Lo que pasó cuando intercambiamos parejas por primera vez
Somos Martín y Lucía, y llevamos un tiempo dándole vueltas a la idea de abrirnos a otras parejas. No es algo que decidiéramos de un día para otro. Fueron meses de conversaciones a media voz, de fantasear en la cama después de hacer el amor, de imaginar en voz alta lo que sentiríamos al ver al otro con alguien más.
Por una conocida página de contactos dimos con Diego y Sabrina, de nuestra misma ciudad. Tenían las mismas ganas que nosotros de probar el mundo del intercambio, aunque hasta entonces solo habían compartido tríos con otras chicas. Eran novatos en esto, igual que nosotros, y esa torpeza compartida nos hizo confiar.
Como suele pasar, primero hablamos durante semanas. Mensajes que se alargaban hasta la madrugada, videollamadas en las que nos estudiábamos las caras, nos reíamos de cualquier tontería y, poco a poco, nos atrevíamos a hablar de sexo sin tapujos. Queríamos asegurarnos de que había química antes de vernos en persona.
Los invitamos un día a casa. Nuestros hijos estaban con sus abuelos, así que teníamos la tarde entera para nosotros. El acuerdo era claro: solo conocernos, tomar algo y ver si en persona seguía existiendo lo que sentíamos por la pantalla. Nada de sexo. Esa cita era únicamente para tantear el terreno.
Llegaron puntuales. Diego era alto, moreno, de esos hombres que cuidan cada detalle y lo saben. Sabrina, en cambio, era bajita, de curvas generosas, con un pecho enorme y una sonrisa que parecía estar siempre a punto de soltar una travesura. Bastó verlos en el recibidor para confirmar que la atracción no había sido un espejismo de la cámara.
Preparé café y nos sentamos en el salón, dos parejas frente a frente, hablando como si nos conociéramos de toda la vida. La conversación fluía sola, salpicada de risas y de esas miradas que se sostienen un segundo de más.
—Os hemos traído algo de la pastelería de abajo —dijo Sabrina, dejando una caja sobre la mesa—. No sabía si erais de dulce o de salado.
—De todo, somos de todo —contestó Lucía, y los cuatro nos reímos por el doble sentido que nadie había buscado pero todos entendimos.
Hablamos de cómo habíamos llegado hasta ahí, de los nervios de la primera videollamada, de las dudas que habíamos tenido y de las ganas que pudieron más. Diego contaba con las manos, gesticulando, y Sabrina lo interrumpía cada dos por tres con alguna corrección que terminaba en carcajada. Era fácil estar con ellos. Demasiado fácil, quizá, para una tarde que se suponía inocente.
En un momento de la charla, Diego mencionó que estrenaban coche, un modelo que llevaba meses esperando. Con una naturalidad ensayada, le propuso a Lucía bajar a la calle para enseñárselo y dar una vuelta a la manzana.
—¿Vamos? —le preguntó, ya de pie.
Lucía me buscó con la mirada, una pregunta silenciosa entre nosotros. Le hice un gesto casi imperceptible con la cabeza. Adelante. Sabía perfectamente que aquel paseo era una excusa. Y sospecho que ella también lo sabía.
***
Me quedé a solas con Sabrina en el salón. El silencio que dejaron al cerrar la puerta tenía un peso distinto, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho durante el café.
—Así que solos —murmuró ella, dejando la taza sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.
No tuve que responder. Se acercó, se sentó muy cerca y me besó. Fue un beso lento al principio, de tanteo, y enseguida se volvió hambriento. Me mordió el labio, me susurró al oído cosas que harían sonrojar a cualquiera, y mientras hablaba ya tenía la mano colándose por debajo de mi pantalón de andar por casa.
La detuve un instante, no para frenarla, sino para mirarla. Tenía las mejillas encendidas y la respiración rápida. Entonces fui yo quien tomó la iniciativa. Le subí la blusa y descubrí ese pecho que había intentado no mirar durante toda la tarde, con los pezones rosados y duros pidiendo atención.
Le besé el cuello, bajé por el escote, dediqué tiempo a cada centímetro de piel. Ella arqueaba la espalda y enredaba los dedos en mi pelo, impaciente. Cuando deslicé la mano dentro de su ropa interior, me sorprendió lo encendida que estaba, lo lista que tenía el cuerpo para mí.
La acaricié despacio, leyendo sus reacciones, buscando el ritmo que la hacía temblar. No tardé en encontrarlo. Sabrina se aferró a mis hombros, hundió la cara en mi cuello y se corrió en cuestión de minutos, mordiéndose el dorso de la mano para no hacer demasiado ruido.
—Llevaba toda la tarde pensando en esto —me confesó al oído, todavía con la respiración entrecortada—. Desde que abriste la puerta.
No le dije que a mí me pasaba lo mismo. No hizo falta. Lo había leído en cada gesto desde el primer café.
Nos quedamos quietos un rato, recuperando el aliento, riéndonos por lo bajo de lo poco que había durado nuestro propósito de «solo conocernos». Nos recompusimos la ropa justo a tiempo y nos acomodamos en el sofá, fingiendo una calma que no sentíamos.
