El intercambio que cambió de planes a última hora
Las cosas que voy a contar son vivencias reales, momentos que por un motivo u otro se me quedaron grabados. No busco adornar nada ni hacer literatura: solo dejar por escrito lo que sentí aquella tarde, porque pocas veces el deseo me golpeó con tanta fuerza como entonces.
Ocurrió el verano pasado, uno de esos días en que el calor era tan denso que solo se podía respirar bajo el aire acondicionado. Hugo, un chico con el que Marina y yo solíamos quedar de vez en cuando —siempre para ella, porque tanto él como yo somos del todo heteros—, nos llamó una mañana. Había conocido a una pareja por internet y le apetecía un encuentro de los cinco. Un quinteto, vamos. Aceptamos con curiosidad y quedamos para conocernos antes en un restaurante del barrio.
La pareja resultó ser más o menos de nuestra edad, rondando los cuarenta y muchos. Él se llamaba Ricardo, tranquilo y de mirada atenta, de esos hombres que escuchan más de lo que hablan. Ella, Elena, tenía el pelo corto y bien cuidado, las caderas estrechas y una boca pequeña que invitaba a ser besada. Algo delgada para mi gusto, pero con un pecho que se adivinaba bajo la blusa y que pedía caricias.
Hablamos de cosas anodinas: el calor que no daba tregua, los trabajos, los sitios donde habíamos veraneado. Pero por debajo de la conversación corría otra cosa. Cada vez que Elena se inclinaba sobre la mesa, yo seguía la línea de su escote con disimulo, y más de una vez la pillé haciendo lo mismo conmigo. Marina y Ricardo se entendían con la mirada al otro lado del mantel. Antes de los postres ya teníamos fecha: el sábado siguiente, en casa, esta vez sin tantas formalidades.
Y el sábado llegó. Habíamos quedado a las siete de la tarde. Pero a las seis y media sonó el teléfono.
—No voy a poder ir —dijo Hugo, con voz contrariada—. Me ha surgido un asunto familiar de última hora. Lo siento muchísimo.
Justo el que había montado todo era el que faltaba.
Lo curioso es que aquello no frenó nada. Elena y Ricardo confirmaron que venían igual, aunque tuve que guiarlos por teléfono durante un buen rato, mapa en mano, hasta que por fin reconocí dos siluetas paradas frente a mi portal.
—Pensábamos que no daríamos con la calle —rió Elena al entrar.
Saludos cordiales, algún beso en la mejilla más largo de lo normal, y los pasé al salón, el único sitio fresco de la casa. Serví unos refrescos y nos acomodamos: ellos en un sofá, Marina y yo en el de enfrente, con una mesa baja de por medio. La charla se fue volviendo picante poco a poco, con sonrisas que duraban demasiado y silencios cargados.
En un momento dado, Ricardo me miró con una sonrisa torcida.
—A ver si lo adivinas —dijo—. ¿De qué color crees que es la ropa interior de Elena?
La blusa no transparentaba nada. Así que, pidiendo permiso en plan de broma, me acerqué a ella y le desabroché un par de botones, los justos para asomarme.
—Celeste —anuncié con voz de triunfo.
Marina y Ricardo nos observaban desde el otro sofá, divertidos. Y ya que estaba, seguí. Solté otro botón, y otro, comentando en voz baja lo bien que escondía aquel sujetador. Sin pedir permiso esta vez, liberé uno de sus pechos. El pezón no era grande, pero sí de esos que piden boca. Bajé la cabeza y lo atrapé entre los labios.
Elena no opuso ninguna resistencia. Al contrario: un gemido bajo, casi avergonzado, se le escapó mientras yo trabajaba despacio con la lengua. Tenía la piel caliente y olía a un perfume suave que se mezclaba con el sudor de la tarde. Sentí cómo su respiración se aceleraba bajo mis labios, cómo arqueaba un poco la espalda contra el respaldo del sofá. Animado, eché mano al otro pecho.
—Dos se ven mejor que uno —murmuré, y me dediqué a ambos sin prisa.
Estaba tan concentrado que tardé en darme cuenta de lo que pasaba al otro lado de la mesa. Cuando levanté la vista, Ricardo le estaba dando a Marina un beso profundo, de esos que parecen no acabar nunca, mientras le amasaba los pechos con las dos manos. Y noté algo más: Elena no apartaba los ojos de ellos. Miraba a mi mujer y a su marido mientras yo seguía con sus pezones, y eso parecía encenderla todavía más.
Yo a esas alturas estaba durísimo. Viendo que ella no hacía ademán de bajar la mano hacia mi entrepierna, me puse de pie frente a su cara y, despacio, me bajé la cremallera. Entonces sí tomó la iniciativa. Alargó la mano y terminó de liberarme.
