La cala desierta donde nos miró un desconocido
Era una de esas tardes de finales de septiembre en las que el verano ya se está despidiendo sin terminar de irse. Los días se acortaban, había menos coches en la carretera de la costa y la luz tenía ese color dorado y bajo que solo aparece cuando el sol empieza a cansarse. Hacía calor todavía, pero un calor amable, sin la furia húmeda de agosto. En la playa se respiraba una calma que casi pesaba.
A Lucía y a mí nos gustaba esa cala precisamente por eso. Era pequeña, encajonada entre dos brazos de roca, con la arena cubierta de piedrecitas que disuadían a casi todo el mundo. Había que dejar el coche arriba y bajar un sendero estrecho y pedregoso, y eso bastaba para que la familia media de toallas y sombrillas eligiera otra parte. En agosto se convertía en un horno porque nunca corría el viento. Pero en septiembre, y más un martes por la tarde, era nuestro pequeño secreto.
Estábamos los dos tumbados sobre las toallas, disfrutando de los últimos rayos. Nos encantaba quedarnos hasta el final, hasta ver cómo el sol se hundía justo en la línea del horizonte. A Lucía le fascinaba ese instante exacto en el que los últimos destellos se cuelan rasantes por encima del mar y lo tiñen todo de cobre.
Faltaba un buen rato para eso. Por eso ella seguía tumbada boca arriba, tomando el sol con la pereza de quien no tiene ningún sitio al que ir. Antes de cerrar los ojos me había preguntado, como tantas otras veces, si me molestaba que se quitara la parte de arriba del bikini. Como si mi opinión fuera a cambiar algo. Creo que lo preguntaba solo para provocarme. Sabe perfectamente lo mucho que me gustan sus pechos. Ella dice que son pequeños. A mí me parecen perfectos.
Yo, en cambio, no tengo paciencia para estar simplemente quieto. Me aburro a los cinco minutos. Necesito hacer algo, mirar algo, mover algo. Así que estaba medio incorporado, apoyado en los antebrazos, rastreando el paisaje en busca de cualquier cosa con la que entretener la cabeza. No era una postura cómoda, pero prefería el tirón en los hombros al tedio de mirar un cielo azul sin una sola nube.
La playa no ofrecía nada. Estaba vacía. El mar tampoco ayudaba: liso como una lámina, sin una ola con la que fantasear sobre el surfista que podría haber sido en otra vida. Así que giré la cabeza hacia Lucía.
Allí estaba ella, con los ojos cerrados, tan quieta que parecía dormida. Tiene esa capacidad envidiable de desconectar en cualquier sitio, a cualquier hora. La envidio profundamente.
Decidí que lo mejor que podía hacer era recorrerla despacio con la mirada. Empecé por sus pies, con las uñas pintadas de un rojo intenso. Subí por sus piernas, firmes y largas, de alguien que corre tres veces por semana sin falta. El triángulo turquesa del bikini, todavía atado a las caderas. El vientre plano que subía y bajaba con la respiración. Y sus pechos al descubierto, tibios bajo el sol.
Ahí me quedé.
Y, como siempre que me detengo a mirarlos, sentí el impulso de alargar la mano y acariciarle uno. Me contuve para no despertarla. Pero la combinación de lo que veía y lo que imaginaba ya estaba haciendo su trabajo, y empecé a notar la erección creciendo dentro del bañador.
No sé qué sexto sentido tiene. Sin abrir los ojos, sin apenas cambiar de postura, Lucía estiró el brazo, deshizo el nudo de mi bañador con dos dedos y coló la mano dentro. Empezó a acariciarme con suavidad, casi distraída, como quien acaricia la cabeza de un gato dormido, hasta que me puso duro. Entonces me agarró con toda la mano y comenzó a masturbarme con calma. Para facilitarle el trabajo, y para sentirlo mejor, me bajé un poco el bañador, lo deslicé hasta por debajo de las ingles.
Fue justo en ese momento cuando lo vi.
Primero apareció el perro: un chucho marrón que correteaba por la orilla persiguiendo nada, feliz. Y después vi al dueño. Estaba de pie a unos metros de nosotros, con los pies metidos en el agua hasta los tobillos, completamente inmóvil, mirando la escena. Lo miré. Me miró. Durante un segundo nos sostuvimos la mirada, y entonces sus ojos se desviaron hacia Lucía, que seguía tumbada, tranquila, ajena a todo, jugando con mi polla como si tal cosa.
Pensé en las veces que habíamos hablado de esto en la cama, a oscuras, con la voz baja de las confesiones. Cuántas veces habíamos fantaseado con hacerlo en un sitio público, con la posibilidad de que alguien nos viera. Y pensé: por qué no. Por qué no convertir la fantasía en algo real, aquí, ahora, en esta cala que era nuestra.
Me giré un poco sobre el costado izquierdo y estiré la mano derecha hacia su cadera. Tiré del primer lazo del bikini y lo solté. Cuántas veces le había preguntado si se atrevería, y cuántas me había respondido con una sonrisa torcida que prometía mucho. Aquella tarde iba a comprobar si era verdad. Estiré un poco más la mano y deshice el otro lazo.
Lucía sonrió sin abrir los ojos. Flexionó las rodillas y separó un poco las piernas, ayudándome, dejándome retirar la tela con facilidad.
Miré al hombre. Seguía allí plantado, sin apenas pestañear, con el agua lamiéndole los tobillos. Me sentí extrañamente generoso. Quería que la viera entera. Le quité el bikini del todo y le pasé la yema de los dedos por el sexo. Estaba húmeda y caliente, y noté cómo se humedecía más con cada caricia.
