El fin de semana que compartimos a nuestras parejas
Nos quedaban una tarde, la noche entera y media mañana juntos. La idea era volver a Medellín el día siguiente, ya entrada la tarde, para evitar el trancón de la entrada a la ciudad. Yo dormiría con su mujer y él con la mía. Andrés trataba a Camila con una brusquedad que, lejos de molestarme, me producía un placer raro y morboso.
Camila siempre se comportaba como si fuera lo máximo, y cada propuesta mía la usaba para hacerme sentir vulgar; ver cómo aquel tipo le bajaba la arrogancia me satisfacía de un modo que no entendía. No me malinterpreten: me incomodaba que un hombre se la cogiera delante de mis narices, después de tiempo seduciéndola y planeando este fin de semana entero. Pero también me excitaba la forma tan directa en que la iba volviendo sumisa.
Mientras tanto, Natalia me entregaba todo lo que siempre había fantaseado. En mi cabeza tomaba forma una idea: que de algún modo Camila le hiciera sexo oral a Natalia delante de nosotros, y que los tres termináramos cogiéndonos a mi mujer. No sé si estaba bien o mal, pero sabía que cambiaría para siempre la manera en que vivíamos el sexo.
***
Veinte minutos más tarde, Andrés y Camila salieron a la terraza. Él llevaba unas bermudas grises, camisa azul, tenis blancos y unas gafas de sol; en la mano cargaba una especie de bolso pequeño que Natalia, al verlo, miró con complicidad sin decirme nada. Camila venía con un vestido vaporoso, negro con flores rojas, que yo mismo le había regalado para ese clima. Le caía precioso, y se notaba que no llevaba sostén. Me pregunté si tampoco se había puesto tanga, pero el negro no me dejaba descubrirlo.
Manejé yo hasta el pueblo. Natalia se sentó a mi lado y de vez en cuando me tomaba la mano. Atrás, Camila y Andrés miraban por la ventana mientras él intentaba manosearla; ella lo frenaba con el pretexto de que en la calle podían verlos.
No había mucha gente. Paramos en un supermercado a comprar comida y cervezas para la noche. Mientras recorríamos los estantes, cada uno coqueteaba con su pareja del día. Andrés le agarraba las nalgas o los pechos a Camila y ella se reía como una niña, susurrándole cosas al oído.
Natalia se había puesto un vestido blanco con flores estampadas, sin nada debajo, que dejaba sus senos sueltos a cada paso. No pasaba desapercibida. Nos mirábamos con picardía y, cada tanto, ella me levantaba un poco la tela para mostrarme los pechos. Yo le frotaba las nalgas con suavidad, la abrazaba por detrás y me restregaba contra ella mientras le acariciaba los senos hasta dejarle los pezones erguidos para quien quisiera mirar.
La gente nos observaba. Ninguno de los cuatro era discreto y nuestra excitación se notaba. Los hombres miraban a nuestras mujeres; las mujeres nos miraban a nosotros, algunas con desaprobación, otras con una lujuria evidente.
***
Almorzamos en un lugar popular llamado El Fogón, junto a unas sedes universitarias. Había grupos jóvenes por todos lados empezando la rumba de fin de semana. Al terminar, propusimos meternos a algún bar a bailar y aprovechar el ambiente.
Unas cuadras más adelante encontramos uno que parecía un hangar de puerta cerrada, con gente haciendo fila. Apenas el portero vio a nuestras mujeres, quitó la cadena y nos dejó pasar sin preguntar. Adentro todo eran luces y sillones de espaldar alto que daban privacidad, con vista a la pista pero ocultos de los demás. Era imposible saber la hora sin un reloj.
Nos dieron una mesa casi al fondo, protegida por la disposición de las sillas en herradura: veíamos el lugar entero y a nosotros casi no se nos veía. Un mesero que no dejaba de mirar a las dos tomó el pedido. Andrés pidió whisky; Natalia, margaritas para ella y para Camila.
Camila me miró preocupada. Los dos sabíamos que ella no aguantaba el trago. Andrés seguro lo sabía y lo usaría a su favor. Esta vez no haría nada por cuidarla.
La música estaba tan fuerte que apenas podíamos hablar entre los cuatro, solo al oído con la pareja de turno. Andrés y Camila se sentaron de frente a la tarima; Natalia y yo, enfrente, con vista a la pista. Ella me frotaba la pierna y me daba besitos en el cuello mientras Andrés manoseaba a Camila sin pudor.
