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Relatos Ardientes

Invité a un macho a nuestro trío y mi novio cambió

Me llamo Bianca, tengo veintisiete años y nunca había contado esto a nadie. Soy pelirroja, de piel muy blanca, caderas anchas, poco pecho y una cintura estrecha que me costó años aprender a querer. Mido un metro setenta y cuatro, así que casi siempre soy la más alta de la habitación.

Llevo cuatro años con Damián. Él tiene treinta y cuatro, es blanco, delgado, lampiño, con una cintura marcada y unas caderas que, la primera vez que lo vi de espaldas, me hicieron mirar dos veces. Eso fue lo que me enganchó de él: ese aire suave, casi femenino, que contrastaba con lo dulce que era.

Vivíamos juntos desde hacía dos años y todo iba bien, salvo por una cosa. Habíamos entrado en una sequía. Pasamos de hacerlo varias veces al día a hacerlo, con suerte, un par de veces al mes. Lo hablábamos sin vergüenza, porque entre nosotros nunca hubo temas prohibidos.

Intentamos de todo para reavivarlo. Sexo anal, juegos de rol, disfraces, ataduras. En un momento probamos con la dominación: primero él intentó llevar las riendas y no le salió, no era lo suyo. Después lo intenté yo.

Y ahí descubrí algo de mí que no conocía.

A mí siempre me había gustado que me dominaran, que me trataran con rudeza. Pero tener a Damián a mi merced, decidir cuándo y cómo, resultó ser embriagador. Cada vez que lo veía obedecer, sentía un calor que no había sentido en años.

Así estuvimos un tiempo, hasta que una tarde, mientras cenábamos, él soltó la pregunta sin previo aviso.

—¿Te interesaría hacer un trío? —dijo, removiendo la comida en el plato.

Me quedé con el tenedor a medio camino. Nunca habría imaginado que la idea saldría de él.

—La verdad, nunca lo pensé en serio —respondí.

—Puede ser con una mujer o con un hombre, me da igual. Solo quiero que probemos algo nuevo.

—Si fuera, sería con un hombre —dije, y sentí que se me aceleraba el pulso al confesarlo.

—Pues hagámoslo. Tú busca a alguien, seguro te escriben un montón.

—Sí, pero nunca les contesto —reí, nerviosa.

—Entonces empieza a contestar y elige. Tranquila, si no estuviera seguro no te lo habría propuesto.

Esa noche lo hicimos como hacía meses que no lo hacíamos. Y al día siguiente abrí la puerta a algo que ninguno de los dos terminaba de imaginar.

***

Empecé a subir fotos más atrevidas a mis redes y, como Damián predijo, los mensajes llegaron en avalancha. Yo tenía claro lo que buscaba: un hombre alto, de cuerpo grande, podía ser robusto o muy trabajado, pero por encima de todo, varonil. Y, siendo honesta, lo que más me importaba era el tamaño.

La de Damián cumplía, pero yo extrañaba esas vergas enormes que había tenido antes de él. Esta era mi oportunidad de volver a sentir una sin culpa.

Pasaron casi seis semanas de conversaciones, fotos y descartes. Dejé claro a todos que tenía novio y que a él no le molestaba; eso espantó a más de uno. Al final me quedé con tres candidatos que cumplían todo: simpáticos, dominantes cuando hacía falta, altos, de cuerpo imponente.

Pero uno destacaba sobre los demás. Se llamaba Maximiliano, tenía treinta y seis años y medía casi un metro noventa. Estaba entre lo robusto y lo musculoso, con unas piernas en las que cabían dos de las mías. Llevaba barba, el pelo rapado y una mirada de chico malo que se desarmaba apenas sonreía.

Lo que terminó de decidirme fue el resto. Lo que tenía entre las piernas era de otra liga: gruesa, larga, con una cabeza oscura y unos testículos pesados. Solo de imaginarlo se me secaba la boca.

Faltaba el último paso: convencerlos de que fuera un trío con mi novio presente. Un sábado les escribí a los tres a la vez. Uno se echó atrás, dijo que no se sentía cómodo con eso. Los otros dos aceptaron sin problema, siempre que a Damián no le molestara.

Cité a Maximiliano para esa misma noche, a las nueve, y al otro lo dejé para la semana siguiente, por si queríamos repetir. Después no aguanté y le escribí a Damián.

—Amor, ¿sigues queriendo el trío?

