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Relatos Ardientes

Mi mujer planeó el trío en la cabaña sin decírmelo

Cuando desperté, Lucía ya no estaba en la cama. Me vestí y bajé arrastrando los pies hasta la cocina, donde la encontré con Verónica, las dos con una taza de café entre las manos y esa complicidad de primas que siempre me había parecido inofensiva.

—Buenos días —dije, y le di un beso a mi mujer en la sien.

—Buenos días, dormilón —respondió Verónica—. ¿Qué tal la cama? ¿Cómoda?

—Mucho. Y silenciosa —contesté, mirando de reojo a Lucía—. No como la tuya.

Verónica se rió y le dio un golpecito al café con la cucharilla.

—No es para tanto. Casi no se os oía.

—Pues a vosotros sí —dijo Lucía—. ¿Tú no estabas enfadada con Hugo?

Ahí estaba el tema otra vez, pensé mientras me servía una taza.

—Y lo sigo estando —admitió Verónica, alargando las vocales—. Pero el cuerpo es débil. Después de lo que me contasteis ayer, me puso muchísimo.

Miré a mi mujer y ella asintió sin disimular. Le había contado a su prima alguna de nuestras historias, y eso lo cambiaba todo.

Hugo apareció en ese momento, también medio dormido, y Verónica le acercó una taza con un beso de los que se dan por costumbre, no por ganas.

—Igual hay cambio de planes —anunció él—. Me han llamado del trabajo y tengo que volver un día antes.

—¿Y eso?

—Reuniones. He pensado que podemos subir hoy mismo a la cabaña y pasar allí los dos últimos días, en vez de esperar.

A nadie le importó adelantarlo. En menos de una hora teníamos el coche cargado y a Hugo al volante. Paramos en el pueblo a comprar provisiones y a cambiar de coche por un todoterreno, porque, según Verónica, hasta la cabaña no se llegaba de otra manera.

—Ya veréis —dijo ella, girada hacia el asiento de atrás—. Os va a enamorar el sitio.

***

El camino se metió en un bosque cerrado y fue subiendo entre la nieve hasta una cabaña escondida, de piedra y techo muy inclinado, con el humo saliendo ya de la chimenea. Junto a la puerta nos esperaba Tomás, el chico que se encargaba del mantenimiento, que no tendría más de veintiún años. Tras las presentaciones, descargamos las cajas y entramos.

El interior era una maravilla: piedra y madera por todas partes, una chimenea enorme frente a dos sofás amplios, la cocina abierta y un ventanal que daba a una terraza trasera. Allí, bajo una cubierta de madera, había una sauna y un jacuzzi con vistas a todo el valle. Tomás ya había encendido las estufas de leña de las dos habitaciones de arriba, así que se estaba en manga corta pese al frío de fuera.

Salí a fumar a la terraza y Hugo se me unió con dos cervezas.

—Esto es precioso —le dije.

—Los terrenos son de mi familia de toda la vida. Esta es la cabaña original; las que alquilamos están más arriba. Aquí la gente viene para no moverse.

Las chicas salieron y se sentaron con nosotros. Verónica se frotó las manos.

—¿Le has enseñado el jacuzzi? El agua se calienta con una fogata. Aunque nieve, dentro se está de cine.

—No traje bañador —comenté.

—Yo tampoco —dijo Lucía.

Verónica soltó una carcajada.

—Nosotros tampoco. No se ve desde fuera, así que no usamos.

Lucía y yo nos miramos. A ninguno nos importaba, pero no esperábamos que ellos lo dijeran tan tranquilos, y menos sabiendo que Verónica seguía picada con su marido por algo.

***

Después de comer dimos un paseo con raquetas por la montaña, atravesando un grupo de árboles hasta ver las otras cabañas a lo lejos. Volvimos con frío y Verónica nos guió directos a la terraza.

—Desnudaos aquí y dejad la ropa antes de entrar a la sauna —ordenó, como si fuera lo más natural del mundo.

Junto a la puerta había toallas. Me tapé con una, aunque no sin antes mirar el cuerpo de Verónica: pechos grandes, parecidos a los de Lucía, y los pezones erizados por el frío. Hugo, por su parte, no le quitó ojo a mi mujer mientras se desnudaba.

Dentro nos sentamos unos frente a otros. El calor después del frío me dio una somnolencia inmediata y cerré los ojos un momento.

—Si queréis, quitaos las toallas —dijo Verónica—. A mí no me importa, y a este tampoco.

