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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer me cedió a otra mujer

Me llamo Marcos y llevo veintidós años casado con Carla. Lo cuento así, de entrada, porque sin ese dato lo que pasó aquella noche no significa nada. Dos décadas son muchas noches iguales, muchos viernes idénticos, mucho sexo que ya sabes de memoria antes de empezar. No nos llevábamos mal. Al contrario. El problema era justo ese: nos llevábamos demasiado bien, y la comodidad se había comido el deseo sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

Primero fueron las revistas. Después algún juguete que comprábamos medio en broma. Y un día, casi sin hablarlo, empezamos a leer foros del ambiente liberal a las dos de la mañana, con la luz del móvil iluminándonos la cara. Fantaseábamos en voz baja, como dos adolescentes. Imaginábamos a otra pareja en nuestra habitación y nos reíamos, pero la risa se nos cortaba pronto y terminábamos buscándonos con una urgencia que no sentíamos hacía años.

—¿Y si lo hiciéramos de verdad? —preguntó ella una noche, dándome la espalda.

—¿Hacer qué? —contesté, aunque lo sabía perfectamente.

Lo sabía, y se me secó la boca.

Nos metimos en una red de chats para parejas más por curiosidad que por otra cosa. Yo soy moreno, delgado, y a mis cuarenta y ocho años aún me cuido. Carla es rubia, de figura estupenda, con una mirada sucia que le sale sola cuando se calienta. Pusimos un par de fotos discretas y empezamos a hablar con gente. La mayoría no nos decía nada. Hasta que aparecieron ellos.

Se hacían llamar Lorena y Andrés. De nuestra edad, de nuestra ciudad, con bastante recorrido en esto y una forma de escribir que enganchaba: directos sin ser groseros, divertidos, sin esa ansiedad que tienen los novatos. Andrés era moreno, algo más bajo que yo, de aspecto corriente. Lorena, por las fotos, era otra cosa. Morena, sonriente, con un cuerpo que no parecía real.

Hablábamos cada noche. De sexo, de experiencias, de lo que nos gustaba y lo que no. Llegaron las fotos sin ropa, las nuestras y las suyas, y con cada intercambio la cosa subía un grado más. Vi a Lorena desnuda por primera vez una madrugada de miércoles: tetas grandes de pezones oscuros, coño depilado a ras, muslos gruesos abiertos frente al espejo. Carla, tumbada a mi lado, me la agarraba por encima del pantalón mientras miraba conmigo. Ellos también recibieron lo suyo: fotos de Carla arrodillada mamándome la polla, con mi corrida corriéndole por la barbilla, y otra de su culo abierto con dos dedos míos metidos hasta el fondo. Era inevitable que tarde o temprano alguien propusiera quedar. Lo propuso Lorena, como casi todo.

—Una cena —escribió—. Sin compromiso. Si hay química, bien. Si no, habremos cenado rico.

Esa frase nos quitó el miedo. O casi.

***

Los días previos fueron un desastre de nervios. Carla cambió de opinión cuatro veces. Una mañana estaba decidida y por la tarde me decía que era una locura, que a nuestra edad, que qué necesidad. Yo la dejaba hablar. Sabía que al final iríamos, porque la curiosidad ya nos había mordido y de eso no se vuelve.

Antes de salir me puso una sola condición, mirándome muy seria mientras se pintaba los labios.

—Si él no me gusta, no pasa nada de nada. Lo decido yo. ¿Trato?

—Trato —dije.

Nos arreglamos como hacía años que no lo hacíamos. Yo me depilé, me eché una colonia que ella adora. Carla eligió una camisa de seda, un pantalón ceñido y, debajo, un tanga negro casi transparente que se había comprado para la ocasión. Cuando me lo enseñó, levantándose un poco la camisa con una sonrisa de niña traviesa, estuve a punto de proponerle quedarnos en casa, tirarla sobre la cama, arrancarle ese tanga con los dientes y follármela hasta hacerle olvidar la cena.

