El novio de mi amiga me eligió en la fiesta swinger
A Damián y a mí nos presentó la persona que menos habría imaginado: Carolina, su novia de entonces y una de mis mejores amigas. Yo venía de un par de experiencias con mi expareja en encuentros de intercambio, así que cuando ella me habló de una fiesta donde el deseo no tenía reglas, no me costó decir que sí.
La casa quedaba en una de esas colonias caras donde las verjas son altas y los jardines silenciosos. Por dentro, en cambio, no había nada de silencio. Caminé por los pasillos con una copa que apenas probé, observando a una docena de personas repartidas por las habitaciones. Algunos se enredaban en la sala, sobre los sofás de cuero. Otros, en la cocina. Otros detrás de puertas que nadie se molestaba en cerrar del todo.
Conocía la teoría de estos lugares. Sabía que las parejas se buscaban, se ofrecían, se intercambiaban. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es estar ahí parada, con el corazón golpeándome el pecho y una humedad incómoda creciéndome entre las piernas sin permiso.
Nadie me presionaba. Esa era la regla de oro que Carolina me había repetido en el coche, mientras nos maquillábamos frente al retrovisor: nadie toca a nadie sin un sí. Podía mirar todo lo que quisiera, podía irme cuando quisiera, podía quedarme solo a observar. Y, sin embargo, mirar ya me estaba costando la cordura. Cada gemido que rebotaba contra las paredes me apretaba un nudo más abajo del estómago.
Dejé la copa en una repisa, junto a un cuadro carísimo que nadie parecía notar, y subí.
Mis pies encontraron la escalera casi por instinto, como si el cuerpo supiera adónde ir antes que yo. Al fondo del pasillo de arriba, una puerta entreabierta dejaba escapar una luz tibia y unos gemidos que reconocí de inmediato.
Era Carolina.
No me atreví a entrar. Me quedé en el umbral, espiando por la rendija como quien mira algo que no le pertenece. Mi amiga estaba en el centro de la cama con un chico y otra chica que no conocía, los tres enredados en un trío lento y descarado. Le habían quitado el vestido negro, ese tan corto que se había probado tres veces antes de salir, y ahora cuatro manos la recorrían a la vez.
Verla así me desarmó. Carolina tenía la cabeza echada hacia atrás, mordiéndose el labio, una mano metiéndose entre las piernas por encima de la ropa interior mientras pedía más con la voz quebrada. Nunca la había visto tan suelta, tan dueña de su propio placer.
Sentí cómo mi cuerpo respondía a lo que veía y a lo que oía. Era una reacción que no decidí: simplemente ocurrió, como si esos estímulos fueran para mí.
Sin darme cuenta, llevé la mano derecha a mi pecho. Acaricié por encima de la tela, busqué el pezón, tiré de él apenas. La respiración se me cortaba en pedazos cortos. Estaba tan concentrada en lo que pasaba al otro lado de la puerta que no escuché los pasos a mi espalda.
Una mano me tomó de la cintura y me giró con suavidad.
Era Damián.
Lo había visto un par de veces en fotos y en alguna cena, pero ahí, a media luz, parecía otro. De estatura media, delgado, con el pelo rizado cayéndole sobre la frente. Me miró, miró un segundo hacia la puerta entreabierta donde su novia se perdía en el éxtasis con dos extraños, y volvió a mí. No había reproche en sus ojos. Había otra cosa.
Me sonrió y, sin decir nada, tomó mi mano y la llevó hasta su entrepierna. Lo sentí duro a través del pantalón, tenso, urgente.
Bajé la mirada para ver lo que mis dedos ya sabían. Él me puso un dedo sobre los labios, pidiéndome silencio.
—Esto va a ser nuestro secreto —murmuró.
No contesté. No hacía falta.
Me arrodillé en el pasillo, ahí mismo, con la música subiendo desde la planta baja y los gemidos de Carolina filtrándose por la rendija. Le solté el cinturón, bajé la tela y lo tomé con las dos manos antes de llevármelo a la boca. Era grande, más de lo que esperaba, y tuve que ir despacio.
Damián enredó los dedos en mi pelo. No para forzar, sino para marcar el ritmo, para decidir cuánto entraba y cuánto me dejaba respirar. Lo escuchaba contener el aliento cada vez que llegaba al fondo. Con la otra mano le acariciaba el resto, sin dejar de mirarlo desde abajo, disfrutando de cómo se le tensaba la mandíbula.
***
Después de unos minutos me levantó por los hombros. Sin soltarme, me condujo a la habitación de al lado, una más pequeña, con una cama estrecha y una lámpara de pie que dejaba la mitad del cuarto en penumbra.
