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Relatos Ardientes

Trío en la playa con una pareja que volvió

La primera en acercarse fue ella.

—Perdón que interrumpa —dijo con una sonrisa abierta, deteniéndose junto a nuestra mesa de madera—. Llevo un rato diciéndole a mi marido que estoy segura de conocerlos, pero no caigo. ¿Puede ser que nos hayamos visto antes?

Yo había notado sus miradas desde hacía varios minutos, aunque no les di demasiada importancia. Estábamos en un bar de playa con la tarima clavada sobre la arena, el sol cayéndose en franjas naranjas sobre el agua y mi mujer, Mara, sentada frente a mí con la piel tostada y los labios húmedos de cóctel. Era fácil distraerse mirándola.

Mara se volvió sorprendida y parpadeó un par de veces antes de responder.

—Ahora que lo dices… puede ser —murmuró, buscándome con los ojos.

La mujer siguió preguntando, nosotros contestando, y al cabo de un minuto cayó la ficha. Años atrás habíamos coincidido en otra cala. Nuestros hijos, entonces más pequeños, se habían puesto a jugar juntos y acabamos compartiendo una comida de esas largas de verano. Ella ahora se llamaba Vera para nosotros, y su marido, Bruno, apareció al levantarse de la mesa del fondo para saludar.

Nos invitaron a sentarnos con ellos. Aceptamos sin pensarlo demasiado.

Había algo raro y cómodo a la vez en reencontrarse con una pareja olvidada. No eran amigos, no eran desconocidos. Solo cuatro adultos con un recuerdo en común, varias copas encima y una tarde demasiado hermosa como para ponerle freno.

La conversación volvió enseguida. Hablamos de viajes, de trabajo, de hijos, de lo rápido que pasa el tiempo. Después pedimos algo de picar. Luego otra ronda. Y cuando ya era de noche, Vera propuso seguir la velada en la casa que tenían cerca de la costa.

En el jardín, sentados en sillones bajos con vasos cargados y una brisa tibia llegándonos desde el mar, empecé a fijarme en detalles que antes me habían pasado de largo. Mara y Vera se parecían mucho. Las dos morenas, de cuerpo lleno y bonito, pechos generosos, piernas firmes, la misma manera de cruzar las rodillas. Bruno y yo también teníamos una pinta parecida: altos, anchos de hombros, morenos por el verano.

Pero el verdadero cruce no estaba en el físico. Estaba en el carácter.

Mara era la prudente. Dulce, observadora, de las que tardan en soltarse, pero cuando lo hacen te dejan sin aire. Yo era el inquieto. El primero en bromear, en empujar un poco más las conversaciones. En cambio, Vera llevaba la iniciativa en su matrimonio con una naturalidad descarada, mientras Bruno parecía medir cada palabra antes de decirla.

La tensión empezó cuando salió el tema de una serie de parejas y juegos sexuales. Fue casual, o eso fingimos todos. Yo estaba medio distraído mirando las piernas de Vera cuando Mara me devolvió a la charla.

—¿Verdad, amor? —me dijo.

—¿Qué? Perdón, me perdí.

Vera soltó una risa breve, maliciosa.

—Estábamos hablando de fantasías —aclaró—. De las que una serie te deja dando vueltas en la cabeza.

Bruno la miró de lado, resignado y divertido al mismo tiempo. Ella ya tenía las mejillas encendidas por el alcohol y los ojos con ese brillo de quien sabe perfectamente lo que está provocando.

—A mí me pone muchísimo ver a otra pareja follando en la misma habitación mientras lo hago con mi marido —dijo, sin rebajar la voz—. Escucharlos, mirarlos, sentir que están ahí. No sé. Me vuelve loca.

El silencio duró dos segundos exactos. No más. Lo bastante para que el aire cambiara.

Mara bajó la vista hacia su vaso. Yo la miré. Bruno suspiró, como si aquella confesión no lo sorprendiera del todo.

—Es una fantasía, nada más —añadió Vera, sonriendo—. Pero esta noche se me ha pasado por la cabeza con ustedes. Ya está, ya lo dije.

