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Relatos Ardientes

El intercambio que mi novia propuso en aquella fiesta

A Lucía y a mí nos invitaron a una fiesta en casa de Néstor y Bea, una pareja con la que habíamos compartido cenas y veranos durante años. Vivían en un caserón enorme cerca de la costa, de esos con jardín, piscina y demasiadas habitaciones para dos personas. Hacía tiempo que les habíamos perdido la pista, así que la invitación me sorprendió y me hizo ilusión a partes iguales.

De Néstor convenía saber una cosa: se acostaba con todas las mujeres que podía a espaldas de Bea. Ella debió intuirlo en algún momento, o quizá simplemente le surgió la ocasión, porque un día le pagó con la misma moneda. Néstor llegó a casa a una hora rara, sin coche porque se le había averiado, y entró sin hacer ruido. Abrió la puerta del dormitorio y se encontró a Bea acompañada. Cerró con discreción, como quien pide perdón por molestar, pero ella se dio cuenta y salió al rato a ver cómo se arreglaba el desaguisado.

—Parece que te he pillado —le dijo él, sin enfadarse.

El otro se marchó con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Y, lejos de romper nada, aquello los unió de una forma que yo entonces no entendía. Me lo contó el propio Néstor entre risas, semanas después, como quien cuenta una anécdota graciosa.

En el tiempo que estuvimos sin verlos, Lucía y yo hicimos buena amistad con Iván y Renata, una pareja de actores de teatro que vivía en nuestro edificio. A Lucía la fascinaba que fuesen actores. Se la veía cómoda con ellos, distinta, y cuando miraba a Iván había en sus ojos una admiración que yo, ingenuo, atribuía solo al talento sobre el escenario.

Cuando Néstor nos invitó, le hablé de nuestros nuevos amigos y me dijo que los lleváramos sin problema. Insistió, eso sí, en un detalle curioso: que fuéramos vestidos como quisiéramos, que la ropa daba exactamente igual. Lo que no nos dijo fue por qué daba igual.

Lo entendimos al llegar. Antes incluso de que Néstor nos lo explicara, vimos a dos parejas medio desnudas enredándose en el salón sin el menor disimulo.

—Es una fiesta de intercambio —nos soltó Néstor con una copa en la mano—. A Bea le gusta follar y a mí también, así que decidimos hacerlo oficial. No es la primera a la que vamos, pero sí la primera que organizamos. Espabilad y buscad una pareja que os apetezca. Y si no encontráis a nadie, yo estaré encantado de ligar con Lucía.

Lo dijo mirándome a mí, pero lo escucharon los cuatro. Luego se despidió y se perdió pasillo adentro detrás de una tal Carmen, la mujer de un tal Hugo, a la que llevaba toda la noche rondando.

—Marcos, a mí esto no me apetece —me dijo Lucía en voz baja, agarrándome del brazo—. No quiero verte con otra ni hacerlo yo, y menos con Néstor.

—Tranquila, nadie te va a obligar a nada.

—Ya, pero Néstor es muy pesado. Como se le meta algo en la cabeza, nos pone en un compromiso.

—¿Dónde nos has traído? —preguntó Iván, divertido. Renata, más tímida, solo miraba alrededor con los ojos muy abiertos.

—Vamos a por bebida y nos atrincheramos en alguna habitación —propuse.

***

Cogimos una botella de ron, otra de whisky a medias, hielo, vasos y un refresco, y subimos a la planta de arriba hasta encontrar un dormitorio vacío. Nos instalamos en la cama de matrimonio: Iván tumbado, los demás sentados. Bebimos y nos reímos un buen rato a costa de la fiesta y de todo lo que se oía.

Porque se oía mucho. De cada rincón de la casa llegaban jadeos, golpes de cabecero, gemidos amortiguados por las puertas cerradas. Estábamos en mitad de una orgía, protegidos pero rodeados, y mentiría si dijera que aquel barullo de sexo no nos iba calentando poco a poco. Cada cierto tiempo alguien abría la puerta, la música crecía de golpe y se asomaba alguien desnudo o a medias para bromear sobre lo formales que íbamos los cuatro, vestidos de arriba abajo.

—¿Aquí quién hay? —Aparecieron dos chicas desnudas, riéndose—. Si no os gustan vuestras parejas, avisad. Es broma, chicas.

—Os buscaremos, no lo dudéis —les contestó Iván, siguiéndoles el juego. Cerraron la puerta entre carcajadas.

Me acerqué a Lucía, le pasé una mano entre las piernas por encima del vaquero y la besé despacio, recostándola contra la cama. Sin darnos cuenta, fuimos dividiendo el colchón en dos territorios: Iván tumbó a Renata sobre él en su mitad, yo fui desnudando a Lucía en la nuestra. La deseaba, como siempre, pero ella no estaba del todo conmigo. Me devolvía algún beso distraído, con la cabeza en otra parte.

