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Relatos Ardientes

El club liberal que cambió nuestra escapada en moto

Desde aquel fin de semana en el que nos dejamos llevar por primera vez, Carla y yo no dejábamos de fantasear con la siguiente aventura. El final del verano, con ese calor que no daba tregua ni de noche, nos pareció la excusa perfecta. Una escapada en moto, ligeros de equipaje, sin destino fijo más que el que yo había guardado en secreto.

Ella confía en mí lo suficiente como para subirse atrás sin preguntar adónde vamos. Esa es parte del juego. La consigna a la hora de hacer la maleta es siempre la misma: poca ropa y que sea muy sugerente. Yo elijo unas mallas claras y, bajo la cazadora, una camiseta calada que no esconde gran cosa. Para ella, un mono ajustado de imitación de cuero que dibuja cada curva de su cuerpo.

La primera parada fue una playa enorme y casi desierta, escondida entre dunas. El sitio ideal para estrenar los bañadores que habíamos comprado para la ocasión: ella, un bikini diminuto y semitransparente; yo, un tanga mínimo que apenas cumplía su función. Después de un buen rato tumbados al sol, demasiado calor encima, decidimos pasear por la orilla para refrescarnos los pies.

Caminábamos de la mano, deteniéndonos solo para besarnos o para que mi mano se perdiera un momento bajo la tela mojada. Sus pezones se marcaban bajo el bikini y yo, evidentemente, no podía disimular del todo. Fue entonces cuando se cruzaron en nuestro camino dos mujeres. Maduras, aunque conservadas con un cuidado que se notaba a la legua. Una llevaba un tanga blanco que resaltaba su piel bronceada; la otra presumía de un moreno integral y de unos pechos que, había que reconocerlo, eran obra de un cirujano con buena mano.

Se pararon a nuestra altura con la excusa de preguntar la hora. Las dos miraron sin pudor hacia abajo, hacia mí. Carla se dio cuenta y, lejos de incomodarse, le subió la temperatura a la escena deslizando una mano por mi espalda hasta acariciarme. Mi cuerpo respondió de inmediato.

—No os habíamos visto nunca por aquí —dijo la más morena, sin apartar la vista.

—Estamos de paso —contestó Carla, divertida—. Buscábamos un sitio tranquilo para tomar algo esta noche.

Las dos se miraron con una sonrisa cómplice. Sin dudarlo, nos recomendaron un local. Un pub liberal a las afueras, El Edén, donde según ellas una pareja como nosotros encajaría perfectamente.

—Esta noche es la bienvenida para parejas nuevas —añadió la otra, la de los pechos operados—. Podéis ir solo a mirar, si os da vergüenza. Nadie os va a obligar a nada.

***

Nunca habíamos pisado un sitio así. La sola idea me revolvía el estómago de morbo. Les confesamos que no sabíamos cómo comportarnos en un lugar de esas características, y ellas se rieron con dulzura, como dos guías pacientes.

—Llegáis, ponéis vuestros límites y observáis. Nada más. Si os apetece algo más, ya se verá —explicó una de ellas—. Hay taquillas para cambiarse, una barra para tomar copas y, al fondo, las salas. Pero eso lo descubrís solos.

Nos despedimos con la promesa de coincidir esa misma noche.

El resto del día pasó sin sobresaltos. De vuelta en el hotel nos duchamos y bajamos a cenar. Carla eligió una minifalda negra plisada que sabe perfectamente el efecto que me hace, y debajo un tanga finísimo que apenas la cubría. Yo me puse un pantalón claro ajustado, a juego con su provocación. Durante la cena jugó conmigo como solo ella sabe: una mirada larga, un botón menos en la blusa, la insinuación del encaje del sujetador. Antes del postre se levantó, fue al baño moviendo las caderas con calma calculada y, al volver, me deslizó su tanga empapado en la mano por debajo de la mesa.

—Empieza la parte de adultos —me susurró al oído.

