Mi primera vez con tres hombres en casa de un extraño
Vuelvo a este rincón con ganas de contarles otra de las cosas que viví junto a mi marido durante nuestros años de matrimonio. Hay tardes que una guarda con llave en algún lugar de la memoria, y de tanto en tanto las saca para volver a sentirlas. Esta es una de ellas.
Después de aquel primer trío con un amigo suyo, a Martín le quedó el gusto. Empezó a hablarme de conocer gente nueva, de probar, de abrir una puerta que hasta entonces solo habíamos entreabierto. Éramos una pareja muy activa, de las que se buscaban a cualquier hora, y la idea no me pareció tan descabellada como debería. Me reí, le dije que estaba loco, y dos días después ya estaba pensando en ello más de lo que admitía.
Una tarde, en la sobremesa de un café, conocí a Gabriel. Era cirujano, uno de esos hombres con las manos seguras y la voz tranquila de quien está acostumbrado a que lo escuchen. Hablamos durante horas: de viajes, de música, de cosas que no recuerdo y que en el fondo no importaban. Importaba la forma en que me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta.
Antes de despedirnos, quedamos en vernos al día siguiente en su departamento, a tomar unos vinos los tres.
Solo unos vinos, me repetí en el coche de vuelta. No me lo creí ni yo.
***
El departamento de Gabriel estaba en un piso alto, con ventanales grandes y una luz dorada que entraba de costado a esa hora de la tarde. Nos sentamos los tres en el living, él sirvió una copa, y la conversación arrancó floja, con esa cortesía nerviosa de quien sabe a qué vino pero no se anima a nombrarlo todavía.
Entonces sonó el timbre.
Gabriel se levantó como si lo esperara y abrió la puerta. Era otro hombre, Esteban, que llegaba «de visita», dijo él, con una sonrisa que enseguida me hizo entender que de casualidad no tenía nada. Me lo presentó, le sirvieron una copa, y la velada siguió. Yo todavía no sabía que entre ellos lo habían acordado todo: Esteban sabía perfectamente que nosotros íbamos a estar ahí. Lo habían armado para sorprenderme.
Y vaya si lo lograron.
Gabriel y Esteban empezaron a contar, como al pasar, sus experiencias intercambiando parejas. Lo hacían sin morbo, con naturalidad, mirándome de reojo para medir mi reacción. Hablaban de noches con otras parejas, de mujeres que habían conocido en circunstancias parecidas, de lo que se sentía mirar y ser mirado. Yo escuchaba con la copa entre las manos, las mejillas calientes, sintiendo cómo la conversación se iba poniendo cada vez más pesada, más cargada, hasta que el aire del living parecía otro.
Martín, sentado a mi lado, me puso una mano en la rodilla. No la movió, no hizo nada más, pero esa simple presión bastó para que yo entendiera hacia dónde iba todo y para que mi cuerpo respondiera antes que mi cabeza. Crucé las piernas, despacio, y sentí que los tres lo notaban.
—¿Por qué no nos ponemos cómodos? —dijo Gabriel, y no era del todo una pregunta.
Miré a Martín. Él me devolvió esa mirada que yo conocía de memoria, la que me decía tranquila, estoy acá. Asentí.
***
Pasamos a la habitación. Era amplia, con una cama enorme y la persiana a medio bajar, de modo que entraban líneas de luz por las rendijas. Yo estaba nerviosa de verdad. Una cosa era haber estado con un amigo de Martín, y otra muy distinta era esto: tres hombres, dos de ellos casi desconocidos, y yo en el centro.
Martín lo notó. Se acercó, me tomó la cara con las dos manos y empezó a besarme despacio, exactamente como sabía que me gustaba, mordiéndome apenas el labio, demorándose. Conocía cada uno de mis resortes y los fue tocando uno por uno. En cuestión de minutos dejé de pensar. El miedo se transformó en otra cosa, en una urgencia tibia que me bajaba por el cuerpo y me dejaba húmeda, abierta, con ganas.
Gabriel y Esteban se acercaron por los costados. Sentí manos en la espalda, en la cintura, una boca en el cuello. Me dejé caer de rodillas sin pensarlo y los fui tomando a los tres, pasando de uno a otro, sintiéndolos crecer entre mis labios mientras ellos me sostenían el pelo y me decían cosas al oído. No sé describir el poder que se siente en ese momento, el de tener a tres hombres pendientes de una sola boca.
Martín me acostó de espaldas y se metió entre mis piernas. Me lamió despacio, con esa paciencia que solo él tenía, mientras yo seguía ocupándome de los otros dos con las manos y la boca. Estaba hirviendo. Cada vez que su lengua daba en el punto justo, mi cadera se levantaba sola y mis dedos se cerraban con más fuerza alrededor de ellos.
