Lo que pasó al volver del concierto con otra pareja
Todo empezó hace unos meses, cuando salimos mi mujer y yo con otra pareja a ver a un grupo que nos gustaba a los cuatro. Antes del concierto cenamos en un italiano del centro y, entre el vino de la cena y las cervezas que vinieron después, ya íbamos los cuatro bastante sueltos. Marina y Gonzalo eran amigos de hacía poco, esa clase de amistad reciente que todavía tiene la chispa de lo nuevo.
El concierto fue un horno. Mucha gente, mucho calor, y nosotros empujándonos entre la multitud con un vaso de plástico en la mano que se rellenaba solo. Cuando terminó y la sala empezó a vaciarse, ninguno tenía ganas de que la noche acabara ahí.
—¿Y si seguimos en casa con una copa tranquila? —propuso Marina.
Nadie dijo que no.
***
En el salón de casa abrimos otra botella y nos repartimos en los sofás. Empezamos hablando de cualquier cosa, pero el alcohol fue bajando las defensas y, casi sin querer, acabamos en uno de esos juegos de preguntas que solo aparecen cuando ya nadie está sobrio.
—A ver, una de verdad —dijo Gonzalo, señalándome con el vaso—. ¿Con cuántas te has liado antes de casarte?
Yo me reía y seguía bebiendo. Cada ronda subía un escalón: las preguntas pasaron de lo gracioso a lo íntimo, de lo íntimo a lo provocador. Mi mujer, sentada a mi lado, me apretaba la rodilla cada vez que me servía otra copa.
—Para ya, que mañana no te levanta nadie —me susurró.
No le hice caso. Estaba en ese punto en el que todo parece buena idea.
—Última pregunta —dijo Marina, mirándome fijo—. ¿Te liarías con alguien de tu mismo sexo solo por demostrar que te da igual?
Lo decía como un farol, segura de que iba a rajarme. Y a mí, con el orgullo encendido por el vino, se me ocurrió la peor o la mejor de las respuestas. Me incliné sobre la mesa, agarré a Gonzalo de la nuca y le di un beso con lengua que duró más de lo que cualquiera esperaba.
Cuando me separé, los cuatro nos quedamos en silencio un segundo. Luego nos echamos a reír.
—Eso no vale, vosotras no os atrevéis —dije, tirando la cuerda un poco más.
Marina y mi mujer se miraron. Y para no ser menos, se besaron. Pero el suyo no fue un beso de farol. Fue largo, lento, con las manos buscándose. En un momento vi cómo la mano de Marina rozaba el muslo de mi mujer, subía despacio y se demoraba justo donde no debía demorarse entre dos personas que acababan de conocerse. Le metió la mano por debajo del vestido y mi mujer separó las piernas sin darse cuenta, dejándola llegar. Marina le apartó las bragas con dos dedos y empezó a tocarle el coño delante de mí, sin dejar de mirarme mientras lo hacía. Vi cómo los dedos entraban y salían brillantes, cómo mi mujer se mordía el labio para no gemir, cómo el vestido se le subía en la cintura hasta enseñar todo el pubis afeitado y ese coño rosado que abría los labios contra la mano ajena.
Esto se está yendo de las manos, pensé. Y la idea, lejos de frenarme, me puso. Se me puso tan dura que la tela del pantalón se marcaba de forma obscena.
***
El beso de ellas se alargaba y yo seguía bebiendo, incapaz de apartar los ojos. Hasta que mi mujer notó otra vez el vaso en mi mano y volvió a la carga.
—En serio, basta ya. Mañana lo vas a pagar.
Algo en mí, demasiado borracho y demasiado terco, se torció. Me levanté de golpe, dije una tontería en voz alta y me fui al dormitorio dando un portazo. Me tiré en la cama vestido y, con la habitación dando vueltas, me quedé dormido casi al instante.
No sé cuánto dormí. Miré el reloj de la mesilla cuando me desperté: apenas quince minutos. Lo que me sacó del sueño fueron unos ruidos que venían del salón. Murmullos, un crujido del sofá, una respiración que no era de conversación. Un gemido ahogado, húmedo, y detrás el chasquido inconfundible de una polla entrando y saliendo de un coño mojado.
