La invitación de Marina a la casa del lago
Había pasado más de un año desde aquel viaje a la playa, y los chicos habían cumplido su palabra: ni una insinuación, ni una broma fuera de lugar, nada que delatara lo que pasó entre nosotros aquella noche. Nosotras, en cambio, no fuimos tan discretas. Se lo terminamos contando a Marina, una amiga de la universidad que en los últimos meses se había vuelto inseparable del grupo.
Fue en una borrachera, en casa de Sofía, cuando le soltamos toda la historia. No lo podía creer. A partir de esa noche, cada vez que tenía oportunidad sacaba el tema, con esa mezcla de curiosidad y descaro que la hacía caer tan bien. Hasta que una tarde, otra vez en lo de Sofía, llegó con una propuesta.
—El finde largo no tenemos nada —dijo, jugando con el borde del vaso—. Mis abuelos tienen una casa en el lago. Está vacía y ya me dieron permiso. ¿Y si vamos todos?
—¿Todos? —preguntó Sofía, conteniendo la sonrisa.
—Todos. Y, ya que estamos… quiero proponer algo más.
—Ay, miedo me das —dije yo, y nos reímos las cuatro.
No hacía falta que lo explicara. Después de tanto insistir con el tema, todas sabíamos por dónde venía la cosa. Renata, que trabajaba, dijo que podía pedir esos días. Bianca ya estaba dentro antes de que terminara la frase. La duda era si los chicos podían faltar al trabajo, pero al otro día quedamos a tomar un café y se sumaron sin pensarlo.
—Si vamos a ser pares, falta gente —observó Sofía—. Yo prefiero que sobre un chico antes de que falte.
Tomás y Lucas propusieron a Sebastián, un compañero del trabajo que venía de vez en cuando a las reuniones y que a nosotras también nos caía bien. Mateo y Nacho estuvieron de acuerdo. Y ahí surgió la idea que lo cambió todo: a Marina se lo habíamos contado, pero a Sebastián no le diríamos nada. Que se llevara la sorpresa en el momento.
—Con una chica jamás haríamos esto —aclaró Tomás, siempre tan estricto con sus reglas—. Una mujer tiene que saber bien a lo que viene. Pero un tipo aguanta la broma.
Y así quedamos.
***
El lunes salimos temprano. Mateo consiguió la camioneta de su padre, pero ya no entrábamos todos, así que Sebastián ofreció llevar su coche. Dos horas de camino y llegamos a una casa más chica que la de la playa, con un muelle, un par de kayaks y una pileta rodeada de bardas bajas: los vecinos quedaban demasiado cerca como para hacer algo en el jardín. No había camas para todos, pero habíamos traído colchonetas para extenderlas por el living, pensando exactamente en el uso que les íbamos a dar.
Mientras unos preparaban el desayuno, empezaron los tonteos. Los chicos picaban a Marina para probarla, aunque ella ya les había confirmado en persona que sabía perfectamente a lo que venía. Era la única del grupo con la que ninguno había estado, y eso la volvía una novedad. A Sebastián, en cambio, lo veíamos perderse: notaba algo raro en el aire y no terminaba de entender qué.
Después del desayuno nos pusimos los bikinis y bajamos a la pileta. Los chicos ya estaban dentro, con cervezas en la mano y una hielera al borde del agua. Cuando salimos, todos giraron la cabeza, y varios no le quitaban los ojos de encima a Marina, que tenía una figura llena y unos pechos grandes que Tomás ya me había confesado que le encantaban. La cara de Sebastián era un poema: no sabía a cuál mirar.
Esta vez fuimos nosotras las que empezamos. Nos le subíamos encima, le restregábamos el cuerpo, le hablábamos al oído. Él estaba desconcertado, pero no se quejaba; se lo estaba pasando demasiado bien. Los demás se reían de verlo así, tan perdido y tan dispuesto a la vez.
Yo ya estaba caliente desde antes de llegar. En todo ese año apenas había estado un par de veces con Tomás, y un noviazgo que me duró mes y medio terminó cuando entendí que en la cama no había nada que rescatar. Los últimos días los había pasado pensando en este viaje, así que en cuanto salimos del agua y entramos a la casa, no aguanté más.
—Vamos a jugar a algo —dije.
