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Relatos Ardientes

Dos parejas, un hotel y una noche que lo cambió todo

Lucía y yo llevábamos casi tres años juntas cuando dejamos atrás el pueblo. Lo nuestro había sido siempre un secreto a voces que nadie pronunciaba: para el resto del mundo éramos las inseparables, las mejores amigas, las que se quedaban a dormir una en casa de la otra cada fin de semana. Nos conocimos en un taller de pintura, las dos con dieciséis años y un pincel que temblaba, y en cuestión de días pasamos de compartir paleta a compartir cama sin que ninguna supiera muy bien cómo había ocurrido.

Las dos teníamos la cabeza demasiado clara para nuestra edad. Sabíamos lo que queríamos, y lo que queríamos no estaba en aquel pueblo. Yo dibujaba viñetas para el periódico de la comarca y soñaba con una redacción de verdad. Lucía hacía de modelo en las clases de pintura y se veía en anuncios, en pantallas, en cualquier sitio menos donde estábamos. Aguantamos hasta cumplir los veintiuno, ahorramos lo que pudimos y nos mudamos juntas a Barcelona en cuanto tuvimos lo justo para no morirnos de hambre.

Los primeros meses fueron duros. A mí no me abrían ninguna puerta y a Lucía no le salía ni un casting. A mitad de aquel verano estábamos hundidas, tirándonos la una a la otra hacia abajo como dos pesas atadas por el mismo cordel. Fue entonces cuando decidimos hacer una locura: gastarnos parte de los ahorros en un viaje corto, lejos, donde nadie nos conociera. Lucía eligió el destino sin pensarlo dos veces.

—Tenerife —dijo—. Sol, mar y nadie que nos pregunte nada.

Como ella siempre fue la fiestera de las dos, dejé que organizara el viaje a su gusto. Reservamos un hotel bueno, de esos con desayuno interminable y sábanas que crujen de limpias, y nos plantamos en la isla una mañana de julio con una sola maleta para las dos y unas ganas enormes de olvidarnos de todo.

La habitación no estaba lista hasta media tarde, así que dejamos el equipaje en recepción y bajamos al restaurante a comer. El comedor estaba medio vacío: algún turista resacoso, varias parejas mayores que parecían más interesadas en las catedrales que en la playa, y, en la mesa de al lado, dos chicos de nuestra edad.

—Esos dos son pareja —me susurró Lucía sin mover apenas los labios.

—¿Y a nosotras qué? —contesté yo, todavía más bajo.

Ninguno de los dos tenía nada que los delatara, pero Lucía tenía un radar para esas cosas y casi nunca fallaba. Antes de que pudiera detenerla, ya había girado la silla hacia ellos.

—Perdonad, ¿sois novios?

—¡Lucía! —la reprendí, muerta de vergüenza.

El que estaba más cerca de ella sonrió de medio lado. El otro, el que me quedaba a mí enfrente, soltó una carcajada limpia.

—Claro que sí —dijo este último—. Me ofende que lo dudes.

Yo seguía mirando a Lucía con cara de pocos amigos.

—No me mires así —me dijo ella, divertida—. ¿Y bien? ¿Lo sois o no? Porque nosotras sí somos novias.

Me sorprendió que lo soltara tan tranquila, en voz alta, delante de dos desconocidos. Pero allí no nos conocía nadie, y eso lo cambiaba todo. Por primera vez en años, decirlo no costaba nada.

—Sí, somos novios —respondió el de enfrente—. Yo soy Daniel y este es Hugo.

***

Lucía y Daniel congeniaron al instante. Hablaban sin parar, se reían de las mismas tonterías, se interrumpían el uno al otro. Hugo y yo, más callados los dos, nos limitábamos a intercambiar miradas cómplices cada vez que aquellos dos se pasaban de revoluciones. Eran de Valencia, aunque Daniel había nacido en Cuenca y Hugo en un pueblo de Huesca del que ni recuerdo el nombre. Llevaban un par de días en la isla y habían venido, según ellos, a mezclar fiesta con cultura, en ese orden.

