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Relatos Ardientes

La noche que mi marido me prestó a su mejor amigo

Esteban y yo teníamos un acuerdo desde el segundo año de casados: cada uno era libre de acostarse con quien quisiera, siempre que no metiéramos en el juego a nadie de nuestro círculo. La regla era sencilla y nos había funcionado durante mucho tiempo. Él la llamaba «la única cláusula sagrada» y yo me reía, porque sabía que tarde o temprano alguno de los dos la rompería.

La rompí yo, con Marcos.

No fue por capricho. Marcos Solana era amigo de mi marido desde la universidad, un hombre vanidoso que había hecho dinero con un par de gimnasios y una cadena de tiendas de deporte, y que ahora se metía en el ladrillo de la mano de unos socios alemanes. Yo necesitaba esos nombres, esas cifras, esos contactos para alguien que me pagaba muy bien por conseguirlos. Marcos era el medio. Lo demás vino solo.

—¿Estás segura de esto? —me preguntó Esteban una tarde, mientras yo decidía cómo provocar el primer paso sin que pareciera mío.

—Tengo que sacarle información y no se la voy a pedir tomando café —contesté—. Necesito que crea que la idea es suya.

Esteban sonrió. Conocía esa mirada mejor que nadie.

—Te ayudo a montarlo, entonces. Pero a la cena vas sola.

***

El plan fue una pequeña obra de teatro. Esteban llamó a Marcos con la excusa de organizar el cumpleaños de un amigo común, y mientras hablaban yo aparecí en escena fingiendo que salía de la ducha sin toalla, alzando la voz para que se me oyera al otro lado de la línea.

—¡Esteban! ¿Y la toalla que te pedí? ¡Mira cómo lo estoy poniendo todo!

Mi marido me pasó el teléfono con un gesto resignado, conteniendo la risa.

—Hola, Marcos —dije, bajando la voz a propósito—. Enseguida te lo devuelvo, es que este hombre me ha dejado chorreando.

—No me digas que estás hablando conmigo como Dios te trajo al mundo —respondió, y noté el cambio en su respiración.

—Un poco más crecidita, pero sí. Tápate tú, no vaya a ser que te resfríes.

Se rió, ya sin disimular. Para cuando le devolví el aparato a Esteban, Marcos había propuesto que nos viéramos «para tomar una copa una tarde de estas». Dos días después, un mensaje suyo confirmaba lo que yo había sembrado: «¿Sigue en pie lo de mañana?». Mi marido leyó la pantalla por encima de mi hombro.

—Deberías dedicarte al teatro —murmuró.

—Sé manejar a un hombre, no es lo mismo.

—De eso no tengo ninguna duda.

***

Elegí el atuendo con cuidado: pantalón de cuero negro, cinturón ancho, botines, camisa blanca con un escote profundo que insinuaba el sujetador rosa palo. Preferí ir en mi propio coche y no depender de él. Cosas mías.

El restaurante estaba en la carretera de la sierra, lejos de la ciudad: discreto, bien comunicado, con varios salones en penumbra y, según me había advertido Esteban con una sonrisa, habitaciones en la planta de arriba. Marcos me esperaba en la barra. Unos besos, una mano en la cadera, una copa de vino para empezar la velada y sus ojos recorriendo despacio lo que yo le ofrecía.

Hablamos de naderías mientras él medía el terreno. Tuvo el buen gusto de no mencionar a su mujer hasta más tarde, y se concentró en lo que de verdad le interesaba: presumir. Los gimnasios, las tiendas, la importación de productos vigorizantes y, por fin, su aterrizaje en la construcción. Ahí mostré una curiosidad genuina.

—¿Cómo se atreve un hombre ajeno a ese mundo a invertir en algo tan complicado? —pregunté, apoyando la barbilla en la mano—. Hay que ser muy valiente.

No necesité más. Empezó a contarme el principio, casi accidental, los primeros proyectos, los socios que lo fueron metiendo, los contactos. Yo anotaba en mi cabeza cada nombre, cada cifra, cada fecha, mientras dejaba la mano sobre la mesa convertida en un señuelo. No tardó en recogerla. Se sentía el cazador de una pieza que en realidad lo estaba cazando a él.

