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Relatos Ardientes

Sus dos amigas me esperaban para compartirme

—Tu amiga tiene cara de saber lo que hace —le dije a Renata, sin apartar la vista de la otra mujer—. Pero tú tienes cara de algo peor.

Me regaló una sonrisa breve, casi de lástima, como si yo todavía no entendiera dónde me había metido. Renata era de esas mujeres que no necesitan mostrar nada para imponerse, y aun así esa tarde mostraba bastante. Una falda corta de cuadros, oscura, y debajo nada. Lo supe porque se sentó en el brazo del sillón, cruzó las piernas con calma y dejó que yo mismo sacara la conclusión. Medias claras hasta medio muslo. La camisa abierta lo justo. El pelo recogido en una trenza larga que le caía por la espalda. Tenía treinta y pocos años y la seguridad de quien ya no le pide permiso a nadie.

—Primero te voy a usar la boca yo —dijo, señalándome con la barbilla—. Después decidimos. Pero antes quiero que te ocupes de Mara. No vino solo a mirar.

Mara dio un paso adelante desde la penumbra del pasillo. Era rubia, más baja, de sonrisa fácil y labios gruesos. Llevaba una camiseta rosa ajustada que no le tapaba el ombligo y un tanga negro. Nada más. La tela de la camiseta peleaba contra el peso de sus pechos, y por los costados del tanga asomaba el vello oscuro que el rosa no llegaba a disimular. Había en su mirada una clase de descaro que se aprende con los años, no con la edad.

—Me gusta cómo vas vestida —le dije.

—Me gusta arreglarme antes de que me desnuden —contestó—. Le da gracia a la parte aburrida.

Me acerqué a ella despacio. Le pasé la mano por la espalda baja, por la curva firme de las nalgas, redondas y duras bajo el hilo del tanga. Tenía la piel caliente, como si hubiera estado esperando esto un buen rato. Renata, desde el sillón, no se movía. Solo observaba, y su quietud pesaba más que cualquier orden.

—¿Qué cosas le haces a tu novio, Mara? —pregunté, porque Renata me había contado que salía con alguien del barrio y me pareció el mejor sitio por donde empezar.

—Chupársela, sobre todo —dijo sin pestañear—. A él le gusta. A mí me encanta.

—¿Ah, sí?

Asintió con un entusiasmo que no fingía.

—Sí. Es lo que mejor se me da.

Deslicé una mano hacia el frente del tanga, donde la tela apenas contenía lo suyo, y con la otra le tanteé un pecho por encima del algodón. El pezón se endureció contra mi palma antes de que yo apretara. Mara cerró los ojos un segundo, los volvió a abrir.

—Se me está poniendo dura de imaginarte —le dije—. Hazme una demostración. Enséñame cómo se la chupas a tu novio.

Se arrodilló frente a mí sin apuro. Me bajó el pantalón tirando del cinturón, y después el calzoncillo lo agarró con los dientes y lo arrastró hacia abajo mirándome todo el tiempo. Yo ya estaba duro a más no poder. Renata se levantó entonces, cruzó la habitación, y fue ella quien me tomó con la mano y guio mi verga hasta la boca de su amiga.

—Me gusta cuando una mujer le entrega otra a un hombre —murmuré.

—No te confundas —dijo Renata, soltándome—. No te la entrego. Te la presto.

Mara empezó con suavidad. Tenía la boca húmeda, la lengua blanda, los labios apenas apretados. Mientras lamía y succionaba, me masturbaba con una mano y con la otra me sostenía los testículos, tirando de ellos hacia abajo con una presión justa que me hacía endurecer todavía más. Sabía exactamente lo que hacía. No había torpeza en ningún movimiento, solo cálculo disfrazado de placer.

—A mi novio le gusta que empiece despacio y termine como una guarra —dijo, sacándomela un momento de la boca—. ¿Tú cómo lo quieres?

—Como te salga —susurré. Tenía la piel ardiendo. Me saqué la camiseta por la cabeza y la tiré al suelo.

La delicadeza no duró. A los dos minutos aquello dejó de ser una demostración para convertirse en otra cosa más sucia y más honesta. Mara combinaba el estilo con la vulgaridad de una forma que pocas mujeres dominan: podía ser elegante y obscena en el mismo gesto. Tenía la boca del tamaño exacto para lo que yo le ofrecía, y eso volvía cada movimiento más profundo, más cerrado, más perfecto. Poco a poco la fui llevando a posturas más incómodas y ninguna la frenó. Bajó hasta la garganta sin pedir tregua, y en una pausa, sin que yo se lo pidiera, deslizó la lengua más abajo, recorriéndome de un modo que casi me hace terminar antes de tiempo. La detuve. La aparté de la cadera, le devolví la verga a la boca, la saqué de nuevo, le besé los labios húmedos. Después volvimos a la carga. Ya no sabría decir quién mandaba.

