Mi jefa y su hermana se pelearon por terminar conmigo
Llegué al hotel de madrugada, todavía con el cuerpo encendido por lo que había vivido la noche anterior. Entré solo a mi habitación. Al día siguiente quería estar al cien por cien, sin distracciones, así que me eché en la cama y dejé que la oscuridad hiciera el resto.
No fue tan fácil. El recuerdo del cuero rozándome la espalda volvió a mi mente con una nitidez que me sorprendió. Apreté los dientes, sentí cómo todo se tensaba, y mi mano terminó de hacer lo que la cabeza ya había empezado. No tardé demasiado. Después me lavé, bebí media botella de agua de un trago y caí dormido como una piedra.
El despertador del móvil me sacó del sueño a las ocho. A las nueve teníamos desayuno con los compañeros y con Nuria, la encargada de grabar todo el encuentro. Era el último día del meeting de entrenadores y aún quedaba una sesión por delante.
Bajé al comedor recién duchado. Mis compañeros ya andaban con los platos en la mano frente al bufet. Hice lo mismo y me senté con ellos. Me preguntaron por la salida nocturna y solo pude decir que me lo había pasado muy bien. No hizo falta más: la cara de niño travieso que se me escapó lo dijo todo.
Estábamos terminando cuando aparecieron por la puerta Lorena y Nuria. Las dos hermanas eran dueñas del centro deportivo que nos acogía, y las dos quitaban el aliento. Lorena llegaba en ropa técnica negra, ceñida; Nuria, con un vestido corto y vaporoso de estampado llamativo.
—Buenos días, chicos. Hoy entrenamos y grabamos unas tomas entre todos —dijo Lorena—. Después subimos al santuario de la montaña a comer y cerramos el vídeo allí.
El murmullo subió de tono al instante. Nos llevaban de excursión. Entre risas terminamos el desayuno y subimos a recoger el material. Mientras preparaba la mochila, llamaron a la puerta. Abrí y era Nuria, que empujó la hoja para colarse dentro.
—Hola, Adrián —dijo, y sin más preámbulo me comió la boca con ganas.
—Para, que tenemos que ir al gimnasio —conseguí decir—. No quiero llegar tarde. A tu hermana no le haría gracia saber que nos hemos acostado.
—¿Mi hermana? Mi hermana no solo lo sabe. También quiere acostarse contigo.
Me llevé las manos a la cabeza, casi de broma.
—Algo me imaginaba. Pero está casada y es mi jefa.
—Ya sabes que ninguna de las dos cosas es un impedimento, Adrián —contestó, lanzando el órdago de parte de Lorena—. Por su lado no hay problema. Al contrario, lo está deseando.
Buenas hermanas, pensé. Se contaban todo. Me pregunté hasta dónde llegaría esa complicidad. Cerré la mochila, le di otro beso y bajamos a recepción, donde ya esperaba el resto del grupo.
Una furgoneta negra de siete plazas nos llevó al centro. En veinte minutos justos estábamos en la puerta. Entramos directos al vestuario, nos cambiamos entre bromas y demostraciones de ego. Había nivel físico de sobra. Bruno, el culturista, soltó alguna pose y yo le seguí el juego; no era tan voluminoso como él, pero en definición estábamos a la par.
***
La sala de pesas estaba cerrada solo para nosotros. Nuria había montado un set completo: focos, paraguas, deflectores. Todo listo para que las tomas salieran perfectas. El resto de las instalaciones seguía abierto al público, así que de fondo se oía el bullicio de las pistas y la piscina.
—Empezamos por las mancuernas, que ahí tengo la luz correcta —dijo Nuria, tomando el mando.
Bruno arrancó calentando los brazos, bombeando para marcar las venas. Los demás fuimos cada uno a lo suyo. Mientras tanto, Nuria danzaba entre nosotros comprobando sombras y encuadres.
—Primero grabo a Bruno e Iván haciendo curl —avisó. Iván era el triatleta, fibrado y delgado; el contraste con la masa de Bruno resultaba curioso de ver.
