La noche que inicié a mi hermana en el club
Lo dejé en el momento justo, cuando Rodrigo ya creía que esa tarde iba a terminar conmigo. Yo estaba caliente, mojada, a un paso de dejarme llevar por él y por todo lo que tenía pensado para mí. Pero entonces sonó el teléfono y era mi hermana. Si no llega a llamar, las cosas habrían sido muy distintas. Os podéis imaginar dónde tenía la cabeza mientras conducía hacia su casa, todavía con el cuerpo encendido y la respiración corta.
Tardé veinte minutos en cruzar la ciudad y, en cada semáforo, me sorprendía a mí misma apretando los muslos. No es que me hubiera quedado a medias, es que llevaba toda la semana imaginando cómo iba a ser aquella conversación con Marta. Porque por su voz al teléfono, entrecortada y baja, ya sabía que no me llamaba por una tontería. Mi hermana solo se ponía así cuando algo le quemaba por dentro y no se atrevía a decirlo en voz alta.
Marta me esperaba un poco nerviosa. Diego, su marido, se había quedado en el comedor con la televisión puesta, y ella me llevó directa a la habitación y cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama y me miró con esa cara que ponía de pequeña cuando iba a confesarme algo importante.
—Quiero que seas sincera, como siempre lo has sido conmigo —dijo.
—Lo soy. Dime.
—Lucía, nuestra prima, le ha comido la cabeza a Hugo diciéndole que te ha visto a ti y a tu marido en un club de intercambios. Varias veces, dice.
Me quedé callada un segundo. No por vergüenza, sino por curiosidad.
—¿Y por qué quieres saberlo? —le pregunté.
Bajó la voz, como si Diego pudiera oírla a través de la pared.
—Llevo casi un mes que, cuando estamos en la cama, tu cuñado solo hace que repetirme lo mismo. «Imagínate, Marta, follando con otro. ¿No te gustaría probarlo?» Cada día con la misma historia. Y lo peor es que termina poniéndome muy caliente. Luego vuelve a la carga: «Me gustaría verte. Quiero verte chupar otra polla que no sea la mía.»
—¿Y a ti? —insistí—. Olvídate de él un momento. ¿Tú lo deseas?
Se mordió el labio.
—A veces sí. Llegamos vírgenes al matrimonio, ya lo sabes. Y ahora me propone esto solo porque alguien os ha visto a vosotros en esos sitios.
***
Me senté a su lado y decidí dejarme de rodeos. Si quería que su hermana mayor le dijera la verdad, se la iba a decir entera.
—A ver, Marta, ¿vosotros hacéis el amor sin tabúes?
—¿Qué quieres decir?
—Que si lo hacéis por todos lados.
Se puso colorada y se rió.
—Sí, casi todo. Por detrás menos veces.
—¿Y nunca has pensado en tener otra polla por delante al mismo tiempo que la suya?
Se hizo un silencio largo. Ella me miró fijo.
—¿Tú lo has hecho?
—Sí.
—¿Y no te hacen daño?
—En absoluto. —Le tomé la mano—. No sabes lo que es sentirte valorada como mujer. Poder satisfacer tus propios deseos y, a la vez, complacer a quien tú elijas. Cuando ya no pueden aguantar más y te llenan, y después se quedan los dos a tu lado, acariciándote despacio… eso no se explica. Se prueba. Y lo mejor de todo es que no pierdes nada: Alejandro y yo volvemos a casa más unidos que nunca, contándonos al oído todo lo que hemos sentido esa noche.
La tenía. Lo vi en cómo se le abrieron las pupilas.
—Llévanos a un club de esos —soltó de golpe—. Un día. Diego y yo.
—Tiene que ser un viernes por la noche. O mejor un sábado.
***
El sábado siguiente llegamos al club los cuatro. Mi marido, Alejandro, conducía y no paraba de bromear para aflojar la tensión, pero Diego iba en el asiento de atrás callado, con la mano de Marta apretada entre las suyas. Mi hermana se había arreglado más de lo habitual: un vestido negro corto, los labios pintados, el pelo suelto. Cuando nos cruzamos la mirada por el retrovisor, le guiñé un ojo y ella respiró hondo, como quien se prepara para saltar.
El local estaba en una nave discreta, sin carteles, al final de un polígono. Por fuera no era nada; por dentro, una sucesión de salas en penumbra, luces rojas, sofás de cuero y una música grave que se sentía más que se oía. En la entrada nos recibió la relaciones públicas, una mujer de melena oscura que ya nos conocía.
—¿Les harías el favor de enseñarles las instalaciones? —le pedí señalando a mi hermana y a mi cuñado—. Son nuevos. Nosotros os esperamos aquí.