Abrí los ojos a tiempo de ver, entre el vaho, cómo se descubría el pecho, imitada al instante por Lucía. Hugo intentaba mirar de reojo hasta que su mujer le dio un codazo. Entonces sentí la mano de Lucía deslizándose por mi muslo.

—A este también le empieza a afectar el calor —dijo, agarrándome.

—Lo que me afecta es tu mano —contesté.

Las dos se rieron. Verónica alargó el brazo y agarró la polla ya dura de su marido.

—A este ni hace falta tocarlo. Con mirarte las tetas se pone malo.

Llevé mi mano hasta el sexo de Lucía. Estaba húmeda, y abrió un poco las piernas para dejarme paso. En la penumbra entreveía a Hugo acariciándose sin dejar de mirar y a Verónica tocándose los pechos. Mi mujer se agachó entonces y empezó a lamerme delante de ellos, sin ningún reparo, mientras yo seguía con los dedos dentro de ella.

Verónica tenía una pierna subida al banco y una mano perdida entre los muslos. Hugo intentó acariciarla y ella le apartó de un manotazo. El castigo, fuera el que fuera, seguía en marcha.

Lucía se sentó sobre mí de espaldas, clavándome dentro, para que Hugo tuviera la vista perfecta de cómo la penetraba. Cabalgó hasta correrse con un gemido largo, y cuando Verónica murmuró «me corro» y se dejó ir entre espasmos, yo terminé también dentro de mi mujer.

—¿Ahora corremos desnudas por la nieve o eso es antes del jacuzzi? —preguntó Lucía, levantándose.

Verónica la agarró de la mano y salieron las dos riendo. Hugo y yo nos quedamos solos.

—¿Qué acaba de pasar? —dijo él, mirando la puerta.

—Que mi mujer y yo hemos follado delante de vosotros. Y que la tuya te está castigando por algo.

Bajó la mirada.

—El año pasado me pilló escribiéndome con otra. Estuvimos a punto de separarnos, pero me perdonó. Y últimamente le insistía con una fantasía: estar con dos mujeres.

—Pues ahí lo tienes. Dale tiempo. Que decida ella.

No pudimos seguir: las chicas volvieron corriendo, heladas, con restos de nieve en la piel.

***

Nos metimos los cuatro en el jacuzzi, suspirando de gusto al sentir el agua caliente. Hugo entró a buscar cervezas belgas y una bandeja de quesos, y la conversación derivó hacia nuestras aventuras. Verónica preguntaba con detalle y Lucía o yo respondíamos; Hugo escuchaba cada vez más alucinado, sin dar crédito.

Bajo el agua, estiré una pierna y rocé el muslo de Verónica. Ella me guiñó un ojo y abrió las piernas, dejándome llegar con el pie hasta su sexo. Empezó a moverse contra él con los ojos cerrados, hasta que un gemido la delató.

—¿Te extraña? —le dijo a su marido—. ¿No era lo que querías? Un trío con otra. Pues lo vas a tener, pero no ahora. Ahora es mi turno.

Se acercó a mí, me besó largo y se agachó a hacerme una mamada profunda mientras Lucía se ponía detrás y le lamía el sexo. Hugo hizo el amago de tocar a mi mujer.

—Tú quieto —le cortó ella—. Sin moverte y sin tocarte.

Lo dejé hacer, aunque me dio algo de pena verlo allí parado, obligado a mirar. Verónica se apoyó en el borde y me pidió que la follara así, delante de él. La penetré despacio, agarrándola de las caderas, mientras ella no apartaba la vista de su marido.

—Este no es el trío que esperabas, ¿verdad? Ver cómo otro me folla y tú sin hacer nada. Pues todavía hay más.

Lucía se colocó delante con las piernas abiertas y Verónica hundió la cara entre ellas. Las dos primas gimiendo a la vez, una lamiendo a la otra mientras yo bombeaba, fue demasiado para Hugo, que respiraba agitado en su rincón. Verónica se corrió cabalgándome de cara a él, y yo terminé en su boca sin que dejara de mirarlo de reojo. Después se levantó y entró en la cabaña sin decir nada.

—¿A qué esperas? —le dijo Lucía a Hugo—. Ve con ella.

Él la siguió. Mi mujer y yo nos quedamos en el agua, acariciándonos.

—¿Ya se acabó? —pregunté.

—Creo que sí. Ahora viene la reconciliación.

