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Relatos Ardientes

La apuesta que terminó con las parejas cambiadas

Llevábamos toda la tarde con las cartas sobre la mesa. Éramos cuatro: Tomás y Carla, una pareja con la que salíamos casi cada fin de semana, y Noelia, mi novia, y yo. Jugábamos hombres contra mujeres, y la rivalidad del juego se nos había metido también en la conversación.

Cualquier cosa que dijéramos se convertía en motivo de pique. Daba igual el tema: ellas estaban del otro lado de la mesa y nosotros del nuestro, enemigas declaradas hasta para discutir qué película era mejor. En algún momento, entre risas y vino tinto, la charla derivó hacia el sexo. Y ahí empezaron a burlarse de nosotros.

—El mío dura un suspiro —dijo Noelia, mirando a Carla con una sonrisa traviesa—. ¿El tuyo?

—No llega ni a un parpadeo —contestó Carla, y las dos se rieron como si compartieran un secreto viejo.

—¿Y cómo sabés cuánto dura uno si nunca estuviste con otro? —saltó Tomás, fingiéndose ofendido—. ¿O lo hiciste y no me contaste?

Resulta que, igual que Noelia y yo, ellos habían empezado a salir muy jóvenes. Ninguna de las dos había estado nunca con otro hombre, y yo tampoco había tocado a otra mujer que no fuera Noelia. El único con algo de historia era Tomás, que antes de Carla había tenido un par de aventuras.

—Sabés perfectamente que soy casi virgen, para lo que cuenta —respondió Carla—. Así que dejate de discursos y sacá la cosa, a ver cuánto aguantás.

—Eso, saquen la cosita —se sumó Noelia, encendida por el juego—. Si aguantan más de cinco minutos, esta noche se la ganan. Si no, a pan y agua toda la semana.

—¿Y para qué irnos a otra habitación? —dijo Carla, señalando el pasillo con la barbilla—. Acá mismo, donde podamos verlos. ¿O les da vergüenza?

—¿Vergüenza? —dije yo, y noté que el vino me había soltado la lengua más de la cuenta—. Por mí, dale. Pero con una condición: si aguantamos los cinco minutos, después las que compiten son ustedes. En la misma cama.

—Para nosotras no es ninguna vergüenza durar poco —contestó Carla, cruzándose de brazos.

—Mejor todavía. Al revés, entonces: a ver cuál de las dos se corre antes. Y si nos corremos tan rápido como dicen, ni siquiera van a tener que competir.

Hubo un segundo de silencio, ese silencio en el que una broma deja de ser broma. Noelia me buscó los ojos. Carla ya se estaba poniendo de pie.

—Pues venga —dijo—. Quítense los pantalones.

***

Pasamos al dormitorio. Tomás y yo nos sentamos en el borde de la cama, con los pies colgando y los hombros casi rozándose. Me bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón; él lo hizo más despacio, con una parsimonia de quien sabe que lo están mirando. Las dos miraban. Yo con curiosidad, ellas con curiosidad y algo más que no supe nombrar todavía.

—Pero ¿de verdad lo vamos a hacer? —pregunté, más por darme tiempo que por dudar—. Hasta ahora era una broma. Si seguimos, ya no hay vuelta atrás.

—Eso es exactamente lo que queremos —dijo Carla—. Ninguna de las dos vio nunca correrse a nadie que no fuera el suyo. Noelia, ¿a que te gustaría ver cómo lo hace Tomás?

—Me estoy poniendo cachonda de solo pensarlo —admitió Noelia en voz baja—. ¿Ustedes no?

Yo ya estaba medio duro, y lo mismo Tomás. La sola idea de lo que venía nos había hecho efecto antes de que nadie tocara nada. Noelia se acercó y me cogió con la mano, midiendo el peso, casi evaluándome.

—En su punto —le dijo a Carla, divertida—. ¿Y el tuyo?

Carla se rió y envolvió a Tomás con los dedos. Alguien preguntó por un cronómetro y Noelia se quitó el reloj de pulsera, lo dejó sobre la mesita y dijo «ya». Las dos empezaron a la vez.

Yo me puse a pensar en cualquier cosa para aguantar: el trabajo, la lista del supermercado, lo que fuera con tal de no concentrarme en su mano subiendo y bajando. Noelia se dio cuenta enseguida.

—Estoy un poco húmeda —me susurró al oído, solo para mí—. Si aguantás, después lo comprobás. Pero no vas a aguantar.

La miré un segundo y volví a mis cuentas mentales. Llevaría un minuto, minuto y medio.

