La tarde junto a la pileta con mi amiga lo cambió todo
Todas las mujeres guardamos algo en el fondo. Un deseo que nunca decimos en voz alta, que solo aparece cuando estamos solas o cuando una amiga de verdad nos da permiso para soltarlo.
Lo escribo ahora, meses después, porque hablé con Lucía para reconstruirlo entre las dos. Después de aquella tarde nunca más lo mencionamos. Fue como un pacto silencioso: algo que hicimos, que disfrutamos y de lo que no nos arrepentimos. Recién al ponerlo en palabras sentí que las dos respirábamos por fin.
Rondábamos las dos los cuarenta, esa edad en la que una sabe exactamente lo que quiere y ya no le tiembla el pulso para pedirlo. Madres, separadas hacía rato, con los hijos lo bastante grandes como para tener su propia vida. Lo que nos faltaba era animarnos.
Esa tarde de enero hacía un calor pegajoso. Mi casa estaba sola, así que abrimos un par de cervezas, las servimos en copas como si fuéramos elegantes y nos pusimos los bikinis para tirarnos al sol junto a la pileta. El de ella era amarillo, que contrastaba con su piel apenas tostada. El mío, rojo, sobre mi piel mucho más blanca.
—¿Te acordás cuando éramos las nenas buenas del barrio? —dijo Lucía, riéndose, con la copa apoyada en el vientre.
—Demasiado buenas —contesté—. Esa es la parte que me da bronca.
La charla, como siempre, fue derivando. Primero los maridos que ya no estaban, después las cosas que nunca nos animamos a hacer con ellos, y de a poco las fantasías que confesábamos solo en esas noches largas de vino y secretos. La temperatura del cuerpo me subía más rápido que la del aire. Sentía el bikini húmedo, y no era por la transpiración.
No me aguanté. Me bajé el corpiño y dejé las tetas al sol porque los pezones ya me molestaban de duros. La miré con una ceja levantada, invitándola sin palabras. Ella se mordió el labio, dudó un segundo y dejó que mis manos le desataran el nudo del cuello.
—Esto no estaba en mis planes para hoy —murmuró.
—Los mejores planes nunca lo están —le dije.
Le rocé los hombros con el dorso de la mano y fui bajando despacio hasta apenas tocarle los pezones. Ella cerró los ojos detrás de los anteojos de sol.
—Por favor, no me hagas eso —pidió, pero no se movió ni un centímetro para alejarse.
Me incliné y le pasé la lengua por un pecho mientras una mano se deslizaba hacia abajo, por debajo del bikini, hasta encontrarla empapada. No decía nada. Solo abría las piernas, jadeaba y empujaba apenas las caderas contra mis dedos.
—¿Sigo o paro? —pregunté, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Seguí, no seas mala —contestó, y abrió todavía más las piernas.
***
Entonces algo cambió en ella. Dejó de ser la que recibía. Me agarró la nuca, me comió la boca, me apretó las tetas y me clavó las uñas en el culo. Ahí estábamos las dos, bajo el sol de la tarde, frente a frente en las reposeras, desnudas, besándonos como si nos lo debiéramos desde hacía años.
Después de un rato nos separamos apenas, las dos jadeando, y empezamos a masturbarnos una frente a la otra. Nos mirábamos a los ojos, las bocas entreabiertas, los dedos hundidos en nosotras mismas. Cuando llegamos casi juntas, sentí su humedad caliente salpicarme el vientre y resbalar hasta mi propio sexo.
Nos quedamos unos minutos así, recuperando el aire, riéndonos de lo que acabábamos de hacer. Abrimos otra cerveza. La inhibición ya se había evaporado del todo.
—Imaginate que aparece mi hijo con los amigos —dije, medio en broma—. Se juntan acá en verano. Nos verían tiradas, en bolas y regaladas.
Lucía se rio bajito, con malicia.
—Tal vez es justo eso lo que estamos esperando —dijo—. Que nos vean. Que una manada de pendejos nos llene todos los agujeros.