—Claro, ¿por qué? ¿Ya tienes a alguien?

—Sí. Viene hoy a las nueve.

—Dios, qué rico. Trae algo de beber tú, ¿sí?

—Dale. Te amo.

***

Cuando llegué del trabajo me di una ducha larga y me depilé entera. Damián entró poco después con una botella de vino, emocionado como un niño. Tardé casi dos horas en arreglarme: me planché el pelo, me maquillé y me puse un vestido corto, ajustado, sin sostén, con una tanga roja minúscula debajo. Con los tacones de aguja rozaba el metro ochenta y tres.

—Estás de infarto —me dijo Damián, mirándome de arriba abajo.

Me encanta que me adulen. Me sube el ánimo como nada. Él se quedó más sencillo: pantalón formal, camisa de manga corta y sus gafas.

A las nueve en punto sonó el timbre. Abrí, y por poco se me doblan las rodillas. Maximiliano era todavía más imponente de lo que prometían las fotos. Incluso con tacones tuve que levantar la mirada. Olía a un perfume que se me metió en la cabeza, y esa barba sobre su piel morena me dejó muda.

—Las fotos no te hacen justicia —dijo, con media sonrisa—. Eres una reina.

Lo saludé con un beso en la mejilla y entramos. Damián, al ver el tamaño de aquel hombre, abrió los ojos como platos. Maximiliano, por su parte, pareció sorprendido de que un chico tan menudo tuviera una novia como yo.

Damián sirvió el vino y nos sentamos en el sofá. Hablamos un rato para romper el hielo. Maximiliano era todo un caballero, divertido, atento. Yo coqueteaba con él de reojo, midiendo la reacción de Damián, que en lugar de incomodarse parecía cada vez más ansioso.

Tras varias copas, Maximiliano y yo terminamos besándonos en el sofá. Él me sujetaba de la nuca mientras nuestras lenguas se buscaban, y Damián nos miraba sin pestañear. Llevé la mano a su entrepierna y noté el bulto, enorme incluso por encima del pantalón.

No aguanté más. Me puse de pie, con el vestido subido y la tanga a la vista, y dije:

—Síganme.

***

En la habitación besé a Damián mientras Maximiliano me sujetaba las caderas por detrás y se apretaba contra mí. De golpe me giró, me besó él, y luego me hizo arrodillar.

Los dos se desnudaron frente a mí. La diferencia era brutal. Damián, fino y nervioso; Maximiliano, con aquel miembro grueso y oscuro que me hizo soltar un suspiro. Vi la cara de mi novio al compararlas, y algo en su expresión me encendió todavía más.

Agarré las dos y empecé a chupar, alternando. A Damián me lo tragaba entero, hasta el fondo. Con Maximiliano apenas podía abarcar la punta. Damián me avisó, con la voz quebrada, de que iba a terminar. Lo sujeté de los muslos y no lo solté hasta que se vino en mi boca.

Lo limpié y seguí con Maximiliano mientras mi novio se dejaba caer en una silla, al borde de la cama, a observar. Entonces Maximiliano me levantó del pelo, me lanzó sobre el colchón y me abrió las piernas. Su lengua encontró los puntos exactos y, en pocos minutos, me sacó un orgasmo que me dejó temblando.

Se montó encima. Giré la cabeza para mirar a Damián.

—Amor, me la va a meter —susurré, mordiéndome el labio.

Y entró, despacio, hasta el fondo. Nunca había sentido algo así. Lo abracé con las piernas mientras me embestía y yo gemía sin control, repitiéndole que era lo mejor que había probado, todo delante de mi novio, que se tocaba en un rincón.

Después me puso a cuatro patas y, mientras me embestía, le habló a Damián.

—Vaya suerte tienes, amigo. Tienes a una mujer increíble.

—Lo sé. Es la mejor —contestó él, con un hilo de voz.

—Me la vas a prestar otra vez —dijo Maximiliano, y me dio una palmada en la nalga.

—No sé… ya lo hablaremos.

—No te estoy preguntando. Te estoy avisando.

Damián no respondió. Yo aceleré el ritmo con la boca sobre él hasta que terminó por segunda vez.

***

Lo que vino después fue lo que de verdad lo cambió todo. Me subí a horcajadas sobre Maximiliano mientras Damián, tendido al lado, miraba cómo cabalgaba a aquel hombre. Luego Maximiliano me puso de nuevo a cuatro y me penetró por detrás, despacio, mientras mi novio no perdía detalle.

