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Relatos Ardientes

Mi jefa y su hermana se pelearon por terminar conmigo

Llegué al hotel de madrugada, todavía con el cuerpo encendido por lo que había vivido la noche anterior. Entré solo a mi habitación. Al día siguiente quería estar al cien por cien, sin distracciones, así que me eché en la cama y dejé que la oscuridad hiciera el resto.

No fue tan fácil. El recuerdo del cuero rozándome la espalda volvió a mi mente con una nitidez que me sorprendió. Apreté los dientes, sentí cómo todo se tensaba bajo la sábana y mi polla se levantó dura, palpitando contra la tela. Me la agarré con la mano derecha, escupí en la palma y empecé a bombearla despacio, recreando en la cabeza la voz de Renata ordenándome que no me corriera hasta que ella lo dijera. Apreté el prepucio contra el glande, jugué con la humedad que ya asomaba por la punta y aceleré. Me imaginé su lengua recorriéndome de los huevos a la corona, la lengua de Renata mordiéndome la cara interna del muslo, y me corrí a chorros sobre el abdomen, tres, cuatro latigazos calientes que me llegaron hasta el pecho. Me lavé, bebí media botella de agua de un trago y caí dormido como una piedra.

El despertador del móvil me sacó del sueño a las ocho. A las nueve teníamos desayuno con los compañeros y con Nuria, la encargada de grabar todo el encuentro. Era el último día del meeting de entrenadores y aún quedaba una sesión por delante.

Bajé al comedor recién duchado. Mis compañeros ya andaban con los platos en la mano frente al bufet. Hice lo mismo y me senté con ellos. Me preguntaron por la salida nocturna y solo pude decir que me lo había pasado muy bien. No hizo falta más: la cara de niño travieso que se me escapó lo dijo todo.

Estábamos terminando cuando aparecieron por la puerta Lorena y Nuria. Las dos hermanas eran dueñas del centro deportivo que nos acogía, y las dos quitaban el aliento. Lorena llegaba en ropa técnica negra, ceñida; Nuria, con un vestido corto y vaporoso de estampado llamativo.

—Buenos días, chicos. Hoy entrenamos y grabamos unas tomas entre todos —dijo Lorena—. Después subimos al santuario de la montaña a comer y cerramos el vídeo allí.

El murmullo subió de tono al instante. Nos llevaban de excursión. Entre risas terminamos el desayuno y subimos a recoger el material. Mientras preparaba la mochila, llamaron a la puerta. Abrí y era Nuria, que empujó la hoja para colarse dentro.

—Hola, Adrián —dijo, y sin más preámbulo me comió la boca con ganas.

Su lengua entró directa, buscando la mía, mientras sus manos me agarraban el paquete por encima del pantalón y apretaban. Sentí cómo mi polla respondía al instante, endureciéndose contra su palma. Ella gimió dentro de mi boca al notarlo crecer, y me mordió el labio inferior antes de separarse un centímetro.

—Para, que tenemos que ir al gimnasio —conseguí decir—. No quiero llegar tarde. A tu hermana no le haría gracia saber que nos hemos acostado.

—¿Mi hermana? Mi hermana no solo lo sabe. También quiere acostarse contigo.

Me llevé las manos a la cabeza, casi de broma.

—Algo me imaginaba. Pero está casada y es mi jefa.

—Ya sabes que ninguna de las dos cosas es un impedimento, Adrián —contestó, lanzando el órdago de parte de Lorena—. Por su lado no hay problema. Al contrario, lo está deseando.

Buenas hermanas, pensé. Se contaban todo. Me pregunté hasta dónde llegaría esa complicidad. Cerré la mochila, le di otro beso y bajamos a recepción, donde ya esperaba el resto del grupo.

Una furgoneta negra de siete plazas nos llevó al centro. En veinte minutos justos estábamos en la puerta. Entramos directos al vestuario, nos cambiamos entre bromas y demostraciones de ego. Había nivel físico de sobra. Bruno, el culturista, soltó alguna pose y yo le seguí el juego; no era tan voluminoso como él, pero en definición estábamos a la par.

