Perdí una apuesta y terminé en una despedida de soltero
Todo empezó por una apuesta estúpida, de esas que uno acepta sin medir las consecuencias. Era viernes y unos cuantos de la facultad nos habíamos juntado en el departamento de Bruno a jugar a las cartas. Habíamos bebido lo suficiente como para que las malas ideas parecieran brillantes.
—El que pierde la última mano hace lo que diga el ganador —propuso alguien entre risas. Todos aceptamos sin pensarlo.
Perdí. Y de todos los que estaban en esa mesa, el que ganó fue justamente Bruno, mi mejor amigo, el único que me conocía lo bastante como para saber hasta dónde era capaz de llegar.
Me miró por encima de las cartas con una sonrisa torcida.
—Después te digo en privado lo que tenés que hacer —dijo, y volvió a barajar como si nada.
¿Por qué no me lo dice acá mismo?
Lo dejé pasar y seguimos con la noche: más tragos, música, alguien intentando bailar en la cocina. Pasada la medianoche empezamos a despedirnos. Bruno, que era el único con auto, fue dejando a cada uno en su casa. Me dejó a mí para el final, y recién cuando estuvimos solos retomó el tema.
—El reto es que te hagas pasar por dama de compañía —soltó, mirando al frente.
Me quedé sin palabras. Para ser sincera, yo había imaginado que me pediría algo entre nosotros, una de esas cosas que ya habíamos hecho otras veces —él sabía cómo me gustaba que me la metiera por atrás mientras me tapaba la boca, sabía que se me escapaba la corrida apenas me mordía el cuello—. Esto no me lo esperaba.
Me explicó que un amigo suyo se casaba y que, entre todos, querían regalarle una despedida de soltero inolvidable. Había hablado de mí, había mostrado un par de fotos, y a sus amigos les había parecido perfecta. La oportunidad de cobrarse la apuesta le vino como anillo al dedo.
—Igual cobro como una profesional —le dije, fingiendo más seguridad de la que tenía—. Esto se paga.
—De eso no te preocupes —respondió, y me anotó una dirección, una fecha y una hora para que me reuniera con el organizador.
***
El día de la cita me encontré con un hombre de unos cuarenta y tantos, de traje y corbata, con esa calma de quien está acostumbrado a manejar dinero. Se llamaba Esteban. Me invitó a almorzar, charlamos de cualquier cosa y, entre café y café, me explicó los detalles.
—Vas a ser la única mujer de la noche —dijo, sin rodeos—. La idea es que todos disfruten. Lo que pidan, dentro de lo que vos aceptes.
Le puse precio. Dije una cifra que me pareció alta, casi una provocación, esperando que se asustara. Esteban ni se inmutó.
—¿Segura que es solo eso? —preguntó con media sonrisa—. ¿Es tu primera vez haciendo esto?
—No es mi primera vez —mentí, sosteniéndole la mirada—. Y sí, ese es el precio.
Se rió, divertido.
—Ni me preguntaste cuántos vamos a estar.
Era verdad. Resultó que eran siete, con la posibilidad de que se sumaran un par más que venían viajando. Le dije que ya había estado con varios al mismo tiempo, que uno más o uno menos no cambiaba nada. Le gustó mi actitud, dijo, y prometió pagarme incluso más de lo acordado.
Cerramos el trato con condiciones de los dos lados. Las suyas: un pequeño show para arrancar, que fuera bien vestida o en lencería, y que les permitiera grabar para uso privado, porque eran todos hombres casados que no querían problemas. Las mías fueron simples: exámenes médicos de cada uno, y que no me decepcionaran.
Esteban soltó una carcajada.
—Si alguno no te satisface, yo me encargo —dijo, y me pasó un adelanto a la cuenta para que no me arrepintiera.
***
Llegó el día. Fui a la peluquería, me arreglé las uñas, hice todo lo que hace una mujer que se prepara para una noche larga. El examen médico ya lo tenía del día anterior. En casa me di una ducha larga, me depilé prolija hasta dejar el coño liso y sin un pelo, me metí dos dedos con jabón para dejarme bien limpia por dentro, sabiendo que iban a entrar por los dos lados. Elegí la ropa: una minifalda corta, medias de red, un tanga negro, un top blanco sin corpiño, y tacones. Me miré al espejo y por un segundo no me reconocí. Las tetas se marcaban duras contra la tela, los pezones ya se me paraban de solo pensar en lo que se venía. Me gustó lo que vi.