—Seguro que Carla también está mojada —siguió, buscando desconcentrarme—. Por las dudas, voy a empezar a chupártela.

Lo dijo en voz alta, y vi de reojo cómo Carla aceptaba la idea y se inclinaba sobre Tomás. Noelia hizo lo mismo conmigo. La boca cambió todo. Retiré la vista para no mirar, apreté los dientes, volví a pensar en cualquier estupidez.

—Están aguantando, las dos —dijo Carla, levantando la cabeza un instante—. ¿Nos sacamos el corpiño?

—Cuando la cuenta llegue a tres, nos lo sacamos.

Y se lo sacaron. Yo nunca había visto los pechos de Carla. Miré de reojo, lo justo para grabar la imagen, y volví a clavar la vista en el techo. Ahora nos la chupaban y nos masturbaban con la mano a la vez, con el pecho descubierto, y aun así seguíamos cerca de los cinco minutos.

—Qué hijos de puta —rió Noelia—. ¡Cambiá!

Le hizo una seña a Carla. Como estábamos sentados pegados, no tuvieron ni que soltarnos: pasaron de una mano a la otra sin interrumpir, y de pronto era Carla la que me masturbaba a mí. Una mano desconocida, un ritmo distinto. Eso casi me termina.

—El tiempo se acaba —dijo Carla, mirándome a los ojos y después abajo, y otra vez a los ojos—. ¿La chupo?

—Dale —contestó Noelia, y para demostrar que estaba de acuerdo se inclinó sobre Tomás.

No quise pensarlo. Estaba al borde, a un suspiro de soltarme, pero faltaba tan poco que apreté los dientes y aguanté. Carla levantó la vista hacia el reloj.

—Lo lograron —anunció—. Pasaron los cinco minutos.

***

—Pero terminamos lo que empezamos, ¿no? —agregó enseguida—. Yo quiero ver cómo se corren.

—Por supuesto —dijo Noelia, y siguió.

Noelia tenía cara y cuerpo de niña buena, y eso hacía más extraño, más excitante, verla así. Me hizo sonreír esa contradicción. Tomás ya no necesitaba aguantar nada: le miró los pechos a Noelia, movió las caderas y se corrió. Ella se lo tragó casi entero, solo se le escapó la primera descarga.

Verlo fue contagioso. En cuanto Tomás terminó, yo empecé a descargar. Carla retrocedió medio segundo, dudó, y volvió a meterme en su boca para probar el resto. Cuando se apartó, miró el hilo que me había caído en el vientre, puso la mano encima y me lo extendió por la piel con una lentitud deliberada. Noté que tenía ganas de más, pero también que recordaba que yo era el novio de Noelia, no el suyo.

—Ahora nos toca a nosotros —dijo Tomás, recuperando el aire.

—¿No te molesta que Adrián me vea? —le preguntó Carla, de pronto seria.

—Un trato es un trato —respondió él—. Vos le viste todo, y nos viste corrernos a los dos. Estamos a mano.

—¿Volvemos cada uno con su pareja o seguimos cruzados? —preguntó Carla. La pregunta quedó suspendida en el aire.

Noelia dudó un instante.

—Por mí… seguimos —dijo al fin, casi sin voz—. Tengo curiosidad, y a lo mejor nunca se da otra vez. ¿Vos estás de acuerdo?

—Por mí, sí —contestó Carla—. ¿Y los chicos?

—Me apunto —dijo Tomás.

—A mí me encantaría que Carla disfrutara conmigo igual que yo disfruté con ella —dije, y nadie se opuso.

***

Se desnudaron del todo. Me gustó tener a Carla así, abierta, esperando que yo le hiciera lo que un rato antes nos habían hecho a nosotros. Era menuda, de piel muy blanca, casi transparente. Nos colocamos entre las piernas de la otra pareja: yo con Carla, Tomás con Noelia. No sentí celos, ni siquiera cuando vi que Noelia miraba a Tomás con deseo. Me pareció un juego, y un juego que estaba disfrutando.

—Me siento mal con la mitad de la ropa puesta —dije, y me saqué la camiseta. Tomás hizo lo mismo—. ¿Empezamos?

Carla me tomó la mano y se la llevó entre las piernas. Empecé despacio, con el dedo, mientras la observaba aflojarse poco a poco. Vi que mi propia excitación volvía a crecer.

—¿Puedo tocarte los pechos? —le pregunté en voz baja.

En lugar de contestar, me cogió otra vez la mano y la apoyó ella misma sobre uno de ellos, mirándome a los ojos con una sonrisa dulce. Eran suaves, con una forma redondeada que nunca había sentido en otra que no fuera Noelia. Pasé el pulgar por el pezón y este se endureció enseguida. Tuve la necesidad de bajar la boca y lamerlo.

