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Relatos Ardientes

El fin de semana que nuestros amigos vinieron de visita

Ilustración del relato erótico: El fin de semana que nuestros amigos vinieron de visita

Nuestros amigos no viven acá. Hace unos meses nos dieron la sorpresa de que vendrían a la ciudad para el cumpleaños de mi marido, y desde que colgué el teléfono supe que el fin de semana iba a ser complicado. Son una pareja de mente abierta, como nosotros, pero la distancia siempre nos había mantenido en terreno seguro. Nunca había pasado nada. Y precisamente por eso, porque los queríamos y no estábamos dispuestos a romper una amistad de años, nos prometimos que no iría por ahí.

Lo juramos cien veces antes de que llegaran. Mateo y yo, en la cocina, fingiendo que el plan era inocente. No vamos con esa intención. Eso nos repetíamos. Lo gracioso es que cuanto más lo decíamos, menos lo creíamos.

Lucas es amigo de Mateo desde la primaria. Rubio, el pelo un poco largo, una sonrisa de esas que desarman, buen cuerpo y un carácter relajado que llena cualquier habitación. Lleva años con Carla, y Carla es otra historia: rubia también, espectacular, unos ojos enormes y un cuerpo que parecía diseñado para incomodar a cualquiera que tuviera dos dedos de honestidad. Yo me consideraba honesta. Esa fue parte del problema.

El plan era simple: un fin de semana entre adultos, sin niños, sin obligaciones. Alquilamos un departamento amplio para los cuatro, con un jacuzzi en medio del living y una luz cálida que ya de por sí invitaba a portarse mal. Apenas cayó la noche empezó a correr el alcohol, y con el alcohol las historias, y con las historias esa risa floja que afloja también todo lo demás.

Cada uno contaba lo suyo. Anécdotas de clubes, de noches que habían salido bien y de otras que habían salido mejor. Yo escuchaba a Carla cruzar y descruzar las piernas en el sillón de enfrente y trataba de no mirar. Mateo me apretó la rodilla por debajo de la mesa. Sabía exactamente lo que yo estaba pensando.

El plan oficial, el que habíamos hablado en voz alta, era ir a un club más tarde. Todavía faltaba un buen rato para eso cuando Lucas y Carla se levantaron y se metieron en su habitación. Nos dejaron en el living medio descolocados, mirándonos sin entender. Pasaron unos minutos eternos.

Entonces nos llamaron.

—¿Vienen un segundo? —dijo la voz de Carla desde el cuarto.

Mateo y yo nos miramos. Nos levantamos sin decir nada, como dos chicos que saben que están a punto de hacer una travesura. Cuando empujé la puerta, ella estaba ahí, completamente desnuda sobre la cama, dorada de pies a cabeza, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros y una calma en la cara que me dejó sin aire.

—Tengo el cuerpo ardiendo —dijo, y estiró el brazo hacia la mesa de luz, donde había un pote de crema—. ¿Me ayudás con la espalda? Y con el pecho. No alcanzo bien.

Fue la excusa más transparente del mundo y a ninguno nos importó. Me senté en el borde de la cama y empecé por los hombros. La crema se deslizaba bajo mis manos, su piel tibia, firme. Bajé por la espalda y después la giré con suavidad. Le pasé las palmas por el pecho, por los senos, perfectos en mi mano, y sentí que algo en mí se rendía sin pelear.

No me contuve. Me incliné y la besé.

Ella respondió con una intensidad que me sorprendió, la boca entreabierta, la lengua buscándome. La abracé fuerte, la recosté contra la almohada y la recorrí entera con las manos. Nuestros maridos no movían un dedo: estaban sentados cada uno en un sillón al costado de la cama, mirándonos como si fuera el espectáculo que habían esperado toda la vida. Una rubia y una morocha encontrándose por fin, y ellos demasiado embelesados como para interrumpir.

Bajé los labios por su cuello, por la clavícula, por los pechos. Le mordí apenas un pezón y la escuché contener la respiración. Seguí bajando. Cuando llegué entre sus piernas, abrió los muslos sin que se lo pidiera. La probé despacio al principio, apenas la punta de la lengua, midiéndola. Después con más ganas. Ella enredó los dedos en mi pelo y empujó la cadera contra mi boca.

—No pares —dijo, casi sin voz—. Por favor, no pares.

No paré. Cuando levanté los ojos un instante, la vi de costado: había alcanzado a Lucas y lo tenía en la boca, los párpados a media asta, perdida. Y atrás de mí sentí las manos de Mateo, que me había encontrado de rodillas y empezaba a abrirme camino. Todo pasó a la vez, todos conectados en una misma corriente.

No sé cuánto duró. Sentí cómo Carla se apretaba cada vez más fuerte contra mí, buscando el primero, y de golpe se quebró. Un temblor le subió desde los muslos y soltó un gemido largo, ronco, distinto a todos los anteriores. Casi en el mismo momento Mateo me embistió hondo y me arrastró con ellos. Nos vinimos los dos al mismo tiempo, mirándonos por encima de los cuerpos de nuestros amigos.