El restaurante lo habían elegido ellos. Llegamos cinco minutos tarde a propósito, para no parecer ansiosos, y allí estaban. En persona Lorena era todavía mejor que en las fotos. Llevaba un vestido suelto, sin sujetador, y unos pechos que se adivinaban perfectos cada vez que se movía, con los pezones marcando la tela cada vez que respiraba hondo. Andrés se levantó a saludarnos con una sonrisa tranquila que desarmaba.

La cena fue mucho más fácil de lo que temíamos. Reímos, contamos tonterías, bebimos un vino que se nos subió justo lo necesario. Poco a poco la conversación fue bajando de tono, como quien afloja un nudo despacio. Una mano sobre un brazo. Una rodilla que rozaba otra bajo la mesa. Carla estaba radiante, aunque más contenida que Lorena, que jugaba sin disimulo: en un momento se pasó la lengua por los labios mirándome fijo mientras chupaba una aceituna, y noté que se me endurecía la polla bajo el mantel.

En mitad de la cena me levanté para ir al baño. Lorena se incorporó al instante.

—Espera, que te acompaño —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Bajamos juntos las escaleras hacia los aseos. En el último escalón, donde nadie nos veía, me empujó contra la pared y me besó. No fue un beso de cortesía. Fue un beso largo, hondo, con la lengua metiéndose hasta el fondo de mi boca y una mano que bajó directa a mi entrepierna. Me apretó la polla por encima del pantalón sin ningún reparo, la sopesó, sonrió al notarla ya dura, y volvió a besarme mordiéndome el labio.

—Vaya, vaya —susurró contra mi boca—. Menudo paquete gastas.

Me subió la mano por debajo de la camisa, me clavó las uñas en el pecho, y me apretó otra vez la verga cerrando bien los dedos alrededor. Yo aproveché para pasarle la mano por debajo del vestido: no llevaba tanga y su coño estaba caliente, mojado, hinchado. Metí un dedo entero de una sola pasada y ella soltó un jadeo ronco contra mi cuello.

—Aquí no —jadeó, apartándose con esfuerzo—. Aún no, cabrón.

Cuando me soltó, se metió en el baño de mujeres sin decir nada, dejándome ahí plantado, con el dedo brillante de su humedad y la polla dura como una piedra dentro del pantalón.

La esperé. Cuando salió, me cogió la mano, me la abrió y me puso algo dentro. Era su tanga. Estaba empapado, pesado de tan mojado, con la tela del centro casi transparente de flujo.

—Por si quieres ir oliendo lo que luego te vas a comer —me dijo al oído, y me guiñó un ojo antes de subir las escaleras como si no hubiera pasado nada.

Volví a la mesa intentando que no se me notara el bulto en el pantalón, pero a Carla no se le escapa una.

***

Pedimos la cuenta y, cuando nos levantábamos, Andrés soltó la propuesta que los dos esperábamos.

—¿Una copa para cerrar? Conocemos un sitio tranquilo en las afueras.

—¿Qué sitio? —pregunté.

—Un club. De ambiente. Ya me entiendes.

Dijimos que sí. Pero en cuanto Carla y yo nos montamos en nuestro coche, ella me cogió del brazo antes de arrancar.

—Escúchame —dijo, y noté que hablaba en serio—. Ella te ha gustado, se te ve. Si quieres, fóllatela, tienes vía libre. Pero yo con él no. No me ha terminado de entrar. Yo lo entretengo, lo distraigo, y tú vas a lo tuyo.

No me gustó del todo el reparto. Tenía algo de premio de consolación, como si me dieran permiso para algo que dejaba a mi mujer fuera. Estuve a punto de dar media vuelta y mandarles un mensaje diciendo que se nos había complicado la noche. Pero arranqué. Y conduje detrás de su coche por una carretera oscura hasta una verja.