Sentí un latigazo directo en la entrepierna. No por la idea sola, sino por la forma en que lo dijo. Sin pudor. Sin jugar a la inocencia.

—Todos tenemos alguna —solté.

Vera me señaló con el dedo, celebrando que le siguiera el juego.

—Eso. Ahora les toca.

Mara me sorprendió antes de que yo hablara.

—Nosotros hemos fantaseado alguna vez con un trío con otra mujer.

La miré de golpe. Ella también me miró, y en sus ojos vi vergüenza, sí, pero también una valentía que no le conocía de esa manera.

—¿Nosotros? —le pregunté con una sonrisa.

—Hemos hablado de eso —respondió, mordiéndose el labio.

Vera se inclinó hacia ella con interés genuino.

—¿Y te da curiosidad estar con otra mujer?

—Sí —dijo Mara, casi en un susurro—. Me da mucha curiosidad.

—Si no estuviera casada, me ofrecía ya mismo —bromeó Vera, levantando la mano.

Al moverse, el vestido ligero se le abrió lo suficiente para dejar medio pecho insinuado. No llevaba sujetador. Yo no fui el único que lo miró. Mara también lo hizo, apenas un segundo, pero lo hizo. Y Vera se dio cuenta.

Después fue el turno de Bruno.

—Mi fantasía es ver a Vera con otro hombre —admitió, seco, directo.

—Y a mí me gusta que me vea —remató ella.

El ambiente se puso tan denso que Mara decidió cortar antes de que nadie dijera algo irreversible. Nos despedimos poco después, con besos en las mejillas y una cordialidad demasiado cuidadosa para ser inocente.

En el auto hacia el hotel, ninguno habló durante varios minutos.

***

En cuanto cerramos la puerta de la habitación, Mara me empujó contra la cama y se arrodilló frente a mí sin quitarme los ojos de encima. Todavía llevaba el vestido veraniego y el carmín intacto, salvo por una pequeña marca en una comisura.

—Seguro que te la imaginaste chupándotela —dijo mientras me desabrochaba el pantalón—. A Vera. Esa zorra descarada.

Mi polla ya estaba dura cuando la sacó. La agarró con una mano y la acarició despacio, escupiéndose en los dedos antes de empezar a masturbarme.

—Y tú te imaginaste a los dos mirándonos —le contesté, jadeando.

—Sí —admitió, y entonces abrió la boca y me la tragó de golpe.

Fue una mamada profunda, húmeda, agresiva. Nada de timidez. Su lengua me recorrió la base, el frenillo, la punta, y luego empezó a subir y bajar la cabeza con hambre, metiéndosela hasta donde podía, soltando pequeños sonidos ahogados que me disparaban más todavía.

Le agarré el pelo. Ella levantó los ojos hacia mí sin dejar de chupar.

—Así te la habría chupado ella —murmuró al sacármela un momento, con saliva colgándole del labio—. Pero la polla que se corre en mi boca es la tuya.

Volvió a tragármela. Esta vez más rápido. Su mano cerrada en la base, la boca trabajando la punta, la lengua dándole vueltas. Yo no aguanté mucho. La idea de Vera allí, de Mara hablando así, de aquella tensión acumulada toda la noche, me dejó al borde enseguida.

—Me corro —avisé.

Mara no se apartó. Al contrario. Apretó más la mano y aceleró la boca hasta que me vacié con un gemido entre sus labios. Tragó casi todo, dejó que un poco se le escapara por la comisura y luego me mostró la lengua antes de limpiarse despacio con dos dedos.

—Si volvemos a verlos, esta historia no va a acabar tranquila —dijo.

No discutí. Porque yo pensaba exactamente lo mismo.

***

Al día siguiente nos escribió Vera temprano. Propuso volver a la cala donde nos habíamos conocido años atrás. A Mara le bastó leer el mensaje para mirarme con esa mezcla de nervio y deseo que ya no podía esconder.

Fuimos.

La playa estaba más tranquila de lo habitual. Nos instalamos en una zona apartada y en menos de media hora ya estábamos bebiendo cerveza y cruzando sonrisas que el día anterior no existían. Vera se movía con una soltura obscena dentro de su bikini mojado. Mara llevaba uno oscuro que le apretaba las tetas de una forma que me volvía loco.