Pasaron a buscarme a las siete. El primero en verme fue Esteban, que no perdió la oportunidad de tomarme de la mano y hacerme girar.
—Qué bien que vamos a estar esta noche —murmuró, y al subirme al auto me dio una palmada en la cola que me erizó la piel y me hizo apretar los muslos.
El departamento donde sería la fiesta estaba en un piso alto. Me llevaron a una habitación a esperar mientras llegaban todos, para darle la sorpresa al novio. Cuando me asomé, conté a los hombres que tendría que complacer: la mayoría pasaba los treinta y cinco, tres más jóvenes, todos de traje, de buena presencia. En el centro, con los ojos vendados, estaba el novio. Tomás, supe después. Alto, de complexión normal, simpático, con una sonrisa nerviosa incluso sin ver nada.
Pusieron música. Le quitaron la venda justo cuando yo salía caminando hacia él, fingiendo ser una modelo en pasarela. La falda se me subía a cada paso y dejé que lo hiciera. Tomás se quedó tieso, mudo, como en shock.
Empecé a bailar. Me di vuelta, le pasé la cola cerca de la cara, bajé despacio acariciándome las piernas. Él seguía sin moverse.
—¿No pensás tocarme, papi? —le dije al oído, y me senté sobre sus piernas.
Lo sentí duro debajo del pantalón, la verga marcada contra la tela apretándome entre las nalgas. Le tomé las manos y me las puse sobre las tetas, apretándoselas para que sintiera los pezones duros bajo el top. Le di un par de vueltas más, restregándole el culo contra el bulto, le susurré al oído que iba a tener una noche para recordar, que lo iba a dejar seco. Me levanté a repartir lo mismo entre los demás, que observaban sin perder detalle, algunos ya con la mano en la entrepierna acomodándose la pija. Me quité el top y las tetas quedaron al aire, después la falda, hasta quedar en tanga, medias y tacones. Uno silbó, otro me metió un billete en la tira del tanga y me apretó una nalga con la palma abierta.
***
Recordé el consejo de Bruno: el que se casa tiene que ser el primero. Tomé a Tomás de la corbata y me lo llevé a la habitación.
Lo recosté en la cama, me senté encima y empecé a desabrocharle la camisa mientras me movía despacio, frotándole el coño ya húmedo por encima del pantalón. Él seguía quieto, sin saber qué hacer con las manos.
—Tranquilo, podés tocarme todo lo que quieras. Soy tuya esta noche —le dije.
Empezó por las tetas, con torpeza, apretando demasiado fuerte, retorciéndome los pezones entre los dedos. Los nervios, supongo. Le pedí calma, que disfrutara sin apuro, que las lamiera. Se las llevó a la boca una por una, chupándome con hambre, y yo le hundí los dedos en el pelo para pegármelo más fuerte contra el pecho. Le besé el cuello, bajé por el torso, por el abdomen, mordiéndole la piel, mientras con la otra mano lo acariciaba por encima del pantalón. Cuando le solté el cinturón y le bajé todo, la verga le saltó dura contra el abdomen: no era la más grande, pero tenía un tamaño que se manejaba bien, gruesa en la base y con la cabeza roja e hinchada.
Le pasé la lengua en círculos por la punta y se estremeció entero, se le escapó una gota de líquido que lamí despacio, mirándolo a los ojos.
—¿Te gusta, papi? —pregunté, sacando la lengua para dejarle un hilo de saliva colgando de la punta.
—Mucho —apenas pudo decir, con la cabeza hacia atrás.
Se la fui tragando entera, empujándomela hasta la garganta hasta que la sentí golpearme el fondo y me dieron arcadas. La saqué, escupí un buen chorro de saliva sobre el glande y la usé como lubricante para pajearlo con la mano mientras le chupaba los huevos, uno primero, después el otro, después los dos apretados dentro de la boca. Después me arrodillé entre sus piernas y jugué con todo, despacio, alternando la mano y la boca, la lengua recorriéndole la vena que le subía por debajo, hasta que me detuvo agarrándome del pelo.
—Pará, no me hagas terminar. Quiero ser el primero en probarte, quiero cogerte.