Alejandro y yo nos sentamos, pedimos algo de beber y, a los pocos minutos, se acercó a saludarnos una pareja con la que ya habíamos coincidido varias veces. Él se llamaba Bruno; ella, Irene. Gente tranquila, sin prisas, de los que saben leer una mirada.
—Venimos con mi hermana y mi cuñado —les expliqué—. Es su primera vez. Creo que vosotros seríais un buen comienzo para ellos, si la cosa fluye.
Bruno sonrió.
—Déjamelo a mí.
Le propuse que llevara a Marta a la pista del cuarto oscuro a bailar y que, a partir de ahí, usara sus medios para conducirla con calma hacia los reservados. Y así fue. Diego, en cambio, se quedó pegado a nosotros, mirando hacia la puerta por la que su mujer había desaparecido.
—Sandra, tu hermana no vuelve —me dijo, entre nervioso y excitado.
—No te preocupes. Ve con Irene y seguro que los encontráis.
***
Mientras Diego se alejaba con Irene, se nos acercó otra pareja. Nos pusimos de acuerdo sin necesidad de muchas palabras: una mirada, una sonrisa, un gesto hacia los reservados. Dejamos la ropa en la taquilla, cogimos unas toallas y nos adentramos en la penumbra cálida del fondo, donde la música llegaba amortiguada y el aire olía a piel y a deseo.
La pareja con la que nos habíamos puesto de acuerdo, Bruno e Irene quedaron atrás; nosotros nos perdimos por nuestro lado, entre cuerpos que se buscaban en la oscuridad. Alejandro me sujetaba de la nuca y yo me dejaba guiar, atenta a cada sonido, esperando reconocer la voz de mi hermana entre los gemidos del fondo.
Y entonces la vi.
Mi hermana estaba de rodillas sobre un diván bajo, chupando una polla con una entrega que no le había visto nunca, mientras otro hombre la penetraba por detrás, sujetándola de las caderas. Tenía el pelo revuelto y los ojos entrecerrados. Estaba lejísimos de la mujer nerviosa que se había sentado en el borde de su cama hacía una semana.
A Diego, que entró justo detrás de mí, se le encendieron los ojos. Verla así, suya y de nadie, lo desarmó por completo. Se desnudó sin que nadie se lo pidiera y, con la polla en la mano, vino directo hacia mí y me la ofreció. No lo pensé. Me arrodillé y empecé a chupársela despacio, saboreando la situación tanto como a él.
En ese momento, el hombre que estaba follando a mi hermana se retiró satisfecho. Vi mi oportunidad y le hice una seña a Alejandro.
—Ve. Ocupa su lugar.
Mi marido se colocó detrás de Marta y se la metió de una sola embestida. Creo que, con lo mojada que estaba, ni siquiera notó que había cambiado de hombre. Seguía entretenidísima mamando otra polla bien grande, con la cabeza perdida en su propio placer. Yo seguía con la boca llena de la de Diego, observándolo todo, sintiéndome el centro de una escena que había orquestado yo misma.
Cuando el desconocido se corrió en su boca, Marta se giró, todavía con los labios brillantes, y descubrió que era Alejandro quien la estaba follando. Por un instante se quedó congelada. Después le dio un cachete suave en el muslo, casi un reproche, y lo corrigió enseguida con un beso largo, compartiéndole en la boca los restos de lo que acababa de tragar.
Diego, a mi lado, gimió y terminó. Lo dejé reposar un momento y me incorporé para abrazar a mi hermana, que temblaba, pero no de miedo.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído.
—Mejor que bien —contestó, riéndose contra mi hombro—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
***
Hasta ahí llegó la iniciación de Marta y Diego. Lo que vino después, ya fue cosa de ellos. Y la verdad es que siguieron mucho tiempo siendo una pareja abierta, sin culpas y sin secretos entre ellos. De vez en cuando nos llamaban, o los llamábamos nosotros, y nos reuníamos los cuatro un sábado por la noche, igual que aquella primera vez.
De vuelta a casa, esa misma madrugada, Alejandro y yo nos contamos todo en la cama, como hacíamos siempre. Le confesé que ver a mi hermana entregada me había encendido tanto como cualquier cosa que me hubieran hecho a mí esa noche. Él se rió y me dijo que ya lo había notado.
A veces, cuando me acuerdo de la cara de mi hermana sentada en el borde de su cama, preguntándome si aquello dolía, me río sola. No tenía ni idea de lo que estaba a punto de descubrir. Y yo tampoco imaginaba cuánto iba a disfrutar siendo la que le abriera la puerta a un mundo del que ninguna de las dos quiso volver a salir.