De camino a El Edén apenas hablamos. Yo conducía con una mano y con la otra confirmaba, cada tanto, que ya no llevaba nada bajo la falda. Estábamos nerviosos, era nuestra primera vez en un sitio liberal, pero la ansiedad pesaba menos que la curiosidad.

En la entrada nos preguntaron si era nuestro estreno. Al decir que sí, un chico de recepción se ofreció a hacernos una visita guiada y nos propuso una mesa reservada con una botella de cava y algo para picar. Aceptamos.

—Sentíos libres de hacer lo que queráis y, sobre todo, libres de no hacer nada —nos dijo mientras cruzábamos una pequeña pista de baile—. Aquí mandáis vosotros.

Nos enseñó el pasillo de luz roja, las salas a ambos lados: unas con sofás y un futón enorme en el suelo, otra cerrada con una reja desde la que se veía a una pareja desnuda jugando, y al fondo un cuarto con esposas en la pared y un potro que reconocí de las películas. Terminado el tour, nos dejó en los vestuarios.

—A partir de aquí, los protagonistas sois vosotros —dijo antes de marcharse.

Salimos cambiados. Carla con un mini vestido de cuero, falda muy corta y volantes que no dejaban nada a la imaginación. Yo me atreví con un tanga de vinilo y un par de cadenas finas alrededor del cuerpo. La suerte estaba echada.

***

Desde nuestra mesa, mientras bebíamos a sorbos pequeños, observábamos el local como dos espectadores en un teatro privado. Dos parejas charlaban en la barra. Otra se sobaba sin disimulo en un sofá. Una chica bailaba sola, agarrada a una barra vertical, increíblemente segura de su cuerpo. Comentábamos cada escena en voz baja, cómplices, a gusto en nuestro papel de mirones.

Y entonces aparecieron ellas. Bruna y Nadia, las mujeres de la playa, entraron por la puerta ya vestidas para la ocasión. La morena lucía un vestido blanco calado bajo el que solo se adivinaba un tanga; su amiga, un mini vestido negro de encaje en la parte de arriba, sin sujetador. Nos localizaron enseguida y vinieron directas a nuestra mesa, saludándonos con un beso en la boca a cada uno, como si nos conociéramos de toda la vida. Su presencia, no sé por qué, nos dio una falsa sensación de seguridad.

Después de un par de copas, Nadia propuso que fuéramos a bailar. Tras unas canciones movidas llegaron las lentas, y sin tiempo a decidir nada, Bruna se pegó a mí. Sentí el calor de su cuerpo, sus manos bajando por mi espalda hasta agarrarme con descaro. Yo intentaba controlar mi reacción cuando descubrí, a un par de pasos, a Carla bailando con Nadia, las dos enredadas en un contraste de pieles que me dejó sin aire. Intercambiamos parejas un par de canciones más y volvimos a la mesa entre risas.

—¿Y qué tal la experiencia? —preguntó Nadia, repartiendo el cava que quedaba.

—Tenemos curiosidad por la zona de atrás —respondió Carla, mirándome de reojo.

Nos invitaron a acompañarlas. Avanzamos por el pasillo rojo. Algunas salas estaban ya ocupadas: en una, sobre un diván, una pareja follaba sin reparar en nadie mientras, al otro lado de la reja, dos hombres se masturbaban mirándolos. Entramos en la sala de proyección y nos sentamos en la última fila, donde la pantalla era casi una excusa.

No esperé mucho. Deslicé la mano bajo la falda de Carla y la encontré completamente mojada. Al mismo tiempo, Bruna, sentada a mi derecha, metió la suya dentro de mi tanga y me liberó sin pedir permiso. Mientras yo acariciaba a mi mujer, ella bajó la cabeza y empezó. Nadia, que se había arrodillado entre las piernas cada vez más abiertas de Carla, hacía lo propio. Apenas duramos unos minutos así: Carla, harta de su papel pasivo, se levantó de golpe, me agarró de la mano y me arrastró fuera de la sala.