El club era un chalet apartado, sin ningún cartel. Para entrar había que decir una palabra en el telefonillo. Andrés la dijo y la puerta se abrió sola. Por dentro era un local tipo pub: sofás bajos repartidos en reservados, luz cálida, un jacuzzi enorme al fondo soltando vapor y varias puertas que daban a cuartos cerrados. Sonaba buena música, ni muy alta ni muy baja. Había otras parejas a lo suyo, sin prisa, sin mirar a nadie. En un sofá, una mujer de unos cincuenta le cabalgaba la polla a un tipo canoso sin ningún disimulo; ella tenía las tetas al aire y los pezones rebotándole a cada bajada. No era nada espectacular, pero tenía algo que ponía el cuerpo en alerta.

Nos sentamos por parejas cruzadas: yo con Lorena, Carla con Andrés. Y a partir de ahí todo fue rápido.

Yo llegaba caliente desde el restaurante, con su tanga aún en el bolsillo, así que no hizo falta preámbulo. Lorena se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a besarme mientras se restregaba el coño desnudo contra el bulto de mi pantalón. Le subí el vestido hasta la cintura y le agarré el culo con las dos manos, abriéndoselo, apretándoselo. Ella me cogió la mano derecha y se la llevó entre las piernas, guiándome los dedos hasta su coño abierto. Estaba depilada, mojada, ardiendo. Metí dos dedos de golpe y le empecé a follar con ellos mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Lorena me mordía el cuello, jadeaba contra mi oreja, y cada vez que le acertaba en el sitio me clavaba las uñas en la espalda.

—Así, así, cabrón, no pares —me gruñía—. Métemelos hasta el fondo.

De reojo veía a Carla. Andrés le rozaba los pezones por encima de la camisa de seda y ella tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. La conocía lo suficiente para saber que aquello no era teatro. Se estaba dejando llevar más de lo que había planeado en el coche, y verlo, lejos de molestarme, me empujó del todo.

Lorena me abrió el pantalón, me sacó la polla de un tirón y se inclinó sobre mí. Se metió la punta en la boca y bajó despacio, tragándomela entera hasta que sentí su nariz clavada contra mi vientre. La chupaba con hambre, sin prisa, sacándomela con un ruido húmedo para lamerme los huevos uno a uno antes de volver a tragármela hasta la garganta. Cada vez que subía a la punta hacía un giro con la lengua alrededor del glande que me arqueaba en el sofá. Me miraba de vez en cuando hacia arriba, con la boca llena de mi verga y los ojos brillantes, disfrutando de tenerme a su merced. Yo le sujetaba la nuca y la dejaba marcar el ritmo, porque cualquier cosa que hiciera estaba bien. En un momento me la sacó, se escupió en la palma, y me la empezó a masturbar mientras me lamía los huevos con la lengua plana.

—Qué polla más rica tienes, joder —murmuró—. Me la voy a comer entera.

Al otro lado del reservado, Andrés intentó meterle mano a Carla, pero el pantalón ceñido se lo ponía difícil. Y entonces pasó lo que no esperaba. Mi mujer, la misma que media hora antes me había jurado que con él nada, se levantó un poco y se desabrochó el pantalón ella misma para darle acceso. No dijo que sí con la boca. Lo dijo con ese gesto. Andrés le metió la mano por dentro de las bragas, y por la forma en que a Carla se le abrió la boca supe que le acababa de meter los dedos hasta dentro. Ella mordía el aire, apretaba los muslos contra la mano de él, y yo, con Lorena tragándose mi polla, no podía dejar de mirarla.

***

Fue Lorena quien puso orden en aquel caos. Se separó de mi polla con un chasquido húmedo, se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró.

—Vámonos a un cuarto —dijo, levantándose y tirando de mi mano—. Aquí hay demasiada gente y yo quiero que me folles bien.