Cuando Vera propuso meterse al agua, me apunté antes de pensarlo. Nos alejamos lo bastante para que desde la arena solo fuéramos dos figuras balanceadas por las olas.

—Anoche me quedé con unas ganas terribles —me confesó, acercándose más de la cuenta.

—Yo también.

—Te deseo desde que nos vimos otra vez —dijo sin rodeos—. Y creo que ya estamos demasiado grandes para dejar pasar lo que nos calienta.

La espuma nos golpeaba la cintura. Ella tenía los pezones marcados bajo la tela mojada y yo la polla dura dentro del bañador, imposible de ocultar a esa distancia.

—¿Y Mara? —pregunté.

—Me gusta. Y a Bruno también le gusta. Mucho. Solo hay que saber empujarlos un poco.

Nos acercamos hasta casi rozarnos. Su mano pasó por debajo del agua y me apretó la verga por encima del bañador.

—Joder —solté.

—Si me quedo aquí contigo un minuto más, te la saco y te la chupo en el mar —susurró—. Mejor volvamos antes de que haga una locura.

En la arena, las cosas no estaban más frías. Vera convenció a Mara de quitarse la parte de arriba del bikini para tomar el sol sin marcas. Mara dudó, pero terminó haciéndolo. Sus pechos quedaron al aire, pesados y firmes, con los pezones endureciéndose casi al instante por la brisa y las miradas.

Vera no tardó ni treinta segundos en imitarla.

Bruno trató de fingir normalidad, pero su bañador lo delataba. Yo tampoco estaba mucho mejor. Dos mujeres en topless frente a nosotros, una de ellas mi esposa y la otra la mujer con la que llevaba fantaseando desde la noche anterior, era demasiado.

Más tarde, Vera y yo nos fuimos otra vez al agua con la excusa de hacer esnórquel. Encontramos un rincón de roca escondido por la formación de la cala. Hicimos pie. Ella se quitó la máscara, me agarró del cuello y me besó.

Su boca sabía a sal y a hambre. Le metí las manos por la cintura del bikini y le apreté el culo. Ella me mordió el labio, metió una rodilla entre mis piernas y empezó a frotarse contra mí.

—Así tendría que estar ahora mismo —jadeó—. Con tu polla dentro.

Le bajé un poco la braguita mojada y metí dos dedos entre sus labios. Estaba empapada. Muchísimo. Soltó un gemido ronco y echó la cabeza hacia atrás.

—No sigas o no paro —me dijo.

Nos frenó el miedo a que alguien apareciera desde el agua. Volvimos con la respiración alterada y la frustración mordiéndonos los talones.

Al despedirnos para comer, Vera hizo una última jugada.

—Esta noche cenamos juntos —propuso—. Y luego vienen a casa. Quiero enseñarles algo.

Todos dijimos que sí demasiado rápido.

***

La cena fue una excusa bonita para algo mucho más sucio. Vera apareció con un vestido corto claro, sin sujetador otra vez, escote profundo y piernas bronceadas. Mara llevaba una falda larga y un top blanco ceñido que le marcaba los pezones cada vez que se levantaba la brisa. Bruno y yo apenas podíamos fingir atención en la conversación.

Después fuimos a su casa, nos acomodamos en el sofá y pusimos un capítulo de esa serie que había iniciado todo. Nadie estaba viendo realmente la pantalla. Yo tenía la polla dura. Bruno también. Vera cambiaba de postura cada dos minutos. Mara se mordía el labio y se acomodaba la falda sobre los muslos como si el roce de la tela le sobrara.

Cuando terminó el episodio, Vera se enderezó y sonrió con una seguridad que ya venía preparada de antes.

—Quiero que juguemos a algo.

Nos explicó un juego simple con dos habitaciones y papeletas. Un pretexto para mezclar, tantear, desatar. Era evidente que lo había pensado con antelación, pero ya ninguno quería detener la máquina.

La primera ronda me llevó a una habitación con Mara. Nos besamos con desesperación contenida, como si el juego nos hubiera dado permiso para excitarnos más. Le dije al oído que podíamos parar cuando quisiera. Ella respondió mordiéndome el cuello.

