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Relatos Ardientes

La noche que el búnker entero terminó en una orgía

Ilustración del relato erótico: La noche que el búnker entero terminó en una orgía

El disparo no me sorprendió.

Llevábamos dos días esperando ese sonido. Era inevitable. Había visto a la viuda del Mariscal pasear en bata por los pasillos, mirando a los soldados jóvenes con una mezcla de ternura y lástima. Ella sabía que no habría un mañana. Todos lo sabíamos, aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta.

Cuando el eco del disparo se apagó contra los muros de hormigón, sentí que algo dentro de mí se soltaba. No fue tristeza. No fue miedo. Fue alivio. Como si una cuerda demasiado tensa por fin se hubiera roto.

Estaba en la pequeña cocina del búnker cuando ocurrió. Una de las enfermeras, una muchacha llamada Lara que no tendría más de veintiún años, dejó caer una taza que se hizo añicos contra el suelo. Nos miramos. Ninguna dijo una palabra. No hacía falta.

El coronel Renze bajó unos minutos después. Su rostro era una máscara de solemnidad forzada.

—Todo ha terminado —anunció, con la voz temblando pese al esfuerzo por mantener la compostura—. El cuerpo será incinerado en el patio, tal como él ordenó.

No lloré. Nadie lo hizo. Algunos se persignaron. Otros se quedaron en silencio, como si no supieran qué hacer con las manos. Yo me limité a sentarme junto a la mesa y dar otro sorbo de café.

En teoría, ese era el momento de empezar los preparativos para evacuar. Pero ¿evacuar hacia dónde? Afuera, la capital era una ciudad en ruinas. Las bombas caían cada diez minutos y el ejército enemigo ya estaba a pocas manzanas del ministerio. Los informes se contradecían: unos decían que las tropas del norte ya habían entrado en los jardines centrales; otros, que aún resistían algunos reductos junto al puente viejo. Pero en algo coincidían todos: era el final.

—Van a violarnos, a matarnos, o las dos cosas —dijo Mira, otra de las secretarias, con un humor macabro que ya no escandalizaba a nadie.

Hacia las seis de la tarde, alguien puso música en el primer nivel. Creo que fue uno de los oficiales de comunicaciones. Otro sacó una botella de coñac. Las raciones especiales se abrieron como si fueran manjares de un banquete: latas de carne, bombones, café de verdad. Nadie lo dijo con palabras, pero todos entendimos lo que estaba ocurriendo.

Era una fiesta. La última.

***

Me quedé sentada un rato más, sola. Tenía miedo de ir. No miedo de lo que me esperara allá abajo, sino de mí misma. De lo que podía llegar a hacer con tal de no pensar. De no recordar el olor a pólvora que todavía flotaba en el aire encerrado.

Pero al final me levanté y seguí el sonido de la música y la algarabía.

La sala estaba iluminada por velas y luces de emergencia. Alguien había colgado una sábana blanca en la pared, como si eso convirtiera la estancia en un salón de baile. Los uniformes estaban desabrochados, las botas sin atar. Y había risas. Risas de verdad, de gente que se sujetaba el estómago y se inclinaba hacia atrás, carcajeándose como si acabaran de escuchar el mejor chiste del mundo. Una enfermera bailaba sola con una escoba, fingiendo que era su pareja.

Yo me quedé en el umbral, sin atreverme a entrar.

Fue Tobías, un teniente joven con ojos de niño asustado, quien me vio y me hizo un gesto con la mano.

—¡Ven, Nadia! Si mañana vamos a morir, al menos hagámoslo con resaca —gritó. Los que estaban cerca aplaudieron, y alguien me puso una botella en la mano.

Bebí. Primero un sorbo. Luego dos. El líquido me quemó la garganta y me calentó el estómago.

La música no paraba. Sonaban tangos, valses, marchas, y hasta una vieja grabación de una cantante de cabaret que alguien había traído. Las risas eran cada vez más fuertes, más desesperadas. Uno empezó a contar chistes verdes sobre los ministros. Incluso una secretaria que normalmente no hablaba con nadie se subió a una mesa a recitar un poema absurdo sobre el Mariscal y su perro.

Y yo reía. Reía tanto que me dolía la cara. Bebía más. Bailaba con desconocidos. Con Tobías, con Lara, hasta con el cocinero que siempre olía a grasa.

Por unas horas, la muerte dejó de existir.

***

No sé en qué momento exacto ocurrió. La línea entre lo festivo y lo obsceno se desdibujó como el humo que empezaba a colarse por las rendijas del suelo. La música seguía sonando —la aguja de un gramófono cansado bailando sobre vinilos rayados— y los cuerpos también bailaban, pero ya no como antes.

