Le pedí a mi marido un trío para poder mirarlo
Estaba nerviosa, y eso me sorprendió.
Era la primera vez que iba a hacer algo así de verdad. No me incomodaba la idea, en absoluto. Lo que me erizaba la piel era otra cosa: por fin iba a tenerlo delante de los ojos. No imaginarlo. No conformarme con el relato de cómo había sido, ni con la voz de mi marido contándomelo en la cama a oscuras. Esta vez iba a ver, con mis propios ojos, el escenario que había construido en mi cabeza noche tras noche.
Desde que Adrián y yo entramos en el ambiente liberal, yo cargaba con una fantasía que no terminaba de soltar. Quería verlo disfrutar del cuerpo de otra mujer, ahí, frente a mí. Había aguantado las ganas cada vez que él salía solo y volvía a contarme cómo otras buscaban su atención. Pero escucharlo no era lo mismo. No se parecía ni de lejos.
Quería ver. Quería oír cómo su sexo salía empapado por alguien que no fuera yo. Quería escuchar a una desconocida gritar el nombre de mi marido mientras le clavaba las uñas en la espalda. Esa imagen me consumía.
Y esa madrugada, por fin, iba a ocurrir.
***
La habíamos encontrado en una aplicación de citas. Una chica de cabello largo y una sonrisa difícil de descifrar, que nos escribió a los dos a la vez y entendió enseguida lo que buscábamos. Quedamos en un bar tranquilo, de esos que a medianoche ya van quedando vacíos, y allí esperábamos a que apareciera.
Cuando entró por la puerta, me costó reconocerla. La chica tímida y de fotos discretas se había transformado. Llegó vestida para conquistar, sabiendo que era la noche de lucir su mejor ropa mientras todavía la llevaba puesta.
—Soy Renata —dijo, y me dio un beso en la boca antes de besar también a Adrián.
Ofrecimos una copa por cortesía, pero los tres sabíamos que ninguno tenía paciencia para el alcohol. Esa minifalda negra iba a verse mucho mejor en el suelo de una habitación. Así que tomamos el camino corto: subimos al auto y manejamos hasta un hotel discreto en las afueras, el cómplice perfecto para lo que veníamos a hacer.
La habitación estaba apenas iluminada, con una sola lámpara encendida en un rincón. Mientras Renata se preparaba en el baño, me acerqué a mi marido. Le besé el cuello, le pasé la mano por la espalda y le apreté con suavidad la entrepierna.
—Quiero verte disfrutarla —le susurré—. Muérdela, hazla tuya, no te contengas por mí.
Él me miró con una pregunta en los ojos, como si necesitara confirmar que yo estaba bien. Le sonreí. Estaba más que bien.
***
La puerta del baño se abrió. Yo ya me había instalado en un sillón, colocado justo en el ángulo que me dejaba ver todo. De mi bolso saqué una copa y una botella pequeña de vino. Me serví despacio mientras Renata salía con un conjunto de lencería negra y le tendía la mano a mi marido para que la besara.
Adrián no se hizo rogar. La tomó de la cintura y le dio un beso largo, cargado de algo que reconocí enseguida: deseo del bueno. Sus manos recorrían las caderas de ella, le subían por la espalda, le rozaban los pechos. Renata respondía acariciándolo, soltando pequeños gemidos cada vez que la lengua de él bajaba por su cuello.
Yo los miraba envuelta en una mezcla de morbo y calor que no sabía que tenía dentro. El aire de la habitación se cargó del olor de dos cuerpos con ganas, y yo me removía en el sillón, empapada de mi propia excitación.
Adrián la giró. Pegó la espalda de ella contra su pecho y, mientras le besaba el hombro, le soltó el sujetador. Los pechos de Renata quedaron al descubierto y él empezó a pellizcarle los pezones, despacio, mientras su erección se frotaba contra las nalgas de ella. Renata se arqueaba buscando más contacto, le sujetaba las manos y gemía bajito.
Con un movimiento ágil, ella se arrodilló. Le desabrochó el pantalón con prisa, como si llevara horas esperando ese momento. Cuando liberó el sexo de mi marido, se relamió los labios, abrió la boca y se lo metió entero.
Bebí un trago de vino. Me relajó la garganta, que de pronto sentía seca. Miré a Adrián y él me devolvió la mirada, los ojos encendidos.
—Te amo —le dije, con una voz tan baja que apenas se oyó.
Él me sonrió y, sin dejar de mirarme, le puso la mano en la nuca a ella para marcarle el ritmo.
—¿Te gusta mirar? —me preguntó entre jadeos.
Asentí. Me gustaba más de lo que jamás habría imaginado.
***
Renata seguía con lo suyo mientras una de sus manos se hundía entre sus propias piernas, por debajo de la ropa interior, buscando aliviarse. La escuché húmeda. Su garganta hacía esos sonidos roncos que solo salen cuando alguien disfruta de verdad.
Mi marido la levantó y la giró hacia mí. Sus pechos firmes me saludaron de frente, y por la comisura de su boca todavía escurría un hilo de saliva. Adrián le bajó el encaje de un tirón y la penetró de golpe. El gemido que soltó ella me atravesó entera.