—Date vuelta —me pidió Esteban con la voz ronca.
Me puse en cuatro, de cara a la puerta. Uno me penetró por detrás de una sola vez, hondo, y solté un gemido que ni reconocí como mío. El otro se acomodó delante y le abrí la boca. Y Martín, a un costado, no se sumaba: se masturbaba mirándonos, con una sonrisa, perdido en la escena. Lo más extraño y lo más excitante de todo era eso, ver cómo se venía solo de mirarme, cómo le brillaban los ojos viéndome disfrutar de aquellos hombres.
Después supe que casi no había participado a propósito. Mientras nosotros seguíamos, él tomaba fotos, grababa, guardaba pedazos de esa tarde para que más adelante, los dos solos, pudiéramos volver a verla y encendernos otra vez.
***
Nunca había hecho sexo anal. Me daba miedo, lo confieso, y más con dos hombres que estaban muy bien dotados. Pero ninguno se detuvo, y la verdad es que yo tampoco quería que lo hicieran. Fueron despacio, con cuidado, hasta que el miedo se volvió otra cosa.
Esteban se sentó en el borde de la cama y me hizo bajar sobre él. Me penetró así, profundo, sosteniéndome de la cintura mientras yo me movía a mi ritmo. Entonces sentí a Gabriel detrás de mí, sus manos abriéndome despacio, su boca en mi nuca diciéndome que respirara. Y de a poco, con una paciencia que agradecí, se hizo lugar también él.
Los dos a la vez. No sé cómo explicar lo que sentí en ese momento: una mezcla de ardor, de plenitud, de algo rozando un límite que yo no sabía que tenía. Empezaron a moverse, primero descoordinados y después encontrando un compás, y yo quedé entre los dos como una cuerda tensa que vibraba con cada empuje. Me aferré a las sábanas, hundí la cara en el colchón y dejé que el cuerpo hiciera lo que quisiera, sin pensar, sin vergüenza, entregada por completo a esos dos hombres que me sostenían como si supieran exactamente cuánto podía dar.
—¿Así te gusta? —me preguntaba Martín desde el costado, sin dejar de tocarse.
—Así —fue lo único que pude contestar.
A veces me gusta el sexo duro, sin freno, y aquella tarde fue exactamente eso. Me cambiaban de posición, me sentaban sobre uno mientras el otro se corría sobre mi cara, y yo sentía ese líquido tibio sobre la piel mientras el primero seguía moviéndose sin parar. El grado de excitación en esa habitación era algo que nunca había vivido. Tuve un orgasmo, y otro, y otro más, encadenados, y cada vez quería más.
Lo curioso es que yo apenas había tomado una copa. No me gusta el alcohol, nunca me gustó. Todo lo que sentía esa tarde era mío, sin nada que me nublara.
***
Hicimos una pausa y me metí a la ducha. El agua caliente me cayó sobre los hombros y por un instante pensé que el encuentro había terminado. Me equivoqué. Cuando salí, los tres me esperaban de nuevo.
Volvieron a tocarme entre todos, a recorrerme con las manos y la boca al mismo tiempo. Martín, otra vez encendido, bajó entre mis piernas y me hizo gritar con la lengua mientras yo masturbaba a los otros dos. Seguimos así durante dos o tres horas más, sin prisa, turnándonos. Gabriel se metía a la ducha y yo me quedaba con Esteban y con Martín; después Esteban iba a buscar otra copa y yo seguía con Gabriel, y Martín nos miraba y me preguntaba una y otra vez si me gustaba. Era fascinante saberme deseada por tres hombres a la vez, ser el centro de todo, la razón por la que ninguno quería irse.
Cuando ya el cuerpo empezaba a pedir descanso, les pedí una última cosa. Quería terminar yo, tocándome, con ellos mirándome y haciendo lo mismo, y que acabaran sobre mí, donde quisieran. Así lo hicimos. Me recosté, abrí las piernas y me toqué mientras los tres se masturbaban de pie alrededor de la cama, mirándome.
Acabamos todos casi al mismo tiempo. Yo me retorcía de placer sintiendo aquellos chorros tibios sobre el pecho, la boca, la piel, y fue el éxtasis total, el cierre perfecto de una tarde que no se parecía a ninguna otra.
***
Disfrutamos esa visita a Gabriel mucho más de lo que cualquiera de los dos había imaginado. Tanto, que cuando llegamos a casa, todavía con el cuerpo zumbando, Martín y yo nos buscamos otra vez. Hicimos el amor a solas, despacio, recordando en voz alta cada cosa que había pasado por la tarde, riéndonos, encendiéndonos de nuevo con el relato compartido. Terminamos rendidos, abrazados, y nos quedamos dormidos casi al instante.
Espero que les haya gustado leer esta vivencia tanto como a mí me gustó recordarla para contársela.