Me puse en cuatro sobre la cama, arqueé la espalda y empiné la cadera bien alto, dejándole el coño y el culo a la vista. Me arranqué el tanga y lo tiré al piso. Tomás se quedó mirándome un segundo, se acomodó detrás y pasó la punta por mis labios húmedos antes de entrar de un solo movimiento hasta el fondo. Grité del gusto. Se agarró de mis caderas y empezó lento, profundo, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos. No lo hacía nada mal. Poco a poco aceleró, hasta que mis nalgas sonaban contra él y los gemidos me salieron solos, cada embestida un ¡plaf! de piel contra piel.
—Así, dale, cogeme fuerte —le pedí, mirándolo por encima del hombro, y él obedeció, agarrándome del pelo y tirándome la cabeza para atrás.
Más confiado, se llevó el pulgar a la boca, lo mojó bien y empezó a jugar en otro lado, en círculos alrededor del ojete, probando.
—¿Lo querés ahí? —le pregunté.
—Quiero ser el primero en ese culo también.
Se lo dejé bien lubricado con mi boca —se lo escupí encima y se lo trabajé con la lengua desde los huevos hasta la punta—, volví a la posición y le pedí que entrara despacio. Me abrí las nalgas con las dos manos para él. Lo hizo de a poco, apoyando la cabeza en mi ojete y empujando, metiendo y sacando la punta hasta que el anillo cedió del todo con un ardor que me hizo apretar los dientes. Cuando llegó al fondo se pegó a mí con un suspiro largo, quieto, dejando que me acostumbrara al llenado.
—Dios, qué apretado —gimió, y empezó a moverse, lento primero, después más firme, agarrándome de la cintura para bombearme el culo con ganas.
Yo me metí dos dedos en el coño mientras él me cogía por atrás, y me vine así, sacudida entera, apretándolo dentro con el orto. Duró poco, era su primera vez así. Me avisó que terminaba y me di vuelta rápido, me arrodillé a tiempo para recibirlo en la boca, sosteniéndosela con la mano hasta la última gota. Sacó un chorro grueso que me llenó la lengua, salado y espeso, y otro que me cayó en la mejilla. Me lo tragué todo mirándolo a los ojos y le lamí la punta para no dejar nada.
—El mejor regalo en años —dijo entre risas, agotado, tirado boca arriba en la cama.
***
Salimos a la sala, donde el resto esperaba con vasos de whisky. Aplaudieron al vernos aparecer y le preguntaron a Tomás si le había gustado su regalo. Él bromeó con que ya no tenía ganas de casarse. Me senté en medio de todos, desnuda salvo por las medias y los tacones, y mientras hablaban de sus vidas y le deseaban suerte al novio, las manos empezaron a buscarme: una en la pierna, otra en la cola, otra que me pellizcaba un pezón y me lo dejaba duro entre los dedos, otra más que se metía entre mis piernas y me abría los labios para hurgarme el coño.
Esteban me pidió unas fotos. Acepté y armé un par de poses para su deleite: de espaldas mostrando el culo abierto con las dos manos, boca arriba con las piernas bien separadas y dos dedos hundidos hasta los nudillos, chupándome mis propios pezones. Cada comentario que me hacían me calentaba un poco más. En cuatro, me acerqué gateando al que sostenía el teléfono, le bajé el pantalón y me encontré con una bien grande y gruesa, de las que me gustan, con las venas marcadas y los huevos pesados.
—Sacame buenas fotos así —le dije, y me la llevé a la boca.
Era tan gruesa que apenas entraba, la mandíbula me tiraba, pero lo intenté igual, lamiéndola entera como un helado, subiendo y bajando la lengua por el tronco, ahuecando los cachetes para chupársela con fuerza. Le escupía saliva encima y la mano se me deslizaba de arriba abajo con un sonido húmedo que a todos les gustaba. Mientras lo hacía, los demás se fueron acercando, rodeándome, y de pronto tenía manos en todas partes y una corte de vergas paradas esperando turno. Empecé a pajear dos a la vez, una con cada mano, mientras seguía chupándole la gruesa al del teléfono. Alguien se me acomodó por atrás, me abrió las nalgas y empezó a lamerme el ojete, la lengua caliente hurgándome de arriba abajo, y me tuve que agarrar de las piernas del de adelante para no caerme del temblor.
Entre ellos destacaba uno: un tipo alto, de espalda ancha, piel canela, de unos treinta y tantos. No era el más largo, pero era el más ancho de todos, tanto que no podía rodearlo con la mano —los dedos no me llegaban a tocarse—, gruesa como un antebrazo, con la cabeza morada. Este me va a partir, pensé, y la idea me gustó más de lo que esperaba. Se me hizo agua la boca de solo mirársela.