Yo tenía los muslos mojados, las bragas empapadas. Veía cómo el sexo de mi marido entraba y salía de otra mujer, cómo los pechos de Renata se sacudían al ritmo de las embestidas, cómo los dos me miraban mientras gemían.
No pude quedarme quieta. Volví a beber y dejé que una mano me rozara el pecho por encima del vestido. Mis pezones también estaban duros. Ver al hombre de mi vida tomar a otra con esa fiereza me producía descargas de electricidad entre las piernas.
—Ponla en cuatro —le dije a Adrián—. Quiero verle el culo levantado.
Me levanté del sillón y crucé la habitación. El golpe de mis tacones contra el suelo se mezclaba con los gemidos de Renata, que sentía las manos de mi marido frotándola entre las piernas. Toda la escena me resultó terriblemente erótica.
Me acerqué. Mientras miraba a la chica con el trasero en alto, besé a Adrián, tomé su sexo con la mano y lo guié de nuevo dentro de ella. Él gimió. El contraste de mis dedos fríos con el calor de Renata le arrancó un sonido más profundo. Le desabotoné la camisa, quería verle la espalda, y terminé de bajarle el pantalón del todo.
—No pares —le dije al oído, pasándole las manos por la espalda sudada. Lo besé y noté su piel caliente bajo mis labios.
***
Renata empezó a avisar que se corría, casi a gritos. Detuve a mi marido en seco. Le pedí a ella que se diera la vuelta.
Adrián terminó de quitarse el pantalón mientras la chica se acomodaba boca arriba.
—Abre bien las piernas —le susurré.
Él se subió encima de ella. Yo tomé mi copa, los dejé acomodarse y me senté a su lado, sobre el borde de la cama. Sentía cómo el colchón se sacudía con cada embestida. Los pechos de Renata se tensaban, ella se mordía el dorso de la mano para contener los gemidos, y mi marido empujaba cada vez más fuerte.
Dejé la copa en la mesita de noche. Con la mano todavía fresca, tomé a Renata y apoyé su cabeza sobre mis muslos mientras mis dedos buscaban su sexo. Empecé a acariciarle el clítoris, despacio primero, al compás del vaivén de Adrián. Ella se fue tensando entera: el cuerpo, los pechos, las piernas. Entonces aceleré. Un chorro caliente la sacudió y me mojó la mano y a mi marido.
Con todo el morbo del mundo, le acerqué los dedos empapados a la boca a Adrián para que se llevara cada gota, y después los reemplacé con mi propia boca. Probar el sabor de aquella mujer en los labios de mi marido fue una delicia que no esperaba.
—¿Te gusta, Renata? —le pregunté al oído.
—Me encanta —jadeó—. Tu marido me lo está haciendo riquísimo.
Sonreí.
—¿Y estás lista para lo que sigue? —le pregunté.
Ella me miró, entre divertida y expectante.
***
Adrián la colocó de costado, con el culo expuesto hacia mí. Yo empecé a hacerle círculos sobre el ano con un dedo. Quería prepararla para él. Me lamí el dedo hasta dejarlo bien mojado y lo introduje despacio. Renata gimió mientras la sacudía otro orgasmo. Mi marido no dejaba de penetrarla por delante y mi mano hacía lo suyo por detrás. Tuvo varios orgasmos más antes de que la sintiera del todo abierta.
—Amor —le dije a Adrián—, ahora ese culo es tuyo.
Él sonrió. Se tumbó de espaldas y la sentó encima, mirando hacia el otro lado, con las piernas separadas. Se hundió en ella lentamente. Los dos gimieron al mismo tiempo.
Yo no podía con tanto. Estaba tan húmeda que cada movimiento de ambos me dolía de ganas. Me bajé las bragas y me penetré con mis propios dedos, ahí mismo, al lado de ellos. Escurría, ardía, estaba completamente dispuesta.
Renata se retorció y un nuevo chorro me salpicó el vestido negro.
—Disfrútalo —le dije, acercándome a besarle un pecho.
Los dos seguían moviéndose. Mi marido gimió más hondo y sus embestidas se volvieron salvajes. Lo conocía: estaba a punto de terminar. Le pedí que acabara dentro de ella. Adrián la giró, volvió a entrar y retomó el vaivén de las caderas. Yo lo besaba mientras le acariciaba los testículos y le pedía al oído que la dejara llena de él.
Así fue como el primer chorro entró en ella. Uno tras otro, y Renata los recibía gimiendo por la sensación de tenerlo dentro.
***
Agotado, mi marido se dejó caer en la cama. Lo miré: sudado, con la respiración entrecortada, repitiéndome que me amaba. A su lado, Renata seguía con las piernas abiertas, intentando recuperar el aire, con el rastro de Adrián escurriéndole entre los muslos.
El cuadro era tan excitante que me arrancó un último estremecimiento entre las piernas.
Le di un beso a mi marido, al hombre que más quiero en este mundo, y le dije gracias. Él me abrazó contra su pecho sin decir nada. Renata se acercó por su lado y también me agradeció la experiencia.
La tomé del brazo, le sonreí y le hablé despacio.
—Todavía no hemos terminado.
Pero esa, esa ya es otra historia.