Otra ronda juntó a Vera con Bruno. Otra a Bruno conmigo, solo para hablar unos minutos con la tensión creciendo en el pasillo. Otra más emparejó a las dos mujeres. Cuando volvieron al salón, ambas tenían el labial corrido y una luz nueva en la cara.

La siguiente ronda cambió todo.

Entré en la habitación y encontré a Mara esperándome. Empezamos a besarnos. Un minuto después entró Vera. Se quedó mirándonos con respiración pesada.

—No paren —pidió.

Seguimos besándonos. Ella se acercó por detrás de Mara, le acarició la espalda, le apretó el culo y metió las manos bajo su top. Mara soltó un gemido pequeño, sorprendido. Entonces se giró y besó a Vera. Las vi abrir la boca una contra la otra, probarse despacio al principio y luego con ansia. Yo me quedé mirándolas con la polla latiéndome dentro del pantalón.

Vera me besó a mí después. Mara nos observó apenas un segundo y luego nos volvió a juntar con sus manos. En pocos movimientos terminaron cayendo la camisa, el top y el vestido. Cuando salimos, Vera estaba en lencería blanca y Mara en sujetador. Yo llevaba el torso desnudo y la cabeza a punto de estallar.

La siguiente vez, me tocó con Vera a solas.

En cuanto cerró la puerta, se lanzó contra mí y me empujó a la pared.

—Hoy me vas a follar de verdad —me dijo al oído—. No pienso irme de esta casa sin sentirte dentro.

Le metí la mano entre las piernas. La braguita estaba empapada. Le apreté el coño por encima de la tela y ella gimió fuerte, agarrándome la polla por encima del pantalón.

—Quítamela —ordenó.

Le bajé la ropa interior de un tirón. Se agachó y me abrió el pantalón a mí. Sacó la verga dura, me la escupió y la agarró con descaro, subiendo y bajando la mano mientras me miraba.

—Mira qué pollón tienes, cabrón —murmuró—. La voy a sentir hasta el fondo.

El tiempo de esa ronda terminó antes de que pudiera clavársela. Nos separamos jadeando, furiosos de ganas.

***

Ya nadie creía que aquello seguiría siendo un juego.

En el salón, Mara fue la primera en romper el último resto de pudor. Se desabrochó el sujetador y dejó los pechos al aire. Después, de cuclillas frente a mí, me bajó el pantalón y el bóxer de una vez, dejando mi polla completamente tiesa a la vista de los otros dos.

Vera soltó una risa excitada y se quitó lo poco que le quedaba. Quedó desnuda entera, con el coño hinchado y brillante entre los muslos. Luego desnudó también a Bruno. Él estaba tan duro como yo, con la respiración tomada por el morbo de ver a su mujer así.

Mara me tomó de la mano y me llevó hacia la habitación principal. Entendí enseguida. Vera se quedó atrás con Bruno unos segundos más.

Dentro, Mara se tumbó en la cama y abrió las piernas.

—Cómeme —me pidió—. Quiero correrme antes de que entre nadie.

Me arrodillé y le abrí el coño con los dedos. Estaba mojada, muy mojada. Hundí la cara entre sus piernas y empecé a lamerla largo, de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris, chupándolo, dándole golpes rápidos con la lengua. Mara arqueó la espalda y me agarró del pelo.

—Así, joder… así… no pares.

Le metí dos dedos mientras seguía comiéndosela. Después tres. Entraban sin resistencia por la cantidad de humedad que tenía. Se la abrí y la devoré con más fuerza, alternando el clítoris y la entrada, escuchando cómo sus gemidos se volvían gritos.

La puerta se abrió. No levanté la cabeza. Solo noté el cambio en el aire, el olor de otro cuerpo caliente, y luego la voz de Vera.

—No se detengan.

Alcé apenas la vista. Vera entró desnuda, seguida por Bruno, y sin pensarlo se subió a la cama al lado de Mara. Bruno se arrodilló entre sus piernas y empezó a lamerle el coño a su mujer al mismo tiempo que yo seguía comiéndome a la mía.