***

La sala de pesas estaba cerrada solo para nosotros. Nuria había montado un set completo: focos, paraguas, deflectores. Todo listo para que las tomas salieran perfectas. El resto de las instalaciones seguía abierto al público, así que de fondo se oía el bullicio de las pistas y la piscina.

—Empezamos por las mancuernas, que ahí tengo la luz correcta —dijo Nuria, tomando el mando.

Bruno arrancó calentando los brazos, bombeando para marcar las venas. Los demás fuimos cada uno a lo suyo. Mientras tanto, Nuria danzaba entre nosotros comprobando sombras y encuadres.

—Primero grabo a Bruno e Iván haciendo curl —avisó. Iván era el triatleta, fibrado y delgado; el contraste con la masa de Bruno resultaba curioso de ver.

—Los demás, venid conmigo y fijaos cómo coloco la cámara —siguió—. Cambio. Ahora Adrián y Lorena: elevaciones laterales.

Nos pusimos en paralelo. Cogimos el peso, ella asintió y empezamos sincronizados. Tenerla al lado, verla en pleno esfuerzo, me hizo preguntarme cómo sería follarme a esa mujer, abrirle las piernas y metérsela hasta el fondo. Darío me la había descrito como una fiera en la cama, capaz de dejarte seco, y la descripción se quedaba corta. Noté que la polla se me hinchaba dentro del pantalón corto sin que yo lo decidiera. Y si a eso le sumaba a Nuria moviéndose alrededor con la cámara, agachándose y enseñando muslo, el resultado era que estaba rodeado de dos mujeres que ardían y a mí se me marcaba un bulto imposible de disimular.

Traté de concentrarme en el ejercicio. No hubo manera.

—Cambio. Ahora Diana y Hugo, al tríceps —dijo Nuria.

Salvado por la campana.

—Voy un momento al baño —solté, y me encaminé hacia el pasillo de los vestuarios.

Estaba abriendo la puerta cuando una mano me sujetó del brazo y tiró de mí.

—Ven conmigo.

Era Lorena. Me arrastró por una puerta que decía «Privado» hasta un despacho del fondo. En la placa se leía «Dirección».

—Este es mi despacho. Aquí estarás más cómodo —dijo, con un tono que no dejaba dudas.

—Gracias —respondí en el mismo registro, con una media sonrisa.

Cuando salí del aseo, ella estaba apoyada en el borde de la mesa. Se incorporó y vino hacia mí.

—Ven aquí. Y no hables.

Se puso de puntillas y buscó mis labios en un beso lento y lascivo a la vez, empujando la lengua contra la mía, chupándomela como si fuera algo que llevara meses queriendo probar. Su mano bajó hasta la cintura de mi pantalón corto, lo deslizó hacia abajo cuanto pudo y mi polla saltó fuera, dura, con el glande brillante ya de líquido preseminal. Ella se separó un instante para mirarla y sonrió.

—Joder, qué polla más rica tienes —murmuró—. Con razón mi hermana no ha podido callarse.

Se agachó de rodillas sobre la moqueta, me agarró la base con la mano izquierda y me lamió despacio desde los huevos hasta la punta, siguiendo la vena gruesa con la lengua plana. Repitió el recorrido dos, tres veces, chupándome los testículos uno por uno y metiéndoselos en la boca. Después subió, abrió los labios y me la tragó entera de golpe, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta.

—Me encanta —murmuró, sacándola solo lo justo para respirar antes de metérsela otra vez.

Una de sus manos rodeó la base y bombeaba coordinada con su boca; la otra fue a parar a mi trasero, clavándome las uñas y empujándome hacia ella para que se la metiera más hondo. Levanté la vista al techo. Esa mujer sabía exactamente lo que hacía. Chupaba con hambre, hacía succión al sacarla, luego escupía sobre el glande y lo untaba con la mano mientras me la sacudía rápido. Me la sacaba de la boca, me daba con ella cachetadas suaves en la mejilla, se la volvía a meter y me la mamaba mirándome fijo a los ojos, con las mejillas hundidas por la succión.

