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Relatos Ardientes

La vecina, el trío y mi matrimonio abierto

Una amiga, de las muchas que tengo, se sinceró conmigo hace un tiempo y me confirmó algo que yo venía sospechando. Me contó que era bisexual y que con su marido tenían la pareja abierta desde el principio, y que les iba bien en todo sentido: como matrimonio y en la cama. Lo que sigue es su historia, contada tal como ella me la regaló esa tarde.

Cuando me casé con Martín, él fue soltándome de a poco sus fantasías. Lo hizo con paciencia, casi sin que yo me diera cuenta. Cada vez que mirábamos una película me preguntaba qué me gustaba y qué no, qué me daba curiosidad, hasta dónde llegaría.

Fue así que dentro de mis propias fantasías apareció una concreta: saber qué se sentía estar con otra mujer. Para esa época no existían los portales de contactos. Apenas se conseguían unas revistas para adultos, y encontrar una mujer dispuesta no era fácil. La idea me calentaba por dentro, pero todavía no estaba preparada, y Martín, encima, quería que me acostara con cada conocida que pasara cerca. Mientras buscábamos a la mujer indicada para nuestra fiesta privada, nos entreteníamos con películas y fantasías habladas durante el sexo.

***

En el departamento de enfrente vivía una madre separada con tres hijos. La mayor, ya una mujer hecha y derecha, era la que sostenía la casa: cuidaba a sus hermanos y, por qué no, también a su madre. Se llamaba Camila, y su madre, Silvia.

Silvia tenía treinta y ocho años; yo, por entonces, treinta recién cumplidos. Vivía como si tuviera veinte, salía a todos lados sin importarle cómo quedaban sus hijos. Más de una vez, mientras ella estaba de joda, aparecía Camila a tocarme la puerta porque su hermanita tenía fiebre.

Con Camila se armó un vínculo especial. Como con Martín teníamos una buena situación, un día le propuse que, si quería ganarse unos pesos, me ayudara con la limpieza. Así empezó a venir. Una tarde, al entrar, la encontré en mi cama hojeando una de esas revistas que por descuido habíamos dejado abajo del colchón. Se puso colorada, pero yo la calmé enseguida.

—No te hagas drama, Cami. La culpa es mía por dejar eso a la vista.

Me miró, se sonrió y se fue a su casa. La situación me llamó la atención, pero me la saqué de la cabeza. No puedo estar pensando esto, me dije. A Martín no le comenté nada; se iba a poner pesado, como todo hombre.

***

Una semana después me encaró.

—Lore, ¿me prestás la revista que tenés? Quiero mirarla tranquila.

—¿Cuál viste vos? No me acuerdo.

Bajando la voz, con la vergüenza evidente, me contestó:

—Cualquiera en la que haya dos mujeres haciendo algo.

Dura me quedé. No era una menor, pero estaba la madre de por medio y no quería problemas.

—En el último cajón del placar están, hay muchas. Miralas cuando quieras, pero acá, cuando yo no esté. Total nadie se entera.

La piba me estaba corriendo a mí, pensé. Yo, una mujer liberal, asumida, y de golpe no sabía si era un juego de ella o si tenía mucha más experiencia de la que imaginaba.

Para salir de la duda usé un consolador de silicona que Martín me había traído de un viaje. Lo dejé en el cajón, en una posición exacta, para ver si Camila lo tocaba. Días después estaba movido. Para no meter la pata, le pregunté a Martín por él; me dijo que ni idea, que yo lo había guardado. Gol de media cancha. Si él no sabía, la piba lo había usado.

***

Una noche de verano, mientras planchaba, Camila golpeó la puerta porque no se podía dormir del calor y yo tenía aire. Charlamos un rato y, de golpe, me tiró la bomba.

—Te tengo que confesar algo. Me puse a mirar tus revistas y me calenté tanto que usé tu consolador. Esta casa tiene algo que me pone caliente siempre. Espero que no te enojes.

—Para nada. Me tomás por sorpresa, pero está todo bien.

Ese fue el momento justo para hablar más íntimamente. Le pregunté de su vida sexual y me contó que había probado de todo, pero que ahora no podía acabar cuando se masturbaba. Me puse en plan maestra.

—Algún día tendrías que mostrarme cómo lo hacés y yo te explico. Soy adicta a masturbarme cuando no está Martín.

Ella, muy viva, me cortó:

—¿Por qué no me mostrás vos? Podríamos aprovechar ahora que tengo ganas.

***

Martín dormía en la habitación y yo tenía a la piba caliente en el living. Me senté a mirar y ella no tuvo problema en quedar desnuda. Se empezó a tocar, pero supuestamente no le salía, así que me pidió que me pusiera cómoda y le mostrara mientras ella miraba.