Las dos se buscaron con la boca por encima de nosotros. Se besaron con morbo, con dientes, con lengua. Mara le apretó una teta a Vera. Vera le pellizcó un pezón a Mara mientras gemía porque Bruno la estaba devorando también.

La escena era exactamente la fantasía verbalizada la noche anterior, solo que más sucia y más viva. Dos hombres con la cara hundida entre las piernas de sus mujeres, dos mujeres besándose mientras se corrían de placer delante una de la otra.

Mara explotó primero. Me apretó la cabeza con los muslos y se corrió con un gemido largo, temblándole todo el cuerpo. No me aparté. Seguí lamiéndola durante el orgasmo hasta que casi me empujó con las piernas por la sensibilidad.

Cuando me incorporé, tenía la boca empapada. Mara me agarró la nuca y me besó, saboreándose en mis labios. Después miró a Vera, que seguía recibiendo la lengua de Bruno con la espalda arqueada.

—Ven aquí —le dijo.

Vera se acercó a cuatro patas. Mara la besó otra vez, luego le lamió un pezón y bajó una mano hasta su coño. Le metió dos dedos y soltó una risa jadeante.

—Estás chorreando, puta.

—Fóllame entonces —respondió Vera, mirándome a mí.

Me puse detrás de ella. Le abrí las nalgas y alineé la punta de mi polla con su entrada. Estaba tan mojada que apenas tuve que empujar. Entré de una sola embestida.

Vera gritó.

—Joder… sí… así… hasta el fondo.

Empecé a follármela en cuatro, sujetándola de las caderas. Su coño me apretaba de una manera brutal, caliente, resbaladizo, tragándome completa cada vez que entraba. Mara estaba frente a ella, tumbada, y Vera bajó la cabeza para lamerle el coño mientras yo se la metía por detrás.

La imagen me dejó animal. Mi esposa abierta sobre la cama, recibiendo la lengua de otra mujer, mientras yo le destrozaba el coño a esa misma mujer delante de ambos. Bruno, de pie al lado, miraba y se la machacaba con la mano, completamente absorbido.

—Dale más fuerte —ordenó Mara, con una voz que jamás le había escuchado—. Le encanta. Mira cómo se abre para ti.

Le di más fuerte. Las embestidas empezaron a sonar en toda la habitación, húmedas, secas en el choque de las caderas, brutales. Vera ya no gemía; gruñía, pedía, babeaba sobre el coño de Mara mientras esta le agarraba el pelo y la obligaba a seguir lamiendo.

—¿Te gusta la polla de mi marido, zorra? —le preguntó Mara.

—Sí… joder… sí… qué bien me folla…

Bruno no aguantó más mirando. Se acercó por detrás, se escupió en los dedos y empezó a abrirle el culo a Vera mientras yo seguía penetrándola. Ella entendió enseguida, llevó una mano atrás y se tocó el ano, ofreciéndose.

—Métemela —le pidió a su marido—. Quiero las dos. Quiero todo.

Bruno la preparó apenas unos segundos y después le fue metiendo la polla por el culo con cuidado al principio, hasta que estuvo dentro. Vera soltó un alarido que me puso la piel de punta. Quedó empalada por los dos, yo en su coño, él en su culo, mientras ella temblaba intentando absorberlo todo.

—Joder, joder, joder… —repetía, fuera de sí.

Empezamos a movernos a la vez. No perfectamente, pero sí lo suficiente para volverla loca. Cada vez que yo salía un poco y entraba de nuevo por delante, Bruno empujaba por detrás y ella se arqueaba entera, con el clítoris rozando la sábana y la boca pegada al coño de Mara. La cama crujía bajo los cuatro cuerpos.

Mara, en vez de apartarse, abrió más las piernas y empezó a frotarse el clítoris mientras miraba cómo reventábamos a Vera entre los dos. Tenía los ojos oscuros, húmedos, desatados por completo.

—No pares —me dijo a mí—. Quiero verla correrse así. Quiero verla hecha una puta de verdad.