Tobías besaba a Lara contra una mesa. No era un beso romántico. Era una succión desesperada, como si el tiempo se les escapara por la boca. A su lado, el sargento Halden le levantaba la falda a otra enfermera sentada sobre su regazo, mientras ella se reía sin apartarse y dejaba que le bajara las bragas. Nadie fingía discreción. Era como si el pudor se hubiera pegado un tiro junto con el Mariscal.

Me apoyé contra la pared, con la botella todavía en la mano. Alguien me pasó un cigarro y lo acepté. No fumaba, pero esa noche sí. El humo me raspó la garganta y por un momento pensé que vomitaría. No lo hice.

Una pareja se desnudaba en el rincón opuesto, con la prisa de quienes ya no temen ser descubiertos. Él seguía con las botas puestas. Ella aún llevaba la cofia de enfermera, ladeada sobre la frente, desnuda de cintura para abajo. Nadie miraba de frente, pero todos sabíamos lo que pasaba. Y a nadie le importaba. Era como si el búnker ya no perteneciera a este mundo. Como si los tanques, los gritos y la pólvora de fuera fueran parte de otro planeta.

Y yo seguía bebiendo.

Me acerqué a la cocina a buscar más alcohol. Allí estaba Mira, llorando en silencio mientras mordisqueaba una galleta dura.

—¿Por qué lloras? —le pregunté. Me sorprendió mi propia voz: áspera, ronca, como si fuera la de otra mujer.

—Porque acabo de acostarme con un hombre cuyo nombre no sé —dijo—. Y no me siento mal por eso. Me siento mal por no sentir nada.

No supe qué responder. Le pasé la botella y me senté a su lado. Durante unos minutos ninguna habló. Escuchábamos la música amortiguada, los gemidos esporádicos, las risas que parecían venir de un manicomio. El mundo se estaba acabando y lo único que podíamos hacer era intentar olvidar que aún respirábamos.

Mira rompió el silencio antes de volver hacia la fiesta.

—¿Te acostarás con alguien esta noche? —preguntó.

—No lo sé —dije.

—Hazlo —respondió—. Aunque sea solo para dejar de sentir que estás esperando.

***

Cuando regresé al salón, todo había cambiado por completo. Ya no eran dos parejas teniendo encuentros indiferentes en los rincones. Aquello era una orgía en toda regla.

Vera, la enfermera personal de la familia del Mariscal, estaba desnuda con las muñecas atadas a los barrotes de una litera, mientras un capitán que había perdido la camisa le azotaba las nalgas enrojecidas con una fusta. A cada golpe, Vera gemía de placer. Nunca habría imaginado que le gustara el castigo, pero ni me escandalizó ni me importó lo más mínimo.

Tobías bailaba completamente desnudo con otra secretaria, una rubia de cara redonda que no recordaba haber visto antes. Ella estaba de rodillas, empeñada en que la verga del coronel Renze no se le escapara de la boca, mamándosela con ganas mientras Tobías no sabía si quedarse quieto a disfrutar o seguir moviéndose al ritmo de la música.

A su lado, Mauro, un ayudante de cámara, penetraba por detrás a Dasha, una de las enfermeras, que gemía en cuatro patas mientras sus pequeños pechos se balanceaban al compás de cada embestida. Más allá, otra de las secretarias de comunicaciones recibía una doble penetración de dos soldados jóvenes mientras le hacía el oral a un oficial entrado en años que se sostenía de pie sobre la litera.

Una lámpara estaba volcada y el suelo se había vuelto pegajoso de vino y vómito. La música seguía. Siempre había música. Una marcha convertida en banda sonora de una orgía sin rumbo.

Me dejé caer contra una pared. Apoyé la nuca en el hormigón frío y cerré los ojos. Los gemidos eran continuos; casi ahogaban la música.

Entonces sentí que alguien se sentaba a mi lado.

Era Leon, uno de los telegrafistas. Nunca me había hablado, pero esa noche nada importaba. Me ofreció un trozo de chocolate y lo acepté. Después me pasó un trago. También lo acepté.

—No quiero morir solo —dijo de pronto, casi en un susurro.

—Ya estamos muertos —respondí sin pensar.

Nos besamos. No por deseo, sino por necesidad. Nuestros cuerpos eran armas descargadas que solo sabían buscar calor. No fue dulce. No fue apasionado. Fue una forma de no estar solos. Me dejé hacer. Cerré los ojos y permití que su cuerpo tapara el mío mientras a mi alrededor las sombras bailaban, gritaban y, sobre todo, fornicaban.

