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Relatos Ardientes

Lo que empezó como bromas con los vecinos de enfrente

Al piso de enfrente se mudó una pareja joven, de treinta y pocos, sin hijos. Compraron el apartamento un par de meses antes y se pasaron semanas de obras, con el ruido y el polvo de rigor. Su salón daba pared con pared con el nuestro, porque la distribución del edificio era idéntica en los dos lados del rellano.

Al primero que conocimos fue a él. Sonó el timbre una tarde, en plena reforma, y Lucía abrió.

—Hola, soy Rubén, el vecino de enfrente —dijo él—. Venía a disculparme por las molestias de las obras y, ya de paso, a presentarme.

Salí al recibidor y le di la mano.

—Tranquilo por el ruido, es lo normal —respondí—. Para lo que necesites, aquí estamos.

Me cayó bien desde el principio. Era un tipo simpático, directo, de esos que llenan una conversación sin esfuerzo. Su mujer, Daniela, seguía en Sevilla cerrando la venta del piso de allí, así que él se había adelantado para meter prisa a los obreros y dormía solo entre cajas y cubos de pintura.

—¡Qué majo! —dijo Lucía cuando cerró la puerta.

—Más majo te ha parecido el careto que tiene —piqué yo.

—Eso también —se rió ella—. Ya veremos si dices lo mismo cuando llegue su mujer.

***

Pasaron los días y coincidimos varias veces en el portal. Una noche en que yo estaba solo, Rubén cenó en casa porque todavía no le habían conectado el gas. Otra tarde llamó al timbre con la cara de circunstancias.

—Te pido un favor —dijo—. Vengo de correr y los fontaneros aún no me han montado el plato de ducha. ¿Me dejarías ducharme aquí? Una ducha rápida.

—Claro, hombre. Mira, además voy a hacer la cena. Lucía llega en nada del trabajo, así que te duchas y te quedas.

Lo llevé al baño grande, el de nuestra habitación, y me metí en la cocina. Estaba batiendo los huevos para una tortilla cuando oí la puerta de casa y, un minuto después, una risa nerviosa por el pasillo. Lucía apareció en la cocina con la cara descompuesta de aguantarse la carcajada.

—No me había dado cuenta de que estaba aquí —susurró—. Entré directa a la habitación a cambiarme, abrí el armario en bragas y se abrió la puerta del baño. Me pilló entera.

—No jodas. ¿Y qué hizo?

—Se metió otra vez para dentro pidiendo perdón. Más colorado que un tomate.

Rubén salió poco después, todavía con las orejas encendidas, disculpándose tanto que tuvimos que pedirle por favor que lo dejara. Nos sentamos a cenar y abrimos una botella de vino, algo que no solíamos hacer entre semana.

A mitad de cena le sonó el móvil. Era Daniela. Pudimos seguir la conversación a medias: ella llegaba en dos días y le preguntaba por las obras.

—Era mi mujer —dijo al colgar—. Viene pasado mañana.

—Pues ya tendrás ganas —dijo Lucía—. Llevas tres semanas aquí solo.

—Tres semanas de secano —soltó él, y enseguida se tapó la boca—. Perdón. El vino.

—Y para eso estamos los vecinos —dije yo siguiéndole la broma—. Hoy por ti, mañana por mí.

—¡Serás burro! —me reprochó Lucía, pero se reía con nosotros.

Las bromas fueron subiendo de tono al ritmo de la botella, siempre en esa frontera en la que nadie se atreve a cruzar pero todos rozan la línea con la punta del pie. Cuando Rubén se marchó, Lucía recogía los platos sonriendo para sí misma.

—Menudo repaso te ha dado —le dije—. Cada vez que te levantabas a por algo no te quitaba ojo del culo.

—Pues si ya me vio entera, qué más le da —contestó ella, encogiéndose de hombros.

—Imagínate cómo estará ahora. Pobre, solo en su casa.

***

Esa noche, en la cama, no hizo falta hablar mucho. Mi mano se coló bajo el pantalón corto de su pijama y la encontré húmeda antes de tocarla apenas.