—Los demás, venid conmigo y fijaos cómo coloco la cámara —siguió—. Cambio. Ahora Adrián y Lorena: elevaciones laterales.
Nos pusimos en paralelo. Cogimos el peso, ella asintió y empezamos sincronizados. Tenerla al lado, verla en pleno esfuerzo, me hizo preguntarme cómo sería acostarme con esa mujer. Darío me la había descrito como una fiera, y la descripción se quedaba corta. Noté que mi cuerpo respondía sin que yo lo decidiera. Y si a eso le sumaba a Nuria moviéndose alrededor con la cámara, el resultado era que estaba rodeado de dos mujeres que ardían.
Traté de concentrarme en el ejercicio. No hubo manera.
—Cambio. Ahora Diana y Hugo, al tríceps —dijo Nuria.
Salvado por la campana.
—Voy un momento al baño —solté, y me encaminé hacia el pasillo de los vestuarios.
Estaba abriendo la puerta cuando una mano me sujetó del brazo y tiró de mí.
—Ven conmigo.
Era Lorena. Me arrastró por una puerta que decía «Privado» hasta un despacho del fondo. En la placa se leía «Dirección».
—Este es mi despacho. Aquí estarás más cómodo —dijo, con un tono que no dejaba dudas.
—Gracias —respondí en el mismo registro, con una media sonrisa.
Cuando salí del aseo, ella estaba apoyada en el borde de la mesa. Se incorporó y vino hacia mí.
—Ven aquí. Y no hables.
Se puso de puntillas y buscó mis labios en un beso lento y lascivo a la vez. Su mano bajó hasta la cintura de mi pantalón corto, lo deslizó hacia abajo cuanto pudo y, apartando la boca de la mía, se agachó hasta encontrar lo que buscaba.
—Me encanta —murmuró, antes de metérsela en la boca.
Una de sus manos rodeó la base; la otra fue a parar a mi trasero, clavándome las uñas. Levanté la vista al techo. Esa mujer sabía exactamente lo que hacía.
—Espera —dijo de pronto. Fue a la mesa, cogió el móvil, volvió a agacharse y, conmigo de nuevo en su boca, se hizo una foto—. Esta es para Marc —añadió, enseñándome la pantalla—. Ya puedes vestirte. Pero no he terminado contigo. Luego habrá mucho más.
Salió del despacho contoneándose por el pasillo. Llegué a la sala diez segundos después. Todos se volvieron a mirar y nadie dijo nada. Pero la mirada que cruzaron las dos hermanas lo decía todo. Eran cómplices, y yo empezaba a sospechar que era parte de un plan trazado entre ellas.
***
Terminamos la sesión justo cuando Marc, el marido de Lorena, apareció en el gimnasio. Saludó a todos con corrección y, al llegar a mí, me dio la mano y me guiñó un ojo. Hicimos las fotos de rigor, nos duchamos y picamos algo en la sala VIP antes de salir. Teníamos cuarenta minutos de viaje hasta el santuario y no queríamos llegar tarde a la comida.
En la calle, la furgoneta negra ya esperaba. Mis compañeros fueron subiendo.
—Adrián, vente con nosotros —dijo Marc, señalando un Audi Q7 negro aparcado enfrente—. Irás más cómodo.
Me encogí de hombros, me despedí de los demás y crucé la calle. Para mi sorpresa, Nuria abrió la puerta del copiloto y dejó a su hermana el asiento de atrás, junto a mí.
—Viajamos juntos, Adrián —dijo Lorena, mirándome con ojos de pantera.
—Vas a tener un viaje movidito —añadió Nuria, girándose para vernos.
Marc solo torció la cabeza y esbozó una sonrisa de satisfacción. Yo estaba sorprendido, pero no intimidado. Aquella familia no era normal. El morbo formaba parte de su vida, eran adictos a la adrenalina de lo prohibido. Los entendía perfectamente, porque a mí me pasaba lo mismo.
