La novia de Marcos perdió la vergüenza en el desierto
Quienes hayan leído mis otras confesiones ya saben que Daniel y yo tenemos una relación abierta desde hace años. Todo empezó en unas vacaciones sorpresa que él me regaló en Formentera, cuando yo todavía cargaba con la idea de que el placer tenía que pedir permiso.
Hasta ese viaje solo había estado con Daniel. Llegué virgen al matrimonio. Pero aquella semana, eufórica por el regalo y con ganas de gustarle como él siempre me pedía, empecé haciendo topless en una cala y terminé desnuda sobre la arena, sin que me importara quién mirara.
Después llegó mi primera infidelidad consentida, y con ella cambió por completo mi forma de vivir el sexo. Poco a poco fuimos cumpliendo nuestras fantasías, una a una. Ya no dejábamos pasar ninguna ocasión.
Esta vez la aventura ocurrió en Marruecos.
Daniel tiene un amigo, Marcos, destinado en Marrakech por trabajo. Nos había invitado a pasar unos días recorriendo el país, y como yo llevaba tiempo soñando con el desierto, aceptamos sin pensarlo.
Marcos había conocido a Lucía en la presentación de un proyecto arqueológico cerca de la ciudad. Su empresa era uno de los patrocinadores, y ella dirigía las excavaciones. Llevaban poco tiempo juntos.
Para Lucía era su primera relación seria. Desde que terminó la carrera, había trabajado en yacimientos perdidos en mitad de la nada, lugares donde la diversión sencillamente no existía. Era guapísima, con una cara dulce, casi angelical, y una timidez que se le notaba en todo. Esa primera noche, en cuanto la conversación derivó hacia las distintas formas de entender la pareja, las mejillas se le encendieron como a una adolescente.
Esa mujer me gustó al instante. Y desde entonces solo tuve un pensamiento en la cabeza: cómo hacerla mía antes de volver a casa.
Al día siguiente quedamos en visitar las excavaciones, unas ruinas romanas de más de dos mil años. Marcos tenía reuniones y no pudo venir. Estábamos a una hora en coche de la ciudad, y aproveché el trayecto para llevar a Lucía hacia el terreno que me interesaba.
Le sorprendía que mi marido me animara a acostarme con otros hombres. Al principio escuchaba con cautela, pero poco a poco mis historias fueron despertándole la curiosidad. Empezó a preguntar.
—¿Cómo fue la primera vez? —quiso saber.
—¿Lo buscaste tú?
—¿Y lo disfrutaste de verdad?
Sentía curiosidad por absolutamente todo. Se iba soltando, y al final terminó confesándome algo en voz baja.
—Me da vergüenza decirlo, pero a veces me desnudo con la ventana abierta, imaginando que alguien me observa desde fuera. Me excita muchísimo.
—Yo también lo hago —le dije—. Disfruto como una loca en las playas nudistas. No tienes nada de qué avergonzarte.
Daniel, que había captado mis intenciones desde el primer minuto, se mantenía al margen, callado, dejándome trabajar.
Lucía, vestida con su ropa de campo, nos fue explicando cada hallazgo con un entusiasmo que la transformaba. Cuando hablaba de su trabajo se le iba la timidez de golpe.
Al mediodía el calor ya era sofocante, así que decidimos volver. Apenas llevábamos media hora de camino cuando el coche se paró en seco en mitad de la carretera. Daniel llamó para que vinieran a buscarnos: tardarían dos o tres horas, nos dijeron. Estábamos rodeados de tierra árida, sin una sombra, con un sol que pesaba como una losa.
Entonces aparecieron varios hombres a caballo, con túnicas claras y turbantes, que nos ofrecieron refugio en su asentamiento. Miré a Lucía buscando una respuesta. Su cara era pura duda. Decidí aceptar por las dos. Daniel prefirió esperar junto al coche por si llegaba el remolque, y solo cuando vio que yo me iba, ella se animó a venir conmigo.
Nos subimos a la grupa de sus caballos y avanzamos hacia el campamento. Lucía, que ya se atrevía a hablar de sexo sin sonrojarse tanto, se inclinó hacia mí.
—Le he notado el bulto en el culo todo el camino —me susurró, señalando con la mirada al jinete con el que había montado.
—Se te ha empalmado —me reí.
—Era enorme.
—Estás hecha una golfa. Seguro que te ha encantado.
Me miró con una sonrisa pícara que ya no tenía nada de inocente.
***
Entramos en una jaima amplia, fresca, donde nos esperaban varios hombres y una mujer de piel oscura con el torso desnudo. Llevaba una falda abierta, de tela suelta por delante y por detrás, y unos pechos hermosos coronados por pezones oscuros. Nos ofrecieron té y nos sentamos sobre almohadones de colores. Empezaron a tocar música, y la mujer comenzó a bailar.
Sus golpes de cadera abrían la falda y dejaban entrever un pubis denso y negro. Cada movimiento era sensual, casi una provocación deliberada. Lucía no le quitaba ojo. La bailarina se llevó la mano a un pecho, sin pudor, y nos invitaba con la mirada a seguirla.
Apoyé la mano en el muslo de Lucía.
—Atrévete a salir a bailar —le dije al oído—. Te va a gustar.
Negó con la cabeza, pero sin convicción. Insistí una vez, dos. Entonces se quitó el sombrero, se puso de pie y dio los primeros pasos. Al principio fueron torpes, dudosos. Poco a poco se fue soltando, intentando imitar a la bailarina, y aquella cara dulce de gafas de intelectual me volvía completamente loca.
Lo que pasó después no lo habría imaginado ni un minuto antes. Lucía se desabrochó la camisa y me la lanzó. Sus pechos quedaron a la vista de todos. Me miraba desafiante, retándome. Los hombres la animaban con palmas. Se quitó el pantalón y se quedó en ropa interior. Y luego, rematando la faena, se deshizo también de las bragas.
