El domingo que jugamos a ser dos desconocidos en la playa
El último día del fin de semana amaneció con esa pereza dulce que deja el cuerpo cuando ya no queda nada por demostrar. Marina y yo llevábamos tres días desinhibiéndonos a conciencia, y a esas alturas la vergüenza era un recuerdo lejano. Lo que empezó como un juego tímido se había convertido en una competencia silenciosa por ver quién se atrevía a más.
—Hoy nada de mandar ni de obedecer —dijo ella estirándose en la cama—. Hoy toca provocar.
Aceptamos el cambio de reglas sin discutir. Abandonábamos el juego de dominación de los días anteriores y pasábamos a algo más sutil y, a la vez, más peligroso: el de la provocación pura. Cada uno elegiría su propia ropa, sin consultar al otro, con una única consigna implícita: poner al contrario al borde de delatarse en público.
El plan del día era aprovechar la mañana en la playa, comer algo ligero y, ya que quedaba cerca, acercarnos a las Termas de Valdrío, que tan buenos recuerdos nos traían de otros veranos. Yo me incliné por la comodidad y escogí unas mallas ajustadas y una camiseta fina, casi transparente. Las mallas cumplían su parte: marcaban todo sin dejar nada a la imaginación. La camiseta hacía el resto, dibujando la forma de mis pezones contra la tela cada vez que me rozaba el aire. No me olvidé del aro metálico que tan buena acogida había tenido los días anteriores.
Marina me sorprendió con un short de punto tan ceñido que era más una declaración que una prenda, y una camiseta holgada que se le caía de un hombro. Nos miramos en el espejo y supimos los dos que el día se iba a complicar.
—Una cosa más —añadió mientras agarraba las llaves—. En la playa vamos separados. Como si no nos conociéramos de nada.
Como si eso fuera a hacerlo más fácil.
***
Me adelanté y elegí un sitio en un extremo del arenal, poco concurrido, no muy lejos de la orilla. Aproveché la espera para instalarme y cambiarme a un bañador mínimo que perfilaba todo con precisión quirúrgica, con el riesgo evidente de desbordarse al menor descuido. Me tumbé boca abajo, me puse las gafas de espejo y esperé.
Ella no tardó. Apareció caminando despacio por la arena, marcando la cadera a cada paso dentro de ese short imposible. Se detuvo a unos cinco metros, extendió su toalla y, sin mirarme una sola vez, se desnudó hasta quedarse en un tanga negro anudado con dos lazadas a los costados. Sobre la cadera asomaba un tatuaje temporal que ella misma se había pintado esa mañana. Cumplía el pacto a rajatabla: para todo el que mirara, yo no existía.
El sol del mediodía apretaba fuerte. Yo no perdía detalle a través de los cristales espejados. Marina se había quitado la parte de arriba y se había tumbado boca arriba, con el triángulo del tanga apenas cubriendo lo justo. Un espectáculo, y no era el único que lo pensaba.
Era la tercera vez que un chico moreno pasaba paseando a su lado, cada vez más cerca, sin disimular hacia dónde miraba. Ella también se había dado cuenta. Esta vez le hizo una seña para que se acercara y le preguntó algo que no alcancé a oír. El muchacho asintió, encantado, y ella le tendió un bote de aceite bronceador.
Desde mi posición tenía un palco privilegiado. Él empezó por la espalda, extendiendo el aceite con las dos manos, y fue bajando sin prisa. Marina respondió abriendo un poco más las piernas, una invitación que él no dejó pasar. Cuando llegó a las nalgas, aprovechó para soltarle una de las lazadas con la excusa de no manchar la tela. Ella misma terminó de retirarla a un lado, dejándolo todo expuesto. El chico se entregó a fondo, hasta que ella, con un gesto seco de la mano, le indicó que parara. Obediente, se levantó y se alejó por la orilla, visiblemente afectado.
Yo estaba igual de afectado, y mucho menos disimulado.
***
Había conseguido exactamente lo que buscaba: ponerme al límite sin tocarme. Se incorporó, y en lugar de volver al tanga negro hurgó en su bolsa y sacó un bikini azul que yo le había regalado meses atrás, uno que ella juraba que jamás se pondría por lo provocador que era. La tela era finísima, casi traslúcida. No quise ni imaginar cómo quedaría mojada.