Y entonces dio una orden.

—Túmbate debajo de ella —le dijo a Damián.

Lo colocó en un sesenta y nueve: Damián abajo, lamiéndome, Maximiliano detrás de mí, y yo con la boca sobre mi novio. Lo curioso fue que a Damián, lejos de molestarle, aquella orden lo puso más duro que nunca. Su cuerpo lo delataba.

Estuvimos así un buen rato, hasta que Maximiliano avisó y terminó. Cuando se retiró, no sé si por descuido o a propósito, su miembro rozó la cara de mi novio. Lejos de apartarse, Damián se quedó quieto.

—Lámelo y luego úsalo —le ordenó Maximiliano, señalándome.

Damián dudó un segundo. Maximiliano le dio una palmada en el trasero.

—Vamos. Hazlo.

Y lo hizo. Después se montó sobre mí y me penetró hasta terminar. Caímos rendidos los dos. Maximiliano se tumbó a nuestro lado y nos quedamos hablando, riéndonos de lo intenso que había sido.

—No sé cómo no lo hicimos antes —dije.

—Por cierto, vaya palmada me diste —se quejó Damián, frotándose.

—Perdón —rió Maximiliano—. No mido mi fuerza cuando veo unas caderas como las tuyas. En serio, con la ropa adecuada engañarías a cualquiera.

Damián se rió, pero no dijo que no.

—Apuesto a que con una tanga estarías de infarto —siguió Maximiliano—. ¿Te has puesto una alguna vez?

—Jamás —dijo Damián—. ¿Para qué?

—Yo creo que te verías increíble, amor —solté yo, divertida.

Maximiliano no preguntó más. Se levantó, recogió una de mis tangas y se plantó frente a él, todavía medio erecto.

—No te estoy preguntando. Toma.

Damián miró aquella imagen, dudó otro segundo y cedió.

—Está bien.

***

Me senté en el borde de la cama y Maximiliano me rodeó la cintura con un brazo mientras Damián se ponía mi tanga. Por delante quedaba gracioso. Pero cuando se dio la vuelta, los dos nos quedamos sin palabras. Tenía un trasero precioso, redondo, que la prenda apenas contenía. Noté cómo el miembro de Maximiliano volvía a despertar.

Le ordenó acercarse. Cada uno le agarró una nalga. Después él le dio dos palmadas y le mandó ponerse a cuatro patas. Damián obedeció, tímido, sobre el colchón.

—Tu novio tiene un culo de escándalo —dijo Maximiliano.

—Y yo sin saberlo —contesté.

—Y es obediente. Una mascota bien entrenada, como tú.

—Sí, papi —respondí, encendida.

—Mírate —se rió—. Tengo a tu novio a cuatro patas y a ti masturbándome.

—Es que tú eres un macho de verdad —le dije al oído—. Y él es otra cosa.

Me hizo agacharme para chupársela mientras tenía a Damián frente a él. Luego me puso a cuatro al lado de mi novio y me embistió con fuerza, dándole palmadas a él entre golpe y golpe. Estuvo así una hora larga, hasta que terminó dentro de mí. Después ordenó a Damián que me lamiera, y volvió a tomarme una última vez.

Esa noche tuve los mejores orgasmos de mi vida.

Cuando Maximiliano se vistió, se despidió de Damián, le dijo que la había pasado increíble y que volvería pronto. Lo acompañé a la puerta, nos dimos un beso largo y se fue.

Volví a la cama con mi novio. Hablamos un rato. A ninguno de los dos le había disgustado nada; al contrario. En los días siguientes nos buscamos con un hambre que no recordábamos, reviviendo cada detalle de esa noche. Y todavía nos quedaba la cita de la semana siguiente, y todo lo que habíamos despertado en Damián sin proponérnoslo.

Pero esa, ya es otra historia.

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Comentarios (5)

NicolasT_Cba

tremendo relato!!! de los mejores que lei por aca

BelenR_22

Quede con ganas de saber como siguio la historia... necesito una segunda parte si o si

Griselda_B

La forma en que esta narrado te mete adentro desde el primer parrafo. Se siente muy real, nada forzado

PabloRdz

jaja me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años, las sorpresas inesperadas son las mejores

PazLetras

Excelente narracion, se nota que esta bien pensado. No es un relato mas del monton

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