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Relatos Ardientes

Los recién casados que quisieron aprender de nosotros

Marcos y yo llevábamos años buscando lo mismo en cada viaje: gente nueva, ciudades que no conocíamos y la posibilidad de que algo se torciera de la mejor manera. Después de unos días en Mérida, dejamos atrás el calor del sur y pusimos rumbo a Úbeda, una de esas ciudades de piedra dorada donde el tiempo parece haberse detenido en el siglo XVI.

Nos alojamos en un hotel instalado dentro de un viejo palacio renacentista, con patios de columnas y una habitación enorme que daba a la plaza. La cama tenía dosel y olía a lavanda. Marcos dejó la maleta en el suelo, me abrazó por la espalda y me susurró al oído que aquel sitio pedía a gritos compañía. Me reí, pero los dos sabíamos que no era una broma.

Esa tarde bajamos al bar del hotel a tomar algo antes de cenar. Yo pedí un gin-tonic; Marcos, un vino de la tierra. Fue entonces cuando los vimos. Una pareja joven sentada en la mesa del rincón, con esa torpeza tierna de quienes todavía no se han acostumbrado a estar casados. Ella se llamaba Carla, tenía veintitrés años, el pelo castaño recogido en un moño suelto y una manera de reírse tapándose la boca que me pareció encantadora. Él era Bruno, veinticinco, atlético, con la piel todavía marcada por el sol de alguna playa reciente.

Marcos, que tiene un don para conversar con desconocidos, levantó su copa y los invitó a sentarse con nosotros. No tardaron en aceptar. Eran de Valencia, estaban de luna de miel y recorrían Andalucía en coche sin más plan que dejarse llevar. La conversación fluyó sola, como pasa a veces entre extraños que se caen bien desde el primer minuto.

—¿Y vosotros? —preguntó Carla—. ¿Cuánto lleváis juntos?

—Doce años —contesté—. Y todavía nos sorprendemos.

Vi cómo Bruno me miraba de reojo, con esa curiosidad que los hombres jóvenes no saben disimular. No me molestó. Al contrario: crucé las piernas despacio para que se le fueran los ojos al muslo y disfruté al ver cómo se le marcaba el bulto contra el pantalón.

***

Quedamos para cenar esa misma noche en un mesón del casco antiguo, uno de esos donde sirven jamón y queso de la zona en tablas que no acaban nunca. El vino corrió, las risas también, y la confianza fue creciendo entre plato y plato. En algún momento, Carla dejó la copa sobre la mesa y bajó la voz.

—Os voy a confesar una cosa —dijo, mirando a Bruno como pidiéndole permiso—. Nosotros... no tenemos mucha experiencia. Nos casamos jóvenes, fuimos novios desde el instituto. A veces siento que nos falta soltura. Que follamos siempre igual, y ya está.

Bruno asintió, un poco avergonzado pero también aliviado de haberlo dicho en voz alta.

—Y se nos ha ocurrido —continuó él— que quizá vosotros, que tenéis tanto camino recorrido, podríais... enseñarnos. Mostrarnos cómo es de verdad.

Marcos y yo nos miramos. No hizo falta decir nada. Llevábamos años entendiéndonos con una sola mirada.

—Nos encantaría —respondí, y noté cómo se me aceleraba el pulso y cómo las bragas se me humedecían debajo del vestido—. Sois jóvenes y guapos, y aprendéis rápido, lo veo en cómo os miráis. Os podemos enseñar a follar como se folla de verdad, a correros con la cabeza en blanco y las piernas temblando.

Carla se sonrojó hasta las orejas y asintió con un entusiasmo que la delataba. Bruno apretó la mandíbula, decidido, y por debajo de la mesa se ajustó la polla que ya no le cabía en el pantalón. El ambiente cambió de golpe; ya no éramos cuatro turistas charlando, éramos cuatro personas que sabían exactamente hacia dónde iba la noche.

***

Después de cenar dimos un paseo por las calles empedradas, en silencio casi todo el rato, rozándonos los brazos como si quisiéramos comprobar que aquello era real. Subimos a nuestra habitación los cuatro. La luz era cálida, dorada, y la plaza al otro lado de la ventana se había quedado vacía.

—Empecemos por algo sencillo —dije, quitándome los zapatos y sentándome en el borde de la cama—. Carla, ponte de pie delante de Bruno. Que te desnude despacio. Sin prisa. La prisa es el peor enemigo del placer.