***
En un momento, Andrés le dijo algo al oído a Natalia y luego a Camila, que miró extrañada a su nueva amiga. Las dos se levantaron rumbo al baño. Mientras caminaban, todos los chicos del lugar las siguieron con la mirada; hasta más de una muchacha las observó.
Andrés y yo brindamos con el primer trago. Él me señalaba chicas que le parecían ricas, y yo asentía. Había una en especial, blanca, de cabello castaño y ojos claros, delgada como Camila, que no dejaba de mirarnos. Se la señalé y él me dijo que tenía buen gusto.
—Tu mujer es muy rica, pero muy mojigata —me dijo al oído—. Eso lo arreglamos hoy con Natalia, y me lo vas a agradecer después.
Me reí, nervioso, porque sospechaba que tenía razón. La chica seguía mirándonos y comentaba algo con un par de amigas. Andrés llamó al mesero, y al rato les llevaron unas copas de cortesía «de parte nuestra». Me sonrojé. Entonces me acerqué a él.
—Me gustaría que Natalia se cogiera a Camila —le dije—. A ver si la convences.
—Dalo por hecho —respondió, y se rió.
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Las chicas tardaron. Cuando volvieron, Camila parecía seria. Se sentó junto a Andrés, que la abrazó, y ella le reclamaba algo al oído que yo no alcanzaba a escuchar. Natalia, a mi lado, me consentía la pierna para distraerme. De pronto sacó su celular y me pidió que moviera el cursor de la pantalla. Al hacerlo, la oí gemir bajito junto a mi oreja. Abrió un poco las piernas y me mostró: se había metido un vibrador con control remoto.
Ahí entendí el grito ahogado de Camila. Andrés deslizó el dedo por su propia pantalla y mi mujer se retorció en la silla. Ella tenía uno igual, y era él quien lo controlaba.
Yo no sabía qué pensar. Por un lado veía a mi esposa estremecerse mientras Andrés se reía; por otro, Natalia me pedía que jugara con ella. Empecé a mover el cursor y un escalofrío me recorrió entero hasta endurecerme por completo. Entonces Natalia tomó de la mano a Camila y se la llevó a la pista. Bailaron solas, hablándose al oído, mientras nosotros activábamos los controles y ellas brincaban y gemían abrazadas. La chica de los ojos claros las miraba intrigada, y eso me excitó muchísimo más.
Antes de volver, Natalia tomó a Camila del rostro y le dio un beso tierno en los labios que la tomó por sorpresa. Andrés activó el control en ese instante y Camila se separó, girándose para llamarlo idiota entre risas.
***
La tarde avanzó entre juegos. Con los controles las hacíamos gemir todo el tiempo, y eso las tenía cada vez más excitadas. Camila se fue relajando hasta que ella misma se tocaba los senos y se acariciaba por encima del vestido, sin la vergüenza de antes. Cuando yo salía a bailar con Natalia, Andrés activaba su vibrador y ella se me colgaba al cuello.
—Si seguimos así, me voy a montar sobre ti en la mesa para que todos vean cómo me penetras —me susurró—. Sácame las tetas aquí en la pista o me las saco yo.
Nos besábamos mientras yo la manoseaba sin importar quién mirara. Desde la pista veía a Andrés chuparle los pechos a Camila y masturbarla con descaro. Al volver, Natalia interceptó a mi mujer y la besó otra vez, ahora con lujuria, y Camila no la rechazó: le devolvió el beso.
Nos sentamos de nuevo. Natalia tomó el celular que Andrés había dejado sobre la mesa y, con dedos diestros, hizo vibrar a Camila en plena pista. Mi mujer se estremeció buscando con la mirada quién la controlaba, y al descubrir que era Natalia se aferró a Andrés y lo besó mientras un orgasmo evidente la sacudía delante de todos. La excitación le hizo olvidar dónde estaba: empezó a frotarle el sexo a Andrés ahí mismo, y él le sacó los pechos para manosearlos en público.
***
Yo no daba crédito. Nunca había visto a Camila tan exhibicionista, disfrutando de que la manosearan ante los chicos que no se perdían detalle. En ese momento sentí la boca de Natalia en mi miembro: me la había sacado y, de lado, me daba la mejor felación de mi vida. Estiré la mano para acariciarle el sexo mientras con la otra movía el cursor del vibrador, haciéndola gemir.