Entonces Lucía abrió los ojos. Me miró y sonrió. Yo le devolví la sonrisa y, con un gesto de la cabeza, le señalé hacia la orilla, hacia nuestro invitado silencioso. Ella levantó un poco la cabeza, lo vio, y la reacción fue instantánea y automática: juntó las piernas para cubrirse, con un rubor súbito subiéndole por el cuello.
—Tranquila —le dije en voz baja, sin retirar la mano de su entrepierna—. Es lo que siempre quisimos, ¿no?
La miré con calma y, muy despacio, volví a invitarla a abrir las piernas. Lo hizo con algo de nerviosismo, conteniendo la respiración, vigilando de reojo al desconocido. Las abrió poco a poco, como las mariposas abren las alas antes de echar a volar. Las rodillas flexionadas, los talones casi rozando la arena, todo su sexo expuesto a la luz dorada de la tarde y a los ojos de un extraño.
Me acerqué y la besé. Ella me devolvió el beso y me dio un pequeño mordisco en el labio inferior, una señal que conozco bien: estaba disfrutando, estaba dispuesta, había decidido entregarse a esto sin frenos. Yo también. Tenía ganas de vivir una aventura, de pisar territorio nuevo, de hacer por fin aquello de lo que tanto habíamos hablado.
—Está mirándome —susurró contra mi boca, y no era una queja. Era otra cosa.
—Que mire —contesté—. Para eso ha venido.
Nuestro acompañante seguía frente a nosotros, ahora con el bañador bajado y la polla en la mano. Se acariciaba despacio, sin prisa, marcando el mismo ritmo con el que yo recorría el cuerpo de Lucía. El perro se había alejado a olfatear las rocas, indiferente a todo, y por un momento fuimos solo nosotros tres y el sonido del agua.
Volví a besarla, pero esta vez el beso era distinto, denso, cargado de una urgencia que no admitía pausas. Había ganas de fundirnos, de borrar la distancia entre los dos cuerpos. La besé con más hambre, con esa necesidad casi animal que aparece cuando todo lo demás desaparece.
Bajé por su cuello dejando un rastro de besos. Me detuve en sus pechos, los lamí, los mordisqueé con cuidado, sintiendo cómo se le erizaba la piel. Seguí bajando, arrastrando la lengua por el centro de su vientre. Hice una pausa breve en el ombligo, solo porque sabía que era más abajo donde quería llegar y disfrutaba haciéndola esperar.
Y al final llegué. Hundí la boca en su sexo y me entregué por completo. Oía los sonidos que se le escapaban, cada vez menos contenidos, y eso me alimentaba, me daba ganas de devorarla entera. Levanté la vista un momento y la vi jadear con la cabeza echada hacia atrás. No me miraba a mí. Estaba concentrada en lo que sentía, pero sus ojos buscaban al hombre de la orilla, y se acariciaba un pecho mientras se dejaba hacer.
Entonces me miró. Fue una mirada que pedía permiso, que proponía algo sin palabras. Asentí sin apartar la boca de ella. Lucía dejó de tocarse y, con un gesto de la mano, le indicó al desconocido que se acercara.
Él terminó de quitarse el bañador y avanzó por la arena con una erección que llevaba un buen rato pidiendo solución. Se arrodilló a un lado de nosotros. Lucía le tomó la polla y empezó a masturbarlo, sin dejar de gemir, repartiendo la atención entre su mano y mi lengua.
***
La hice girar y la coloqué a cuatro patas sobre las toallas. Le separé un poco las piernas y la penetré desde atrás. Entró suave, muy suave, estaba empapada. Empecé a embestirla con un ritmo cada vez más firme, sujetándola por las caderas, disfrutando del golpe de su culo contra mi pelvis, de ese sonido húmedo que llenaba el silencio de la cala.
Nuestro invitado se arrodilló frente a ella, con la polla a la altura de su boca. Lucía la recibió sin dudarlo y empezó a chupársela, y con cada empujón que yo daba por detrás la hacía hundirse un poco más, hasta casi atragantarse. Los tres nos movíamos en un ritmo común, encajados, como si lo hubiéramos ensayado mil veces y no fuera la primera.
Sentía cómo Lucía iba subiendo. La conozco. Reconozco el temblor que le recorre los muslos justo antes, la forma en que su espalda se tensa. Y cuando ella empezó a llegar, con un gemido largo que ya no intentó disimular, yo me dejé ir dentro de ella, vaciándome en un par de embestidas profundas. Casi al mismo tiempo, nuestro desconocido se corrió también, con un gruñido ronco, en una extraña comunión de tres cuerpos que minutos antes ni se conocían.
***
Después vino el silencio. Ese silencio raro y nuevo que sigue a lo irreparable. El hombre nos dedicó una media sonrisa, casi tímida para todo lo que acababa de pasar, recogió su bañador y silbó al perro. Lo vimos alejarse por la orilla hasta que dobló la roca y desapareció. No hubo nombres, ni números, ni promesas. No hacía falta.
Lucía se acurrucó contra mi pecho, todavía con la respiración agitada, la piel cubierta de arena y sal. Nos quedamos así, mirando el mar, sin decir nada durante un buen rato.
—¿Ves? —murmuró al fin, con una sonrisa perezosa—. Te dije que algún día me atrevería.
El sol empezaba por fin a tocar el horizonte. Los últimos rayos se colaron rasantes por encima del agua y lo tiñeron todo de cobre, justo como a ella le gustaba. Llegamos a tiempo de verlo. Y mientras la luz se apagaba sobre la cala desierta, pensé que algunas fantasías son mejores cuando se quedan en la cabeza, pero que esta, desde luego, no era una de ellas.