Carla soltaba suspiros entrecortados. De reojo vi que Tomás le hacía lo mismo a Noelia, que ya tenía una mano entre las piernas, ayudándose. Dejé una mano en su pecho y bajé a lamerla más abajo. Estaba más abultada que Noelia, distinta, y esa diferencia me gustó y a la vez me hizo extrañar lo conocido. Hundí la lengua todo lo que pude. Las dos gemían cada vez más alto, sin disimulo.

Carla tuvo un orgasmo largo, con la espalda arqueada. Mi cuerpo pedía más, daba tirones involuntarios, pero esperé. Cuando se le pasó, volví a empezar con la lengua y los dedos, sin prisa.

—Adrián —escuché la voz de Noelia, entrecortada—. Tomás quiere metérmela. ¿Vos qué decís?

—Digo que te la meta —respondí—. Pero despacio, que a vos te gusta suave. Disfrutá. Yo, si Carla quiere, hago lo mismo.

En ese momento Carla volvió a correrse, moviendo las caderas como si ya estuviera follando con alguien. Levanté la vista y vi a Tomás entrando y saliendo de Noelia, los dos sin disimular las ganas que se tenían.

Y por más que estaba absorto en Carla, no podía dejar de mirar lo que hacía mi novia. Reconocía en ella gestos que había aprendido conmigo, ahora repetidos con otro. Era raro ver el cuerpo que conocía de memoria acariciado por unas manos que no eran las mías, y que lo disfrutara tanto. Pero no sentí rabia. Sentí algo más parecido a la fascinación, y me dije que después, en la intimidad, le pediría que me lo contara todo.

***

Carla cambió de postura y me hizo entender lo que quería. Cuando se le calmaron las últimas contracciones, la penetré despacio, hasta el fondo. El roce de sus paredes me arrancó un placer distinto, nuevo.

—Acabá adentro —me pidió, ansiosa.

Empecé a bombear con calma, marcando un ritmo. Al otro lado de la cama, Noelia se había puesto encima de Tomás y subía y bajaba sobre él, con la cabeza echada hacia atrás.

—¿Te das vuelta? —le pedí a Carla—. Quiero sentir tu espalda contra mí.

Se giró y volví a entrar, sintiendo sus nalgas firmes apretadas contra mi vientre. Le pasé una mano por delante, una en el pecho y otra entre las piernas, y la besé en el cuello con cada empujón. Cada vez que la sentía recordaba que era ella, no Noelia, y eso multiplicaba todo. Hice muchas embestidas así, hasta que se corrió otra vez y me arrastró con ella.

Cuando levanté la cabeza, la otra pareja ya descansaba, todavía unidos, Noelia desplomada sobre el pecho de Tomás.

—¿Y ahora qué? —pregunté, riendo y sin aliento.

—Creo que acabamos de coger con la pareja cambiada —dijo Tomás, feliz—. Y creo que lo pasamos bien los cuatro.

Noelia estiró el cuello hacia mí.

—Besame —dijo.

Me incliné y la besé, despacio, sin importarme nada de lo que acababa de pasar. Cuando me separé, le sonreí.

—¿Te das cuenta de que nos estamos besando con vos todavía encima de Tomás?

—Por eso lo hago —contestó, y se rió—. Curiosidad. Nada más que curiosidad.

Carla pidió lo justo: que, ya que ellos se habían besado, también nos besáramos nosotros. Le di la razón. La besé en la boca con calma, y noté un cosquilleo que prometía una segunda vuelta si alguno se animaba a empezarla.

Esa noche, ya en casa, le pedí a Noelia que me lo contara todo, como había prometido. Y mientras me lo contaba, los dos volvimos a empezar.

Pienso en aquellas dos parejas que se sentaban a jugar a las cartas cada fin de semana sin saber, o sabiendo apenas en un rincón escondido, cuánto se deseaban entre sí. Y me pregunto cuántos deseos así conviven con nosotros, callados, esperando una mano de cartas y una apuesta tonta para salir a la luz.

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Comentarios (4)

Nico_cba77

jajaja me mato de principio a fin!! tremendo lo de la apuesta

LauraEnHouse

Por favor una segunda parte, necesito saber como quedaron todos despues de esa noche jaja

RamonCba

Increible como una situacion tan simple termina asi. Muy bien narrado, se siente autentico

AndresBSAs

Buenisimo!! de los mejores que lei en mucho tiempo. Sigue asi

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