Le quité el sujetador y me hizo una seña rápida, tapándose el pecho, recordándome que podían vernos. Entonces miró a la otra pareja y se dio cuenta de que iban mucho más adelantados: a Renata solo le quedaba el tanga. Vi hacia dónde miraba mi novia, y no era hacia Renata. Era hacia el sexo ya erecto de Iván.

Dudó un instante. Después dejó caer las manos y me permitió besarle los pechos. La noté encenderse poco a poco, mientras de reojo seguía buscando la silueta del cuerpo de Iván. Le fui quitando la ropa hasta que solo quedaron mis calzoncillos y sus bragas.

***

Oímos la voz de Néstor en el pasillo, anunciando a alguien que iba a comprobar si por fin habíamos «espabilado». Empezó a abrir y cerrar puertas, acercándose.

—Viene a ver si me folla —murmuró Lucía.

—Ponte de aquel lado, que parezca que hemos cambiado de pareja —le dije por hacer una broma. Le hice una seña para que se intercambiara un momento con Renata. Se lo dijo al oído y las dos se cambiaron de sitio, riéndose como críos.

—Pero portaos bien —advertí.

—Soy Néstor, ¿estáis bien ahí dentro? ¿Necesitáis ayuda? —dijo antes de abrir. La música subió de volumen cuando asomó la cabeza.

Lo que vio fue más de lo que yo había pretendido. Lucía estaba tumbada encima de Iván, casi desnuda sobre él desnudo, y Renata acurrucada a mi lado. Era imposible que Iván no estuviera notando los pechos de mi novia contra el suyo, y ella el sexo de él rozándole el vientre. Para rematar la función, Lucía le susurró algo al oído a Iván y le besó en los labios, fingiendo, según me contó luego, solo para fastidiar a Néstor enseñándole el culo como por casualidad.

Iván cumplió a su manera. Le metió las manos bajo las bragas, le acarició las nalgas y se las bajó lo justo para que Néstor lo viera bien. Rieron cómplices. Y entonces pasó algo que nadie había previsto: Iván la besó de verdad, sin teatro, con las manos sobándole el culo y el pecho desnudo contra el suyo. Era imposible que aquello ocurriera sin que su erección quedara completamente apretada contra ella. Estaban a un paso de follar delante de mí.

—Vaya, ya conocía ese culo tan bonito —dijo Néstor, mirando a Lucía—. Por eso tenía la esperanza de que estuviera libre. Si te cansas de tu amigo el actor, llámame. —Y salió cerrando la puerta. La música se apagó al otro lado.

Iván seguía acariciándola, y no descarté que ya hubiera llegado más abajo.

—Os habéis pasado tres pueblos —protesté—. Ese magreo es tan innecesario como el morreo, sobre todo cuando Néstor ya se ha ido.

—Me pareció más realista —contestó Iván, apartando las manos del culo de mi novia.

Aquí debo decir algo de Lucía. Hacíamos nudismo los dos, pero ella lo vivía de una forma particular: pese a su timidez, de vez en cuando le gustaba que vieran su cuerpo. Tenía un punto exhibicionista. Y ese pudor solo se le activaba con ciertas personas, casi siempre hombres, lo que para mí era la señal inequívoca de que esa persona le gustaba de algún modo. Yo conocía su atracción por Iván. Lo que no podía imaginar era hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

—Marcos, te dije que no quería intercambios —dijo entonces, con la voz tomada—. Pero ahora estoy muy a gusto. Si no me hubieras empujado encima de Iván... Lo que más deseo en este momento... es que me lo meta un poco. ¿Te parecería muy mal?

Mientras lo decía, había metido la mano entre los dos cuerpos y le había cogido el sexo a Iván. Con la otra se tocaba a sí misma, señal de lo excitada que estaba.

—Te quiero, Marcos —siguió—, pero hagamos honor a la fiesta. Renata, ¿no te gustaría hacer lo mismo con Marcos? Iván, ¿a ti te parece bien?

No me podía creer lo que estaba pasando. Nunca habíamos fantaseado con algo así. Y, sin embargo, de no haber sido tan ingenuo, habría visto venir desde lejos que lo de Iván no era solo admiración por el actor. Que propusiera un intercambio en vez de marcharse con él parecía su forma de decirme que no quería terminar conmigo. Pero con aquel manoseo, ¿cómo no iba a desear acostarse con él? Lo pensé todo a la vez, en tropel.

Lucía me miró por encima del pecho de Iván, cogió mi mano y la guió hasta uno de los pechos de Renata. Renata se dejó. Me pareció que esperaba de mí un trato parecido al que su novio le daba a la mía, y sospeché que no era la primera vez que se prestaban a algo así, por la naturalidad con que lo asumía todo.