Su pubis rubio acaparó toda mi atención. Me habría lanzado sobre ella allí mismo. Mi sexo ardía y un impulso brutal me empujaba a salir a bailar, pero me contuve. Era su momento, y no pensaba robárselo. Parecía que llevara toda la vida bailando desnuda para desconocidos.
Cuando Daniel apareció en la entrada de la jaima, se quedó petrificado. Solo acertó a decir una cosa.
—Ya han venido a buscarnos.
***
Lucía se vistió a toda prisa y nos marchamos. En el camino de vuelta, todavía con la respiración agitada, nos pidió que no le contáramos nada a Marcos.
—No sé cómo se lo tomaría. Vamos muy despacio con todo lo del sexo —dijo.
Le pregunté si lo había pasado bien.
—Muy bien. Es la primera vez que me desnudo en público y me ha excitado como nunca.
—Pues no te dejes frenar por los falsos pudores —le dije—. Disfruta del sexo mientras puedas.
Con un leve encogimiento de hombros me dio a entender que tenía toda la razón.
Esa noche cenamos los cuatro fuera, y al volver a casa de Marcos él nos preparó unas copas. Le pedí que pusiera música tradicional, la misma que había sonado aquella tarde en la jaima. No podía dejar de pensar en Lucía desnuda, en su cuerpo moviéndose torpe y hermoso a la vez.
En la segunda canción saqué a Lucía a bailar. La tenía pegada, sintiendo su calor, y un escalofrío me recorrió entera. No lo pensé. Me desabroché el vestido y lo dejé caer al suelo. En ropa interior, miré a Lucía con el mismo desafío con el que ella me había mirado por la tarde. Marcos no daba crédito.
—Joder, Daniel, tu mujer es de armas tomar —dijo.
—Espera a conocerla bien —respondió mi marido—. Puede llegar a ser muy puta cuando se excita.
Me acerqué a Lucía y la besé en la boca. Ella mantuvo los labios pegados a los míos, y en ese instante supe que había decidido seguir mi consejo hasta el final. Se quitó el vestido y, después, las bragas. Su novio quedó inmóvil, incapaz de decir una sola palabra. Me deshice de lo poco que me quedaba puesto, y las dos, desnudas, seguimos bailando, provocando, sin que nada más importara.
Daniel no tardó en sumarse. Se sacó la polla y se la ofreció a Lucía, que no dudó un segundo en metérsela en la boca y chuparla con un hambre que no parecía la de una principiante. Yo me coloqué detrás de ella, acariciándole los pechos y bajando la mano entre sus piernas.
—No parece que sea la primera que te comes, lo haces muy bien —dijo Daniel.
Ella apenas pudo balbucear, con la boca llena.
—Mi novio todavía no me ha pedido que lo haga.
—Pues aprendes rápido —se rió mi marido.
—Sigo los consejos de Carla —contestó ella—. Me dejo llevar por el placer.
Yo estaba cada vez más húmeda. Estaba consiguiendo justo lo que había deseado desde que la conocí, aunque nunca imaginé que aquella mujer tan dulce se entregaría con tanta facilidad.
Empecé a pasarle la lengua por el culo, despacio. De su boca ocupada escapaban gemidos entrecortados. Entonces Daniel me pidió que cambiáramos de sitio. Sin demasiada contemplación, la penetró por detrás. Lucía soltó un grito, pero no hizo el menor gesto de rechazo. Yo le había ofrecido mi sexo, y su lengua trabajaba con una entrega que ya no tenía nada de novata. Buscó mi clítoris y, cuando lo encontró, el orgasmo me llegó hondo, largo, recibido con suspiros que no pude contener.
Marcos seguía paralizado, sin articular palabra. Pero su novia estaba decidida a marcar un antes y un después en aquella relación. Se fue hacia él, le abrió la bragueta y le hizo lo mismo que un momento antes le había hecho a mi marido.
—Ahora te toca a ti disfrutar de lo que he aprendido —le dijo.
Marcos se empalmó al instante, mientras Daniel y yo buscábamos nuestro propio placer en el otro extremo de la habitación. Al final él se dejó llevar y la folló hasta correrse, vencida por fin toda su resistencia.
***
Al día siguiente recorrimos las ruinas más impresionantes del viaje, con Marcos de guía. Había pedido vacaciones para pasarlas con nosotros. Cuando volvimos a casa, después de cenar, sirvió las copas y puso otra vez la misma música.
No hizo falta decir nada. Los cuatro queríamos exactamente lo mismo. Nos desnudamos y volvimos a entregarnos en grupo. Disfruté del cuerpo de Lucía, me entregué a Marcos y terminé follando de nuevo con mi marido.
Daniel, que desde hacía un tiempo también disfrutaba con hombres, quería a Marcos. Lo besó en la boca, le pidió que se pusiera a cuatro patas y lo folló sin prisa. Su amigo se dejó hacer. Lucía los miraba sorprendida, fascinada, y luego besó a su novio con una pasión nueva, sus lenguas enredándose. Se separó un instante para decirle algo al oído.
—Me encanta verte disfrutar. De ahora en adelante no habrá límites entre nosotros.
Marcos, en pleno orgasmo, solo alcanzó a responder.
—Ninguno.
Repetimos el mismo guion cada noche, después de pasar el día haciendo turismo. Fueron cuatro jornadas intensas de cultura por el día y sexo por la noche.
Cuando nos despedimos, Lucía me prometió que me llamaría en cuanto pasara por Madrid. Tenía ganas de repetir todo lo que habíamos vivido. Los dos nos dieron las gracias por haberles abierto una puerta que ya nunca volverían a cerrar.