Entramos en uno de los reservados con cama y cerramos la puerta. Ella se sacó el vestido por la cabeza en un solo movimiento y se quedó desnuda frente a mí: las tetas grandes cayéndole naturales, los pezones oscuros y duros, el coño depilado brillándole entre los muslos. Me arrancó la camisa y me terminó de bajar el pantalón mientras me devoraba la boca. Me empujó sobre la cama, se puso de rodillas entre mis piernas y volvió a comerme la polla, esta vez con más rabia, sacándomela hasta la punta y volviendo a tragármela entera. Escupía saliva sobre la verga, la esparcía con la mano, se golpeaba los cachetes con ella.

—Ven aquí —le dije, tirando de ella hacia arriba—. Súbete a mi cara.

Se puso a horcajadas sobre mi boca sin dudarlo, con las rodillas a cada lado de mi cabeza, y bajó su coño hasta aplastármelo contra los labios. Le clavé la lengua dentro, se la metí y se la saqué como una polla pequeña, le chupé el clítoris hasta que le empezaron a temblar los muslos. Sabía a hembra en celo. Ella se agarraba al cabecero de la cama y me montaba la cara, restregándose contra mi boca sin ningún pudor.

—Cómemelo, cómemelo entero —jadeaba—. No pares, joder, me voy a correr, me voy a correr en tu puta boca.

Y se corrió. Se corrió apretándome la cabeza con los muslos, con una sacudida larga que le recorrió toda la espalda, mientras yo seguía lamiéndole el clítoris hinchado sin soltarla. Cuando le pasó lo peor se dejó caer a un lado, riéndose, con el pecho subiéndole y bajándole.

No me dio tregua. Me empujó boca arriba, se subió sobre mí, se agarró mi polla con una mano y se la metió de una sentada. Sentí cómo su coño ardiente me tragaba entero, apretado, palpitando alrededor de mi verga. Empezó a cabalgarme fuerte, dando saltos que le hacían botar las tetas frente a mi cara. Yo me incorporé lo justo para atrapar un pezón con la boca, chupárselo, morderlo, mientras le clavaba los dedos en el culo para marcarle el ritmo. Ella me apretaba el coño alrededor de la polla a cada bajada, como si me estuviera ordeñando.

—Qué bien follas, cabrón, qué bien me la metes —gemía—. Rómpeme, rómpeme el coño.

La tiré de espaldas sobre el colchón, le abrí las piernas de par en par y me metí entre ellas. Le levanté las rodillas hasta ponérselas contra los hombros y volví a enterrarme en su coño de un solo golpe. La empecé a follar duro, sin misericordia, escuchando el ruido húmedo de mis huevos golpeándole el culo a cada embestida. Ella se agarraba a las sábanas, arqueaba la espalda, gritaba palabrotas que se debían oír al otro lado de la puerta.

—Dame la vuelta —me pidió jadeando—. Fóllame por detrás.

Se puso a cuatro patas en la cama, con el culo alzado y la cabeza apoyada en la almohada. La estampa era brutal: el culo redondo levantado hacia mí, el coño y el ojete a la vista, todo brillante de sus jugos y de mi saliva. Me coloqué detrás, me guié la polla con la mano y volví a hundírsela hasta el fondo. La agarré por las caderas y empecé a embestirla a un ritmo bestial, haciéndole rebotar el culo contra mi vientre. Cada golpe le arrancaba un gemido más fuerte que el anterior. Le pasé una mano por el pelo, le agarré un mechón y tiré de él suavemente. Con la otra le solté un cachete en la nalga, y ella se apretó todavía más contra mi polla.

—Más fuerte, no seas maricón —jadeaba—. Fóllame como si me odiaras.

Le solté otro cachete, más seco, y le vi la marca roja de mi mano quedándosele en la carne blanca. Le mojé un dedo con su propio flujo y se lo apoyé sobre el ojete, presionando despacio hasta que se lo metí hasta el nudillo. Ella soltó un aullido y empezó a moverse contra mí como una loca, corriéndose otra vez con la polla dentro y el dedo en el culo, apretándome tan fuerte por dentro que estuve a punto de acabar ahí mismo.

