La noche que compartí a mi esposa con mi amigo
Lucía siempre había sido la mujer más reservada de cualquier reunión. De piel clara y cabello castaño, delgada, con una manera de bajar la mirada cuando la conversación subía de tono que volvía locos a nuestros amigos. Llevábamos once años casados y todavía se ruborizaba si alguien contaba un chiste atrevido en la mesa. Decía que era culpa del colegio de monjas donde había estudiado media vida.
Yo la conocía de otra forma, claro. Sabía que detrás de esa timidez había una mujer que se desarmaba en la cama, que se venía una y otra vez y me dejaba exprimido. Pero eso era nuestro secreto, algo que nadie más sospechaba.
Esa noche habíamos organizado una cena en casa. Vinieron tres parejas y Adrián, mi amigo de la infancia, el eterno soltero del grupo. Nos conocíamos desde niños y siempre me había dicho, medio en broma medio en serio, que había tenido mucha suerte.
—Con todo respeto, hermano, tu mujer está increíble —me soltaba cada tanto, y yo me reía sin saber qué contestar.
La cena fue larga y agradable. Vino blanco para ellas, ron y brandy para nosotros. Las mujeres hablando de niños, los hombres de fútbol. Después el postre, el café, los coñacs. Lucía bebió dos copas y la noté distinta, más suelta, con las mejillas encendidas de una manera que yo conocía muy bien.
Hacia la medianoche, dos parejas se despidieron. Quedó una más, Carla y Marcos, recién casados y siempre encendidos, que pasaron la velada besándose y provocándonos a todos. Carla bailó frente a Adrián, le tiraba de la mano a Lucía para que se sumara, pero mi mujer se resistía entre risas. Entonces sonó el teléfono: a Carla y Marcos los reclamaban en casa por el bebé, y se fueron a las apuradas.
Nos quedamos los tres.
***
Lucía, fiel a su costumbre, se puso a recoger la mesa. No se acostaba nunca sin dejar la cocina impecable. Adrián y yo seguimos tomando y sacamos una baraja para jugar unas manos mientras ella terminaba. Me contó, riéndose, lo caliente que lo había dejado Carla toda la noche con sus poses.
Cuando Lucía volvió, ya en bata y pantuflas, le serví una copa de un espumante dulce que le encanta. Lo bebió rápido y soltó un suspiro.
—Qué rico, por fin me relajo —dijo, dejándose caer en la silla—. ¿Qué juegan?
—Póker —contestó Adrián con una sonrisa torcida—. Pero de prendas.
Ella soltó una carcajada y, para mi sorpresa, no se levantó. Adrián repartió antes de que yo pudiera decir nada. La primera mano la ganó ella; el peor juego lo hizo él, que pagó con los zapatos. La siguiente la perdí yo. Esto se va a poner interesante, pensé, sin saber todavía hasta dónde.
Después de un rato largo, Adrián estaba en pantalones y yo en ropa interior. Lucía no había perdido nada y se moría de risa. De castigo la obligamos a beber otra copa del espumante, y otra, hasta que la suerte cambió de bando.
Perdió por primera vez y se sacó las pantuflas. Perdió de nuevo. Le insistimos que siguiera, que ella tenía muchas prendas y nosotros casi ninguna. Nos clavó una mirada larga.
—Esta es la última que me quito —avisó.
Y se abrió la bata.
***
Debajo llevaba un camisón corto y blanco que dejaba adivinar todo, y una ropa interior diminuta del mismo color. Estaba radiante, sonriente, nerviosa. Yo sentí una corriente en el bajo vientre y me terminé media copa de un trago.
Adrián no le quitaba los ojos de encima. Y, en lugar de incomodarme, algo raro empezó a crecer dentro de mí. Lucía sacaba pecho mientras se recostaba en la silla, como si le gustara que él la mirara con esa hambre. Si no pasa esta noche, no pasa nunca, pensé. La idea me excitó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Repartí otra mano y le tocó perder a Adrián. Por primera vez lo vi colorado, dudando.
—El que inventó el juego ahora se raja —lo provoqué.
Se empinó el vaso, se puso de pie y se bajó el pantalón. Me buscó con la mirada, como pidiendo permiso. Le hice un gesto con la cabeza. No llevaba nada debajo, y su erección quedó a centímetros de la cara de mi esposa, que abrió los ojos como platos. Nunca había visto a otro hombre así, y menos sin circuncidar.
—¿Y ahora qué? —me preguntó ella, sin apartar la vista.
—Tócalo, si quieres —dije, y mi propia voz me sonó extraña.
Lucía me miró una última vez, buscando confirmación. Yo se la di. Entonces lo tomó con la mano, despacio, con una curiosidad casi infantil, y empezó a moverla. Sus mejillas ardían. No lo podía creer: mi esposa reservada, la del colegio de monjas, masturbando a mi mejor amigo frente a mí, y yo durísimo mirándola hacerlo.