—¿A qué? —preguntó Mateo, con un tono que los que ya sabíamos notamos enseguida.
—¿Verdad o reto? —propuso Sofía.
Todos miramos de reojo a Sebastián, que intentó disimular la sorpresa y no pudo.
—Buenísimo —dijo Marina—, pero sin trampa, ¿eh? Nada de no cumplir los retos.
Nos acomodamos en círculo sobre las colchonetas, intercalados chico y chica, y con disimulo hicimos que Sebastián quedara entre dos de nosotras. Empecé yo, girando hacia mi derecha.
—Nacho, ¿verdad o reto?
—Reto.
—Dale un beso a Sofía.
Nacho se levantó, fue hasta ella y le dio un beso largo, de lengua, mientras Sofía lo sujetaba de la nuca. La cara de incredulidad de Sebastián valía oro.
—Uf, empezamos fuerte —dijo él, riéndose nervioso.
—¿Tienes miedo? —lo picó Renata.
El juego subió rápido. Nacho mandó a Renata a agarrarle el trasero a Lucas; Renata, riéndose, hizo que Marina le tocara un pecho a Tomás, que jugó con su pezón hasta que ella misma le pidió que parara, con los pezones ya marcados bajo la tela. Sebastián miraba todo sin poder cerrar la boca.
—Yo creo que voy a pedir verdad —dijo, medio en broma.
Pero le tocaba a Tomás, y el reto era para Sofía.
—Hacele una mamada a Sebastián.
—¿Qué dices? No te pases, Tomás —saltó él, entre nervioso y molesto.
Sofía ya se había levantado. Caminó hacia él, lo puso de pie y se le pegó al cuerpo.
—Hay que cumplir los retos —le susurró al oído, mientras le acariciaba el bulto por encima del traje de baño—. ¿O no querés?
—Es que… —tartamudeó Sebastián, sin saber dónde mirar.
Sofía se arrodilló y le bajó el traje de baño de un tirón. La verga le saltó hacia afuera, ya dura, más grande que la de cualquiera de los otros sin llegar a ser exagerada. Verla me dio ganas de tenerla dentro ahí mismo. Pero era el turno de Sofía, que la agarró y empezó a chupársela despacio, mientras Sebastián cerraba los ojos y dejaba de buscar explicaciones.
***
Ahí el juego se terminó solo. Me giré hacia mi izquierda, donde estaba Lucas, le quité el traje de baño y me la metí en la boca, recorriéndola entera con la lengua. Hacer eso me pone como pocas cosas; ya estaba empapada. Cuando levanté la cabeza para sacarme el bikini, vi que todos habían hecho lo mismo: cada quien había ido a buscar a alguien.
Tomás se había lanzado directo sobre Marina y le chupaba los pechos. Renata se había ido con Nacho, Bianca con Mateo, y Sebastián seguía atrapado en la boca de Sofía. Mientras yo me distraía, Lucas ya me había bajado el bikini y me estaba lamiendo. Me tumbé en el sofá cama y abrí bien las piernas. Movía la lengua por mis labios, subía hasta el clítoris, lo succionaba y volvía a bajar. Con todo el deseo acumulado de esos días, no tardé nada: las piernas me empezaron a temblar y terminé con un grito que se sumó al de los demás.
Me incorporé y empujé a Lucas sobre la cama. Lo chupé un poco más y me senté sobre él, sintiendo cómo entraba de a poco, centímetro a centímetro, mientras él me jugaba con los pechos. Empecé a mover las caderas adelante y atrás, frotando el clítoris contra su vientre, y él me sostenía del trasero, jalándome hacia abajo. Subí el ritmo hasta que mis pechos saltaban con cada penetración; ver eso me calienta tanto como sentirlo. Lucas empezó a perder el control, me dio un par de embestidas más con fuerza y se vino. Yo quedé al borde, sin terminar, sintiendo cómo se ablandaba dentro de mí.
Me bajé y miré alrededor. Renata estaba apoyada sobre la cama mientras Nacho la tomaba por detrás; me acerqué, le di un beso a él y le acaricié el trasero a ella, antes de robarle un par de mamadas a cada uno y devolverlos a lo suyo. Marina cabalgaba a Tomás con una energía desatada, como si llevara mucho tiempo guardándola. Bianca giraba sobre Mateo, sentada en una silla y de espaldas a él. Sebastián, ya entendiendo el juego, tenía a Sofía contra el suelo.