—Espera —dijo de pronto. Fue a la mesa, cogió el móvil, volvió a agacharse y, conmigo de nuevo en su boca, se hizo una foto con la polla hasta el fondo, los ojos llorosos y una mano en mis huevos—. Esta es para Marc —añadió, enseñándome la pantalla—. Ya puedes vestirte. Pero no he terminado contigo. Luego habrá mucho más. Quiero que me la metas hasta que no pueda andar.

Salió del despacho contoneándose por el pasillo. Llegué a la sala diez segundos después, con la polla todavía medio dura apretada contra la goma del pantalón. Todos se volvieron a mirar y nadie dijo nada. Pero la mirada que cruzaron las dos hermanas lo decía todo. Eran cómplices, y yo empezaba a sospechar que era parte de un plan trazado entre ellas.

***

Terminamos la sesión justo cuando Marc, el marido de Lorena, apareció en el gimnasio. Saludó a todos con corrección y, al llegar a mí, me dio la mano y me guiñó un ojo. Hicimos las fotos de rigor, nos duchamos y picamos algo en la sala VIP antes de salir. Teníamos cuarenta minutos de viaje hasta el santuario y no queríamos llegar tarde a la comida.

En la calle, la furgoneta negra ya esperaba. Mis compañeros fueron subiendo.

—Adrián, vente con nosotros —dijo Marc, señalando un Audi Q7 negro aparcado enfrente—. Irás más cómodo.

Me encogí de hombros, me despedí de los demás y crucé la calle. Para mi sorpresa, Nuria abrió la puerta del copiloto y dejó a su hermana el asiento de atrás, junto a mí.

—Viajamos juntos, Adrián —dijo Lorena, mirándome con ojos de pantera.

—Vas a tener un viaje movidito —añadió Nuria, girándose para vernos.

Marc solo torció la cabeza y esbozó una sonrisa de satisfacción. Yo estaba sorprendido, pero no intimidado. Aquella familia no era normal. El morbo formaba parte de su vida, eran adictos a la adrenalina de lo prohibido. Los entendía perfectamente, porque a mí me pasaba lo mismo.

Aún no habíamos salido de Valencia cuando la mano de Lorena se posó en mi pierna. El efecto fue inmediato. Llevaba unos pantalones holgados que no apretaban nada, así que ella tuvo vía libre para deslizarse hasta agarrarme la polla, que empezó a crecer bajo su palma. Se soltó el cinturón y se sentó de medio lado. Los cristales tintados nos protegían de cualquier mirada.

Se lanzó a mi boca mientras me sujetaba con fuerza, apretándome el glande a través de la tela, masajeándomelo con el pulgar mientras la mano subía y bajaba.

—Toda esta polla va a ser mía —me dijo al oído, lo bastante alto para que la oyeran los dos de delante—. Me la vas a meter hasta el fondo del coño.

Marc llevaba gafas de sol, pero apostaría a que en ese momento miraba por el retrovisor.

—Eso y todo lo que quieras —contesté, llevando una mano a su cuello y la otra a uno de sus pechos. Se lo apreté por encima del top, encontré el pezón ya duro y lo pellizqué. Ella soltó un gemido corto.

Pulsó el botón que liberó mi cinturón. Fue como soltar a la bestia. Mis manos recorrieron su cuerpo, pellizcando, palpando, subiendo el vestido por los muslos. Al meter la mano por debajo descubrí que no llevaba ropa interior. Mis dedos chocaron directos con su coño, empapado, los labios hinchados, el clítoris ya asomando entre ellos. Me quedé quieto, gratamente sorprendido.

—No quiero que pierdas tiempo quitándome nada —explicó, mordiéndose el labio—. Estoy chorreando desde esta mañana pensando en esto.

Pasé el dedo corazón por su raja de arriba abajo, separando los labios, hundiéndolo hasta el nudillo dentro de ella. Estaba caliente, apretada, mojada como si le hubiera echado agua. Metí un segundo dedo y curveé buscándole el punto. Ella se abrió más de piernas y empezó a moverse contra mi mano.