Me entregué a la tarea. A algunos les gustaba sostenerme la cabeza con las dos manos y marcar el ritmo, cogiéndome la boca sin miramientos, hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas y se me caía la saliva por el mentón; otros preferían que fuera lento, que jugara con la lengua bajo la corona, otros la querían profunda, hasta atragantarme. Mientras tanto, alguien se acomodó debajo, boca arriba entre mis piernas, y empezó a usar la lengua sobre mi clítoris, chupándomelo entero, metiéndome dos dedos y curvándolos adentro, haciéndome gemir con las dos manos ocupadas pajeando y la boca llena. Otro se concentró en mis tetas, se las metía a la boca y me las mordía, tirándome de los pezones hasta hacerme aullar.
Bruno me llevó hasta el sillón, se sentó y me pidió que lo montara. Le agarré la verga con la mano, me la apoyé en la entrada del coño empapado y me dejé caer despacio, sintiendo cómo me abría entera. Cuando la tuve toda adentro me quedé quieta un segundo, girándole la cadera, saboreándome cada centímetro. Empecé despacio, después más fuerte, saltando encima de él, las tetas rebotándome en la cara. Bruno me agarró de las nalgas y las apretó, las abrió, se relamió al ver cómo el coño se le tragaba la pija.
—Igual de cachonda que siempre —me dijo al oído, y me mordió el lóbulo.
Dos se acercaron por los costados para que los atendiera con la boca. Alternaba entre uno y otro, escupiéndoles la punta, chupándoles los huevos, mientras seguía bombeándome sobre Bruno. Cambiábamos de posición, de pareja, en una rueda que no se detenía: me pusieron boca arriba en el sillón con las piernas abiertas al máximo mientras uno me clavaba por delante y yo chupaba al otro cabeza abajo, la garganta abierta para tragarle la verga entera. Terminé llena de semen de dos: uno se me vino adentro y sentí los chorros calientes rebotarme en el fondo, y al mismo tiempo el que tenía en la boca me llenó la cara con un chorro grueso que me chorreó por el mentón hasta las tetas. Cada tanto buscaba con la mirada al de la espalda ancha, midiendo cuándo llegaría mi turno con él, y él me sonreía tranquilo, pajeándose despacio, esperando.
—Tranquila —me dijo cuando me pilló mirándolo—, yo sé cuándo te toca.
***
El turno llegó. Los demás se apartaron y me quedé sola frente a él, que me ordenó ponerme en cuatro sobre el sillón. Antes pedí mi bolso y saqué el lubricante: le unté la verga con las dos manos hasta que no le quedó un centímetro seco, subiendo y bajando por todo el tronco, sintiendo el peso enorme entre mis dedos, y después me preparé yo, metiéndome tres dedos bien lubricados hasta abrirme lo suficiente. Él me observaba con una sonrisa de paciencia, pajeándose lento.
—Por esta vez te dejo pasar lo del lubricante —dijo—. Te la iba a mandar en seco.
Me puse nerviosa. Sabía lo que se venía. Me azotó un par de veces con la verga sobre las nalgas, pesada como un palo, con un golpe sordo que me hizo apretar los dientes, antes de apuntar. La primera embestida me empujó hacia adelante de tanta presión, y se le escapó con un sonido que arrancó risas de los demás. Me tomé un respiro en el sillón, respirando hondo.
—Otra posición —le propuse.
—No. Te quiero así, en cuatro y bien abierta.
Volví a ponerme en cuatro, me abrí el coño con las dos manos, tirando de los labios hacia los costados, y esta vez entró de a poco, empujando con una mano en mi espalda para que no me escapara. Sentí el estiramiento como un ardor caliente que me subía por la panza. Mordí el borde del sillón mientras lo sentía abrirse paso, centímetro a centímetro, hasta que estuvo del todo dentro. Los demás aplaudieron como si hubieran ganado algo.
Empezó lento pero profundo, sintiendo cómo me iba acostumbrando a su grosor. Cada embestida me sacaba el aire, cada retirada me hacía sentir el vacío por un segundo antes de volver a llenarme entera. Cuando intensificó, el dolor se mezcló con el placer de una manera que me hizo gritar como no había gritado nunca, un grito animal que no pude contener. Esteban mandó callarme y, en un segundo, tenía dos más a los costados ofreciéndome la boca. Agarré una con cada mano y me metí una en la boca, pero las embestidas del de atrás me sacudían tan fuerte que apenas podía cerrar los labios: se me caía la saliva, la verga me golpeaba la cara, se me escapaba entre las babas. Terminé con la boca abierta dejando que él me la clavara solo, usándome la cara como si fuera un coño más.