Esa misma tarde, después de una siesta que ninguna de las dos necesitaba pero que aprovechamos igual, nos sacaron a pasear y nos enseñaron los rincones que ya habían descubierto. Por la noche nos llevaron de fiesta. Durante los tres días que pasamos en Tenerife, solo nos separamos de ellos para dormir, y ni siquiera siempre.

Lucía, que nunca fue tímida, terminó de soltarse del todo. No hacía aspavientos, pero tampoco se escondía: me cogía de la mano por la calle, me robaba un beso en mitad de una terraza. Yo la miraba y pensaba que ojalá toda nuestra vida pudiera ser aquel paréntesis luminoso, lejos del armario al que volveríamos en cuanto pisáramos casa.

En el vuelo de vuelta, Lucía coqueteó descaradamente con una de las azafatas, la que le pareció más receptiva. Teníamos una fantasía pendiente desde hacía meses, y ella estaba decidida a cumplirla a diez mil metros de altura. La azafata se resistió al principio, pero Lucía sabía cómo ganarse a la gente, y acabó dejándonos colar en la pequeña despensa del fondo del avión, vacía en aquel trayecto.

Nos encerramos allí, entre carros de bebidas y olor a café recalentado. Lucía me empujó contra la pared estrecha y me besó el cuello mientras su mano se abría paso bajo mi falda. Le devolví el favor de rodillas, con el corazón a mil por el miedo a que alguien abriera la puerta. La azafata vigilaba fuera, y cuando salimos, sofocadas y con la ropa torcida, le ofrecimos unirse la próxima vez. Vi en su cara las ganas, pero negó con la cabeza y volvió a su carro. Al aterrizar, nuestra relación regresó al cajón más hondo del armario.

***

Pasaron un par de semanas hasta que Daniel nos llamó. A él y a Hugo les sobraban días de vacaciones y habían decidido gastarlos en Barcelona. Como yo era la que conocía la ciudad, me tocó hacer de guía. Se alojaron cerca del parque, y repetimos la fórmula que tan bien nos había funcionado en la isla: museos de día, fiesta de noche.

La primera noche acabamos los cuatro en la habitación del hotel, con esa euforia tonta del alcohol y las risas. De madrugada, Lucía se soltó más de la cuenta.

—¿Sabes una cosa? —le dijo a Daniel, arrastrando las palabras—. Nunca he tocado una. Una de verdad, quiero decir. Ni siquiera la he visto de cerca.

—Yo tampoco he visto nunca lo vuestro —contestó él, igual de borracho—. Me da hasta curiosidad.

Hugo y yo, mucho más serenos, observábamos en silencio, compartiendo una de esas miradas que ya empezaban a ser un idioma propio. Lucía se subió la falda y se bajó un poco la ropa interior, dejándose al descubierto con una naturalidad que me dejó sin aire. Daniel hizo lo mismo, soltándose el pantalón.

—¿Puedo? —preguntó ella, la mano a medio camino.

—Adelante —respondió él—. Pero luego me toca a mí.

—Ni lo dudes —dijo Lucía, y se lanzó a descubrir aquel cuerpo nuevo como quien estrena un juguete.

Lo que empezó como una broma curiosa derivó en algo que ninguno de los cuatro había planeado. Daniel respiraba cada vez más fuerte bajo la mano de Lucía. Hugo y yo nos mirábamos sin saber si unirnos o tomárnoslo como una traición, como si nuestras parejas nos estuvieran poniendo los cuernos delante de nuestras narices. Al final fue Hugo quien me rozó la rodilla con la suya, una pregunta muda, y yo no aparté la pierna.

Nos dejamos llevar imitando, torpes, lo que hacían los otros dos. Lucía y Daniel terminaron entregados del todo, ella riéndose entre jadeos, él fingiendo una desinhibición de actor de cine. Hugo y yo fuimos más lentos, más cuidadosos, casi pidiéndonos permiso con cada gesto. Visto desde fuera habría parecido un ensayo desordenado: cuatro cuerpos buscándose en una cama que les quedaba pequeña, cuatro personas cruzando una línea que creían firme.