Decidí que era mi turno de mover ficha. Me levanté intentando recolocarme dentro del bañador, consciente de que ella seguía cada movimiento mío, y caminé despacio hacia la orilla. El agua del Atlántico estaba helada. Me detuve en el filo, absorto en la línea del horizonte, y no la oí acercarse por detrás hasta que sentí el calor de su cuerpo pegándose al mío y la punta de sus pezones clavándose a través de la tela mojada.
—Este juego me está poniendo muchísimo —me susurró al oído.
Sus manos subieron desde mi cadera hasta mis pezones y empezaron a jugar con ellos. Disimular se volvió imposible. A unos diez metros, dos señoras paseaban por la orilla con la mirada fija en el bulto que ya no cabía en el bañador. Marina lo notó, y justo cuando pasaban por delante me dio un pellizco que hizo saltar todo a la vista del público. Me quedé congelado, y no por el agua.
Aproveché el chapuzón para ocultarme bajo la superficie. Una vez que la pareja de espectadoras se alejó, me solté el bañador bajo el agua y lo agité por encima como un señuelo para que se acercara. En vez de venir, me hizo señas para que se lo lanzara. No sé en qué momento me pareció buena idea, pero lo lancé con fuerza y ella lo atrapó al vuelo, volvió a su toalla y lo dejó allí, sonriendo.
Todavía perplejo, la vi regresar al agua sin detenerse hasta llegar a donde yo estaba, desnudo y medio helado. Me rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, sentándose sobre mí, y me dio un beso largo que me hizo olvidar dónde estaba y en qué estado.
—El precio de la calentura —dijo separándose— es volver desnudo hasta la toalla.
Esperé un rato a recuperar algo de compostura antes de emerger y caminar de vuelta con la poca dignidad que me quedaba, pasando muy cerca de ella, comprobando de paso que el bikini azul mojado se había vuelto completamente transparente. Entre su toalla y la mía, una mujer madura siguió todo mi recorrido con un lento giro de cabeza.
***
Apenas nos quedaba media hora para secarnos antes de comer. Rescaté de la bolsa un tanga azul a juego con su modelito y me lo puse. Un rato después la vi pasar a mi lado, con una minifalda negra plisada que resaltaba su figura, y me regaló una sonrisa pícara que tardé un par de minutos en descifrar. Había aprovechado mi escapada a la orilla para llevarse mis mallas. Me tocaba cruzar la playa entera en tanga, entre toda la gente, hasta el coche.
—Y yo que pensaba que hoy iba a ser un día tranquilo —murmuré.
Como pude, y bastante excitado, alcancé el aparcamiento. Allí estaba ella, aplaudiendo mi llegada. Me cambié a unos pantalones grises ajustados y un polo calado, sin ropa interior, por supuesto. Comimos en un italiano: unas pizzas regadas con un Lambrusco rosado, y de sobremesa un paseo enganchados por la cintura repasando las mejores jugadas de la mañana.
***
Rumbo a las termas, le pedí a Marina que condujera. Como declaración de intenciones, empecé a acariciarme por encima del pantalón hasta liberar al prisionero, comentando lo encendido que me había dejado el juego de la playa. Ella respondió a la provocación agarrándome con firmeza mientras abría las piernas para que comprobara que no llevaba nada debajo de la falda. La acaricié y la encontré igual de mojada que yo de duro. Entre juegos, llegamos.
Nos recompusimos un poco antes de entrar. Compramos las entradas, nos separamos hacia los vestuarios y quedamos en encontrarnos ya en la piscina. Dejé la toalla sobre una tumbona al fondo y la esperé. Había escogido un bañador tipo bóxer blanco, con la parte delantera forrada, aunque tenía mis dudas sobre cuánto aguantaría la transparencia una vez mojado.
Marina apareció dentro de un bañador verde de cintura alta que le sentaba de maravilla. Traía la toalla anudada a la cadera, la dejó caer en la tumbona junto a la mía y me invitó a la piscina. Primero, el paso obligado por la ducha, que pegó la tela a su cuerpo como una segunda piel. A mí el agua me volvió el bañador prácticamente transparente; por suerte, el forro delantero y la ausencia de vecinos convirtieron el espectáculo en un pase privado, solo para ella.
