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Relatos Ardientes

El médico de guardia que curó a mi mujer

Y ahí estábamos los dos, recién llegados a la sala de urgencias del hospital, todavía con la ropa de salir y un calentón a medio terminar. Por suerte era la clínica privada y, para ser un viernes de agosto por la noche, apenas había gente esperando. Me llamo Andrés, tengo cuarenta y tantos, aunque me dicen que aparento menos. Cuido mi cuerpo, me gusta vestir bien y todavía conservo una buena mata de pelo castaño que me da algo de vanidad.

Mi mujer se llama Lorena. Tiene unos años menos que yo y le pasa lo mismo: la gente le echa siempre menos edad de la que tiene. Es menudita, de melena castaña y ojos grandes, con unos labios carnosos que me vuelven loco y un cuerpo delgado pero firme. Sus pechos no son grandes, pero a mí me encantan, con esos pezones que se le ponen duros enseguida. Lleva diez años casada conmigo y todavía no nos cansamos el uno del otro.

No tenemos hijos. Disfrutamos de la vida sin culpas: la comida, el vino y, por supuesto, el sexo. No somos de grandes excesos, pero tenemos nuestros juegos y los exprimimos al máximo. Los viernes son sagrados. Salimos a cenar, abrimos una botella de tinto para ir entrando en calor y después volvemos a casa a tomar una copa y a «jugar» un rato.

Aquella noche Lorena venía más encendida de lo normal. Desde que entramos por la puerta ya quería sacar los juguetes y enseñármelos. Tenemos varios vibradores, de distintos tamaños y colores, y casi siempre seguimos el mismo ritual: empieza con el más pequeño y va subiendo hasta el más grueso, para que cuando entre yo lo tenga todo ardiendo.

Esa fue la idea esa noche también. Ella se metió uno de los gordos, gimió bonito, y cuando fui a sustituirlo por mí, se quejó. Le dolía. Nos miramos extrañados, porque siempre está tan mojada que jamás hay problema, y de hecho lo estaba. Pero el dolor no se iba. Entre la preocupación y la calentura, nos vestimos a medias, cogimos el coche y nos plantamos en urgencias.

En el mostrador nos atendió una chica joven, pelirroja, que no llegaría a los veinticinco. Supuse que en pleno verano tirarían de personal nuevo para cubrir las vacaciones. Nos preguntó el motivo de la consulta y, como Lorena se moría de vergüenza, respondí yo.

—Mire, estábamos teniendo relaciones y a mi mujer le ha empezado a doler de repente. Nunca le había pasado.

La chica levantó las cejas y, sin querer, echó un vistazo fugaz a mi entrepierna, que para colmo reaccionó un poco. Disimuló enseguida y nos señaló los asientos.

—De acuerdo. Esperen ahí, los llamará el doctor Velarde, que es quien está de guardia esta noche. Pueden pasar los dos juntos.

—Gracias.

Nos sentamos en la salita. A pesar de la situación, los dos seguíamos con el cuerpo a mil. Lorena cruzaba y descruzaba las piernas, yo intentaba pensar en otra cosa. No habían pasado ni cinco minutos cuando una voz por el altavoz nos mandó a la sala cinco.

***

Íbamos con la misma ropa de la cena. Lorena llevaba una minifalda morada y una camiseta blanca muy ajustada que le marcaba el pecho; yo, un vaquero corto y una camisa holgada de verano. Llamamos a la puerta y nos asomamos despacio, casi con timidez.

Detrás del escritorio había un hombre de unos cincuenta y tantos, alto, de barriga prominente y pelo canoso, con la bata blanca impecable. Se levantó a darnos la mano.

—Buenas noches, encantado. Soy el doctor Velarde. Ustedes serán Andrés y Lorena, ¿verdad?

—Sí, los mismos —dije.

Tenía la cara redonda, una sonrisa tranquila y una mirada que no supe descifrar. Algo en sus ojos me puso en alerta y, a la vez, me dio un cosquilleo extraño en el estómago.

—Me han dicho que han venido porque a Lorena le ha dolido durante las relaciones. ¿No te había pasado nunca?

—No, nunca —contestó ella en voz baja.

—¿Estabas lubricada?

—Sí, la verdad que sí. Habíamos estado calentando antes con… juguetes. No sé qué me ha podido pasar.

—Tranquila. Te voy a explorar un poco y vemos qué ocurre. Ve a la camilla y siéntate. Andrés, tú puedes mirar desde esa silla mientras la examino; así, si tienes alguna duda, me la preguntas.

Lorena se subió a la camilla. La falda era tan corta que, desde donde yo estaba, le veía el tanga entero. El médico le revisó los ojos, le hizo sacar la lengua, todo muy profesional, y luego, sin cambiar el tono, le pidió que se quitara la camiseta y el sujetador para explorarla mejor.

Lorena dudó un segundo y obedeció. Sus pechos quedaron al aire, con los pezones tiesos. Estaba más excitada de lo que aparentaba.

—Muy bien. Tienes un pecho muy bonito. Voy a palparte un poco.

Empezó a tocarle los senos despacio, rozándole los pezones con la yema de los dedos, asintiendo como si tomara nota mental, recreándose más de lo necesario. Yo tragué saliva. Sabía que aquello no era una exploración normal, y sin embargo no dije nada. Me quedé clavado en la silla, mirando.

—Ahora baja un momento y quítate la falda y la ropa interior.

No deberíamos estar haciendo esto, pensé. Pero la situación me tenía atrapado, con el pantalón cada vez más apretado.

Lorena se bajó de la camilla, se quitó la falda y el tanga y se quedó completamente desnuda delante de los dos. No me miró. Tenía la respiración entrecortada.

—Date la vuelta y tócate los tobillos con las manos.