Ya estaba al horno. Me saqué todo y, frente a mí, tenía los ojos de Camila clavados en cómo me masturbaba. En un momento se acercó y pasó lo que tenía que pasar: me empezó a pasar la lengua por los labios de la concha. No tardé dos segundos en terminar. Me chupaba como la mejor actriz de una película porno. Estaba teniendo mi primera experiencia bisexual, con una chica diez años menor que yo.

Nos matamos en el living de mi propio departamento. No sabía si estaba haciendo bien o mal: mi marido durmiendo y yo cogiendo con una mujer. Pero me autoconvencía: es lo que él quería. Ahí me enteré de que no era su primera vez con una mujer, que yo la calentaba desde siempre y no se animaba a decírmelo. Nunca me habían chupado tan bien.

Esa primera vez abrió la puerta a otras, días después, cuando Martín no estaba: usábamos el consolador, la boca, los pechos. Camila tenía un cuerpo monumental y perdía la cabeza cuando se calentaba. Pero ahora aparecía mi disyuntiva: esta chica me dominaba a mí, y yo necesitaba dar vuelta el juego para cumplir la fantasía de Martín, estar los tres en una cama.

***

Camila venía a cualquier hora, sobre todo a la siesta, cuando Martín nunca estaba. Después, eso sí, me entraba la culpa. No por lo que hacía, sino por ocultarle algo a Martín. Pero siempre terminaba diciéndome lo mismo: todo sea por una buena fiesta con el hombre que amo.

Una tarde me golpeó la puerta Silvia, con una cara que me hizo pensar lo peor. Fue todo lo contrario: me pidió que cuidara a los nenes esa noche porque salía con un amigo. Y, antes de irse, soltó:

—Me encanta cómo gritás cuando Martín te coge. Más de una vez los escuché con la ventana abierta, y la semana pasada me calentaron tanto que terminé masturbándome.

Media desencajada, le dije que me alegraba. Por un lado, la hija; ahora, la madre. Esa charla abrió entre nosotras un diálogo más directo, aunque jamás quise ahondar: me daba miedo que, si se enteraba de lo de Camila, se fuera todo al cuerno.

***

Mi tarea siguiente era despertarle a Martín el apetito por la piba, pero no era fácil: por cómo la miraba, él sabía que no la deseaba. Un día le tiré la idea a Camila.

—Me gustaría hacerlo con vos y con Martín.

No le gustó nada.

—Ni loca dejo que me toque tu marido. Los hombres me gustan, me gustan las pijas grandes, pero él, para mí, es como un padre o un tío.

—No lo mires así. No sabés las cosas que podríamos hacer los tres. Para mí no sería un engaño: blanqueo nuestra relación y después la manejamos a nuestro gusto.

No hubo caso. Su negativa fue firme. Tenía que buscar otra forma de correrla de sus principios. Al otro día vino a la siesta y no le di bola; le dije que estaba cansada. Así casi una semana. El lunes siguiente cambió de postura.

—¿Qué te pasa que no me das más bola?

Picaste el anzuelo, me dije.

—No me gustó lo que dijiste de Martín. Yo lo veo distinto: poder darnos placer los tres, sin ataduras. Así que decidí, por ahora, no tener más nada con vos.

—Es tu decisión. Vos te lo perdés.

Se dio media vuelta y se fue. Mierda, quedé más caliente por su respuesta que por todo lo demás. La piba se había agrandado, pero saqué el orgullo y me prometí no aflojar.

***

Como estábamos en pleno verano, decidimos ir con Martín a una playa cercana. Y al muy distraído no se le ocurrió mejor idea que cruzarse a Camila en la vereda e invitarla. Ella aceptó, pero antes me buscó.

—Voy, pero te pregunto: ¿Martín sabe algo de nosotras?

—No, nunca le dije nada. ¿Querés que me maten por tonta?

Viajamos los tres en el auto, riéndonos. Yo, expectante. El departamento que alquilamos tenía dos habitaciones. Todo el gasto corría por nuestra cuenta, ella era una invitada de lujo. Eso sí, sin que Martín tuviera la más mínima idea de mis intenciones. La primera noche fue normal. A la mañana bajamos a la playa, y ahí la piba largó sin ningún problema:

—Martín, ¿me ponés bronceador en la espalda? Y en las piernas, esperá que me saco el pareo.