***

No tardé en quedar yo también desnuda. Leon me tomó en cuatro patas. Otra verga se acercó a mi boca y, como una autómata, la abrí y la saboreé sin pensar. No me dio ningún asco. Era exactamente lo que quería hacer. Me follaron sin descanso varios soldados; chupé tres o cuatro miembros, y hasta el sexo húmedo de una mujer. Mira, ya menos arrepentida de su primer encuentro, se había tumbado frente a mí para que, por primera vez en su vida, otra mujer le comiera la entrepierna.

Era impresionante cómo más de treinta personas se entregaban así, indiferentes al drama que se desataba al otro lado de los tres metros de hormigón. Afuera, muchachos valientes daban la vida por una guerra perdida hacía tiempo, defendiendo con ella la nada.

Follamos casi todos con todos. Hombres, mujeres, daba igual. No sé cuántas veces me corrí, no sé cuántos chorros de semen cayeron sobre mi piel. Entre encuentros duros y fugaces, solo recuerdo que Leon volvió al punto de partida y esta vez me penetró por detrás, hasta vaciarse dentro de mí.

***

Desperté con un dolor de cabeza brutal. Me costó saber si era de madrugada o ya mediodía. El búnker no tenía ventanas. No había noción de tiempo. Todo olía a sudor, alcohol, miedo y cuerpos.

Leon dormía a mi lado, desnudo, con la boca entreabierta. Me levanté sin despertarlo. El suelo estaba cubierto de cuerpos: algunos dormían, otros seguían fornicando como si el fin del mundo no bastara para detener la carne.

Fui al baño y me miré en el espejo. Mis ojos eran dos manchas grises. El pelo, sucio, pegado a la cara. Me lavé, pero el agua salía tibia y con olor a metal.

En el pasillo vi a una enfermera caminando con las medias rotas, las bragas en una mano y una botella vacía colgando de la otra. Me sonrió al pasar, como si fuéramos amigas de toda la vida.

Volví a la cocina. Mira seguía allí, sentada en la misma silla, con los pechos al aire y la cara agotada.

—El coronel Renze se ha ido —me dijo sin girar la cabeza—. Y creo que el ministro también. Se largaron por el túnel del metro. Yo no encuentro ni mi ropa interior ni mi guerrera.

—¿Y nosotras? —pregunté.

—Nosotras no somos nadie —respondió—. Ellos tienen salidas. Nosotras solo tenemos techos de cemento.

Los bombardeos empezaron otra vez.

El techo vibraba. El polvo caía de las lámparas. Algunos gritaban por reflejo, como si eso pudiera salvarlos. Otros se encogían bajo mantas raídas. Una enfermera perdió los nervios y corrió desnuda por los pasillos, chillando que el enemigo venía con cuchillos. Nadie fue tras ella. No por crueldad, sino por resignación.

Yo me metí bajo una mesa, como una niña jugando al escondite. Allí, entre botellas rotas y zapatos olvidados, sentí que todo había acabado ya. Que estábamos en los créditos finales, cuando el público se ha marchado y solo quedan los barrenderos recogiendo lo que dejó el espectáculo.

Leon vino a buscarme más tarde. Me dijo que había una salida. Que aún podíamos huir.

—No hay adónde ir —le respondí—. Ahí afuera hay tanques. Aquí adentro hay locura. Elige tu muerte.

Se marchó. No lo volví a ver.

Esa noche hubo más fiesta. Más cuerpos. Más canciones rotas. Más sudor. Más orgasmos. Yo no bailé. Solo quería follar y abstraerme del futuro inmediato. Llegó un punto, ya no sé si de noche o de día, en que no me quedaban piernas ni para huir ni para girar al compás de los muertos.

Me senté en la cocina, junto a Mira. Compartimos una lata de melocotones en almíbar que alguien había rescatado de la despensa. Era dulce. Tan dulce que dolía.

—¿Crees que alguien contará esto algún día? —me preguntó.

—No como fue —dije—. Lo limpiarán. Lo harán más digno. Quitarán los cuerpos. Callarán los gemidos. Nadie dirá que, cuando el Mariscal se voló los sesos, nosotros bailamos y nos follamos como si el mundo jamás hubiera existido.

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Comentarios (4)

GabrielCDMX

Tremendo relato!!! El ambiente que lograste crear es increible, se siente la tension desde el primer parrafo hasta el final. Sigue escribiendo por favor, necesito mas de esto.

Hernan_baires

jamas pense que una escena de bunker pudiera ser tan caliente jaja. Muy buen trabajo, en serio.

ManuelBA

excelente!!!!

CaroMdz

Me encanto como lo narraste, tiene mucha tension al principio y despues... todo explota. Espero que escribas mas relatos asi!

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