Al día siguiente, Lucía y Daniel apenas recordaban nada, como si la noche hubiera sido un sueño borroso. Hugo y yo, en cambio, lo recordábamos todo con una claridad incómoda. Por no ser los únicos en cargar con ello, se lo contamos con pelos y señales, y sus caras fueron descomponiéndose detalle a detalle. No me arrepentía, pero confieso que contarlo en voz alta me ardía en la garganta.

***

Acompañamos a los chicos durante el resto de su estancia, aunque el ambiente quedó enrarecido, con una corriente nueva flotando entre los cuatro. Cuando se marcharon, dejamos de hablarles. Hasta que, meses después, cerca de Navidad, Lucía y yo tomamos una decisión que nos llevó a buscarlos otra vez: queríamos ser madres, y los únicos hombres en los que confiábamos para eso eran ellos.

Para entonces vivíamos en un estudio diminuto pero nuestro. Yo había conseguido un puesto de locutora en una tertulia cultural que se emitía de madrugada en una emisora regional; no presentaba, pero el sueldo no estaba mal. A Lucía le salía algún anuncio de cuando en cuando. Con eso íbamos tirando, y echando cuentas nos daba, al menos, para intentar tener un hijo cada una.

Llamamos a Daniel y a Hugo y les planteamos la propuesta sin rodeos: o solo donaban, o se implicaban en una paternidad compartida, lo que ellos prefirieran. Daniel dudó; Hugo, en cambio, se mostró abierto desde el primer minuto. Tras semanas de vueltas, los dos aceptaron ayudarnos. Eran algo mayores que nosotras y tenían su vida más asentada, pero la idea de formar algo raro y nuestro, los cuatro, terminó por seducirlos.

Ninguno lo dijo en voz alta, pero asumimos desde el principio el reparto evidente: Daniel con Lucía, Hugo conmigo. Las dos teníamos tantas ganas que pedí unos días libres para viajar a Valencia justo en nuestros días fértiles. Los chicos nos recibieron en su piso y acordamos que cada una empezaría con su pareja para entrar en calor, y que cambiaríamos cuando ellos estuvieran a punto.

Lucía y yo nos acariciábamos la una a la otra mientras Daniel y Hugo se ocupaban entre ellos, los cuatro mirándonos, midiéndonos, perdiendo poco a poco la vergüenza. Pronto la habitación entera era un solo cuerpo de muchos brazos. Costaba seguir cualquier conversación porque alguno gemía siempre, y en cuanto uno se contenía, se le escapaba el sonido a otro.

Cuando Daniel avisó de que ya no aguantaba, Lucía se colocó debajo de él de un salto, decidida a no perder ni una gota. Yo, a su lado, atraje a Hugo hacia mí y lo guié, segura de lo que quería. Él tardó un poco más, pero al final se entregó, y me quedé tumbada junto a Lucía, las dos con las piernas en alto y una risa nerviosa, convencidas de que aquella postura ridícula nos traería suerte.

Los tres días siguientes fueron un no parar. Algo de aquel viaje funcionó, porque meses después la vida de las cuatro —Lucía, yo y los dos que vendrían— cambió para siempre. Pero esa ya es otra historia, una que empieza donde esta termina: en una cama compartida, lejos de casa, donde por fin dejamos de fingir quiénes éramos.

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Comentarios (4)

Mili_lectora

tremendo!!! me encanto de principio a fin, de los mejores que lei en mucho tiempo

NachoCord

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo eso entre los cuatro jaja

ViajeraK

Me encanto como esta narrado, se siente autentico y te mete adentro de la historia sin esfuerzo. Felicitaciones y seguí así

Caro_BA

jaja me recordo a unas vacaciones con amigas hace años... no llego a tanto pero casi. Muy bueno el relato

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