Me levanté con la boca seca y caminé por el pasillo a oscuras. La puerta del salón estaba entornada. Lo que vi me dejó clavado en el sitio.
Habían apartado la mesa del centro. Marina estaba tumbada sobre los cojines con las caderas levantadas, las piernas abiertas de par en par y el coño empapado a la vista, brillando bajo la luz de la lámpara. Mi mujer, arrodillada delante de ella, le sujetaba las piernas contra el pecho mientras se la comía sin ningún pudor. Le veía la lengua entrando entera, chupándole los labios, subiendo hasta el clítoris hinchado y bajando otra vez al agujero, y a Marina retorciéndose y agarrándole el pelo para pegarle más la cara. Y detrás de mi mujer, agarrándola de la cintura, estaba Gonzalo, embistiéndola despacio, con la polla entera hundida hasta las pelotas, sacándola brillante y volviendo a metérsela hasta el fondo.
La cabeza me iba a mil. La única que me vio fue Marina. No se asustó. Me sostuvo la mirada y sonrió, como quien lleva rato esperando que aparezcas.
Di un paso adelante para ver mejor. Gonzalo le separaba las nalgas a mi mujer y la penetraba por detrás, con una lentitud que la hacía arquearse. Le vi la polla entera, gruesa, encharcada de los flujos de ella, entrando y saliendo con un ritmo grueso que hacía chapotear la carne. En ese momento él levantó la cabeza, me encontró en la puerta y se quedó quieto un instante.
—Lo siento —dijo, casi sin voz.
Pero no paró. Le dio otra embestida a mi mujer, más lenta, y ella soltó un gemido largo con la boca todavía pegada al coño de Marina. Y yo, para mi sorpresa, tampoco quise que parara.
Avancé hasta donde mi mujer seguía con la boca pegada al sexo de Marina. Levantó los ojos hacia mí y, sin dejar lo que hacía, me habló entre jadeos.
—Te enfadaste por una tontería —dijo—. Y te ibas a perder esto.
Volvió a bajar la cabeza y le clavó la lengua a Marina hasta hacerla gritar. No había reproche en su voz, solo una especie de desafío tranquilo. Como si me estuviera dando la oportunidad de elegir.
***
Elegí quedarme. Decidí que aquello también me pertenecía.
Me bajé los pantalones y los calzoncillos de un tirón sin dejar de mirar a Marina, que seguía sonriéndome desde el sofá. La polla me saltó fuera dura como una piedra, chorreando líquido de la punta. Me acerqué a su cara y se la ofrecí. Ella abrió la boca y me la tragó entera de golpe, hasta la base, con un gusto que no fingía. La sentí llegarle al fondo de la garganta, y aun así siguió empujando la cara hasta que la nariz le tocó mi pubis. Empezó mamándomela despacio, lamiéndome primero los huevos uno a uno, subiendo por la vena de abajo con la lengua plana, y después sin freno, tragándomela hasta atragantarse, con los ojos llorosos y la saliva chorreándole por la barbilla hasta las tetas. Yo la sujetaba del pelo y le follaba la boca a mi ritmo, sacándomela cada tanto para restregársela por los labios y las mejillas, mientras notaba cómo cada minuto que había pasado enfadado en la cama se volvía estúpido.
—Qué bien la mamas, joder —le dije con la voz ronca—. Trágamela toda.
Ella respondió apretando los labios más fuerte y chupando con más ganas, ahuecando los mofletes cada vez que yo se la sacaba.
Cuando estuve a punto de terminar, me aparté. No quería que aquello acabara tan pronto. Rodeé el sofá hasta ponerme al lado de Gonzalo y me deslicé por debajo de mi mujer, tumbándome bocarriba entre sus piernas y las de él. La tenía encima, con el coño abierto justo sobre mi cara, chorreando y colorado de tanto uso.
—Los dos a la vez —le dije a él, mirándolo a los ojos.