***

Recorrió el pasillo con paso decidido hasta el cuarto del fondo, el de las esposas. Una vez dentro me empujó contra una cruz de madera apoyada en la pared y, con unas correas que colgaban de los extremos, me sujetó las muñecas y los tobillos. Bruna y Nadia nos siguieron, sorprendidas, sin terminar de creerse el giro.

Carla me mordió el cuello, me recorrió el pecho con la lengua, tiró de una de las cadenas que llevaba encima hasta hacerme arquear la espalda. Luego se giró hacia las otras dos.

—Ahora os toca a vosotras —ordenó.

Las dos se agacharon a la vez. Mientras una me la tragaba entera, la otra me lamía despacio, subiendo poco a poco. Carla observaba de pie, con una mano entre sus piernas, dirigiendo la escena solo con la mirada. Cuando notó que estaba demasiado cerca del final, las apartó a las dos de un tirón del pelo, se colocó de espaldas a mí y se empaló de golpe, hasta que sentí su cuerpo chocar contra el mío.

—Todavía no —me susurró—. Esto lo terminamos en otra parte.

Me desató, nos cambiamos y salimos del local. La brisa de la noche nos secaba el sudor. Bruna y Nadia fingieron enfado por habérselas dejado solo mirar, y Carla zanjó la discusión invitándolas al hotel para terminar la fiesta en un sitio más íntimo. Aceptaron sin pensarlo.

***

El hotel estaba a dos calles. Cruzamos el vestíbulo conteniendo la risa y nos metimos en el ascensor. Como si lo hubieran ensayado, las tres se me echaron encima a la vez. No habíamos subido ni un piso y ya estaba desnudo y empalmado, con la boca de Carla sobre la mía y las manos de las otras dos por todas partes. Tuve que avisarles de que ya habíamos llegado a la planta.

Entramos a la habitación a trompicones. Carla me empujó sobre la cama.

—Mira lo que has conseguido con tus juegos —dijo, ya desnudándose.

Las tres se quitaron la ropa en segundos. Carla se sentó sobre mi cara mientras Nadia se ocupaba de mí con la boca y Bruna le besaba los pechos a mi mujer. Después cambiaron de posición y fue Bruna quien se montó encima, apretada, marcando cada movimiento. Yo me dejaba hacer, incapaz de pensar. Aquello superaba cualquier cosa que hubiéramos imaginado.

Vi entonces a Nadia a cuatro patas, ofreciéndose a su amiga, y aproveché el momento para colocarme detrás de ella y entrar despacio, ganándome un gemido largo a medio camino entre la queja y el placer. Empujaba con ganas cuando sentí dos manos firmes sujetándome las caderas y una lengua recorriéndome por detrás. Después, en mitad del desconcierto, algo más duro se abrió paso. Era Carla, con el arnés que habíamos comprado en nuestra última escapada, embistiendo seca y decidida.

No pude más. Solté un gemido y me corrí sin frenos, sacudido por un orgasmo que se encadenó con otro. Cuando abrí los ojos, una de ellas grababa la escena con el móvil. Se acercó, me besó la oreja y me susurró:

—Espero que te guste el recuerdo.

Carla, a mi lado, sonreía como quien acaba de ganar una partida que llevaba meses preparando. Y supe, sin decirlo, que aquella no iba a ser nuestra última escapada.

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Comentarios (4)

FedeK_89

Tremendo relato!! me tuvo enganchado hasta el final, no pude parar de leer

MarcelaT

Que narrativa!! se siente que viviste cada momento. Espero que hayas tenido mas aventuras para contarnos jeje

ViajeroLect

Me recordo a un viaje largo que hice hace unos anos, nunca sabes como termina la noche cuando salís sin planes. Muy bien contado!

Florcita_ba

Segunda parte!!! necesitamos saber que paso despues con esa pareja de la playa!!

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