La joven obedeció, temblando un poco. Bruno le bajó los tirantes del vestido con dedos torpes mientras yo le iba diciendo dónde detenerse, dónde besar, dónde esperar. El vestido cayó al suelo. Carla tenía el cuerpo firme y delicado, los pechos pequeños y altos, con los pezones ya duros y rosados apuntando hacia arriba, y respiraba con la boca entreabierta. Le bajé las bragas yo misma, arrodillada, y se le vio el coño depilado, brillante, con los labios ya hinchados de deseo.

—Así —murmuré, pasándole un dedo entre los labios del sexo para mostrarle a Bruno lo mojada que estaba su mujer—. Está empapada. Ahora bésale el cuello, no los labios todavía. Hazla esperar. Y mientras, pellízcale los pezones despacio. Suave. Que se le pongan a punto de reventar.

Bruno hundió la cara en el cuello de su mujer y le atrapó las tetas con las dos manos. Carla cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajo, apretando los muslos. Marcos se había acercado a mí por detrás y me desabrochaba el vestido sin dejar de observar la escena, con la polla ya dura clavándose contra mi culo.

—Mirad —dije, girándome hacia ellos y dejando caer el vestido al suelo—. Os vamos a enseñar cómo se hace de verdad.

Me arrodillé frente a Marcos y le bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó dura, gruesa, con la punta ya brillante de líquido, y la tomé en la boca despacio, mirando a Carla de reojo para que aprendiera. La chupé entera, hasta el fondo, hasta que la sentí golpearme la garganta, y luego la solté con un sonido húmedo. Le pasé la lengua por toda la parte de abajo, desde los huevos hasta la punta, y volví a metérmela dentro.

—¿Ves cómo lo hago? —le pregunté a Carla, separándome un instante con la boca llena de saliva y un hilo colgando entre mis labios y la polla de Marcos—. No es la velocidad. Es la atención. Es mirarlo a los ojos mientras se la chupas, es dejar que se te caiga la baba, es meterte los huevos en la boca cuando menos se lo espera. Mira.

Le solté la polla y le lamí los testículos uno por uno, mientras se la masturbaba con la mano. Marcos gruñó y me agarró del pelo, marcándome el ritmo, y yo me dejé follar la boca hasta que se le tensaron los muslos. Entonces me aparté. No quería que se corriera todavía.

—Ahora tú —le dije a Carla, con la voz ronca.

***

Llevé a Carla hasta la cama y la senté junto a Marcos, con la polla de él tiesa apuntándole a la cara. Al principio estaba nerviosa, pero le fui guiando la mano, cerrándosela alrededor de la base, enseñándole a subir y bajar con la muñeca. Luego le empujé la cabeza con suavidad hacia abajo.

—Sácale la lengua primero —le susurré al oído—. Prueba la punta. Chúpasela como si fuera un caramelo, sin prisa. Eso es. Ahora abre bien la boca y métetela entera, hasta donde puedas. Si te da arcada, respira por la nariz y vuelve a intentarlo.

Carla obedeció, torpe pero entregada. Marcos echó la cabeza hacia atrás y soltó un jadeo cuando ella logró tragársela casi hasta la mitad. Le caía la saliva por la barbilla, y yo se la iba recogiendo con el pulgar para volvérsela a untar en la polla de mi marido.

—Muy bien, cariño —le dije—. Usa la mano al mismo tiempo. Retuércela un poco cuando subes. Mira cómo se le hincha entre los dedos.

Bruno los miraba desde el pie de la cama, con la polla al aire ya, gruesa y curvada, agarrándosela sin darse cuenta. Rojo, excitado, sin saber muy bien qué hacer con sus propias manos.

—Tú vente conmigo —le dije, y tiré de su brazo.

Me senté en el borde del colchón y abrí las piernas de par en par. Bruno se arrodilló entre ellas y se quedó mirando mi coño como si nunca hubiera visto uno tan de cerca. Le agarré la mano y me la puse encima.

—Aquí —le dije, guiándole los dedos hasta el clítoris—. Este botón pequeño es lo que importa. No lo aplastes, no lo frotes como si borraras algo. Dibuja círculos. Suaves. Sin apretar. Y ahora mete un dedo, despacio, curvándolo hacia arriba. Ahí. ¿Notas esa parte más rugosa? Ese es el punto que hay que acariciar.

Bruno tragó saliva y obedeció. Metió el dedo hasta el fondo y lo curvó como le había dicho, y me arrancó un gemido que lo hizo sonreír por primera vez en la noche.

—Ahora la lengua —le pedí, tirándole del pelo—. Mete la cara. No tengas miedo. Cuando abras bien y saques la lengua, primero pasa toda la parte plana desde abajo hasta arriba, lento. Luego céntrate en el clítoris y chúpalo como si fuera un pezón.