Aún no habíamos salido de Valencia cuando la mano de Lorena se posó en mi pierna. El efecto fue inmediato. Llevaba unos pantalones holgados que no apretaban nada, así que ella tuvo vía libre para deslizarse hasta donde todo latía con ganas. Se soltó el cinturón y se sentó de medio lado. Los cristales tintados nos protegían de cualquier mirada.
Se lanzó a mi boca mientras me sujetaba con fuerza.
—Todo esto va a ser mío —me dijo al oído, lo bastante alto para que la oyeran los dos de delante.
Marc llevaba gafas de sol, pero apostaría a que en ese momento miraba por el retrovisor.
—Eso y todo lo que quieras —contesté, llevando una mano a su cuello y la otra a uno de sus pechos.
Pulsó el botón que liberó mi cinturón. Fue como soltar a la bestia. Mis manos recorrieron su cuerpo, pellizcando, palpando. Llevaba un vestido corto y con vuelo, perfecto para acceder a ella sin estorbos. Al meter la mano por debajo descubrí que no llevaba ropa interior. Me quedé quieto, gratamente sorprendido.
—No quiero que pierdas tiempo quitándome nada —explicó, mordiéndose el labio.
Pasé los dedos por su sexo buscando el punto exacto. Ella me clavó la mirada.
—Ahora voy a follarte —dijo.
Me hizo incorporarme un poco para bajarme el pantalón. Yo tampoco llevaba nada debajo. Me sujetó con la mano y agachó la cabeza para metérsela en la boca todo lo que pudo. Nuria, girada en su asiento, no perdía detalle. Después miró a su cuñado.
—Marc, ¿has visto lo buena que está mi hermana?
—Es la mejor que he conocido en mi vida. Por eso estoy con ella. Aunque tú tampoco lo haces mal.
Nuria le dio un puñetazo cariñoso en el hombro y los dos se rieron. Desde mi posición vi cómo su mano iba a parar a la entrepierna del conductor, que acogió el gesto con una sonrisa.
***
Cuando me tuvo a punto, Lorena se remangó el vestido y pasó una pierna al otro lado de mis caderas. Estábamos llegando al inicio de la carretera de montaña. Marc paró en un área de servicio, se giró en el asiento y, justo en ese instante, ella empezó a sentarse encima de mí, dejándome desaparecer poco a poco en su interior.
Los dos de delante miraban la escena a menos de medio metro, vueltos hacia atrás.
—Voy a por una bebida —dijo Marc, y salió rumbo a la tienda de la gasolinera.
Lorena se movía deliciosamente, sin que pareciera costarle adaptarse.
—Vamos, hermanita, sácale todo, que nos tenemos que ir —la apremió Nuria desde delante, sin perder detalle.
—Buf, qué bueno —jadeó Lorena—. Me estás partiendo en dos.
Yo era poco más que un espectador del modo en que aquella mujer madura, con cuerpo de veinteañera, me cabalgaba. Le sujetaba la cintura y sentía cómo se clavaba sobre mí una y otra vez. Marc volvió, dejó la lata en el portavasos y le dio una palmada en el trasero.
—Termina ya. Vamos a llegar tarde y en esa carretera no puedes ir así.
La orden hizo a Lorena acelerar. No tardó en convulsionar, atrapándome con todo su cuerpo, intentando exprimirme. La sensación fue espectacular, pero no llegué con ella. Quedó exhausta sobre mi pecho. Marc, tras contemplar el final, arrancó y le dio un trago a su bebida.
El coche volvió a moverse. Lorena se incorporó despacio, sintiendo cómo la abandonaba centímetro a centímetro, y se recolocó el vestido.
—Adrián, quiero que termines en la boca de mi mujer —dijo Marc desde el volante.
Lorena lo intentó de medio lado, pero las curvas hacían imposible la tarea: la lanzaban de un lado a otro del asiento.
—Siéntate bien y déjame a mí —le dije, tomando el control. Empecé a tocarme mirándola a los ojos. La suya era una mirada que decía «ha estado muy bien, pero quiero más».
El traqueteo, la música y los nervios no eran el escenario ideal para terminar solo. Paré.