—Ahora voy a follarte —dijo, con la voz ronca—. Voy a montarte hasta dejarte seco.

Me hizo incorporarme un poco para bajarme el pantalón. Yo tampoco llevaba nada debajo y la polla brincó libre, dura, apuntando al techo. Ella la miró un segundo con los ojos brillantes, me la sujetó con la mano y agachó la cabeza para metérsela en la boca todo lo que pudo. Yo notaba su lengua enrollarse en el glande, la garganta abrirse cuando bajaba, la saliva chorreándome por los huevos. Nuria, girada en su asiento, no perdía detalle. Después miró a su cuñado.

—Marc, ¿has visto qué polla se está mamando mi hermana?

—Es la mejor mamadora que he conocido en mi vida. Por eso estoy con ella. Aunque tú tampoco lo haces mal, cuñadita.

Nuria le dio un puñetazo cariñoso en el hombro y los dos se rieron. Desde mi posición vi cómo su mano iba a parar a la entrepierna del conductor, le desabrochaba el pantalón y sacaba la polla de Marc, que ya venía dura. Empezó a pajearle despacio, mirándome mientras me la chupaba su hermana.

***

Cuando me tuvo a punto, Lorena se remangó el vestido hasta la cintura y pasó una pierna al otro lado de mis caderas, quedando a horcajadas sobre mí. Estábamos llegando al inicio de la carretera de montaña. Marc paró en un área de servicio, se giró en el asiento y, justo en ese instante, ella se agarró mi polla con la mano, se la posó en la entrada del coño, la restregó por los labios para lubricarla con sus jugos y empezó a sentarse encima, dejándome desaparecer poco a poco en su interior. Bajaba centímetro a centímetro, apretando los dientes, con la boca abierta. La sentí abrirse, apretarme como un guante caliente, tragarme hasta la base.

—Ay, hostia... —jadeó cuando me tuvo dentro entera. Se quedó quieta un segundo, sintiéndome, y luego empezó a subir y bajar despacio, ondulando las caderas.

Los dos de delante miraban la escena a menos de medio metro, vueltos hacia atrás. Nuria tenía la mano bajo el vestido, tocándose.

—Voy a por una bebida —dijo Marc, y salió rumbo a la tienda de la gasolinera con la polla todavía asomando por la bragueta, que se recolocó al bajar del coche.

Lorena se movía deliciosamente, sin que pareciera costarle adaptarse. Le agarré el culo con las dos manos, se lo separé y empecé a empujar desde abajo, clavándomela a fondo cada vez que ella bajaba. Sus tetas rebotaban dentro del top; se lo bajó de un tirón para dejarlas al aire y me las restregó por la cara. Yo le atrapé un pezón con los labios y lo chupé mientras la seguía embistiendo.

—Vamos, hermanita, sácale todo, que nos tenemos que ir —la apremió Nuria desde delante, con dos dedos metidos en su propio coño, sin perder detalle.

—Buf, qué bueno, qué polla tiene este cabrón —jadeó Lorena—. Me está partiendo en dos, Nuria, me llega hasta el estómago.

Yo era poco más que un espectador del modo en que aquella mujer madura, con cuerpo de veinteañera, me cabalgaba. Le sujetaba la cintura y sentía cómo se clavaba sobre mí una y otra vez, con un ruido húmedo cada vez que sus nalgas chocaban contra mis muslos. Me apretaba con los músculos internos, ordeñándome, y cuando lo hacía yo tenía que apretar los dientes para no correrme antes de tiempo. Marc volvió, dejó la lata en el portavasos y le dio una palmada seca en el trasero que sonó en todo el coche.

—Termina ya. Vamos a llegar tarde y en esa carretera no puedes ir así.

La orden hizo a Lorena acelerar. Empezó a botar sobre mí con desespero, apoyando las manos en el techo del coche para tener más recorrido. La polla le entraba y salía chorreando de sus jugos, brillante, y ella se mordía el labio para no gritar. No tardó en convulsionar, atrapándome con todo su cuerpo, apretándome el coño con espasmos que intentaban exprimirme hasta la última gota. Sentí una descarga caliente resbalarme por los huevos: se había corrido encima de mí, chorreando. La sensación fue espectacular, pero no llegué con ella. Quedó exhausta sobre mi pecho, jadeando, con el pelo pegado a la frente. Marc, tras contemplar el final, arrancó y le dio un trago a su bebida.

