Buscábamos una pareja para vernos, no para esto
Carla llevaba meses dándole vueltas a la misma fantasía. No quería tocar a nadie, decía. Solo quería ver. Mirar a otra pareja de cerca, sentir esa tensión de estar a un metro de algo prohibido sin cruzar la línea. Lo hablábamos de noche, en la cama, y la idea se nos fue metiendo en la cabeza hasta que un día decidimos hacerla real.
Publicamos un anuncio en un foro de la ciudad: «Pareja busca pareja para ver y ser vistos». Llegaron decenas de mensajes, la mayoría imposibles. Pero con una de esas parejas la conversación fluyó distinto. Se llamaban Andrés y Bianca. Él tenía esa seguridad tranquila del que ya ha probado de todo; ella era curiosa, nerviosa, y nos confesó que sería su primera vez con otra gente delante. Esa mezcla nos enganchó.
Quedamos en su departamento un viernes por la noche. Vivían solos, lejos del centro. Nos recibieron con cervezas y nos sentamos los cuatro en la sala a conversar, midiéndonos como hacen los desconocidos que saben para qué están ahí. La regla la dejamos clara desde el principio: podíamos mirarlos a ellos, pero nosotros, como mucho, nos quedábamos en ropa interior. Nada más.
—Propongo un juego para soltarnos —dijo Andrés, abriendo otra ronda—. Retos pequeños, para ir entrando en confianza.
—Me apunto —contesté—. Los retos siempre terminan bien.
—Conociéndote, vas a pedir alguna locura —se rió Carla.
—Que los retos sean sobre lo que vinimos a hacer —cortó Bianca, mordiéndose el labio—. Al final se trata de vernos, ¿no?
Repartimos las cartas y empezamos. El primero en ganar fue Andrés, que no dudó ni un segundo.
—Como dijo mi mujer, vinimos a mirarnos. Primer reto: todos se quitan una prenda.
—A este ritmo terminamos sin nada —protestó Carla, aunque ya se estaba bajando un tirante.
—Esa es la idea, guapa —respondió Bianca.
La siguiente mano la ganó ella, y en vez de pedir un reto, pidió la verdad.
—No quiero un castigo. Quiero que me cuentes algo. ¿Alguna vez estuviste con una mujer?
Carla tardó un instante en responder. Yo la conocía, sabía que esa pregunta le tocaba algo.
—Una vez. Fue un encuentro inesperado, con unos amigos. Sentí a una mujer por primera vez y me gustó más de lo que esperaba.
—Entonces eres curiosa, o bi —dijo Andrés con una sonrisa.
—Digamos que le gusta todo —metí yo, y los cuatro nos reímos.
El juego siguió, y los retos hicieron lo suyo. Prenda tras prenda, llegó el momento en que los cuatro estábamos en ropa interior. Bianca apenas llevaba un sujetador transparente que no escondía nada y una tanga diminuta. Carla, más recatada, conservaba un sujetador normal, pero abajo me sorprendió con un hilo rojo que yo no le había visto poner. Verlas así, con las cervezas haciendo efecto, me tenía duro antes de que pasara nada.
—Última mano —dijo Andrés—. ¿Todo o nada? El que gane manda y el reto se acepta sin discutir.
—Por mí, normal, si ya estoy casi desnuda —se encogió de hombros Bianca.
—No sé, tampoco un reto exagerado —dudó Carla.
Lo que ellos no sabían era que Carla y yo no éramos «solo una pareja de amigos» como nos habíamos presentado. Pero eso, esa noche, daba igual.
Repartí, jugamos, y la suerte quiso que ganara yo. No lo pensé dos veces.
—Bianca, levántate y baila para Andrés. Despacio. Y mientras, que te vaya desnudando con la boca.
Sentí cuatro ojos clavándose en mí con una mezcla de sorpresa y picardía. Ella se levantó sin protestar y empezó a moverse delante de su marido, los demás sentados en el suelo formando un círculo. Le pasaba el trasero por la cara, despacio, y Andrés no aguantó: se puso de rodillas y le bajó la tanga con los dientes. Nosotros éramos el público de aquella escena, y nuestras caras no disimulaban nada.
***
Andrés la tomó de la cintura y la recostó en el suelo. Bianca estaba completamente depilada, abierta de piernas, expuesta a un palmo de nuestros ojos.
—¿A que es preciosa? —preguntó él, orgulloso.
—No sé ni qué decir. Me das envidia —respondí, y era verdad.
Carla no dijo una palabra. Solo movía la cabeza despacio, los labios entreabiertos, sin perderse un detalle. Andrés bajó la cara y empezó a darle sexo oral a su mujer con una calma que la hacía gemir y retorcerse.
—¿Les gusta lo que ven? —jadeó Bianca, buscándonos con la mirada—. Acérquense más, así lo ven mejor.
—Me encanta —murmuró Carla—. Verlos así me pone muchísimo.
Me arrastré hasta quedar casi encima de ellos. Estaba más excitado de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo, y Bianca lo notó.
—A ti sí que te gusta, se te nota —me dijo entre suspiros.
Carla se acercó por el otro lado, hasta que su piel y la de Bianca casi se rozaban. Así estuvieron unos minutos, hasta que Bianca atrapó la mano de Carla y se la llevó al pecho.
—Tócame, aprieta. Eso me vuelve loca.
Carla no dijo nada. Dejó la mano ahí, apretando despacio, mientras seguía mirando cómo Andrés devoraba a su mujer. La línea que habíamos puesto al llegar empezaba a borrarse y ninguno de los cuatro hizo nada por defenderla.
—Ahora me toca disfrutar a mí —dijo Andrés, incorporándose.