—Mira tú cómo estás —murmuré.

—¿Y de quién es la culpa? Con tanta bromita.

Su mano rodeó mi polla, ya dura, y se puso de rodillas en el colchón. Bajó mis calzoncillos despacio y pasó la lengua por el glande antes de metérsela entera en la boca, subiendo y bajando con esos gemidos suaves que conozco de memoria. Le aparté la camiseta y le agarré un pecho, notando el pezón duro entre los dedos, mientras con la otra mano buscaba su clítoris y lo acariciaba en círculos hasta sentirlo hincharse.

La giré y la coloqué sobre mí, su sexo a la altura de mi boca, su boca todavía en mi polla. Recorrí su coño con la lengua y le metí dos dedos, despacio primero y más rápido después, hasta que se puso rígida y se corrió contra mi cara sin aviso, empapándome la barba.

Sin recuperarse siquiera, se incorporó y se dejó caer a horcajadas, empalándose de un solo movimiento. Soltó un gemido largo y empezó a moverse.

—Lo llevo esperando todo el día —jadeó.

Subía y bajaba clavándose hasta el fondo, los pechos bamboleándose sobre mí. Le agarré las caderas para acompañar su ritmo y la oí desbocarse hasta que arqueó la espalda y se corrió otra vez, apretándome por dentro. Yo terminé un segundo después, hundido en ella, mientras se desplomaba sobre mi pecho.

—Estoy deseando conocer a Daniela —dijo luego, medio dormida—. Si es la mitad de simpática que él, nos vamos a llevar de maravilla.

***

Daniela llegó un domingo por la tarde. Yo estaba en el garaje limpiando la moto —Rubén y yo compartíamos esa afición— cuando un coche aparcó en la plaza de al lado. Del asiento del copiloto bajó una mujer alta, delgada, de melena oscura y rizada, con unos ojos verdes que cortaban la respiración. Al sonreír se le marcaban dos hoyuelos a los lados de unos labios carnosos.

—Tú debes de ser Mario —dijo tendiéndome la mano, y al final me dio dos besos que me dejaron prendado de su perfume—. Rubén no para de hablar de vosotros.

Subí una de las maletas con ellos hasta el piso. En el ascensor se colocó entre los dos y, al salir, no pude evitar mirarle el culo, redondo y respingón, embutido en un vaquero ceñido. Rubén abrió la puerta de su casa, dejó las maletas en el suelo y la cogió en brazos para cruzar el umbral.

—Es la cuarta casa en la que vivimos —explicó al verme la cara—. Y siempre entra así la primera vez. Manías.

—Pues me parece bien —dije—. Os dejo, que querréis instalaros. Lucía está deseando conocerte, Daniela, pero con calma.

—Danos un par de horas —contestó ella, y miró a Rubén con una sonrisa pícara—. Mejor tres. Para descansar del viaje.

Cuando le conté la escena a Lucía, soltó una carcajada.

—¿Descansar? Van a recuperar las tres semanas de secano de una tacada.

***

Las dos parejas congeniamos enseguida. Los fines de semana salíamos juntos, casi siempre con las motos, y Daniela y Lucía empezaron a quedar entre semana para ir de compras o al gimnasio. Las bromas de Rubén seguían apuntando siempre al mismo sitio, y nadie hacía nada por desviarlas.

—Cambiamos —dijo una tarde, despidiéndonos tras una ruta—. Tú con Daniela, Lucía conmigo.

—Para las salidas en moto —puntualizó Lucía con una ceja levantada—, que si no me ilusiono.

Rubén tragó saliva al darse cuenta de lo que había soltado, y se echó a reír.

Lo que ninguno decía en voz alta empezó a notarse en los silencios. Una noche, después de una cena en su casa, Rubén dejó caer, como quien comenta el tiempo, que la pared del salón era tan fina que se nos oía perfectamente desde su sofá.

—No veas cómo nos puso oíros el otro día —dijo mirando a Daniela—. A los dos.

Daniela no apartó la vista de mí en ningún momento. Esa mirada no dejaba lugar a dudas.