El coche volvió a moverse. Lorena se incorporó despacio, sintiendo cómo la polla la abandonaba centímetro a centímetro con un chasquido húmedo, y se recolocó el vestido, aunque las bragas seguían sin aparecer por ningún lado.

—Adrián, quiero que termines en la boca de mi mujer —dijo Marc desde el volante.

Lorena lo intentó de medio lado, agachándose a chupármela con el coche en marcha, pero las curvas hacían imposible la tarea: la lanzaban de un lado a otro del asiento y mi polla se le escapaba de la boca.

—Siéntate bien y déjame a mí —le dije, tomando el control. Empecé a pajearme mirándola a los ojos, con la polla brillante todavía de sus fluidos. La suya era una mirada que decía «ha estado muy bien, pero quiero más».

El traqueteo, la música y los nervios no eran el escenario ideal para terminar solo. Paré.

—En el viaje de vuelta lo acabamos. Como siga así voy a terminar mareado.

Lorena puso cara de decepción, que enseguida cambió por una sonrisa. Los cuatro nos echamos a reír con una risa tensa, cargada de promesa.

***

El santuario estaba enclavado en la montaña, casi embutido en la roca. La furgoneta ya esperaba en la explanada. El resto del grupo había entrado al restaurante, un local rústico con cristaleras que daban al valle. Comimos como reyes: entrantes a la brasa, carne, vino para todos menos para Tomás, el chófer, y para mí. Brindamos con cava por el fin de semana, y la sobremesa fue breve porque aún quedaban tomas por grabar en el exterior.

Nuria montó el trípode en una zona desde la que se veía el monasterio entero. Nos colocó como modelos, corrigiendo brazos y piernas, explicando cómo aprovechar la luz natural. Pasamos una buena tarde entre fotos y planos, hasta que nuestros anfitriones decidieron que ya era hora de volver.

De regreso al Audi, esta vez fue Nuria quien subió atrás conmigo. Apenas arrancamos, posó la mano en mi muslo y yo le devolví el gesto. Notar su piel a través del fino vestido despertó algo que ya no se iba a dormir. Mi mano subió por el interior de su muslo hasta encontrar, igual que en su hermana, un coño desnudo bajo la tela, húmedo, listo. Le metí dos dedos de golpe y ella arqueó la espalda contra el respaldo.

—En cuanto salgamos de esta carretera te voy a follar hasta que me llenes —me amenazó al oído, jadeando mientras yo la bombeaba con la mano—. Quiero que me vacíes los huevos dentro del coño.

—Eso tiene que ser para mí —la corrigió su hermana desde el copiloto, girándose.

—Habíamos quedado en que terminaba en la boca de Lorena —zanjó Marc.

De nuevo yo era un mero espectador. Las dos hermanas se peleaban por mi polla. O, mejor dicho, por mi corrida. Se hizo el silencio en el coche, solo roto por la música y por el ruido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de Nuria, que había abierto las piernas todo lo que el asiento le permitía y se mordía el puño para no gemir demasiado alto.

En la misma gasolinera, Marc repitió la maniobra.

—Voy a comprar algo. Portaos bien —dijo, sonriendo, y salió.

Lorena bajó y abrió la puerta de atrás.

—Vamos, Nuria, cámbiate.

A regañadientes, la pequeña pasó delante, no sin antes chuparse los dedos que había tenido dentro. Lorena se sentó a mi lado y reanudó su juego.

—Bájate los pantalones. Y ahora tócate hasta tenerla a tope.

Obedecí. Saqué la polla, medio dura todavía por el manoseo con su hermana, y empecé a pajearme delante de ella. Lorena me miraba con la lengua asomando entre los dientes. Se agachó, me escupió un buen escupitajo sobre el glande y lo esparció con la mano, deslizándola arriba y abajo, haciéndomela crecer del todo. Cuando la tuvo a tope, rodeó la base con dos dedos como si fuera una anilla y tiró hacia abajo, forzando la piel, justo en el límite entre el dolor y el placer.