Aguanté como pude. La saqué, la puse boca arriba, le abrí las piernas y me la volví a meter mirándola a los ojos. Le chupé un pecho, luego el otro, mientras la seguía follando. Ya no podía más. Le avisé con un gruñido, y ella lo entendió a la primera: me empujó, se dejó caer de rodillas en el suelo entre mis piernas, se metió mi polla en la boca y me la chupó los últimos segundos con hambre. Me corrí en su boca a chorros, largo, temblando entero, agarrándole la nuca. Ella no soltó una gota: se lo tragó todo, lamió lo que le quedó en los labios y me miró desde abajo con una sonrisa de puta satisfecha.

Me dejé caer sobre la cama, sin aire, con las piernas todavía temblándome. Lorena se subió a mi lado, me pasó una pierna por encima y se quedó ahí, jugando con el vello de mi pecho, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo que pasó después no tiene un relato ordenado, porque no lo hubo. Hubo más manos, más bocas, otra ronda entera que empezó despacio y terminó con ella otra vez cabalgándome, hasta perder por completo la noción del tiempo y del lugar. En algún momento dejé de pensar en Carla, en el coche, en las condiciones. Solo estábamos ella y yo, y el sudor, y la respiración rota contra la almohada.

Cuando salimos del cuarto, la noche se había deshecho del todo. Habíamos entrado a las doce y eran ya las cinco de la mañana. Carla estaba sentada en uno de los sofás, despeinada, con la camisa medio abierta dejando ver un pezón enrojecido, y una sonrisa que no le veía hacía mucho. Tenía los labios hinchados de tanto besar y una marca de dedos todavía visible en el muslo. No nos hicieron falta explicaciones. Nos miramos y los dos supimos que algo se había roto, pero para bien.

Cerramos la noche los cuatro metidos en el jacuzzi, sin sexo ya, solo agua caliente, piel cansada y risas flojas de madrugada. Lorena tenía la cabeza apoyada en el hombro de Carla, y una mano de mi mujer le acariciaba distraída un pecho bajo el agua, como quien juega con algo que ya no da miedo. Andrés me pasó una copa. Y en ese momento, con el vapor subiendo, pensé que aquello no había sido un final, sino el principio de algo.

Así fue como entramos en el mundo del intercambio: sin escuela, sin paciencia, de un día para otro. Llegar y prender. Con esa primera pareja seguimos quedando durante años, hasta el punto de hacernos amigos de verdad, casi familia. Hoy seguimos viéndonos, aunque desde hace tiempo lo que pasa entre nosotros se queda entre nosotros cuatro. Pero esa, como suele decirse, ya es otra historia.

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Comentarios(9)

Richi_54

Que historia!!! El giro que pega al final no me lo esperaba para nada. Muy bien narrado.

PabloSL88

Se hizo cortisimo, quiero saber que paso despues. Por favor seguila, tiene mucho potencial.

Cristobal_Rv

jajaja la condicion inicial de la mujer y como termino la noche... la vida supera la ficcion. Tremendo relato

NocheCalida22

Excelente!!! De los mejores que lei en esta categoria, seguí subiendo

ValentinaBS

Me encanto que no se vuelve burdo en ningun momento, eso es dificil de lograr en estos temas. Muy bien escrito, enhorabuena.

LectorCba

buenisimo!!!

ClaudioR

¿Hay segunda parte? Porque ese final me dejo con ganas de mas. Saludos desde cordoba

Fer_Tucuman

Me recordo a algo que viví hace años, estas situaciones son mas comunes de lo que uno piensa jaja. Buen relato, muy real.

NatiR86

Se nota que tiene algo de verdad, los detalles no se inventan asi. Muy bueno!!!

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