Lucía y Diego volvieron poco después, los dos con una sonrisa de oreja a oreja que los delataba. En cuanto se fueron, mi mujer me lo contó todo.
***
Me dijo que Diego había aparcado en una calle tranquila, lejos de miradas. Que la besó primero, despacio, y que después le metió la mano por debajo del leggin con la sorpresa de no encontrar nada que le estorbara. La acarició hasta dejarla al borde, y ella, en respuesta, se inclinó sobre él y le devolvió el favor con la boca hasta que terminó. Nada más. Un anticipo, un mapa de lo que vendría.
Esa noche, en la cama, no paramos de hablar de ellos. La conclusión llegó sola: nos habíamos gustado los cuatro, y queríamos más. Quedamos para el sábado siguiente. Esta vez sin excusas, sin café de por medio, sin frenos.
La semana se hizo eterna. Cada día que pasaba tensaba un poco más la cuerda. Lucía me lanzaba miraditas en la cena, yo le respondía con un comentario subido de tono, y los dos nos íbamos a dormir con la cabeza puesta en el sábado.
***
Llegaron al fin, esta vez con una botella de vino blanco para acompañar la cena. Nos sentamos a la mesa con las parejas cruzadas, cada uno frente a quien no era el suyo. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
No hizo falta mucho. Bajo el mantel, los pies empezaron a hacer de las suyas. Un dedo que rozaba un muslo, un talón que subía por una pierna, caricias robadas mientras manteníamos en la superficie una conversación que ya no le importaba a nadie. El ambiente estaba caldeado mucho antes de que termináramos de cenar.
Cuando llegó el momento, las cosas no salieron como en las películas de intercambio. Diego confesó, entre tímido y orgulloso, que prefería no ver a Sabrina con otro. Una mezcla extraña de morbo y de celos que aún no tenía del todo dominados. Nadie hizo drama. Nos separamos: ellos a un dormitorio, nosotros al otro.
Yo me llevé a Sabrina. Lucía se fue con Diego.
Sabrina era pura energía. La tumbé en la cama y bajé entre sus piernas dispuesto a devolverle con creces lo de la primera tarde. Empecé a comerle el sexo despacio y ella respondió como una tormenta: se corrió una vez, y otra, y otra más, sin apenas darme tregua, agarrando las sábanas con las dos manos.
Cuando quise ponerme un preservativo, me detuvo con un gesto.
—No —me dijo, mirándome fijo—. Nunca he estado con nadie que no sea Diego. Quiero sentirte de verdad, sin nada en medio.
No era nuestra costumbre, pero la forma en que lo pidió no dejaba lugar a dudas. La penetré así, piel contra piel, y la sensación nos arrancó un gemido a los dos al mismo tiempo. Me moví despacio primero, luego cada vez con más ganas, hasta que terminé dentro de ella sin contenerme.
Pensé que habíamos acabado, que estaba agotada. Me equivoqué. Sabrina se giró, se puso a cuatro patas y, mirándome por encima del hombro, me pidió que la tomara por detrás. No hizo falta nada más que su propia humedad para que la entrada fuera fácil; se notaba que no era la primera vez que disfrutaba así. La sostuve por las caderas y nos perdimos los dos en ese ritmo hasta caer rendidos sobre la cama, sudados y sin aliento. Nos quedamos dormidos abrazados, como si lleváramos años haciéndolo.
***
Lucía me contó después su parte de la noche. Que en cuanto entró en la habitación con Diego, él la lanzó sobre la cama y se hundió entre sus piernas hasta hacerla llegar a un orgasmo de los que dejan temblando. Que ella le devolvió la atención con la boca hasta que él no pudo aguantar más y le pidió pasar a lo siguiente. Que mientras la poseía, le susurró que se acariciara, y que aquello la hizo correrse por segunda vez en muy poco rato. Estuvieron casi toda la noche entregados el uno al otro, igual que nosotros al otro lado del pasillo.
A la mañana siguiente desayunamos los cuatro juntos, con esa complicidad nueva de quien ha cruzado una línea y no se arrepiente. Y, lejos de quedarse ahí, la cosa siguió hasta bien entrado el día. Se quedaron en casa todo el fin de semana, y entre risas, vino y sábanas revueltas, perdimos la cuenta de las veces que volvimos a empezar.
Sabrina era increíble, una mujer hecha para el placer. Diego también, aunque siempre con ese punto raro de no querer juntarnos a los cuatro en la misma cama. Esa reserva suya le quitaba algo de morbo al asunto, pero ni así dejamos de disfrutarlo durante una buena temporada.
Lo nuestro con ellos duró hasta que a Diego lo trasladaron por trabajo a otra ciudad. Aun así, fuimos a visitarlos una vez en su nuevo hogar, y la historia tuvo un último capítulo tan intenso como el primero.
De todas las cosas que Lucía y yo nos hemos atrevido a probar juntos, aquella fue, sin duda, una de las más morbosas. Y la que nos demostró que abrir la puerta, a veces, solo es el principio.