Debajo tenía una bikini diminuta, blanca, que le quedaba terrible. Martín se sorprendió y le dijo lo bien que le sentaba. Bueno, pensé, no todo lo malo es tan malo: por fin lo despierto, ya no la mira como la nena de al lado, sino como una mujer. Aunque la sensación seguía siendo rara: en este juego del gato y el ratón, yo ya no era el gato.

***

Esa noche pensamos en ir al casino. Mientras Camila se bañaba, Martín me dijo que no le había prestado atención y que se había puesto muy bien la vecinita. Yo le contesté que ya me había dado cuenta por sus ojos. Justo entonces, ella gritó desde el baño que le alcanzara el toallón.

—Cerrá la puerta. Mirá cómo estoy.

La guacha se estaba masturbando, con dos dedos adentro.

—Estoy re caliente. Dale, entrá, bañémonos juntas. Yo sé que querés.

—¿Estás loca? Acá no, ahora no, está Martín afuera.

—Hagámosla fácil: o entrás, o esta noche me cojo a tu marido.

—Ah, bueno. Dale, me gustaría verte.

Mientras lo decía, pensaba: mentira. Y sentí un frío en la espalda, mezcla de celos y rabia. ¿Qué me está pasando? No me reconocía. Yo, la mujer más liberal. No dije nada y salí del baño con la cabeza dando vueltas. Le mentí a Martín que se me había bajado la presión por el calor, y me tiré en la cama.

Cuando me desperté, él me daba aire con una revista y Camila, a mi lado, me preguntaba si estaba bien. Al levantarse, no sé si a propósito —creo que sí—, con la rodilla destrabó lo único que la tapaba y quedó desnuda frente a los dos. Martín la miró sin decir nada. Ella, muy fresca, dijo que se iba a cambiar, y salió de la habitación sin taparse, mostrando todo. Martín no le sacó la vista al culo, que tenía las marcas de la bikini entre los cachetes. Punto débil de mi marido, eso lo vuelve loco.

***

Fuimos al casino, ganamos algo, tomamos los tres todo lo que pudimos. Al volver se venía tormenta. Yo estaba excitada por el champán y quería sexo costara lo que costara; Martín, por el alcohol y por el show de Camila, también.

Ya en la cama, los truenos empezaron a sonar. Martín, duro, me succionaba un pecho, cuando la puerta se abrió de golpe. Apenas alcanzamos a taparnos.

—Tengo miedo a los truenos desde chiquita. ¿Puedo dormir con ustedes?

La cara de fastidio de Martín no se la pueden imaginar. Pero la macana ya estaba hecha: yo desnuda, él duro, y ella con un camisón cortísimo, sin corpiño. Quedé en el medio. No tardé en sentir una mano que me tocaba un pecho y bajaba hasta mi concha, ya mojada. No pude hacer nada más que abrir las piernas. Me giré, le dejé a Camila el lado de mi cola y, sin pensarlo, agarré la pija de Martín y empecé a moverla. Él notó que algo pasaba; no dijo nada, pero se le puso bien dura. Hasta que sentí los labios de ella en mi boca.

—No digas nada. Dejate llevar —le dije a Martín.

Se dio vuelta como un torbellino y empezó a meter mano por todos lados, en mí y en Camila. Ella ya había bajado a chuparme y él me metía la pija en la boca. Qué fácil había sido, pensé. Fue una noche de frenesí: Camila me ayudó a chupársela a Martín, él hizo de todo con ella, y el momento culmine fue cuando acabó y entre las dos nos pasamos su leche de boca a boca.

A la mañana, en lugar de culpa, encontré lo contrario: ella estaba en el medio de los dos, mimada como una nena.

—Martín, ¿viste lo que te dije en la playa? Este era el regalo que les quería dar, por cómo son conmigo.

Pasamos esos tres días cogiendo donde había lugar y ganas. Cumplí el sueño de mi marido y, de paso, blanqueé la situación.

***

Después volvimos a casa, a la rutina. Con Camila todo seguía genial, pero los encuentros se fueron espaciando por las obligaciones y el cansancio. Yo, además, quería hacer un alto: tenía un matrimonio y una vida por delante; no todo era joda y sexo. Se lo comenté y ella lo entendió perfecto, no quería interferir en nuestra vida conyugal. Eso me alivió: no era una rival, sino una amiga que sabía cuál era el límite. Una sola vez más tuvimos algo nosotras dos, una noche en que Martín se fue de pesca, y me confesó que la pasaba mucho mejor cuando estábamos solas.

***

Con Martín seguimos alimentando nuestras fantasías. Entre las opciones aparecía la de sumar a un tercero, aunque no era fácil por la ciudad en la que vivíamos: la reserva era fundamental. Un día me dijo que le gustaría que tuviera algo yo sola, una fiesta, y después calentarnos juntos contándolo. El pedido me sorprendió, pero en un momento de calentura todo está permitido.

