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Relatos Ardientes

Nuestra primera noche de intercambio con otra pareja

Todo esto pasó hace ya unos diez años, que fue cuando empezamos de verdad a meternos en este mundo. Habíamos tenido un par de encuentros sueltos con otras parejas, pero siempre con demasiadas prisas y poca confianza, así que nada acababa de funcionar. Una noche, medio en broma, mi mujer me propuso poner un anuncio en internet diciendo que buscábamos pareja para intercambio, y lo hicimos sin pensarlo demasiado.

Respondió gente rara, gente que escribía dos líneas y desaparecía, gente que solo quería fotos. Pero entre todos los mensajes apareció una pareja que parecía distinta. Escribían con calma, contaban cosas de ellos, preguntaban por nosotros. Les pasé mi número y el chico y yo empezamos a hablar por teléfono casi cada noche, tanteándonos, a ver si valía la pena quedar los cuatro.

—¿Vosotros también os ponéis nerviosos antes de conocer a alguien? —me preguntó él una de esas noches.

—Más de lo que te imaginas —le confesé, y los dos nos reímos.

Quedamos para la semana siguiente, en principio solo para tomar unos cafés y vernos las caras. Pero un par de días antes me llamó y me propuso que mejor comiéramos juntos, para tener más tiempo y no ir con el reloj encima. Yo le dije que conocía un bar pequeño cerca de casa donde se comía muy bien y muy barato, un sitio tranquilo donde podríamos hablar sin que nadie nos molestara.

***

Llegamos a la hora acordada y ellos ya estaban allí, puntuales. Y la verdad es que eran tal como nos los habían pintado, o incluso mejor. Una pareja guapísima, sobre todo ella. Se llamaba Daniela, era latina, y tenía una figura que cortaba la respiración. Todavía me acuerdo del nombre y de la sensación de verla por primera vez: una de las mujeres más sexis que hemos conocido nunca. Y no solo era preciosa, también era cercana, simpática, de esas personas con las que te sientes cómodo a los cinco minutos.

Él se llamaba Andrés y era igual de agradable. Rondaban los treinta y pocos los dos. Daniela tenía unas curvas que me volvían loco y un pecho espectacular; Andrés se notaba que cuidaba el cuerpo, que pisaba el gimnasio. Nos sentamos, pedimos, y a los pocos minutos ya había una química evidente sobre la mesa. Ellos tenían experiencia de sobra, y nosotros, aunque más novatos, teníamos muchísimas ganas. Empezamos a hablar de gustos, de límites, de lo que nos gustaba y lo que no.

En mitad de la comida, Daniela se inclinó hacia mi mujer y le preguntó, con una sonrisa traviesa, si quería acompañarla al baño. Mi mujer me miró un segundo, como pidiéndome permiso sin palabras, y se levantó con ella.

Tardaron bastante. Cuando volvieron, las dos tenían las mejillas encendidas y una risita cómplice que no supe interpretar en ese momento. Daniela me guiñó un ojo al sentarse, pero yo seguía sin enterarme de nada. Seguimos comiendo como si no hubiera pasado nada, charlando de tonterías, y solo más tarde, ya de camino a su casa en el coche, mi mujer me contó al oído lo que había ocurrido entre aquellas cuatro paredes.

***

Me dijo que, nada más entrar al baño, Daniela la había puesto contra la pared y la había besado sin avisar, con hambre. Mi mujer llevaba un conjunto de dos piezas, y Daniela le coló la mano por debajo mientras seguía comiéndole la boca. A mi mujer se le disparó todo por dentro; me confesó que en cuestión de segundos estaba mojadísima, más excitada de lo que recordaba haber estado nunca.

Luego le tocó el turno a Daniela. Mi mujer le bajó el vestido y descubrió unos pezones grandes que le pedían atención, y se lanzó a ellos sin pensarlo. La cosa subió rápido. Daniela se arrodilló, le apartó la ropa interior y empezó a lamerla, y ahí, de pie contra los azulejos fríos del baño de un bar, mi mujer se corrió por primera vez en boca de otra mujer. Tuvieron que parar porque alguien empezó a golpear la puerta, y salieron componiéndose el pelo como si tal cosa.

Escuchar todo aquello en el coche, mientras conducía detrás de su coche hacia su casa, me tenía al borde. No sabía si llegaríamos enteros.

***

En su casa nos ofrecieron algo de beber. Andrés sacó unos refrescos y nos sentamos un rato en el salón, todavía con esa tensión flotando en el aire. Entonces Daniela cogió de la mano a mi mujer y se la llevó al dormitorio.

—Tiene un armario lleno de lencería —me dijo Andrés, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Cuando se pone a elegir, tardan.

Tardaron unos veinte minutos largos. Hablamos él y yo de cualquier cosa, los dos sabiendo perfectamente lo que estaba a punto de pasar. Y cuando se abrió la puerta, se me secó la boca. Salieron las dos transformadas, con unos tacones altísimos y unos conjuntos que dejaban poco a la imaginación. Daniela estaba para comérsela, pero mi mujer no se quedaba atrás; nunca la había visto tan dispuesta, tan segura de sí misma. Y aun así, lo reconozco, esa mujer latina me tenía completamente hipnotizado.