—Aquí mando yo. Si digo que quiero que termines en mi boca, así será. ¿Entendido? —dijo, dando otro tirón que me hizo apretar los dientes.

Asentí, acelerando el ritmo de mi mano sobre el mango, con ella todavía sujetándome la base. Justo cuando Marc volvía a entrar, ella ya tenía los labios cerrados sobre el glande, chupando solo la punta con una succión brutal mientras me pajeaba la base con dos manos. Él sonrió, puso el coche en marcha y, en lugar de salir, lo aparcó en un rincón del área.

—No nos vamos de aquí hasta que ella termine contigo —dijo, ajustando el espejo para no perderse nada.

Nuria no tardó en desabrochar a su cuñado y sacarle la polla, que ya venía dura y con el glande morado. Se agachó y empezó a mamársela con hambre, sin dejar de mirar de reojo cómo su hermana me devoraba. Lorena pasó de la boca a la mano, escupiendo otra vez y bombeándome rápido, apretando el glande con la palma en cada vuelta, llevándome al límite a una velocidad salvaje.

—Vamos, córrete en mi boca, dame toda esa leche —me apretó el cuello con fuerza con la mano libre.

El gesto me pilló desprevenido, me cortó el aire un segundo y me disparó la adrenalina. Sentí los huevos contraerse, el hormigueo subir por la polla como un latigazo. No hizo falta avisar.

—Dios, cómo late —exclamó Lorena, soltándome el cuello e inclinándose para recibirlo todo con la lengua fuera.

El primer chorro le cayó directo en la boca, denso, blanco. El segundo le salpicó los labios y la barbilla. El tercero volvió a la lengua, que ella mantenía extendida como una cuenca. Cerró los labios sobre el glande y siguió chupando, ordeñándome hasta la última gota mientras yo temblaba con la polla todavía pulsando dentro de su boca. Al verla, Marc terminó también, sobre la mano y la cara de su cuñada, llenándole las mejillas y la nariz de semen. Nuria se lamió los labios y se pasó los dedos por la cara para recogerlo y meterse en la boca lo que se le escurría. Lorena se incorporó con la boca llena, asomó la cabeza entre los asientos delanteros y le dio un beso en la boca a su marido sin haber tragado todavía, pasándole parte de mi corrida a la lengua. Vi a Marc chupar, tragar y sonreír.

Después Lorena volvió a mi lado, se limpió con el dorso de la mano, se recompuso el pelo y pidió cambiar de sitio con su hermana. Arrancamos hacia el hotel charlando como si nada hubiera pasado, aunque el coche olía a sexo por los cuatro costados.

Solo una cosa me inquietó. Al bajar, Lorena se volvió en el asiento.

—Así que ya conoces a mi amiga Renata. En tu próxima visita quedamos con ella para jugar de verdad.

La dómina de la noche anterior. No supe cómo tomarme la invitación. Lo único seguro era que, con esas dos, lo iba a pasar muy bien. Entré en la cafetería del hotel, donde me esperaba mi tren de vuelta y, ya lo sabía, una excusa perfecta para regresar.

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Comentarios(8)

MaxiBsAs

jajaja el titulo ya te atrapa y el relato cumple con creces. Bien jugado!

NadiaCba

Dios mio, que arranque. Me quede sin palabras y esperando la segunda parte!!

Inquieto68

El marido sonriendo por el retrovisor... ese detalle lo dice todo. Muy bien logrado, de verdad.

CarlaRosales

increible!!! segui escribiendo asi

RubenBaires

me hizo acordar a una situacion laboral complicada que tuve, aunque muy muy diferente jajaja. bien narrado.

Skarlet

por favor continua esta historia que no puede quedar ahi

Pablito_GDL

la escena del auto me tuvo pegado a la pantalla. Que manera de narrar una situacion asi, felicitaciones.

LuisM_Cba

de los mejores que lei en mucho tiempo. Excelente.

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