Soltamos una carcajada las dos, pero ninguna lo desmintió. Tantos años aguantándonos, pensé, y la fantasía sigue intacta. Hablar de cuatro o cinco jóvenes dándonos sin piedad nos mojaba más de lo que ninguna quería admitir.
El calor, el alcohol y el cansancio del placer nos vencieron. Sin darnos cuenta nos dormimos abrazadas, desnudas en la misma reposera, unos minutos que parecieron nada.
***
Me despertó una sensación rara, la de estar siendo mirada. Abrí los ojos despacio y se me cortó la respiración: mi hijo Bruno y tres de sus amigos estaban parados junto al borde de la pileta, mirándonos hipnotizados. Las mallas no disimulaban en absoluto lo que la escena les estaba provocando.
Nos incorporamos de golpe. Por un instante intentamos cubrirnos, balbuceando una explicación que ni nosotras nos creíamos. Pero fue inútil. Lucía y yo nos miramos, los miramos a ellos, y entendimos lo mismo al mismo tiempo: era la oportunidad, y esos chicos no se iban a ir a ningún lado.
No hizo falta hablarlo. Nos pusimos de pie y, con la mirada y el cuerpo, los guiamos hacia los grandes sillones en «L» que estaban a la sombra de la galería, junto al agua. Ellos nos seguían como encandilados, incrédulos de su propia suerte.
Lucía y yo nos pusimos espalda contra espalda. Cada una tenía enfrente a un par de jóvenes con el bulto marcándose bajo la tela. Como si los estuviéramos desvistiendo a propósito, les sacamos las remeras primero. Después nos arrodillamos y les bajamos las mallas despacio. Las pijas saltaron duras, brillantes, listas.
Los cuatro se miraban entre ellos, todavía sin terminar de creerlo. Dos madres arrodilladas, dispuestas a darles la mejor tarde de sus vidas. Y nosotras estábamos más dispuestas que ellos.
Yo, quizá por dueña de casa, arranqué. Les acaricié el pecho a los dos que tenía enfrente, bajé las manos despacio hasta hacerles erizar la piel, agarré las dos vergas y empecé a masturbarlas al mismo tiempo. Lucía fue más directa: se mojó los dedos con saliva, le acarició los testículos a Bruno y le pasó la lengua desde la base hasta la punta.
—Uf… —se le escapó a mi hijo, y le tembló todo el cuerpo.
—Me hablaron mucho de esta pija —dijo Lucía con una sonrisa, antes de tragársela entera mientras seguía masturbando al amigo de al lado, que la miraba con los ojos como platos.
Giré la cabeza y vi la escena. Sentí una mezcla extraña de celos y orgullo, por Bruno y por ella. Decidí ocuparme de lo mío. Junté las dos pijas que tenía adelante, pasé la lengua de una a la otra, las levanté para lamerles el tronco y chuparles los huevos. Los dos jóvenes se estremecían a cada movimiento.
Espalda con espalda, los cuerpos de Lucía y míos se rozaban, sentíamos el calor y la transpiración de la otra. Las dos estábamos empapadas. Así estuvimos un buen rato hasta que decidimos que ya era hora de algo más.
***
Nos incorporamos las dos. Nos miramos a los ojos y nos dimos un beso largo, con gusto a juventud. Ella bajó una mano desde mi cara, pasó por mis tetas, me arañó apenas el vientre y terminó entre mis piernas. Con dos dedos me presionó el clítoris y me arrancó el primer orgasmo de la tarde, mientras me decía al oído:
—Chupársela a tu hijo ya me hizo acabar.
Sentí las piernas mojarse de golpe. Teníamos el control absoluto de la situación. Éramos dos nenas con juguetes nuevos, solo que estos juguetes respiraban y nos deseaban.
Cada una eligió un sillón. Senté a uno de los amigos de Bruno, le di la espalda, abrí las piernas y fui bajando despacio hasta clavarme su verga hasta el fondo, moviéndome en círculos. Con la otra mano agarré la pija del que tenía al lado y seguí mamándosela. Lucía, mientras tanto, se había sentado con los pies en el piso y las piernas abiertas. Bruno le hacía sexo oral con dedicación, pasando la lengua de un lado al otro y hundiendo los dedos cada tanto. El otro chico, parado sobre el sillón, recibía la mejor chupada de su vida.