Él entendió enseguida. Sacó la polla del coño de mi mujer con un ruido húmedo y me guió primero a mí, sujetándome la verga con la mano y ayudándome a metérsela hasta que la sentí ceder y tragarme entero. Estaba tan mojada que entré de golpe, sin resistencia. Luego se acomodó él encima, apoyó la punta contra el mismo agujero, ya lleno, y empezó a empujar despacio. Gonzalo tenía un tamaño considerable, y mi mujer protestó al principio, mordiéndose el labio y clavándome las uñas en el pecho, hasta que su cuerpo cedió y los dos entramos rozándonos por dentro. Sentí la polla de él contra la mía, apretándose ambas dentro del mismo coño, separadas solo por una membrana fina de carne. Empezamos a movernos con un ritmo torpe que poco a poco encontró su cadencia: cuando él salía yo entraba, cuando yo salía él entraba, y cada tanto los dos empujábamos a la vez y mi mujer gritaba con la boca abierta contra el hombro de Marina. Ella enterró la cara en el cuello de Marina y dejó de protestar. Empezó a moverse sola, hacia atrás, buscándonos, empalándose en las dos pollas de una vez.
—Follármela —jadeaba—. Los dos a la vez, así, no paréis.
Marina, mientras tanto, se había levantado. La vi coger el móvil de la mesa y empezar a grabarnos, dando vueltas alrededor del sofá, buscando el ángulo. Enfocaba el coño de mi mujer partido por las dos vergas, luego mi cara, luego la de Gonzalo tenso por el placer. Saber que aquello quedaba registrado, lejos de cortarme, me encendió todavía más. Empecé a embestir con más fuerza desde abajo, escuchando cómo mis huevos golpeaban contra los suyos, sintiendo su polla frotarse contra la mía dentro de ella cada vez que se movíamos a contratiempo.
***
Gonzalo terminó primero. Aceleró de repente, gimió ronco y se hundió hasta el fondo, y yo sentí perfectamente cómo la polla le latía dentro descargando cada chorro contra el mío. Cuando se retiró, salió una mezcla espesa que goteó sobre mi verga y sobre mis huevos. Casi por inercia, se acercó a Marina ofreciéndosela, todavía embadurnada de leche y de coño. Ella puso cara de asco y lo apartó con la mano.
—Ni de broma —dijo riéndose—. La suya no.
En cambio, lo empujó a un lado y ocupó su lugar detrás de mí. Levantó a mi mujer con delicadeza, me sacó de dentro con suavidad y me encontró la polla resbaladiza, cubierta del semen de Gonzalo y de los flujos de ella. Se agachó sin dudarlo y volvió a metérsela en la boca así, sucia, lamiéndola entera para limpiármela con la lengua. Alternaba: un rato comiéndome a mí a fondo, chupándome los huevos y tragándome hasta la garganta; un rato pasando la lengua por el cuerpo de mi mujer, chupándole los pezones y bajando al coño para sacarle a lametones lo que Gonzalo le había dejado dentro; volviendo siempre conmigo con la boca llena del sabor de ambos. En uno de esos vaivenes acercó la boca a mi oído.
—Córrete en mi boca —me pidió en voz baja—. Por favor. Quiero probarte entero.
No tardé mucho. Empezó a mamármela sin parar, con las dos manos apretándome los huevos, la lengua girando alrededor del glande cada vez que salía, y yo notaba que se me subía todo desde el fondo de la columna. Cuando sentí que llegaba la agarré del brazo, ella se acercó y me lo tomó todo sin perder una gota, con la boca abierta y la lengua fuera. Le disparé el primer chorro contra el paladar, el segundo en la lengua, el tercero le colgó de los labios. Pero no se lo tragó de inmediato. Se incorporó con la boca todavía llena, buscó la boca de mi mujer y le pasó parte con un beso lento, dejando que se me escurriera un hilo entre las dos. Luego vino a la mía e hizo lo mismo, y sentí en mi propia lengua el gusto salado y espeso de mi semen mezclado con su saliva, y solo entonces se tragó lo que quedaba, mirándome con una sonrisa que no olvidaría fácil.