Yo seguía a medias de mi segundo orgasmo, y como este tipo de cosas no pasaban seguido, quise aprovechar. Cuando vi que Sebastián terminaba sobre la espalda de Sofía y ella se quejaba —«¿por qué la sacaste, tonto, venimos preparadas?»—, fui directo a él.
—No te preocupes, ya te vamos a contar todo —le dije, agarrándole la verga todavía blanda—. Ahora disfrutá.
Lo besé mientras él me tomaba los pechos, lo empujé a un sillón de dos plazas y me arrodillé a chupársela. La saboreaba lento, de abajo hacia arriba, jugando con la punta antes de metérmela entera; todavía tenía el sabor de Sofía, y eso me ponía peor. La fui sintiendo endurecer en mi boca. Tomás, que me vio tocándome, se sumó: se tumbó en el suelo entre mis piernas y empezó a lamerme. Mientras yo seguía con Sebastián, él fue acercando un dedo hasta presionar despacio en un lugar que tenía olvidado desde la última vez. Di un salto de placer, y Tomás siguió.
—Andá por el lubricante de Sofía —le pedí cuando la verga de Sebastián ya estaba dura del todo.
—¡Tramposa, yo quería ser la primera! —protestó Sofía desde el otro lado del living.
—Te aguantás —le contesté, riéndome.
Me senté a horcajadas sobre Sebastián, abrí las piernas y me la metí de a poco, apoyada en sus hombros. Sentía cómo me llenaba entera hasta el fondo. Lo besé sin moverme, dejando que sus manos subieran a mis pechos, y recién después empecé a cabalgarlo. Estaba tan caliente que con apenas unas embestidas tuve otro orgasmo, y él siguió, sintiéndome más sensible con cada movimiento.
Tomás se puso detrás de mí. Me incliné hacia adelante, casi tumbada sobre el pecho de Sebastián, y le susurré que parara un segundo. Sentí la punta de Tomás presionando, lubricada, entrando lento pero sin detenerse. Sebastián entendió lo que estaba pasando y me miró sorprendido; yo le sonreí con cara de pícara mientras volvía esa sensación de tener dos vergas dentro a la vez.
—Metela toda —pedí.
Tomás empujó de una y solté un gemido largo. Miré a Sebastián a los ojos.
—Ahora sí, dame.
Se acoplaron al mismo ritmo: una entraba mientras la otra salía, y yo no podía parar de gemir. Los espasmos me sacudieron en otro orgasmo, y creo que Tomás también terminó, porque dio un par de embestidas más y se detuvo sin salir. Sebastián siguió un poco más, hasta que lo ayudé moviendo la cadera y se vino dentro de mí. Me dejé caer sobre los dos, agotada.
—¿Te gustó? —le pregunté.
—Me encantó. Fue increíble.
Recuperando el aliento, miré el resto del living. Nacho tenía a Sofía por detrás mientras ella le hacía una mamada a Renata; Marina cabalgaba a Mateo dando gritos que se escuchaban en toda la casa; Lucas tomaba a Bianca sobre una de las colchonetas. Me quedé mirando el espectáculo mientras Tomás, a mi lado, jugaba con mis pechos.
Cuando todos terminaron, Mateo y Nacho fueron por más cervezas y nos las repartieron, acalorados.
—A ver, ahora sí necesito una explicación —dijo Sebastián.
—¿No te gustó la sorpresa? —se rió Bianca.
—Gustarme me gustó, claro. Pero ¿todos sabían que esto iba a pasar?
—Apenas es la segunda vez —aclaró Renata—. La anterior fue hace más de un año.
—Cabrones, ¿y por qué a mí no me dijeron nada?
—Porque pensamos que sería divertido —contestó Mateo—. Y lo fue. Si te vieras la cara.
Nos reímos todos. Tomás aprovechó para repetirles a Sebastián y a Marina las reglas que habíamos puesto la vez pasada, las mismas que esta vez tampoco íbamos a cumplir del todo. Después fuimos a darnos una ducha: la tarde recién empezaba, y todavía nos quedaba toda la casa del lago por delante.