Bruno hundió la cara entre mis muslos. Al principio fue tímido, pero enseguida se soltó. Aprendía rápido, eso había que reconocérselo. Le hundí los dedos en el pelo y lo guie, presionándole la nuca cuando quería más presión, apartándolo un segundo cuando quería alargar el placer. Metía dos dedos y los curvaba, chupaba el clítoris, y volvía a lamer de arriba abajo. Me temblaban los muslos, y las palabras se me convirtieron en gemidos entrecortados.

A mi lado, Carla había perdido la timidez. Se había subido encima de Marcos y se había ensartado la polla despacio, con un quejido largo cuando se la metió entera. Ahora lo montaba encontrando su propio ritmo, con la cabeza echada hacia atrás y las manos apoyadas en su pecho. Marcos le agarraba las caderas y le guiaba los movimientos, empujándola hacia abajo cada vez que ella subía. Verla pasar de la vergüenza a la entrega, con los pechos brincándole al ritmo y la boca abierta soltando obscenidades que seguro nunca había dicho, fue una de las cosas más hermosas de aquella noche.

—Eso es —le dije, con la voz rota entre los envites de la lengua de Bruno—. Déjate llevar. Fóllatelo. Dile lo que sientes. Nadie te está juzgando aquí.

—Qué gorda... —jadeó Carla, sorprendida de sus propias palabras—. Qué gorda la tienes, joder, me llena entera...

***

La habitación se llenó de respiraciones entrecortadas, del chapoteo húmedo de los cuerpos y de esa electricidad que solo aparece cuando cuatro personas pierden la vergüenza al mismo tiempo. Cambiamos de posición sin pensarlo, como si lleváramos toda la vida haciéndolo juntos. Carla se bajó de Marcos y se puso a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa y la espalda arqueada, y Marcos se colocó detrás de ella, sujetándola por las caderas, mientras yo me acercaba, le acariciaba el pelo y le susurraba lo bien que lo estaba haciendo.

—Despacio —le pidió ella a Marcos, mirándolo por encima del hombro—. Quiero probarlo todo esta noche. Todo.

Marcos, que siempre ha sido cuidadoso, le pasó la polla varias veces por los labios del coño, restregándosela sin meterla, mojándola bien en los flujos que ya le corrían por los muslos. Luego se la clavó de una embestida lenta, hasta el fondo, y Carla soltó un gemido largo, sucio, casi animal. Empezó a bombeársela despacio, sacándola casi entera antes de volver a hundirla, y con cada golpe el culo de Carla vibraba contra las caderas de mi marido.

Yo me acerqué a la cara de Carla, me arrodillé delante de ella y le agarré la cabeza con las dos manos. Le acerqué el coño a la boca, todavía brillante de la saliva de Bruno.

—Ahora aprendes tú a comerme —le dije—. Enséñame lo bien que aprendes.

Carla sacó la lengua y me lamió entera, torpe al principio, pero cada empujón de Marcos por detrás la clavaba más contra mí. Al poco rato me chupaba el clítoris con hambre, gimiendo contra mi coño cada vez que Marcos se la metía hasta el fondo. Los gemidos me vibraban por dentro y me hacían apretar los muslos alrededor de su cara.

—Más rápido —le pidió Carla a Marcos, apartando un segundo la boca—. Fóllame más fuerte, por favor, no pares ahora.

Marcos le agarró un mechón de pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás, empujando más fuerte. El sonido de las caderas chocando contra el culo de Carla llenó la habitación. Yo la agarré de la nuca y la devolví a mi coño, y ella volvió a chuparme con más ganas todavía. La vi tensarse entera, temblar, apretar los puños sobre las sábanas, y de pronto soltó un grito ahogado contra mi carne mientras se corría con la polla de Marcos dentro. Sentí el temblor recorrerle todo el cuerpo, y a Marcos siguiéndola un instante después, hundiéndose hasta el fondo y descargándole dentro con un gruñido largo.

Me acerqué y le besé el cuello a Carla, susurrándole al oído mientras todavía temblaba, prolongándole el placer hasta el último latido. Le metí dos dedos en el coño chorreante y se los saqué llenos del semen de Marcos, y se los puse en los labios. Ella los chupó sin dudarlo, mirándome a los ojos.

—Así se hace, cariño —le dije—. Deja que tu cuerpo te guíe. Y no le tengas asco a nada de lo que salga de él.

***

Bruno me había estado mirando todo el rato, con la polla en la mano y el deseo escrito en la cara, masturbándose despacio para no correrse antes de tiempo. Lo llamé con un gesto. Me puse a cuatro patas al lado de Carla, culo con culo, y le enseñé la raja abierta, brillante.

—Ven aquí —le dije—. Métemela. Despacio al principio.