Lucas nos miró a las dos con una sonrisa enorme y se estiró perezoso.

—Bueno —dijo—. Ahora sí, vamos al club.

Y así fue.

***

Ellos ya habían estado en otros lugares parecidos, pero supongo que la primera vez juntos, los cuatro, igualaba a todos. Llegamos nerviosos, lo cual me pareció tierno a esa altura de la noche. Nos cambiamos, agarramos las toallas y salimos al ruedo.

El lugar los sorprendió. Era más grande y más cuidado que los que conocían, así que antes de cualquier cosa los llevamos a recorrer los espacios: las salas comunes, los cuartos privados, la zona del jacuzzi, el rincón oscuro. Volvió a correr el alcohol y, como sorpresa, le habíamos avisado a nuestra pelirroja favorita que se sumara. Se llama Bruna y llegó un rato después, justo cuando ya estábamos entrando en temperatura.

Nos acomodamos los seis en un sillón amplio, los dos hombres en los extremos y nosotras tres en el medio. Los besos y las caricias no se hicieron esperar. Bruna sabe perfectamente cómo manejar a una pareja como nosotros, cómo repartir atención sin que nadie sobre, y esa noche estuvo a la altura. En un momento Lucas y Carla quisieron explorar por su cuenta, y nos pareció bien dejarlos descubrir el lugar a su ritmo. Se fueron con Bruna hacia otra sala mientras Mateo y yo buscábamos una vacía.

Encontramos un cuarto sin nadie. Mateo me puso de espaldas, en cuatro, y empezó sin medias tintas. Traía acumulada toda la tensión de la noche y se notaba en cada embestida. No pasó mucho hasta que el ruido atrajo gente: por la puerta entreabierta fueron entrando curiosos, primero uno, después varios, hasta que tuvimos una pequeña audiencia mirando en silencio. A Mateo lo prendió todavía más saberse observado. Me agarró de las caderas, cambió el ritmo y no aflojó hasta que me hizo terminar contra las sábanas. Después se dejó ir él, hondo, con un gruñido que me erizó toda. Fue uno de esos orgasmos que te dejan temblando un rato largo.

Cerca de la medianoche anunciaron el show y todos volvimos a juntarnos para verlo. La bailarina era hermosa y armó un número picante, justo del tono que veníamos arrastrando toda la noche. Lucas y Carla lo disfrutaron tomados de la mano, y a mí, mientras tanto, unas manos expertas me daban un masaje que me tenía en otro planeta.

Cuando terminó volvimos a los sillones, a beber y a pasarla bien sin apuro. Bruna me ubicó entre ella y otra chica, me besaba y me hacía bailar contra su espalda. No sé bien cómo se dio la coreografía que vino después: Carla empezó a cabalgar a Lucas en un extremo, yo me trepé al respaldo del sofá, y Bruna se acomodó entre mis piernas y empezó a comerme mientras Mateo la tomaba a ella por detrás. Fue un momento irreal. Desde mi lugar podía verlos a todos, y aunque Carla y Lucas estaban un poco lejos, sabía que los cuatro —los seis— estábamos en el mismo viaje.

Hicimos una pausa para jugar a ser mirones un rato. Recorrimos las salas espiando a otras parejas, nos metimos en el cuarto de proyecciones, dejamos que la calentura bajara apenas. Después decidimos que era hora de volver. En el auto, Carla y yo seguimos con caricias suaves, ya más tranquilas, como dos que se conocen de toda la vida.

Llegamos al departamento de madrugada. Ellos se fueron a su habitación, nosotros a la nuestra. A través de la pared los escuchamos seguir, y eso nos prendió de nuevo. Sacamos los juguetes. Esa noche Mateo me dio también por atrás, despacio, sabiendo que después de una noche así el anal me gusta cada vez más. Cuando terminó quedé deshecha, rendida, y me dormí casi sin darme cuenta.

***

Lo entendí recién al día siguiente, con la cabeza más fría. Ellos tienen sus reglas, y las respetan: Lucas no juega solo, únicamente Carla, y a ella la acompaña él. Me pareció un límite sano, claro, bien puesto. No voy a mentir: tenía muchísimas ganas de estar también con Lucas, de esa sonrisa y ese cuerpo tan cerca toda la noche, pero él mantuvo la distancia, fiel a lo que había acordado con su mujer. El límite fue tan nítido que no dejaba lugar a dudas.

A esa altura pensé que con eso se cerraba la historia. Que el fin de semana ya nos había dado más de lo que nos habíamos prometido evitar.

Pero todavía faltaba el sábado. Y como dice la canción, la vida te da sorpresas. Esa noche, sin que ninguno lo viera venir, las reglas iban a empezar a temblar.

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Comentarios (4)

GabyMar

Dios mio que caliente!!! sigue escribiendo por favor

Tomas_1989

Ese juramento del principio lo dice todo... a veces uno sabe perfectamente como va a terminar la noche jajaja. Muy buen relato.

un_lector_curioso

Y al final quedó todo bien entre los cuatro? esa parte me quedó dando vueltas. Excelente igual.

Cristina_MdP

increible como captura esa tension previa, se siente muy real

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