Se quitó el bóxer y dejó su erección al aire. Vi cómo Carla la miraba de reojo. Bianca se puso de rodillas y empezó a chupársela, lenta, mirándolo a los ojos, con nosotros a pocos centímetros.
—Carla, ven, mira esto de cerca —la llamó.
Carla se acercó de rodillas. Tenía el hilo rojo empapado; estaba mojada, no hacía falta tocarla para saberlo. Siempre había dicho que el sexo oral no era lo suyo, pero en momentos así uno se olvida de todo lo que cree que es.
—Martín, ¿a ti te gusta cómo me la chupa? —preguntó Andrés, arrastrando las palabras por las cervezas.
—Parece que lleva años haciéndolo —reconocí.
Bianca se sacó el miembro de la boca, miró a su marido buscando algo, una aprobación silenciosa que él le devolvió con la mirada. Entonces se giró hacia Carla, le sostuvo la cara con suavidad y le habló bajito.
—Te siento tan cerca que creo que tienes que probarlo.
Llevó la mano de Carla a la erección de Andrés. Carla no dijo nada. La aceptó, se inclinó, y de repente las condiciones que habíamos pactado al entrar quedaron hechas pedazos. Ya no había «solo mirar». Bianca, mientras tanto, vino hacia mí y se acomodó igual que había hecho con su marido.
—Tu amigo se ve más que listo. Quiero saber a qué sabe.
Miré a Andrés. Me hizo un gesto: adelante. Para cuando reaccioné, ya me había bajado el bóxer y me tenía en su boca. Y comprobé que lo que había visto era cierto: lo hacía increíble. La más atrevida de todos siempre fue ella. Mientras me la chupaba, su mano viajó hasta Carla, que seguía concentrada en Andrés sin inmutarse. Al contrario, abrió un poco las piernas para darle paso.
—Con tu permiso, amigo, quiero probar a tu mujer —solté.
—No necesitas su permiso, yo también quiero —respondió Bianca por él—. Pero Andrés sabe cómo me gusta.
***
Sin que nadie diera más órdenes, todo se reacomodó solo. Bianca se puso a cuatro patas. Andrés movió a Carla y la colocó delante de su mujer, también de rodillas, y él se tendió bajo Carla. Lo que vino lo recuerdo como una imagen congelada: Carla chupándole a Andrés mientras Bianca le hacía oral a ella. Me quedé mirando, hipnotizado, hasta que Andrés me sacó del trance.
—¿Y tú no vas a probar?
No lo pensé. Hundí la cara entre las piernas de Bianca, saboreándola, con la imagen de Carla disfrutando grabada en la cabeza. Estuvimos así un rato largo, hasta que Andrés decidió que era hora de pasar a más.
—Apenas empezamos —protestó Bianca.
Pero él ya estaba detrás de ella. Vi cómo la penetraba y cómo ella solo alcanzaba a gemir. Carla se giró para mirarlos, se vino a mi lado con los pezones duros y la respiración entrecortada.
—¿Fantasía cumplida? —le pregunté al oído.
—Cumplida y mucho más —contestó.
Nos miramos y supimos los dos lo que faltaba. Llevé la mano a su sexo, ya empapado, la recosté junto a Bianca y entré en ella despacio, de frente. Ahora sí era un «ver y ser vistos» completo: las dos parejas penetrando, las dos mujeres mirándose entre gemidos, las caras descompuestas de placer. Llegamos al orgasmo casi a la vez, y por un momento solo se oyó nuestra respiración.
—¿Me prestas el baño? —pidió Carla.
—Claro, te acompaño, yo también tengo que ir —respondió Bianca.
Se fueron juntas hacia el cuarto. Andrés me miró riendo.
—A Bianca la conozco. No va solo a acompañarla.
—Y a Carla, tal como está esta noche, no creo que la frene —admití.
Pasaron diez minutos. Al final fuimos nosotros también, con la excusa del baño. Lo que encontramos al abrir la puerta del dormitorio no me lo esperaba: Bianca tendida en la cama y Carla a cuatro patas en el borde, dándole oral. Me quedé clavado en el sitio. Bianca nos vio y nos hizo señas para que nos acercáramos. Andrés no dudó: se colocó detrás de Carla y le hundió la lengua. Yo me quedé de pie, mirando, tocándome para volver a ponerme a tono.
—Ya entiendo por qué te gustó tanto —le dijo Andrés a su mujer.
—Imagínate cómo será lo otro —respondió Bianca.
—¿Para qué imaginarlo?
Andrés ya estaba duro otra vez. Apoyó la punta contra Carla y jugó un poco, esperando. Ella estaba demasiado entregada a lo suyo para protestar, y cuando lo sintió entrar dejó todo para concentrarse en disfrutar. Verla de frente, penetrada por otro mientras Bianca venía a buscar mi boca con la suya, fue una de las imágenes más excitantes que recuerdo. Bianca se puso a cuatro patas frente a Carla y la penetré, sintiéndola húmeda y apretada.
Cambiamos de postura, las pusimos a las dos boca arriba con las piernas al hombro, entrando lo más hondo que podíamos. Solo había que mirarles la cara y escuchar los gemidos para saber que estábamos cerca. Terminamos los cuatro casi a la vez, deshechos, y nos dejamos caer en la cama a recuperar el aliento.
Nos quedamos un rato así, charlando de lo que había pasado, riéndonos de cómo la regla del «solo mirar» había durado menos que la primera cerveza. Nos despedimos en la puerta con la promesa de repetir pronto, ya sin reglas que romper, ya con la confianza de saber exactamente para qué nos íbamos a volver a ver.