Cuando se inclinó y le pasó la lengua por la punta, sentí un calambre recorrerme la espalda entera. Eran celos y deseo al mismo tiempo, mezclados en algo que no sabía nombrar. Me deslicé hasta el suelo, me metí bajo la mesa, entre las piernas de mi mujer, y le bajé la ropa interior. Ella separó los muslos sin dudar, dándome todo el espacio.
La empecé a lamer mientras seguía atendiendo a Adrián con la boca. Estaba empapada, más caliente de lo que la había sentido nunca. La escuché gemir contra él, sentí cómo se tensaba, y supe que se estaba viniendo apenas la rocé con la lengua.
***
Salí de debajo de la mesa y la puse de pie. Estaba como en trance, dejándose llevar. Le quité el camisón y quedó completamente desnuda. La hice girar despacio para que Adrián la contemplara entera, y a él casi se le salían los ojos.
La sostuve por la espalda, con mis manos en sus pechos, mientras él se acercaba y la besaba con una pasión que le arrancó un gemido. Lucía se arqueó hacia atrás, apoyada en mí, ofreciéndose, besándome el cuello y la mejilla al mismo tiempo que él bajaba con la boca por su vientre.
—Es tu noche —le dije al oído—. Disfrútala. No te reprimas en nada.
Ella solo me respondió con un beso largo, profundo, mientras Adrián se arrodillaba frente a ella y la abría con los dedos. Lucía temblaba, soltaba pequeños espasmos, gemía mi nombre y el de él entre dientes.
La recosté en la alfombra de la sala. Quería tomarla yo, pero él no se apartaba, hambriento. Sin que nadie lo decidiera del todo, Adrián se acomodó sobre ella. La besó, le separó las piernas y empezó a entrar muy despacio.
La imagen me dejó sin aire. Mi esposa está con otro hombre, en mi sala, frente a mí. Sentí celos, dudas, mil preguntas sobre lo que pasaría con nosotros después. Y, debajo de todo eso, una excitación brutal que no entendía pero que no quería frenar.
Me acerqué a la mesa, me serví un trago y los miré. Él se movía despacio, gozándola, y ella le clavaba las uñas en la espalda. Estuvieron así varios minutos, hasta que Adrián jadeó que ya no aguantaba.
—Adentro —le pidió ella con la voz quebrada, y los dos se convulsionaron en la alfombra a la vez.
***
Un instante después, Lucía me buscó con la mirada y abrió los brazos hacia mí. Adrián corrió al baño. Me acerqué y ella me abrazó. La penetré despacio; estaba ardiendo, resbaladiza, distinta. Una sensación electrizante me recorrió entero, algo nuevo, una mezcla de morbo y entrega que nunca había sentido con ella en doce años.
—Te siento enorme —me susurró, y empezó a venirse en cadena, apretándome con esos músculos que conocía tan bien.
Solté todo de golpe, sin poder parar, mientras ella me abrazaba y me besaba la cara.
—Gracias —me dijo, con una sonrisa radiante, casi inocente, como si nada de lo anterior hubiera pasado.
Y esa contradicción me derritió.
***
Más tarde, los tres recuperamos el aliento con una copa en la mano. Adrián, incómodo, fue el primero en hablar.
—Ojalá esto no afecte nuestra amistad —dijo, mirándome—. Me da pena, hermano.
—No te preocupes —le contesté—. Después de esta noche somos más que amigos. Siempre supe que algo así podía pasar.
Lucía soltó una risa suave y brindó con nosotros. Le pregunté, ya sin filtros, qué la había decidido. Se encogió de hombros, con esa sonrisa enigmática.
—Quería saber qué se sentía —dijo—. Y quería que tú lo vieras.
Esa respuesta me dijo más sobre mi mujer que once años de matrimonio. La reservada del colegio de monjas tenía una curiosidad que yo nunca me había animado a despertar, y resultó que solo necesitaba permiso, una copa de más y la mirada de alguien de confianza.
Adrián levantó su copa antes de vestirse para irse.
—Lo caliente no quita lo decente —dijo, y los tres nos reímos.
Acordamos vernos al día siguiente, ya sin urgencias, para comer lo que había sobrado de la cena y mirar el fútbol como cualquier domingo. Cuando volvió, lo hizo con cervezas y un humor distinto, más liviano, como si entre los tres se hubiera roto una pared invisible.
—Qué noche nos diste, Lucía —bromeó él, dejándose caer en el sillón.
Mi mujer pasó junto a nosotros con unos shorts ajustados y una sonrisa que ya no era tímida. Algo había cambiado para siempre, y por una vez no sentí miedo de averiguar qué.
Desde entonces nos llevamos mejor que nunca. Los celos viejos, esos que me carcomían sin razón, se disolvieron en aquella madrugada. Aprendí que conocer a alguien de verdad a veces empieza por animarse a verlo de otra manera. Y que mi esposa, la callada, la prudente, había estado esperando todo ese tiempo a que alguien le abriera la puerta.