizó de una forma extraña, como si compartir el mismo miedo nos volviera cómplices de verdad.
Coincidimos en que había sido de lo mejor que habíamos vivido. Antes de irnos quedamos en repetir, sin demasiados detalles, solo un número de teléfono y la promesa de avisarnos. La siguiente vez que nos vimos fue igual o más intensa que aquella noche. Pero eso te lo cuento en otra ocasión.