Ella se inclinó hacia delante. El médico se acercó por detrás, le palpó los labios con dos dedos y murmuró, sin disimular ya:

—Muy bien, eso quería ver. Tienes un sexo perfecto. Sube otra vez a la camilla.

Lorena subió. Él le pidió que doblara las rodillas y juntara las plantas de los pies. Al hacerlo, su sexo depilado quedó abierto y expuesto a un palmo de la cara del doctor. Yo apretaba los puños sobre los muslos.

***

—Voy a explorarte para ver cómo reaccionas. No me pongo guantes porque así lo palpo mejor; tranquila, tengo las manos limpias. Me voy a humedecer un dedo y te lo paso por fuera, despacio. Si algo te molesta, me lo dices.

Lorena asintió, entre la vergüenza y un deseo que ya no podía esconder. El médico se llevó el dedo a la boca y empezó a recorrerle los labios, primero por fuera, en círculos lentos, y luego lo introdujo poco a poco. Ella cerró los ojos.

—Mmm. Parece que estás mojada. ¿Te gusta?

—Sí… sí me gusta —susurró.

Se chupó otros dos dedos y se los metió, moviéndolos con un ritmo cada vez más firme. El sexo de mi mujer brillaba bajo la luz blanca de la consulta y, por su cara, supe que estaba a punto de perder la cabeza. Yo tenía la polla durísima dentro del pantalón y la mano temblándome encima.

—Reacciona perfectamente —dijo él sin dejar de moverse—. Se está poniendo cada vez más húmeda. ¿A que sí?

—Sí, mucho… me está dando mucho gusto.

—Voy a pasarte un poco la lengua, para comprobar cómo responde y descartar del todo. ¿Les parece bien? —me miró buscando mi permiso, como si aquello fuera un trámite.

—Haga lo que crea necesario, doctor —dije con la voz rota—. Usted es el profesional.

No reconocí mi propia voz. Le estaba dando permiso a un desconocido para comerle el coño a mi mujer delante de mí, y lo peor era que jamás había estado tan excitado.

El doctor bajó la cabeza y empezó a lamerla por fuera, luego le buscó el clítoris con la lengua y la fue hundiendo cada vez más adentro. Lorena gemía bajito, agarrada a los bordes de la camilla.

—Tienes un sexo delicioso, Lorena. Seguro que Andrés está encantado de la vida —levantó la cabeza, con los labios brillantes—. Creo que ya estás curada. Pero te voy a hacer una última prueba para asegurarnos del todo, aprovechando lo lubricada que estás. Y, total, no te has llegado a correr, ¿verdad? Llevas un buen calentón.

—Sí, doctor… tengo el coño empapado —admitió ella, ya sin pudor.

***

El médico se colocó a la altura de la cabeza de Lorena y empezó a desabrocharse el pantalón. Se bajó la ropa interior y dejó frente a la cara de mi mujer una polla gruesa, durísima, con las venas marcadas. Era mucho más ancha que la mía, aunque no tan larga.

—Mírala, Lorena. ¿Te gusta?

—Uf… sí. Está muy dura.

—Se ha puesto así por ti. Venga, chúpamela un poco, a ver qué tal lo haces.

Lorena giró la cabeza y se la metió en la boca con unas ganas que nunca le había visto. Lo chupaba despacio y profundo mientras él volvía a hundirle los dedos en el sexo chorreante. Levantó la vista hacia mí, sin sacársela, y esa imagen casi me hace correrme dentro del pantalón.

—Joder, Andrés, cómo te la come tu mujer —me soltó él, jadeando—. Tienes que estar orgulloso.

—Lo que estoy es a punto de explotar —confesé.

—No te preocupes, que para ti tengo algo después. Ahora le toca a ella. Lorena, baja de la camilla y ponte de espaldas, con el culo en pompa.

Lorena obedeció. Se inclinó hacia delante, ofreciéndonos a los dos su trasero respingón. El médico se colocó detrás, se escupió en la mano, y la penetró de una sola embestida con esa polla enorme.

Ella soltó un gemido que temí que se oyera en toda la planta. Él la sujetaba de las caderas y entraba y salía con un ritmo constante, sin prisa.

—Estás curada, Lorena —dijo entre dientes—. Córrete cuando quieras. Déjate llevar.

No tardó nada. Lorena arqueó la espalda, gritó y se corrió con tanta fuerza que el flujo le bajó por la cara interna de los muslos. Verla así, partida en dos por un desconocido mientras yo miraba sin mover un dedo, fue lo más sucio y excitante que había vivido jamás.

El doctor sacó la polla en el último momento y se corrió sobre la espalda y el culo de mi mujer, en chorros largos que le resbalaron despacio por la piel.

—Bueno, Lorena, estás como nueva —dijo recuperando el aliento y la sonrisa de antes—. No creo que volváis a tener problemas. Pero si alguna vez se repite, ya sabéis dónde estoy. Venís cuando queráis y lo comprobamos otra vez.

Lorena se incorporó, roja, con el pelo pegado a la cara y una sonrisa que no le había visto en años. Entonces el médico se giró hacia mí, mientras se subía el pantalón con toda la calma del mundo.

—Y ahora es tu turno, Andrés. No pensarías que ibas a quedarte así, ¿verdad?

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Comentarios (4)

RolandoXX

Tremendo relato, de los mejores que leí en este sitio. Hay segunda parte?

SoledadM

Lo que más me gustó es cómo está narrado desde la perspectiva del marido, eso le da una tensión distinta. Muy bien escrito.

MarcoRivero

jajajaja el titulo me enganchó al instante y el relato no defrauda para nada. Genial.

ValentinaOsc

Me encantó la forma en que lo contaste, sin ser burdo. Seguí escribiendo!

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