—En el viaje de vuelta lo acabamos. Como siga así voy a terminar mareado.
Lorena puso cara de decepción, que enseguida cambió por una sonrisa. Los cuatro nos echamos a reír con una risa tensa, cargada de promesa.
***
El santuario estaba enclavado en la montaña, casi embutido en la roca. La furgoneta ya esperaba en la explanada. El resto del grupo había entrado al restaurante, un local rústico con cristaleras que daban al valle. Comimos como reyes: entrantes a la brasa, carne, vino para todos menos para Tomás, el chófer, y para mí. Brindamos con cava por el fin de semana, y la sobremesa fue breve porque aún quedaban tomas por grabar en el exterior.
Nuria montó el trípode en una zona desde la que se veía el monasterio entero. Nos colocó como modelos, corrigiendo brazos y piernas, explicando cómo aprovechar la luz natural. Pasamos una buena tarde entre fotos y planos, hasta que nuestros anfitriones decidieron que ya era hora de volver.
De regreso al Audi, esta vez fue Nuria quien subió atrás conmigo. Apenas arrancamos, posó la mano en mi muslo y yo le devolví el gesto. Notar su piel a través del fino vestido despertó algo que ya no se iba a dormir.
—En cuanto salgamos de esta carretera te voy a follar hasta que me llenes —me amenazó.
—Eso tiene que ser para mí —la corrigió su hermana.
—Habíamos quedado en que terminaba en la boca de Lorena —zanjó Marc.
De nuevo yo era un mero espectador. Las dos hermanas se peleaban por mí. O, mejor dicho, por el final. Se hizo el silencio en el coche, solo roto por la música.
En la misma gasolinera, Marc repitió la maniobra.
—Voy a comprar algo. Portaos bien —dijo, sonriendo, y salió.
Lorena bajó y abrió la puerta de atrás.
—Vamos, Nuria, cámbiate.
A regañadientes, la pequeña pasó delante. Lorena se sentó a mi lado y reanudó su juego.
—Bájate los pantalones. Y ahora tócate hasta tenerla a tope.
Mientras obedecía, ella rodeó la base con dos dedos y tiró hacia abajo, forzando justo en el límite entre el dolor y el placer.
—Aquí mando yo. Si digo que quiero que termines en mi boca, así será. ¿Entendido? —dijo, dando otro tirón.
Asentí, acelerando el ritmo. Justo cuando Marc volvía a entrar, ella ya tenía los labios cerrados sobre mí. Él sonrió, puso el coche en marcha y, en lugar de salir, lo aparcó en un rincón del área.
—No nos vamos de aquí hasta que ella termine contigo —dijo, ajustando el espejo para no perderse nada.
Nuria no tardó en desabrochar a su cuñado y atenderlo a él, sin dejar de mirar cómo su hermana me devoraba. Lorena pasó de la boca a la mano, llevándome al límite a una velocidad salvaje.
—Vamos, córrete —me apretó el cuello con fuerza.
El gesto me pilló desprevenido, pero me disparó la adrenalina. No hizo falta avisar.
—Dios, cómo late —exclamó Lorena, soltando mi cuello e inclinándose para recibirlo todo.
Al verla, Marc terminó también, sobre la mano de su cuñada. Lorena se incorporó, asomó la cabeza entre los asientos delanteros y le dio un beso a su marido sin haber tragado todavía.
Después volvió a mi lado, se recompuso y pidió cambiar de sitio con su hermana. Arrancamos hacia el hotel charlando como si nada hubiera pasado.
Solo una cosa me inquietó. Al bajar, Lorena se volvió en el asiento.
—Así que ya conoces a mi amiga Renata. En tu próxima visita quedamos con ella para jugar de verdad.
La dómina de la noche anterior. No supe cómo tomarme la invitación. Lo único seguro era que, con esas dos, lo iba a pasar muy bien. Entré en la cafetería del hotel, donde me esperaba mi tren de vuelta y, ya lo sabía, una excusa perfecta para regresar.