La tarde seguía pesada y caliente. Seis cuerpos sudados, en una casa cualquiera de un barrio cualquiera, entregados sin culpa ni límites. Cruzábamos miradas con Lucía cada tanto y nos sonreíamos, cómplices, sabiendo que estábamos cumpliendo exactamente lo que tantas noches habíamos imaginado.
Lucía me buscó con los ojos, como pidiendo permiso. Yo se lo di con un gesto. Tomó a Bruno de la cabeza, lo trajo hacia ella, lo besó con ganas y le guio la pija hacia adentro. Levantó las caderas y lo fue empujando despacio.
—Todo, todo, metelo todo —le pidió, y largó un grito ahogado de placer.
Estiré la mano y encontré la de ella. Nos apretamos fuerte, sintiendo el placer de los seis en ese solo gesto.
***
Me levanté y le di la espalda al que estaba mamando, le ofrecí el sexo y dejé que me la metiera mientras al otro, sentado enfrente, se la seguía chupando. No duró demasiado: acabó copioso en mi boca, en la cara, en las tetas. Disfrutaba ese sabor mientras me cogían por detrás.
Un grito me hizo girar la cabeza. Lucía estaba de espaldas en el sillón, con la cintura en el aire, una mano apoyada en el respaldo y la otra entre las piernas. Bruno la penetraba sin pausa, sus huevos golpeando contra ella, su cuerpo arqueado, acabando como nunca. Mamá te enseñó bien, pensé, y sentí un orgullo absurdo y enorme.
El amigo que la acompañaba se masturbaba sentado en el respaldo. Le hice una seña y lo acomodé junto a la otra pareja. Lo monté sin pensarlo; era grueso, entró rozándome entera y me arrancó un placer hondo. Después me mojé los dedos con saliva y semen, me los llevé atrás, me dilaté despacio y le dije al de mi hijo que estaba detrás de mí: «Meteela». Con torpeza al principio, pero apenas pasó la cabeza, el resto resbaló solo.
Ahí estaba, en el patio de mi casa, recibiendo a dos a la vez, concretando la fantasía que tantas veces habíamos soñado con Lucía. Ella, al lado mío, hacía lo mismo: se había sentado a horcajadas sobre Bruno, las manos en el respaldo, ofreciéndole las tetas, mientras le ordenaba al otro que la lubricara y la penetrara por detrás. En segundos era un sándwich de carne joven, dominante incluso en esa posición.
Las dos estábamos en el éxtasis. El roce de dos cuerpos adentro al mismo tiempo es una sensación que no tiene palabras. La transpiración, el olor a sexo, los sonidos, todo se mezclaba. Por un instante cruzamos las miradas, nos deseamos, acercamos las bocas como pudimos y nos besamos. Jadeamos juntas. Todo se alineó: nuestra respiración, nuestro pulso, nuestro placer iban al mismo ritmo. Sentí que éramos una sola, y al mismo tiempo tuvimos el orgasmo más intenso de nuestras vidas.
Sentí entonces un chorro caliente llenarme por detrás; uno de ellos se había vaciado dentro de mí. Como si todo estuviera encadenado, el otro descargó al mismo tiempo. A mi lado, Lucía gritaba mientras su joven amante se tensaba para terminar también.
Solo quedaba Bruno en pie. Bien enseñado, sabía que esto no se trata de apurarse. Lucía lo conducía con paciencia, y cuando sintió que llegaba, lo desmontó y lo hizo ponerse de pie. Me llamó. Las dos nos arrodillamos frente a él, queríamos lo último que le quedaba. Le pasamos la lengua por el tronco, y cuando lo sentimos venir nos dimos un beso con su pija en el medio. Acabó sobre las dos por igual.
Él se dejó caer en el sillón, agotado. Nosotras nos abrazamos y nos besamos despacio, intercambiando saliva y sudor, acariciándonos los cuerpos cansados y doloridos, pero felices. Habíamos liberado, por fin, eso que tantos años guardamos en lo más hondo.