Crucé la mirada con mi esposa, que seguía siendo manoseada y me sonreía con un placer descarado. Como un autómata, tomé el celular y empecé a hacerle vibrar el suyo. La vi tomar a Andrés de la mano y traerlo hacia la mesa, sin guardarse los pechos. Al llegar y ver lo que Natalia me hacía, me clavó una mirada morbosa, se mordió el labio y me dio un beso con lengua como nunca antes.
—Me siento tan caliente y tan puta que también quiero mamársela a Andrés —me dijo al oído—, y después darle un beso a Natalia con tu sabor en la boca.
Era lo más excitante que me había dicho en toda nuestra relación. Se sentó en la mesa y empezó a chupársela a Andrés con un frenesí que no le conocía. No podía dejar de mirarla. Él la detuvo, le susurró algo y ella, mordiéndose los labios, se recostó en la silla y se bajó el vestido para que la penetrara. No llevaba nada debajo. Desde nuestro ángulo lo veíamos todo de frente; los demás solo notaban el vaivén.
Le toqué la cabeza a Natalia para que mirara. Cuando levantó la cara, su gesto lo decía todo.
—Ya se soltó tu mujer —me dijo al oído—. Me encanta verlo. No aguanto las ganas de lamerla toda.
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Estuvimos viéndolos y oyendo gemir a Camila un buen rato. Entonces Natalia se acercó a restregarle los pechos a mi mujer en la cara. Yo, sin pensarlo, le bajé el vestido a Natalia y empecé a lamerla por detrás. La chica de los ojos claros nos observaba con lujuria, pero no le había avisado a nadie. Cruzamos una mirada de complicidad y seguí.
Natalia empezó a lamerle los pechos a Camila. Verla chupárselos y mordérselos era buenísimo. Le bajé la pierna que tenía sobre la silla y se lo metí por detrás, oyéndola gemir a cada embestida. Crucé miradas con Andrés, que me estiró el puño en señal de victoria. Se lo choqué: yo también lo estaba disfrutando.
Sentí la lengua de Camila en mi miembro, y supe que también lamía a Natalia, porque ella dio un respingo y pegó su pelvis a la cara de mi mujer. Fue increíble: yo penetraba a Natalia mientras Camila nos lamía a los dos, hasta que Natalia se prendió de su clítoris y le arrancó un orgasmo que nos salpicó. No dejó de lamer ni una gota.
Tuve que salir para tomar aire. Natalia se sentó literalmente sobre la cara de Camila, que la lamía sin dejar de moverse contra Andrés. Minutos después, Natalia se corrió en su boca. Mi mujer intentó apartarse, pero solo logró que le restregara todo el sexo por la cara.
Cuando pensé que ahí acabaría, Andrés la levantó sin salir de ella y quedaron sentados, él en la silla y ella encima, moviéndose hacia el centro de la mesa para que solo se vieran sus hombros desnudos.
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Natalia me pidió que me sentara junto a ellos y se montó sobre mí en la misma pose. Tomó un celular para hacer vibrar a Camila, que gimió sin parar, y yo le pasé el otro a mi mujer. Sin pensarlo, empezó a estimularnos a Natalia y a mí. La sensación de verla así me llevó al límite. Cuando estaba por terminar, Natalia se bajó a mamármela, y Andrés obligó a Camila a hacer lo mismo. Las dos, una al lado de la otra, nos la chupaban a la vez.
Terminé en la boca de Natalia con un gemido. Andrés llegó en la de Camila, que esta vez no se apartó: lo recibió todo y volteó a mirarme a los ojos para asegurarse de que no me había perdido detalle. Como cereza, le tomó la cara a Natalia y se fundieron en un beso en el que sus lenguas mezclaron lo de cada uno. Verlo me volvió a poner duro.
Respiraba agitado, pensando que me daría algo. Volteé a mirar si alguien nos había visto y ahí estaba ella, la mirona, a un costado de la tarima, observándolo todo. Andrés también lo notó. Camila y Natalia se besaron una última vez, más suave, y empezaron a vestirse como si nada.
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Yo necesitaba ir al baño. Quedamos en que iríamos los hombres primero para darles tiempo a arreglarse. Andrés se quedó un rato más en la mesa, así que entré solo. Empecé a orinar y, al levantar la vista, la chica de los ojos claros estaba en la puerta, mirándome. Se me cortó el chorro: nunca nadie se había quedado mirándome así.
—Lo más rico que he visto en mi vida fue cómo te cogiste a tu mujer en la silla —me dijo.