Bruno se arrodilló detrás de mí y me agarró de las caderas. Notaba su polla temblándole contra mi coño, la punta caliente rozándome los labios. Le eché una mano hacia atrás y se la guie yo misma, dirigiéndosela hasta la entrada. Empujó, y la sentí abrirme entera, gruesa, joven, dura como una piedra. Solté un suspiro largo que lo hizo temblar.

—Ahora —le dije, apretándome contra él y sintiéndolo hasta el fondo—, enséñame lo que has aprendido.

Empezó torpe, demasiado ansioso, dando golpes rápidos y descolocados. Le puse una mano en la cadera para frenarlo.

—Más lento. Sácamela casi entera, y vuelve a metérmela hasta el fondo. Eso es. Ahora quédate ahí, dentro, sin moverte. Muévela solo un poco, como si me la revolvieras. ¿Notas? Ahora sí, ahora empuja.

Aprendió. Encontró el ritmo, la pausa, el momento de empujar y el de esperar. Me agarraba las caderas con las dos manos y me la clavaba hasta el fondo, y cuando le dije que me diera un azote en el culo lo hizo con ganas, dejándome la marca de la mano roja sobre la piel. Sentirlo descubrirlo todo al mismo tiempo, con la respiración cada vez más rápida en mi nuca y sus huevos golpeándome el clítoris con cada envite, me llevó hasta un borde que no esperaba alcanzar esa noche.

—Métemela más fuerte —le pedí, tocándome el clítoris con dos dedos mientras él me follaba—. No pares, joder, no pares, así, así...

A nuestro lado, Carla y Marcos nos miraban abrazados, recuperando el aliento. Carla tenía una mano entre las piernas y se acariciaba viendo cómo su marido me follaba por detrás. Bruno se dobló sobre mí, me agarró las tetas con las dos manos y me pellizcó los pezones, y con eso me acabó. Me corrí gritando contra la almohada, sintiendo cómo se me cerraba el coño alrededor de su polla en oleadas. Él aguantó dos o tres embestidas más y se vació con un gemido largo, agarrándome con fuerza, descargándome dentro caliente y a chorros, mientras yo apretaba las paredes para sacarle hasta la última gota, mordiéndome el labio para no despertar a media Úbeda.

***

La habitación quedó en silencio, roto solo por cuatro respiraciones que poco a poco volvían a la calma. Nos quedamos los cuatro tumbados, enredados en las sábanas, con esa sensación rara y dulce de haber compartido algo que no se puede explicar. Carla tenía la cabeza apoyada en mi hombro y dibujaba círculos perezosos sobre mi brazo, mientras un hilo de semen le resbalaba todavía por el muslo.

—Gracias —dijo en voz muy baja—. No sabía que podía sentir algo así. No sabía que podía correrme de esta manera.

—No nos des las gracias —contesté, acariciándole el pelo—. Eso ya lo teníais dentro. Nosotros solo os enseñamos la puerta.

Bruno se rio, todavía agitado, y Marcos le pasó el brazo por encima como si fueran viejos amigos. Afuera, la plaza dormía bajo la luna y la piedra dorada de los palacios brillaba como si guardara un secreto más.

—¿Quién sabe qué nos traerá mañana? —murmuré, medio dormida ya—. La vida está llena de sorpresas, y nosotros estamos aquí para disfrutarlas.

Nos quedamos dormidos los cuatro, exhaustos y satisfechos, mientras Úbeda se hundía en la noche. A la mañana siguiente nos despedimos de Carla y Bruno en el patio del hotel, con un abrazo largo y la promesa silenciosa de que ninguno olvidaría aquel encuentro. Marcos me tomó de la mano cuando arrancaron el coche, y supe que la nuestra era una historia que seguiría buscando, en cada ciudad nueva, exactamente lo mismo: la posibilidad de que algo se torciera de la mejor manera.

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Comentarios(9)

RolandoK85

increible, de los mejores relatos que lei en mucho tiempo. Muy bien!!

DiegoNoc

necesito una segunda parte urgente jaja, quede con ganas de mas

viajero_cba

la cara de los recien casados me la imagino perfectamente jaja. Tremenda situacion, muy bien narrada.

Mati_Arg

caliente caliente caliente!!!

lunaviajera21

¿y como termino la noche? quede con la duda, necesito saber mas :)

NachoDelSur

lo lei dos veces. No suelo hacer eso. Excelente.

MariaJose_Rdc

me trajo recuerdos de una situacion similar que vivi hace años, mucho menos picante pero la misma energia. Gracias por compartirlo

CarlosFDZ

la situacion esta muy bien planteada, se siente creible y no forzada para nada. Seguí escribiendo!

Fer_BA

demasiado bueno esto!!

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