***

Nos trasladamos a uno de los salones, casi vacío, con apenas dos parejas buscando el mismo anonimato que nosotros. Marcos escogió una mesa al fondo. Antes de que llegara el camarero, redujo la luz de la lámpara al mínimo, me rodeó con el brazo y me besó sin encontrar resistencia. El tiempo perdió su sentido entre besos y caricias delicadas. Cuando volví de aquel dulce sueño, lo encontré mirándome a los ojos.

—¿Eres una mujer valiente? —preguntó.

—Ni te imaginas cuánto.

—Vamos a verlo. Quítate el sujetador.

—No seas antiguo —reí—. Te aseguro que se sostienen solas.

—Lo sé, las he imaginado moverse libres. Quiero verlas de cerca, si de verdad eres tan valiente como dices.

La penumbra me protegía. Desabroché la camisa hasta el límite del cinturón, haciéndole sufrir cada botón, saqué los brazos de las mangas y, con una calma exagerada, me solté el sujetador. Lo doblé despacio y lo dejé sobre la mesa, una pequeña colina de encaje rosado. Después volví a ponerme la camisa, sin abrocharla.

—Eres valiente, no hay duda.

Hizo intención de coger la prenda y chasqué la lengua.

—Ahí se queda. A no ser que te asuste.

El escote, abierto hasta el estómago, apenas mantenía cerradas las solapas. Cualquier movimiento descuidado me dejaría desnuda, y eso, precisamente eso, era lo que me ponía. Marcos separó los dos lados de la camisa y se apoderó de mis pechos con una delicadeza que no esperaba, palpando la forma, el volumen, como si memorizara cada centímetro. Le eché los brazos al cuello y puse todos mis sentidos en captar lo que me atravesaba.

—Vamos arriba —susurró.

—Espera. No hay prisa. Te he contado mi vida y no sé nada de ti, salvo que arriesgas en los negocios.

Levantó la mano y pidió otra ronda. Tenía toda la noche por delante y lo sabía.

***

La habitación era sobria y bien amueblada. Marcos sabía lo que quería; yo también. Resultó ser un buen ejemplar, cuidado, depilado hasta el último rincón, consciente de cada músculo. Le gustaba sentirse admirado y no tuve que fingir la admiración: usé las manos para recorrer el paisaje con calma, y él se dejó hacer, envanecido de tener a la mujer deseada rendida a sus pies.

Le di la vuelta y le besé la espalda, los glúteos firmes, hundí la lengua donde él mismo me ayudó a encontrar el camino. Estuve a punto de hacerle perder la cabeza solo con eso, con la verga en mi puño y él sujetándose a dos manos contra la colcha, pero me detuvo a tiempo. Entonces fue su turno. Me devolvió la jugada sin reparos, sin prisa, con una lengua precisa y meticulosa que me elevó hasta un lugar que no esperaba alcanzar tan pronto. Me había equivocado con él: creí que buscaría una satisfacción inmediata y me encontré con un amante a la altura de los mejores.

Rodamos por la cama. Lo deseaba dentro y no lo oculté. Entró despacio, luego con fuerza, y caí en un orgasmo profundo casi sin darme cuenta, mientras él redoblaba el empeño en dejarme agotada. Pocos hombres lo han conseguido en un primer asalto. Él, sí.

***

Pedimos algo de comer y nos quedamos tendidos, bebiendo, mientras yo volvía con disimulo al único tema que me importaba.

—No me has terminado de contar qué haces con tus socios alemanes —dije, jugando con el borde de la copa.

—Son gente seria, muy meticulosa, pero difíciles de entender. Mi inglés no da para tanto matiz.

—¿Sabes que soy medio alemana?

Le solté una parrafada con un acento bávaro impecable y se le iluminaron los ojos.

—Pareces una auténtica teutona. No me vendría mal tu ayuda.

—A veces hago de intérprete para un conocido que cierra contratos con empresas de allí. Incluso le he ayudado a sellar algún acuerdo.

—¿Y eso de ayudarle a cerrar contratos?

—Suena fatal dicho así, ¿verdad? —sonreí—. Lo acompaño a alguna cena de negocios y traduzco.

—¿Nada más? Con este cuerpo y lo que he visto esta noche…

—¿Estás llamándome puta?

—Una hetaira —corrigió, muy ufano—. Mi cuñada estudió Historia y nos lo contó una vez. Las hetairas de la antigua Grecia eran mujeres libres, cultas, educadas. Las únicas admitidas en las reuniones de hombres, y sus opiniones se respetaban. No simples prostitutas: mujeres que decidían con quién se acostaban y a cambio de qué.