—Buena herramienta tienes —dijo mirándome desde abajo—. ¿Me la prestas un rato?
—Toda tuya —respondí.
Se la llevó a la boca con una suavidad que me hizo cerrar los ojos. Cuando los abrí, busqué a Marina. Ella y Ricardo seguían besándose como si el mundo se fuera a acabar, aunque ambos lanzaban miradas cómplices hacia nosotros. Luego vi a mi mujer agachar la cabeza hacia el regazo de él. La mesa me tapaba la escena, pero por la cara de Ricardo no hacía falta verla para saber lo que pasaba.
—Así, así… —le oí decir entre dientes.
***
El momento que para mí lo cambió todo llegó después. Le quité a Elena las bragas, también celestes, y la coloqué de espaldas a mí, apoyada en la mesa baja, de frente a Marina y a Ricardo. Quería que ella mirara y que la miraran. Me puse un preservativo y empecé a entrar despacio, ganando terreno poco a poco.
Lo que me volvió loco fue el gemido que soltó cuando por fin la llené del todo, hasta el fondo, con las manos sujetándole los pechos desde atrás. La mujer modosita que había llegado por la puerta una hora antes había desaparecido. En su lugar gemía sin pudor, empujando hacia atrás contra mí, marcando ella misma el ritmo.
—Dile que te la chupe bien —jadeó mirando a Marina, y soltó una frase mucho más sucia de lo que su cara prometía.
Aquello me disparó. Ver lo cachonda que se había puesto, escucharla hablar así, sentir cómo se movía sobre mí con un ritmo perfecto. En un momento giró la cabeza.
—No te corras —me ordenó—. No hasta que yo te lo diga.
Tuve que aflojar, respirar hondo, frenar las embestidas para aguantar. Aquella locura de mujer me tenía a más de mil, justo por el contraste entre cómo había entrado y cómo estaba ahora.
Entonces Ricardo, mirándola fijamente a ella, anunció que estaba cerca.
—Déjalo y métetela en la boca —le dijo Elena a mi mujer, sin dejar de moverse contra mí.
Marina obedeció. Empezó a mamársela con ganas, casi con desesperación, y cuando Ricardo avisó de que se venía, Elena giró por fin la cabeza hacia atrás y me lanzó la mirada que yo llevaba un rato esperando.
—Ahora —dijo—. Córrete ahora.
Lo que ella buscaba era recibirlo todo a la vez: a mí por detrás y a su marido en la boca. Y lo consiguió. Según nos confesó luego, fue escucharnos a Ricardo y a mí gemir al mismo tiempo, las dos descargas casi sincronizadas, lo que la empujó al borde. Se corrió entre espasmos, temblando contra la mesa, con un grito largo que no intentó contener.
Marina, que lo había observado todo desde su sitio, había terminado masturbándose frente a nosotros, sacándose ella sola un orgasmo delicioso. Pero cuando Ricardo y yo nos separamos de Elena, ella no quiso quedarse con las ganas. Se acercó a mi mujer, que seguía con las piernas abiertas y las bragas a media altura, y delante de su marido y de mí le dedicó una larga lamida entre las piernas. Marina volvió a correrse, esta vez con la boca de Elena entre las suyas, gimiendo de una forma que pocas veces le había oído.
***
Saqué más refrescos y nos sentamos los cuatro a recuperar el aliento, comentando entre risas cómo había ido todo, lo bien que encajábamos a pesar de que apenas nos conocíamos de un par de horas.
—¿Subimos a seguir arriba? —propuso Marina, con la mirada todavía encendida.
En realidad fue ella la que decidió subir con Ricardo. Yo me quedé un rato más con Elena, recostado entre sus piernas, devolviéndole con la lengua parte de lo que ella le había dado a mi mujer, hasta que ella misma tiró de mi mano.
—Vamos a ver qué hacen esos dos —dijo, riéndose.
Cuando entramos en el dormitorio, Marina y Ricardo estaban enredados en un sesenta y nueve perfecto, ajenos a todo lo demás. La luz de la mesilla los dibujaba a medias, y por un instante Elena y yo nos quedamos quietos en la puerta, simplemente mirándolos, disfrutando de verlos disfrutar. Luego nos unimos cada uno por donde encontró hueco.
Allí arriba la cosa duró otras tres horas largas, con los papeles cambiando una y otra vez, sin prisa ya, sin la urgencia del salón. Cuando por fin se marcharon, de madrugada, Marina y yo nos quedamos en silencio un buen rato, todavía con la piel encendida. Lo que había empezado siendo un plan a cinco y se había quedado en cuatro acabó siendo, sin duda, la mejor tarde que recuerdo. Pero todo lo que pasó en aquella cama ya es otra historia.