Eso fue demasiado para todos. Vera se corrió con un grito ronco, sacudiéndose entre nosotros mientras el coño le palpitaba alrededor de mi polla y el culo se cerraba sobre la de Bruno. Sentí cómo se le escapaba más humedad por los muslos. Tembló tanto que tuvimos que aflojar un segundo para que respirara.

Bruno salió primero, al borde del orgasmo. Yo también tuve que retirarme antes de correrme. Vera cayó de lado en la cama, jadeando, todavía con espasmos.

Mara me llamó con la mirada.

—Ahora ven conmigo.

Me coloqué encima de ella y la penetré en misionero. Entré despacio la primera vez, sintiendo cómo su coño seguía sensible por el orgasmo y por la excitación de todo lo que acababa de ver. Me agarró la cara con ambas manos y me besó profundo.

—Fóllame hasta correrte —me susurró.

Empecé a moverme. No necesitaba brutalidad, solo profundidad y ritmo. Mi pelvis golpeando la suya, sus tetas rebotando entre nosotros, su coño apretándome cada vez más. A un lado, Vera se tocaba mirándonos mientras Bruno se masturbaba de pie observando a su mujer empapada y a la mía siendo follada por mí.

Mara se corrió rápido, con el clítoris todavía hipersensible. Se arqueó debajo de mí, me clavó las uñas en la espalda y me pidió más. Seguimos. Yo estaba al límite.

Vera se acercó gateando por la cama, todavía con rastros de semen y humedad entre las piernas. Se puso a la altura de nuestras cabezas, agarró una teta de Mara y empezó a chuparle el pezón mientras la otra mano se la metía entre las piernas para frotarle el clítoris de nuevo.

Mara gritó otra vez. El segundo orgasmo le tembló por todo el cuerpo.

La visión de mi mujer corriéndose bajo mí mientras otra mujer le chupaba una teta fue mi final. Salí a tiempo, me agarré la polla y me corrí sobre los pechos de Mara en varias descargas espesas, manchándole el escote, los pezones y el vientre. Ella miró cómo caía todo, sonriendo con los labios abiertos.

Vera bajó enseguida la boca y lamió una gota que le resbalaba por la piel. Después la besó.

Bruno soltó un gemido ronco al ver eso y se corrió en su propia mano, apuntando luego parte de la corrida sobre la cara y el pecho de Vera, que recibió el semen con la lengua afuera y los ojos medio cerrados, excitada de verse así delante de todos.

Durante unos segundos nadie habló. Solo se oyeron respiraciones rotas, algún jadeo atrasado y el ruido mínimo de los cuerpos recolocándose en la cama revuelta.

***

Más tarde terminamos los cuatro en la piscina, desnudos, con el agua refrescándonos la piel todavía caliente. Las luces del jardín temblaban sobre la superficie. Nadie parecía querer analizar demasiado lo ocurrido, como si ponerle demasiadas palabras pudiera romperlo.

Fue Vera, por supuesto, la primera en hablar.

—Bueno —dijo, mirando el cielo—. Creo que cumplimos más de una fantasía.

Bruno sonrió en silencio. Mara me buscó con la punta del pie bajo el agua. Yo la miré y vi algo nuevo en ella: no solo satisfacción, sino hambre. Una que ya no iba a poder esconder tan fácil.

—Sí —respondí—. Y me parece que esto no termina aquí.

Vera giró la cabeza hacia mí con una sonrisa lenta, sucia, prometedora.

—Eso espero.

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Comentarios(7)

MatiasCordo

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

NatyMx_07

Dios mio, necesito una segunda parte ya!! me quede con ganas de saber como termina todo entre ellos

Renzo_BA

Lo que mas me gusto es como arranca, muy natural, nada forzado. Eso le da credibilidad y hace que te metas en la historia sin darte cuenta.

PatriSC

me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años jajaja... no llegamos a tanto pero la tension fue igual de real

Tino_lecturas

buenisimo!! sigan publicando cosas asi por favor

VickyR22

Cada vez que aparece un relato de esta categoria me lo guardo para el finde jajaja, este no fue la excepcion

LuchiMar_19

Muy bien escrito, se nota cuidado en los detalles. Se agradece. Saludos!

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