Gonzalo se había levantado del sofá. Se acercó a mi mujer y ella, todavía agitada, se arrodilló delante y le hizo a él algo que a mí casi nunca me concedía: se la tragó entera, con las dos manos en su culo, empujándose la cara contra su pubis hasta hacer arcadas, mamándosela despacio primero y luego a un ritmo brutal que le hacía chasquear la mandíbula. Lo miré sin celos, solo con una curiosidad nueva, como si descubriera a la persona con la que llevaba años durmiendo. La vi tragar como si tuviera hambre atrasada, y a él sujetarla del pelo con las dos manos y follarle la boca sin cuidado alguno.
Antes de apartarse, Marina se inclinó otra vez hacia mi oído.
—Lo mío contigo siempre será así —me susurró—. Cuando tú quieras, donde tú quieras. Me da igual dónde, me da igual la hora. Solo tienes que pedirlo.
***
Lo que dijo Marina no quedó en una frase de borrachera. Lo comprobé la semana siguiente, en el cumpleaños de su hija, rodeados de globos y de gente. En un momento en que todos andaban a su aire, me cogió de la mano, me llevó al baño y cerró el pendiente con el pestillo. No hicieron falta palabras. Se levantó la falda, se bajó las bragas hasta los tobillos y se apoyó en el lavabo mirándome por el espejo. Yo me la saqué, la agarré por las caderas y se la metí de un empujón, y me la follé por detrás con una mano en su boca para que no se oyera nada, viéndole la cara descompuesta en el reflejo mientras se corría en silencio apretándome la polla por dentro. Me corrí yo también, dentro, y ella se limpió con papel sin dejar de sonreír. Salí de allí diez minutos después con el corazón a mil y ella retocándose el pintalabios en el espejo como si nada hubiera pasado.
Pero esa noche, la primera, aún no había terminado. Después de que Marina volviera a su sitio, mi mujer se incorporó, me miró desde arriba y, sin pedir permiso, se sentó sobre mi cara. Sentí el peso de su coño empapado aplastándome la boca, el olor fuerte a sexo y a semen ajeno, y saqué la lengua sin dudarlo.
—Ahora tú —me ordenó—. Cómemelo todo. Sácamelo con la lengua.
La obedecí encantado. Le clavé la lengua hasta el fondo y empecé a chupar, notando el sabor espeso del semen de Gonzalo bajándome por la garganta, mezclado con sus propios flujos. Le lamí los labios uno por uno, subí al clítoris hinchado y lo chupé con los labios, bajé al agujero y le metí la lengua todo lo que pude, y ella se restregaba contra mi cara sin ningún cuidado, cabalgándome la boca. Gonzalo se acercó y empezó a recorrer su cuerpo con la lengua mientras buscaba la mía, chupándole los pezones al mismo tiempo que yo le comía el coño, y en algún momento nuestras lenguas se juntaron sobre el clítoris de ella y se lo lamimos entre los dos. Marina se había quedado a un lado, mirándolo todo con el móvil ya guardado, tocándose despacio, disfrutando del papel de testigo.
Cuando mi mujer terminó, con un temblor que sentí en las piernas y un chorro caliente que me llenó la boca, se dejó caer a mi lado, agotada. Tardó un momento en recuperar el aliento. Después miró a los otros dos con una sonrisa cansada.
—Creo que por hoy es suficiente —dijo.
Marina y Gonzalo recogieron sus cosas entre risas bajas, nos dieron un beso a cada uno en la puerta y se marcharon como si nos despidiéramos de una cena cualquiera. Mi mujer y yo nos quedamos solos en el salón a medio recoger, con los cojines por el suelo y la botella vacía sobre la mesa.
Nos fuimos a la cama sin decir gran cosa. Antes de apagar la luz, ella se giró hacia mí.
—La próxima vez no te vayas enfadado —dijo.
Y los dos sabíamos que habría una próxima vez.