***

El último sábado de aquel mes lo pasamos en su casa, con vino y música baja, y en algún momento las cuatro sillas se convirtieron en un único sofá demasiado pequeño para cuatro. Lucía estaba sentada junto a Rubén; yo, con Daniela a mi lado, su muslo pegado al mío.

—¿Vamos a seguir fingiendo toda la noche —dijo Daniela, dejando la copa en la mesa— que no llevamos meses dándole vueltas a esto?

Nadie contestó. Miré a Lucía y ella me devolvió una mirada que conocía bien: la misma que ponía cuando algo le daba miedo y la excitaba a partes iguales. Asintió apenas.

Fue Daniela la que rompió el hielo. Se giró hacia mí y me besó, lento, con la lengua entrando despacio en mi boca, mientras al otro extremo del sofá Rubén deslizaba una mano por el muslo de Lucía. Oí a mi mujer suspirar y supe que ya no había vuelta atrás.

Daniela me cogió de la mano y nos cambiamos de sitio sin palabras, solo miradas, hasta que cada uno quedó frente a la pareja del otro. Le subí la camiseta y le descubrí los pechos, pequeños y firmes, los pezones ya duros. Los recorrí con la lengua mientras ella me desabrochaba el pantalón y metía la mano buscándome.

—Lucía tenía razón —murmuró contra mi oído—. La tienes bonita.

A un metro, mi mujer estaba de rodillas frente a Rubén, lamiéndolo despacio, los ojos cerrados. Verla con él, después de tantas bromas, de tantas noches imaginándolo en voz alta, me puso más duro de lo que recordaba haber estado nunca.

Tumbé a Daniela en la alfombra y le quité el vaquero que tanto había admirado en el ascensor. La abrí de piernas y bajé con la boca hasta su sexo, ya empapado, jugando con el clítoris hasta que se agarró a mi pelo y arqueó la espalda. Cuando le metí los dedos, gimió tan fuerte que Lucía giró la cabeza y nos miró desde el sofá, sin dejar de cabalgar a Rubén.

—Así —jadeó Daniela—. No pares.

Me coloqué sobre ella y la penetré despacio, sintiéndola cerrarse a mi alrededor. Empecé a moverme y ella enredó las piernas en mi cintura para clavarme más hondo. A nuestro lado, Lucía se movía sobre Rubén al mismo ritmo, como si los cuatro siguiéramos un compás invisible, y los gemidos se mezclaban sin que ya supiéramos cuál era de quién.

—Mírala —me dijo Daniela al oído, con la voz rota—. Mira cómo disfruta tu mujer.

La miré. Lucía me sostuvo la mirada mientras se corría sobre el vecino, la boca abierta, los pechos saltando, y esa imagen me empujó al límite. Daniela sintió que estaba cerca y apretó las piernas, susurrándome que siguiera, que no parara, hasta que me corrí dentro de ella entre espasmos, con la frente apoyada en su hombro.

Nos quedamos los cuatro tumbados, recuperando el aliento, sin saber muy bien qué decir. Fue Rubén, cómo no, el que rompió el silencio.

—Pues ya está roto el hielo —dijo, y los cuatro nos echamos a reír.

Lucía gateó hasta mí y me besó, todavía agitada, con una sonrisa que no le había visto en años.

—Tú y tus bromas de vecinos —me susurró—. Mira dónde nos han traído.

Al otro lado del rellano, nuestra casa esperaba vacía. Aquella noche, por primera vez, fuimos nosotros los que dimos guerra contra la pared fina.

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Comentarios (5)

MartinZC

buenisimo!!! espero que haya segunda parte

Rodri_BA

jajaja me imagino la cara de todos al dia siguiente en el pasillo. tremendo

LucilaRos

Me encanto como construye la tension al principio, esa insinuacion entre vecinos es lo mas erotico del relato. Sigue asi!

CarlosFdz_lector

muy buen relato, se siente real. Esperando ansioso la continuacion

VicenteMdz

La verdad que me sorprendio como termino, no me lo esperaba. Excelente

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