Me recostó con cuidado. Me subió la falda, me apartó la ropa interior con el pulgar y se quedó mirándome un instante, como si quisiera grabarse la imagen antes de seguir. Yo ya estaba empapada, lo notaba, y la espera me resultaba casi insoportable.
Cuando por fin entró, lo hizo lento, centímetro a centímetro, observándome todo el tiempo.
—Qué rico —dijo en voz muy baja, deslizándose dentro de mí.
Lo sentí llenarme por completo, llegar hasta un sitio que pocos habían tocado. Estaba tan mojada que no hubo dolor, solo esa presión densa que me obligaba a respirar por la boca. Empezó despacio y fue acelerando, cada embestida más profunda que la anterior.
El placer era casi ruidoso, pero yo lo tragaba. Carolina estaba en la habitación de al lado, separada de nosotros por una pared fina, y la sola idea de que entrara y nos encontrara así me apretaba la garganta. Mordí la almohada para no gritar mientras él me tomaba de las caderas.
En algún momento sentí una presión distinta, una urgencia que no supe nombrar. Le pedí que parara, asustada, pero Damián no se detuvo.
—Suéltate —dijo con la voz ronca—. Sé lo que es. Déjate ir, confía.
Y me dejé ir.
El cuerpo entero se me contrajo de una forma que no había sentido nunca. El orgasmo llegó de golpe, salvaje, y con él algo más: una oleada que me sacudió desde adentro y mojó las sábanas, sus muslos, todo. Una eyaculación que jamás creí posible en mí. No pude callar. Grité contra la almohada mientras él seguía moviéndose, empujando el placer todavía más lejos.
Cuando salió de mí, otro espasmo me recorrió entera. Y antes de que pudiera recuperar el aliento, sentí su lengua. Bajó entre mis piernas y empezó a recorrer mi clítoris de arriba abajo, rápido, mientras yo seguía temblando y soltando líquido sin control.
No quería que parara. Le agarré el pelo y lo apreté contra mí, obligándolo a beberlo todo. Él lo hizo sin quejarse, hasta que el temblor cedió.
Luego se incorporó. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano, me dedicó una última sonrisa y salió de la habitación sin decir palabra, como si nada de aquello fuera a tener consecuencias.
***
Me quedé un rato más sola en el cuarto, recomponiéndome. Me acomodé el pelo, me vestí como pude, todavía con las piernas flojas. Cuando por fin bajé, encontré a Carolina en el recibidor, vestida y furiosa, esperando a Damián con los brazos cruzados.
No entendí nada en ese momento. Me despedí con un abrazo torpe que ella apenas devolvió, convencida de que entre nosotras seguía todo bien.
Me equivocaba.
Lo supe tiempo después, y por la boca del propio Damián. Cuando él salió de la habitación, Carolina acababa de terminar su trío y, al pasar por el pasillo, se detuvo junto a la pared fina que nos separaba. Lo escuchó todo. Y, peor para ella, alcanzó a ver por la rendija el momento exacto en que yo me deshacía en aquel squirt que ella nunca había logrado tener, por mucho que lo intentara.
Eso fue lo que la quebró. No tanto la traición de su novio, sino verme alcanzar algo que a ella se le había negado siempre. Que él bajara después a beber mis fluidos y volviera con su boca a buscar la suya fue la última gota.
Durante semanas me sentí culpable. Le escribí, intenté explicarme, le juré que nada de aquello había sido planeado, que la mano que me giró en el pasillo no la busqué yo. Nunca obtuve respuesta. A veces todavía me pregunto si lo que de verdad no me perdonó fue acostarme con Damián o haber gozado de una forma que ella perseguía desde hacía años.
La relación de Carolina y Damián, dos años juntos, terminó pocas semanas después de aquella fiesta. Ella me bloqueó en todas las redes y no volví a saber de mi amiga.
De Damián, en cambio, no me separé. Lo que nació como un secreto en un pasillo se convirtió en una complicidad rara, sin etiquetas y sin promesas. Seguimos yendo juntos a fiestas como aquella, presentándonos como pareja aunque no lo seamos, compartiendo encuentros y recogiendo anécdotas que tardaríamos horas en contar.
Nos tenemos una confianza que pocos amantes alcanzan, pienso a veces, mientras lo miro buscar a alguien en la pista. Y entonces él gira la cabeza, me encuentra entre la gente y me sonríe igual que aquella primera noche, como si todavía guardáramos el mismo secreto.