Con el tiempo me acostumbré, y el ardor se transformó en un cosquilleo que me subía en oleadas. Sentí que me venía otra vez y le grité que no parara. Se me vino todo el cuerpo encima con un espasmo que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de esa verga descomunal, apretándolo tanto que él soltó un gemido ronco. Como soy de poca estatura, me alzó en brazos sin salir —me levantó del sillón ensartada como si nada— y me llevó hasta la cama, donde siguió, poniéndome boca arriba con las piernas contra su pecho para hundirse todavía más profundo. Ahí me la partió en serio, tirándome de las piernas, dándome nalgadas fuertes cada tanto que me dejaban la marca de los dedos. Después de un rato largo, los demás reclamaron su parte.
—Ya está lista —dijo él, levantándose, y salió con un sonido húmedo dejándome vacía y abierta.
***
Lo que siguió fue una sucesión que perdí la cuenta de medir. Tomás de nuevo, más envalentonado esta vez, cogiéndome de costado con la pierna en alto; después otro que me puso boca abajo y me clavó en el culo sin preámbulo; después dos a la vez, uno debajo con la pija hundida en el coño y otro detrás abriéndose paso en el ojete, la primera de varias dobles penetraciones de la noche. Me sentí partida al medio, con las dos vergas separadas por apenas una capa de piel, moviéndose desfasadas, y cuando encontraron el ritmo me vine gritando entre los dos, apretándolos con todo. Cambiaban de lugar sin sacarla del todo, me pasaban de mano en mano, entraban y salían, terminaban en mi boca, en mis tetas, en mi espalda, en el culo, donde caía. Perdí la cuenta de cuántas corridas me tragué y cuántas me chorrearon encima. Terminé con la piel brillante, pegajosa, con hilos de semen colgándome del mentón y los pezones.
El de la verga gruesa fue siempre el que más disfruté: fuerte, sin tregua, capaz de hacerme gritar y de dejarme con ganas de más. Volvió a agarrarme dos veces más en el medio del desorden, una en el coño y otra en el culo, y las dos veces me hizo venirme como una loca.
En algún momento miré el celular: pasaban de las once. Tres horas sin parar. Me di una ducha rápida, dejando que el agua caliente me sacara los rastros de semen del pelo, de las tetas, del culo, y me metí dos dedos para limpiarme por dentro sintiendo lo hinchada y abierta que estaba. Me puse algo más cómodo y volví a la sala, donde Esteban me recibió encantado.
—Aguantás como pocas —dijo—. Pero la noche es joven. Quedate en tanga, que esto recién empieza.
Acepté. La fiesta siguió: algunos solo bebían, otros me llevaban a la habitación de a uno o de a dos. Llegaron tres más, recién bajados del viaje, y les puse la única condición de usar preservativo porque no tenía sus exámenes. No se opusieron. A uno se lo chupé hasta que se corrió en mi boca, al otro me lo cogí encima suyo hasta hacerlo terminar en dos minutos, y al tercero le abrí el culo para que me la metiera por atrás mientras el primero me la volvía a poner dura para chupársela.
Así pasó la madrugada, entre tragos, risas y cuerpos. El de la espalda ancha volvió a buscarme cuando ya casi todos dormían, despertándome con la boca hundida entre mis piernas, chupándome el clítoris hinchado, y las manos amasándome las tetas. Incapaz de dejarme descansar. Me la metió despacio de costado, abrazándome desde atrás, hundiéndome la verga hasta el fondo con un ritmo pausado y firme que me hizo venir dos veces seguidas antes de que él terminara adentro mío, llenándome el coño con un gemido grave contra mi cuello. Para entonces ya me había puesto una crema que adormecía y lo dejé hacer, porque, lo confieso, yo tampoco quería que parara.
Cuando me di cuenta eran más de las seis de la mañana. Terminé rendida, dolorida y con el cuerpo marcado de chupones, mordidas y palmadas, con el coño y el culo ardiendo, pero satisfecha como pocas veces. Pedí que me llevaran a casa y, mientras el auto arrancaba con el sol asomando, sentí el semen que todavía se me escurría por dentro de los muslos y pensé que de todas las apuestas que había perdido en mi vida, ninguna me había salido tan a favor.