Acá reaparece Silvia. Había llegado de Italia un amigo de la familia y ella quería sacarlo a un boliche. El tano tenía mi edad, era común pero muy amable, hablaba el castellano casi perfecto. Como Martín estaba de viaje y yo aburrida, acepté acompañarlos.

Marco, así se llamaba, era alegre y me hacía reír. Tomamos champán sin parar y, para cuando quise acordarme, estaba bastante borrachita. Silvia y su novio no paraban de manosearse al lado nuestro, y las burbujas, sumadas al espectáculo, me iban poniendo caliente. Al terminar, el novio de Silvia nos invitó a su departamento. Yo tenía más ganas de dormir, pero Marco insistió tanto que terminé yendo.

***

El dueño de casa abrió otra botella. Silvia me cargaba: mirá si se entera Martín. Y ahí caí en que en toda la noche ni me había acordado de él. Me sentí mal un instante, pero se me pasó rápido. Sin rodeos, Silvia empezó a manosear a su novio, hasta que le sacó la pija a Bruno y se la metió en la boca delante de todos. El show calentaba a cualquiera.

En eso sentí la mano de Marco subiendo por mis rodillas. Yo, caliente, no supe cómo arrancó, pero cuando quise darme cuenta tenía los pantalones bajos y su boca entre mis piernas. Estaba en brazos de otro hombre que no era mi marido. Me dejé llevar. Me puso su pija en la boca —un aparato mucho más grueso que el de Martín— y lo saboreé. En un momento le pedí que me cogiera, no aguantaba más.

Silvia, al ver la escena, se acercó y me besó en la boca.

—No sabés lo agradecida que estoy con esto.

Y se prendió de uno de mis pechos. Donde está la madre, está la hija, pensé entre gemidos. Terminé envuelta en una pequeña orgía: ella le chupaba la pija a Marco, Bruno me chupaba a mí, y los tres me cogieron de todas las formas posibles. Yo era, de nuevo, la mujer a complacer. Marco me dedicó su mejor acabada en la boca, que enseguida le pasé a Silvia.

***

Cuando Martín volvió, esta vez tenía que contárselo: estaba en juego mi matrimonio. Y el muy hijo de puta se calentó como loco, me hizo contarle detalle por detalle. Después me soltó que quería una fiesta con Silvia. Le dije que se la pidiera él, que yo no me la jugaba.

Una mañana, llevándola al trabajo, Silvia rompió el hielo.

—Qué lindo lo pasamos el otro día. No me imaginaba que eras tan caliente. Algo sabía por Camila.

—Perdón... ¿qué te dijo Camila?

—Mi amor, yo sé toda la historia. Quedate tranquila, está todo bien. Ella es grande y sabe lo que quiere. Con lo que me contó, un poco lo del otro día lo armé a propósito: me imaginaba que te ibas a prender, sabiendo que Marco te tenía ganas desde que te vio.

Al final, tanto la madre como la hija me habían sorprendido de punta a punta.

***

Con Silvia volvimos a tener alguna que otra fiesta, esta vez con Martín y algún novio que ella traía. Con Camila también reincidimos, aunque más esporádicamente. Y con Martín terminamos abriendo la pareja del todo. No tenemos mucho tiempo, pero al menos una vez al mes cada uno se da el permiso de acostarse con otra persona: alguna mujer, en su caso; algún hombre o mujer, en el mío. Eso le da otro gustito a la relación y, sobre todo, nos deja romper con la maldita rutina.

Después de muchos años de matrimonio, puedo decir que fue lo mejor que nos pudo pasar. Seguimos juntos y, a decir verdad, estamos mejor que nunca.

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Comentarios (6)

VikingoPBA

tremendo relato!!! me engancho desde el primer parrafo, espero que haya una segunda parte con mas detalles de como siguio todo

Sofi_MR

Que manera tan romantica de contarlo, se nota que lo vivieron de verdad. Saludos desde el sur!

CuriosoPasivo

se hizo cortisimo... quiero saber como termino la historia con la vecina

GaboLect77

Lo de las revistas me mato jajaja, a veces las señales mas obvias las vemos recien despues. Sigan escribiendo que tienen buen estilo

Ramiro_Mza

buenisimo!!! me recordó a una situación parecida que tuve hace años con unos vecinos, nunca se sabe como pueden terminar esas tardes de verano. Gracias por compartirlo

Mili_lectora

Excelente relato!!! sigan asi 👏👏

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