***

Tardaron más de una hora en volver, y lo hicieron de otro humor. Verónica entró al jacuzzi con una sonrisa nueva.

—Se acabó el castigo. Solo quería que sintiera lo que sentiría yo viéndolo con otra.

—Tengo celos —reconoció Hugo—, pero me parece justo, siempre que haya vuelta.

Lo dijo mirando a Lucía, que se echó a reír.

—Eso estaba planeado desde el principio —confesó—. Él se enteró el último.

La cena fue entre risas, con Lucía rozando a Hugo a cada paso, provocándolo, hasta que él dejó la vergüenza atrás. Después del café, las dos se sentaron una a cada lado de él.

—Te voy a poner en un compromiso —dijo Verónica, quitándose la camiseta a la vez que mi mujer—. ¿Quién tiene mejores pechos?

Hugo, ya sin reparos, los sopesó, lamió un pezón de cada una y declaró el empate. Luego pasaron al culo, y de ahí no hubo vuelta atrás. Las dos se arrodillaron ante él y se turnaron para lamerle la polla mientras yo me contenía en mi silla, con ganas de unirme pero sin atreverme todavía.

Lucía acabó sentándose sobre él, empalándose de un solo movimiento, mientras Verónica venía hacia mí. Estábamos los cuatro enredados, ella con mi polla en la boca, su marido follando a mi mujer a un metro. Después me arrodillé entre las piernas de Verónica y, mientras le lamía el sexo, le humedecí el ano con la lengua y, al ver que no se apartaba, le metí un dedo despacio.

—Qué cabrón —jadeó—. Despacio. No dejes de lamerme.

Hugo puso a Lucía a cuatro patas e hizo lo mismo con ella. Cuando los dos las tuvimos preparadas, las penetramos por detrás a la vez. Verónica se quejó al principio, pidiendo calma; mi mujer, más acostumbrada, recibía a Hugo sin problema pese al grosor. En algún momento las dos primas giraron la cabeza y empezaron a besarse mientras las follábamos.

—¡Ven, métela tú también! —le pidió Verónica a su marido cuando yo ya estaba dentro de ella—. ¡Los dos a la vez!

Hugo dudó, pero se colocó. Verónica gimió entre el dolor y el placer.

—¡Así! Mi primera vez con dos. No sabía lo que me perdía.

Cambiamos de posición varias veces más, hasta que terminamos los dos, uno tras otro, sin que ella dejara de correrse. Acabamos los cuatro tirados en la alfombra de la sala, sin aliento.

—No sé ni cuántos orgasmos he tenido —dijo Verónica—. Me tiemblan las piernas.

—Yo estoy alucinando —murmuró Hugo—. No me esperaba nada de esto.

Ella se arrastró hasta apoyar la cabeza en su pecho.

—La idea era ellos dos conmigo mientras tú mirabas castigado, y luego tú con las dos. Lo de hacérmelo con mi prima salió sobre la marcha. —Hizo una pausa—. Y tengo que confesarte algo: no era mi primera vez en un trío. Mucho antes de conocerte, con un novio que tuve.

Hugo la miró sorprendido, pero le pasó el brazo por los hombros.

—No me importa. El pasado, pasado está. No creerías que pensaba que eras virgen.

Nos reímos los cuatro, aliviados de que el asunto no fuera a más. Fuera ya era noche cerrada; nos habíamos perdido la puesta de sol desde el jacuzzi, pero a nadie le importó. Hugo y yo preparamos la cena mientras ellas se duchaban, y entre fogón y fogón él me preguntó, todavía incrédulo, cuántas veces había hecho yo algo así.

—Unas cuantas —admití—. Y tengo que reconocer que esta vez no me costó ningún esfuerzo.

Nos acostamos agotados, dormidos casi al instante. Quién sabe qué sorpresa traería el día siguiente.

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Comentarios (5)

NocheDeVegas

buenísimo!!! me atrapó desde el principio, no pude parar de leer

Caro_Pcia

Por favor segui, quede con ganas de saber como terminó todo en esa cabaña

Roberto_M

Que manera de narrar, se siente real sin ser burdo. Espero la segunda parte!

Gustavo_Cap

Me recordó a un viaje que hice con mi pareja hace años, aunque nada tan emocionante jajaja. Muy bien contado

LauraConf

La prima planificando todo sin decírselo... eso es lo que mas me gustó del relato. Tremendo detalle

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