Daniela vino directa hacia mí y nos empezamos a besar en el sofá. Le metí la mano por debajo del conjunto y la encontré empapada, dilatada, lista. Le metí un par de dedos con una facilidad que me sorprendió, sin dejar de besarla. Bajé después a su pecho y me quedé un rato ahí, perdido, hasta que ya no aguanté más la ropa encima y me la quité. Andrés hizo lo mismo. En cuestión de minutos estábamos los cuatro desnudos en aquel salón.

Levanté la vista y vi a mi mujer arrodillada delante de Andrés, comiéndosela. Él la tenía considerable, y a mi mujer las pollas grandes la ponen muchísimo, así que se entregó como pocas veces la había visto, gimiendo entre lametazos, mirándome de reojo para comprobar que yo la estaba viendo. Estaba salidísima.

***

Daniela se bajó por mi cuerpo y empezó a hacerme una felación de escándalo. Lo hacía tan bien que tuve que pedirle que parara, porque si seguía no iba a durar nada. La tumbé en el sofá, le abrí las piernas y le puse las rodillas en alto. Me arrodillé en el suelo y empecé despacio, primero concentrado en su clítoris, dibujando círculos lentos, y luego bajando poco a poco mientras ella arqueaba la espalda.

—No pares, por favor, no pares —me pedía con la voz rota.

Le metí dos dedos y noté cómo se contraía alrededor de ellos. Empecé a moverlos más rápido, sin dejar de lamerla, y ella me clavó las uñas en el hombro.

—Así, más fuerte, que me corro —jadeó.

Le di con todo lo que tenía, lengua y dedos a la vez, y se corrió temblando, apretándome la cabeza con los muslos. A un par de metros, en el mismo sofá, mi mujer estaba abierta de piernas con Andrés entre ellas, igual de empapada, y las dos se buscaban la boca por encima de mí, besándose mientras nosotros las devorábamos. Era una imagen que no olvidaré.

***

Ya no podía más. Me puse el preservativo y empezamos a follar cada uno con nuestra propia pareja, todavía sin cruzarnos del todo. Empecé con mi mujer, porque al principio estaba un poco insegura y quería que se sintiera cómoda. Pero le duró poco la timidez: en cuanto cogió confianza se giró hacia Daniela y la besó, y Daniela le respondió al instante. Las dos se mecían sobre nosotros, agarradas de la mano, besándose entre gemidos.

Fue mi mujer la que, en un momento dado, propuso intercambiar. Y ahí cambiamos de verdad. Las pusimos a cuatro patas, pero de frente la una a la otra, de manera que pudieran besarse y tocarse mientras nosotros las teníamos cogidas de las caderas. Yo embestía a Daniela todo lo rápido que el cuerpo me dejaba, fascinado con cómo se movía. Volvió a correrse, esta vez con un gemido largo que se le escapó contra la boca de mi mujer.

Andrés y mi mujer se quedaron en el salón, y Daniela tiró de mí hacia el dormitorio. Pensamos que vendrían detrás, pero no lo hicieron, y la verdad es que aquello fue lo mejor de la noche, al menos para mí.

***

Nos tumbamos en la cama y seguí follándomela. Daniela era pura entrega; abría las piernas todo lo que podía, me pedía más, me decía al oído lo que quería. En mitad de todo me puso una mano en el pecho.

—Para un segundo —me dijo, mirándome fijo.

Me quedé quieto, sin entender. Entonces, sin apartar los ojos de los míos, me quitó ella misma el preservativo y se metió mi polla dentro otra vez, ahora sin nada de por medio. Yo ya no pensaba con claridad, solo quería seguir. Me hundí en su pecho e intenté llegar lo más profundo posible mientras ella me soltaba todo tipo de guarradas al oído.

—Quiero que me llenes, no te salgas —me susurraba.

Sentí que me venía. Hice el gesto de salir para terminar fuera, pero ella me sujetó con las piernas y no me dejó.

—Dentro —me ordenó, y eso bastó.

Verla gemir al sentirlo, con esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que hace, fue el broche perfecto para nuestra primera noche de verdad en este mundo. Luego vinieron muchas más, algunas iguales y otras incluso mejores, pero esa fue la que nos abrió la puerta. Para el resto, ya habrá tiempo de contarlas en otros relatos.

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Comentarios (4)

parejaBsAs

Tremendo relato, nos identificamos un monton con esa mirada antes de cruzar el umbral. Eso lo dice todo sin necesidad de una palabra.

LoboSolitario7

se hizo cortoooo! quiero saber que paso el resto de la noche jajaja

Curioso_76

Esa tension justo antes del punto sin retorno es exactamente lo que yo senti en una situacion parecida. Me llevo de vuelta a ese momento. Muy bueno.

GabiRioSeco

Increible como capturaste la mezcla de nervios y morbo sin caer en lo burdo. Se siente muy real todo.

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