—Para haberlo escuchado una vez, se te ha quedado grabado.

—Es que tú das el perfil. Culta, libre, hermosa, con una conversación que compite con la de cualquier hombre. Y desplegando tus habilidades conmigo. Eres una hetaira, sin ninguna duda.

—Te equivocas en una cosa —dije, midiendo cada palabra—. Tú no pagas.

No supe si lo entendió como una insolencia o como una provocación, pero ya estaba dicho. Marcos sonrió con malicia, se levantó, buscó en la chaqueta y volvió con un puñado de billetes. Los esparció por mi cuerpo con un cuidado obsceno: los pechos, el vientre, el pubis, los muslos. Observó su obra.

—¿Suficiente? —preguntó.

No conté cuánto había. No importaba. Lo que ardía era el tacto del dinero sobre la piel, la idea de haber sido comprada. Todo lo demás —el cinismo, la lección que pretendía darle— sobraba de pronto.

—Me da igual cuánto sea —murmuré.

—Lo suponía. Eres de las que se excitan sintiéndose compradas. —Hizo una pausa—. Cuéntalo. Alcanza para hacerte el culo.

«Una de esas». Hay frases que aturden más que una bofetada. En un abrir y cerrar de ojos había pasado de ser la mujer del amigo a ser una de esas a las que se paga por algo concreto. Y me ahogaba de puro placer.

***

Recogí los billetes despacio, dejando que él mirara, y me coloqué a cuatro patas sobre la colcha. Marcos no se abalanzó. A pesar de sus modales de macho, me seguía tratando como a una adúltera con poco rodaje, y entró con el cuidado de quien cree que abre una vía inexplorada. No lo saqué de su error.

Lo disfruté justamente por eso: por la lentitud, por la contención de un hombre potente que se frenaba para no hacer daño a una hembra que suponía virgen. Pocas veces he sentido a alguien así, conteniendo toda su fuerza para no romper nada. El tránsito fue largo, intenso, y me dejó temblando de un placer que no tuve que fingir.

Después, tendidos boca arriba en la penumbra, él encendió un cigarrillo y me lo pasó.

—¿Lo sabe Esteban? —preguntó—. Lo de tu amigo, el que cierra contratos.

—Esteban sabe lo que considero que tiene que saber.

—¿Y lo nuestro?

—De lo nuestro, ni palabra. Tenemos un acuerdo: somos libres mientras no metamos en medio a gente de nuestro entorno. Contigo la he roto, y todavía no sé por qué. Espero que lo respetes.

—Tienes mi palabra —dijo, y me abrazó.

Sentí que volvía a estar listo, y casi me dio risa. Lo dejé hacer un rato más, sin prisa, porque ya tenía todo lo que había ido a buscar. Mientras él me besaba el cuello creyéndose el dueño de la noche, yo repasaba en mi cabeza la lista: el nombre del grupo alemán, las cifras de la operación, los socios, los plazos. Marcos pensaba que me había comprado por un puñado de billetes.

La verdad es que el negocio lo había hecho yo.

***

Conduje de vuelta de madrugada, con las ventanillas bajas y el olor de él todavía en la piel. Esteban me esperaba despierto, fingiendo leer.

—¿Y bien? —preguntó sin levantar la vista.

—Tengo lo que necesitaba. Y algo más.

—Eso último ya lo veo en tu cara. —Sonrió y dejó el libro—. ¿Mereció la pena?

Me senté en el borde de la cama, todavía vestida, y pensé en la respuesta. En el sujetador sobre la mesa, en los billetes sobre mi vientre, en la palabra «hetaira» dicha como un insulto y recibida como un halago.

—Cada minuto —dije—. Pero no se lo cuentes a nadie. Esa es la cláusula sagrada, ¿no?

Esteban apagó la lámpara. En la oscuridad, su mano encontró la mía y no la retiró.

—La única —contestó.

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Comentarios (4)

Claudio_B

tremendo relato!!! me engancho desde el titulo

SilviaMar22

Por favor seguila, quede con ganas de mas. muy buena!

CuriosaMar

el resumen me dejo con mil preguntas jeje, espero que haya segunda parte!

MarisolFM

me gusto mucho como esta narrado, se siente real sin ser exagerado. sigue así!

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