Jugamos un rato bajo los chorros calientes, aprovechando para frotarnos sin demasiado disimulo. Entonces llegó una pareja joven, de poco más de veinte años, con buenos cuerpos: ella en un bikini mínimo, él en unas bermudas finas. Marina me miró con esa chispa que ya conocía.
—Baño turco —dijo—. Pero sal tú primero, que quiero ver cómo te queda el bañador mojado.
Subí despacio por la escalerilla y, al llegar arriba, me giré para que se notara bien la silueta dibujándose contra el forro. Me guiñó un ojo y me siguió, dejando que la tela trasera se le marcara entre las nalgas húmedas. Aceleró el paso para pellizcarme y, ya dentro, amparados por la niebla del recinto, nos fundimos en un abrazo que de inocente no tenía nada. Mientras me recorría la boca con la lengua, me agarró los pezones y los retorció lento, sabiendo de sobra el efecto que eso tenía en mí.
Le sujeté el cuello con una mano y un pecho con la otra, la giré hasta pegar su espalda contra mi pecho y la apreté contra mí. Estábamos tan entregados que no oímos entrar a la pareja joven hasta que ya era tarde. Muertos de vergüenza, salimos casi corriendo entre risas y nos metimos directos al agua a disimular la calentura, que para entonces ya había llegado más gente.
Cuando recuperamos la compostura, salimos a recoger las toallas para ir a cambiarnos. Le dije que se adelantara, que nos veíamos en el hall. Antes de irme me pareció justo regalarles algo a tres mujeres maduras que tomaban el sol en el borde de la piscina: me acerqué a la ducha contigua, dejé que el agua hiciera su trabajo y, como despedida, me incliné a recoger la toalla mostrándoles la retaguardia en todo su esplendor.
***
Después de un día entero al límite, tenía el cuerpo a punto de reventar. Tocaba volver a casa, y no estaba nada seguro de aguantar el trayecto sin lanzarme sobre ella.
Durante el viaje no parábamos de repasar el fin de semana. Marina, casi sin darse cuenta, se acariciaba por debajo de la minifalda mientras recordaba el primer día, cuando me hizo conducir medio desnudo, o la cara que se me quedó al volver en tanga por la playa. Yo le devolvía el recuerdo de su gesto de placer en la camilla del masaje, o de cuando cruzamos medio desvestidos el pasillo del hotel. Con cada recuerdo, la temperatura del coche subía un grado más.
En un momento dado, agarrando lo que asomaba por la cremallera de mi pantalón, levantó las piernas y apoyó los pies en el salpicadero, enseñándolo todo justo cuando adelantábamos despacio a un camión cuyo conductor recibió el espectáculo de cortesía.
—Mira cómo me tienes —me dijo.
Estábamos a quince kilómetros de casa, por la autopista, y ya había caído la noche. Decidí desviarme hacia un área de descanso que tenía cierta fama por los encuentros furtivos. Aparqué a un lado, apagué el motor y no me dio tiempo ni a terminar la frase.
—No aguanto más —empecé, y ella ya se había lanzado.
Retrasé el asiento para darle espacio y encendí la luz interior para no perderme nada. Los cristales empezaron a empañarse, así que bajé un poco su ventanilla. Mientras tanto, yo le acariciaba el culo que me ofrecía bajo la falda. Apenas habían pasado unos minutos cuando me di cuenta de que teníamos compañía: un hombre, de pie junto al coche, se acariciaba mirándonos sin disimulo.
Ahora ya no podíamos parar. Le deslicé un dedo y ella respondió con un respingo y un mordisco suave. Bajé un poco más la ventanilla, y el desconocido metió la mano por la abertura y empezó a acariciarle la cadera. Marina, concentrada en lo suyo, no se enteró de nada. Un último pellizco en mi pezón me llevó al orgasmo más intenso de todo el fin de semana. El espectador terminó contra la puerta del coche y se retiró en silencio.
Nos incorporamos y nos fundimos en un beso largo que sabía a sexo. Subí la ventanilla, arranqué, y por delante teníamos una semana entera para descansar.
Aunque los dos sabíamos que íbamos a tener que repetir.