—No era mi mujer —respondí, cínico.
Abrió los ojos como platos. Entró, me tomó el miembro y me pidió que siguiera orinando, que ella quería sostenerlo. Cuando terminé, lo sacudió un par de veces y se agachó a chupármelo. Jamás lo habría imaginado. Me miraba a la cara hasta que me hizo terminar sobre ella. Se levantó, me dijo que se llamaba Valeria, me pasó su celular para que anotara mi número y se fue sin decir nada más.
Esperé unos minutos, sin creer lo que había pasado, y volví a la mesa todavía en shock. El golpe fue verlas a las dos, Camila y Natalia, mamándosela a Andrés al mismo tiempo, intercalándose sin importarles que yo acabara de llegar. Por primera vez en toda la tarde me sentí incómodo, molesto. Me quedé mirando mientras él terminaba en las caras de ambas y Camila le limpiaba el miembro como si fuera lo más normal del mundo. Luego se fueron al baño con un beso, y yo me senté a tomar un trago e intentar recapitular.
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Mi esposa había usado un vibrador remoto por primera vez, se había dejado desnudar en plena pista y acostarse para que la penetraran ante todos. Me tomé un par de tragos, sintiendo que todo se había salido de control. Pero no podía reclamarle nada: yo lo había permitido. No solo dejé que otro la usara; yo usé a su mujer y dejé que una desconocida me la chupara en el baño. Y me había gustado.
Cuando Natalia volvió, me sacó a bailar. Le conté lo que sentía.
—No sé en qué momento se salió todo de control. Creo que la estoy perdiendo. Siento que cometí un error.
—Bobito, no la perdiste —me dijo al oído, acariciándome la nuca—. Ganaste una hembra en celo que va a hacer que tu vida sexual sea la envidia de cualquier hombre. No seas celoso: cuando volvamos, organizo una velada con otra pareja joven y verás cómo todo cambia.
Me besó con una sensualidad que solo le había sentido a ella. Detrás, Camila se consentía con Andrés.
—Eres una puta tan rica y sensual que no te puedo decir que no —le solté, y nos reímos los dos.
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Al volver a la mesa, Camila ya iba por la tercera margarita y dos vasos de whisky. Estaba muy tomada. Vino a sentarse en mis piernas y me besó eufórica.
—Amor, gracias por dejarme comerme otra verga —me susurró—. Me encantó que me cogieran aquí mismo y ver cómo me mirabas. Acordaste que hoy soy de Andrés hasta mañana al mediodía.
La miré, desconcertado.
—¿Y tú quieres que eso pase?
—Pues claro que quiero que me siga cogiendo y enseñándome a disfrutar —dijo, como si fuera lo más natural—. No te imaginas cuánto me ha gustado sentirme deseada por otros hombres.
Me recorrió un escalofrío. Decidimos que era hora de volver al chalet, pero antes paramos en un local de caldo para bajar la borrachera. A la salida ya era pasada la medianoche. Mientras yo salía del baño del sitio, Natalia me esperaba en la puerta; me metió a la boca una pastilla y, cuando iba a escupirla, me tomó de la barbilla y me besó pasándome el líquido.
—Tranquilo, no te estoy drogando —me dijo al oído—. Me lo vas a agradecer más tarde.
***
Como yo era el más sobrio, me dieron las llaves. Natalia se sentó adelante; Camila y Andrés, atrás. Apenas arrancamos, ellos empezaron a besarse y manosearse. Por el retrovisor veía a Andrés dejarle los pechos al aire y masturbarla. Los vibradores ya estaban descargados después de horas de uso. Natalia se descubrió también y, agachándose, me sacó el miembro y me lo chupó mientras yo manejaba y le acariciaba los senos.
En un semáforo, Camila se quitó el vestido y se montó de frente sobre Andrés, cabalgándolo entre frases que nunca le había oído. Un carro con varios chicos y chicas nos siguió un buen tramo mirando la escena; le gritaban cosas y ella, lejos de cohibirse, se estrujaba los pechos y les sacaba la lengua. Natalia se sumó, tocándose con las piernas sobre el tablero.
Me entró miedo de que nos pararan. Sin la distracción de la boca de Natalia, aceleré y en un cruce los perdí, justo al llegar a la portería del chalet. El portero levantó la talanquera y alcanzó a ver apenas lo que pasaba al cruzar frente a él. Seguí adelante y no me detuve hasta llegar a la casa, sabiendo que la noche apenas empezaba.