—No me mires a mí, tonto —me dijo Lucía sonriendo—. Aprovecha con Renata.

Pasé el brazo por debajo de Renata y la atraje hacia mí. Le acaricié el pecho mirándola a los ojos, asegurándome de que no había ninguna resistencia. Acostumbrado al cuerpo más menudo de Lucía, el de Renata me resultó distinto y, desde luego, muy agradable. Mientras tanto, las bragas de mi novia habían desaparecido y colgaban de la lamparita de la mesilla, húmedas.

***

Por un gesto del cuerpo de Lucía supe el momento exacto en que se introdujo el sexo de Iván. Soltó un sollozo corto. Me recorrió un escalofrío al saber que otro estaba dentro de ella. Y, a la vez, nunca la había visto tan guapa: el deseo le daba un rubor en las mejillas y un brillo en los ojos que la volvían arrebatadora. Era la primera vez que estaba con otro hombre desde que nos conocimos, tres años atrás.

—Ay, qué gusto... Marcos, creo que me voy a correr, déjame que me corra.

La escena y aquella belleza extra me empujaron a mí también. Le quité el tanga a Renata y me bajé los calzoncillos de un tirón, casi como una pequeña venganza por la afrenta. Pero ninguno de los dos estaba lo bastante lubricado y al principio costó. Renata era todo paciencia: no se quejó, apenas un leve gesto de retirada. Así que decidí ir más despacio. Le cogí la cara con cuidado y la besé, dulce y largo, hasta que su lengua salió al encuentro de la mía. Le besé el cuello, los pechos, los costados, esos rincones que tanto me gustan, y noté cómo empezaba a soltarse y a disfrutar de verdad.

Al otro lado, Iván y Lucía terminaron casi a la vez, sumando sus gemidos a una casa que ya estaba llena de ellos. Un poco rápido, para mi gusto. Intenté no escuchar y concentrarme en Renata, que en aquel momento merecía toda mi atención mucho más que mi propia novia.

Pasamos un buen rato acariciándonos hasta que Lucía habló.

—Si queréis, podemos volver cada uno con su pareja.

—Ni hablar. Disfrutad un poco más —contesté—. Ahora soy yo el que necesita lo suyo, si Renata también lo desea.

La miré y ella asintió con una sonrisa. Bajé hasta su sexo y recorrí con la lengua su vulva entera, demorándome en el clítoris, esa parte tan suave e íntima que tanto me gusta. Soltó un gemido y enseguida movía las caderas y me empujaba la cabeza con la mano. No sé qué hacían los otros; me pareció oír la puerta abrirse y cerrarse otra vez, quizá Néstor de nuevo. Renata tuvo un orgasmo limpio y, cuando se calmó, me pasó los brazos por debajo y tiró de mí para que la penetrara.

Esta vez entré hasta el fondo. Empecé despacio, marcando un ritmo lento, hasta que ella se incorporó sin separarse y quedó encima, cabalgándome. La postura me dejó libre un dedo para rozarle el clítoris, y al rato volvió a correrse, arrastrándome con ella. Me callé por respeto a Lucía y a Iván, que tampoco se lo merecían tanto; como mucho, dejé escapar algún sonido ronco.

Renata se tumbó sobre mí y reposamos cuerpo contra cuerpo. Miré a Lucía: estaba abrazada a Iván, los dos observándonos.

—Para no tener clara la idea del intercambio, no lo habéis pasado nada mal —dijo ella.

—Nada mal —respondí, y le di un beso en la boca a Renata.

Lucía metió la mano entre nuestros cuerpos y me buscó. Un pequeño tirón me dijo que quería volver conmigo. Renata lo notó y las dos se intercambiaron de nuevo. Por el camino, mi novia le rozó un pecho a Renata.

—Tenía curiosidad. Qué bonitos los tienes —le dijo, y se sonrieron.

Luego subió al cobijo de mis brazos. Le susurré al oído:

—A mí también me ha gustado. Cuando Renata se corría movía las caderas justo como a mí me vuelve loco.

—¿Yo muevo las caderas?

—Una barbaridad. Y las moviste con Iván. Si quieres repetir con él, por mí no hay problema.

—Eres un poco malo —me contestó al oído, también bajito—, pero tienes derecho a serlo. Ya veremos luego. Iván tiene un sexo muy agradable.

Y, como para demostrarlo, alargó la mano y se lo cogió a Iván, que no se lo esperaba. Le di un manotazo suave y nos reímos los cuatro.

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Comentarios (4)

DiegoFdez

que buenisimo!!! desde la primera linea ya no podia parar de leer

Patri_K

Por favor que haya una segunda parte, no me puedo quedar con las ganas jaja

Nacho_87

El título me enganchó de entrada y el relato cumplió. Bien ahí

ValeMdq

Se me hizo cortisimo, queria mas. Muy bien contado de todas formas :)

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