En otro descanso, Mara levantó la vista y se rio. No fue burla; fue felicidad pura, alivio de quien la está pasando mejor de lo que esperaba. Pero a mí esa risa me incomodó, y se la borré despacio, hundiéndome de nuevo en su boca hasta que los ojos se le humedecieron. Me gusta hacerlas sudar un poco. No por crueldad, sino para que recuerden que del otro lado hay alguien.

—Levántate —le dije al fin.

La puse contra el respaldo del sillón, de espaldas a mí, y le separé los muslos. Estaba empapada, abierta, lista desde hacía rato. Entré de un solo movimiento y la sentí ceder con un gemido largo que le salió desde el pecho. Renata se acercó por el costado, le subió la camiseta rosa hasta dejarle los pechos al aire y se los tomó con las dos manos mientras yo embestía. Después se inclinó y la besó en la boca, ahogándole los gemidos contra su propia lengua.

—Mírala —me dijo Renata sin soltarla—. Hace media hora estaba ofendida de que yo la trajera. Ahora no se quiere ir.

***

La giré para tenerla de frente. Le pellizqué un pezón y maulló como un gato. Bajé la boca por su vientre, por el vello castaño y rizado, y la besé ahí abajo hasta que arqueó la espalda. Renata aprovechó para sujetarle los brazos por detrás, dejándola expuesta, mientras yo volvía a entrar, esta vez de frente, despacio, mirándola a la cara cada vez que se le escapaba el aliento.

Un rato después me tumbé de espaldas en la cama de la habitación contigua, las dos detrás de mí como una escolta. Mara se subió encima, dándome la espalda, las caderas altas, el cuerpo entero buscando el ángulo. Tenía una manera de moverse que no se aprende mirando: o le gustaba demasiado, o había nacido para esto.

—Si quieres, bailo —ofreció, ya empezando a hacerlo.

—Hazlo.

Y bailó. Cada subida me apretaba, cada bajada me hundía. Otra vez tuve que frenarla para no terminar antes de tiempo. La saqué de encima, la senté sobre mi cara y enterré la boca entre sus piernas. Estaba caliente, abierta, temblando antes de que yo empezara. No tardó nada en venirse: la voz se le quebró, los muslos se le cerraron sobre mis sienes y se deshizo encima de mí con un grito que seguro se oyó en el pasillo. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con la boca de una mujer.

***

Mientras Mara se recuperaba a un lado, jadeando y riéndose sola, Renata decidió que era hora de cerrar la función. Hasta entonces apenas se había desnudado del todo; lo hizo ahora, con una lentitud calculada, soltándose la trenza para que el pelo le cayera suelto sobre los hombros. Tenía el cuerpo de quien sabe lo que vale y no lo regala. Se acercó, me puso la verga al alcance de los labios y me miró desde abajo con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza.

—A ver de qué eres capaz —le dije, devolviéndole el tono que ella había usado conmigo toda la tarde—. Hazme terminar rápido y te lo perdono todo.

—No me apures —contestó—. Yo termino las cosas a mi ritmo.

Y se entregó a fondo: lengua, labios, manos, todo al servicio de un único objetivo. Estuve a punto de vaciarme en su boca antes del primer minuto. Pero en el último instante me aparté, me incliné a un lado y descargué sobre el rostro de Mara, que se había arrodillado junto a su amiga justo a tiempo, como si lo hubieran ensayado. La rubia recibió el final en la frente, en los labios, en la barbilla, y cerró los ojos sin apartarse, sonriendo entre el desorden.

Renata la miró, le pasó un dedo por la mejilla, recogió lo que pudo y se lo llevó a la boca a su amiga con una naturalidad de vieja cómplice. Después se besaron entre ellas, despacio, repartiéndose lo que quedaba, ajenas a mí por un momento, como si yo solo hubiera sido la excusa para encontrarse. Las dejé hacer. Tumbado, con la respiración entrecortada, las miré reírse y enredarse hasta que el cansancio nos venció a los tres.

Cuando me levanté a buscar mi ropa, Renata me detuvo con una mano en el pecho.

—¿Adónde vas tan rápido? —dijo—. Esto recién empieza. Mara descansa diez minutos y volvemos.

Miré hacia la cama. Mara, boca arriba, levantó una mano sin abrir los ojos y me hizo señas de que volviera. No discutí. Algunas tardes no se abandonan; se aguantan hasta el final. Y aquella, estaba claro, todavía tenía cuerda para rato.

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Comentarios (6)

NicoV_arg

increible, de lo mejor que lei por aca!! bien ahí

Rafa_Bsas

Por favor tiene que haber una segunda parte, no puede quedar asi. Quede con ganas de mas

LuchoPlata

jajaja me recuerda a algo que estuvo cerca de pasarme a mi una vez, solo que yo no tuve tanta suerte

Marcos_79

¿Las dos amigas lo tenian planeado o fue espontaneo? Eso me quedo dando vueltas despues de leerlo

Valeria_mdq

Que suerte tienen algunos jajaja. Muy bien narrado, se siente real sin ser burdo

MariPaz_22

buenisimo!!! sigue escribiendo por favor

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