Mi primera vez en un club swinger con mi marido
Después de aquel primer intercambio que habíamos probado meses antes, mi marido, Mauro, volvió a sacar el tema una noche mientras cenábamos en casa. Lo hizo con ese tono tranquilo que usa cuando en realidad ya sabe que me está poniendo caliente. Me preguntó si me apetecía repetir, pero esta vez en un sitio donde todo girara alrededor de eso, un club swinger de verdad.
Yo ya sabía que la respuesta era sí. Había disfrutado demasiado la primera vez como para fingir pudor a esas alturas. Me excitaba recordar otras manos sobre mi cuerpo, otra polla entrando en mí con mi marido delante, mirándome, animándome, disfrutando de lo puta que podía volverme cuando me soltaba.
—Si los dos estamos de acuerdo, quiero ir —le dije.
Él sonrió y levantó la copa.
—Entonces vamos a hacerlo bien. Sin prisas, sin obligarnos a nada y solo con gente que nos guste a los dos.
Eso era importante para nosotros. Nunca habíamos jugado a sacrificar el deseo de uno por complacer al otro. Si íbamos a compartirnos, tenía que ser porque ambos lo deseábamos de verdad. Esa sinceridad era justamente lo que hacía que todo resultara más morboso y más limpio al mismo tiempo.
Buscamos varias opciones y elegimos un local discreto en una zona elegante de la ciudad, un sitio de esos donde la fachada no dice nada y, sin embargo, todo el que entra sabe perfectamente a qué va. La sola idea me tenía nerviosa. No por miedo, sino por anticipación.
Esa noche me arreglé despacio. Elegí un vestido negro ajustado, con tirantes finos y escote suficiente para insinuar mis tetas sin convertirlo en un disfraz. No me puse sujetador porque me gustaba cómo se marcaban los pezones con la tela. Cuando terminé de maquillarme, salí del baño y me planté frente a Mauro.
—Tengo una duda —le dije, levantándome un poco la falda—. ¿Bragas sí o no?
Él ni lo pensó.
—No. Quiero saber que vas con el coño libre debajo del vestido. Solo imaginarlo ya me pone duro.
A mí también me excitó oírlo. Me subí la tela hasta la cintura para enseñarle que le había hecho caso y, en cuanto vio mi entrepierna desnuda, se acercó. Me abrió los muslos con la mano, rozó mis labios con dos dedos y soltó una risa baja cuando notó que ya estaba húmeda.
—Así vas a entrar —murmuró—. Mojada y sin bragas.
Me besó justo antes de salir de casa y durante el trayecto no dejé de sentir el aire bajo el vestido, la ausencia de tela entre mis piernas, el morbo de saber que iba casi desnuda bajo una imagen perfectamente elegante. Ese detalle solo ya me tenía excitada.
Cuando entramos al club, lo primero que me sorprendió fue la calma. No había nada escandaloso ni sucio. Música baja, iluminación cálida, sofás amplios, una barra bien montada y parejas hablando con naturalidad, como si estuvieran en cualquier lounge exclusivo. Solo que aquí algunas manos ya se deslizaban por muslos ajenos y algunas bocas se buscaban sin vergüenza.
Mauro me miraba como si estuviera disfrutando de mi cara de fascinación.
—Respira —me dijo—. Nadie te obliga a nada. Mira, disfruta y decide.
Nos movimos por varias salas. En una había un ambiente más directo, con cuerpos casi desnudos, gente observando y gente dejándose mirar. Aquello me aceleró el pulso, aunque todavía no me sentía lista para exponerme así. Volvimos a la sala principal, pedimos una copa y nos sentamos en un sofá circular desde donde podía verlo todo sin sentirme en el centro.
No pasó mucho tiempo antes de que se nos acercara una pareja. Ellos no debían de rondar más que unos pocos años menos que nosotros, ambos claramente adultos. Ella era morena, con una falda corta y una sonrisa descarada; él, de barba cuidada y ojos de esos que te recorren entera sin pedir permiso. Se presentaron como Vera y Damián y pidieron sentarse con nosotros.
La conversación fluyó enseguida. Ellos ya tenían experiencia en ese ambiente y se notaba por la naturalidad con la que hablaban de límites, de gustos y de juegos. Cuando les contamos que ya habíamos hecho intercambio antes, pero nunca en un club, Vera me sonrió como si eso le gustara.
—Entonces no son novatos del todo —dijo.
Mientras lo decía, le pasó la mano por encima del pantalón a Mauro, sin brusquedad, tanteando. Él no la detuvo. Damián, en cambio, se acercó a mí por el otro lado, inclinándose lo justo para que su voz me rozara la oreja.
—Desde que entraste quiero meterte mano —murmuró—. Ese vestido pide guerra.
Sentí el calor subir desde el cuello hasta las mejillas, pero no retrocedí. Al contrario. Le besé la comisura de los labios y le respondí bajito:
—Entonces deja de hablar y hazlo.
Damián puso una mano sobre mi muslo y fue subiéndola despacio. No tenía nada de torpe. Sus dedos avanzaron por la cara interna de mi pierna hasta llegar a mi coño, y cuando descubrió que no llevaba bragas, se quedó un segundo quieto antes de soltar una carcajada baja.
—Joder. Así que viniste preparada en serio.
Vera oyó el comentario y me miró de arriba abajo, divertida.
—Eso sí es entrar con intención.
Mauro, que ya tenía la mano de Vera en la polla por encima de la ropa, intervino con una media sonrisa.
—Cuando se calienta, se suelta de verdad.
Sabía perfectamente lo que me provocaba oírlo hablar de mí delante de otros. Damián aprovechó ese momento para abrirme un poco más las piernas. Sus dedos se deslizaron entre mis labios, notando mi humedad, y empezó a acariciarme sin disimulo. Sentí cómo la falda subía hasta dejar mi coño casi expuesto, y lo peor, o lo mejor, fue darme cuenta de que varias personas alrededor ya estaban mirando.
La mirada ajena me atravesó como una descarga. No me dio vergüenza. Me excitó. Me eché hacia atrás en el sofá y separé más los muslos, ofreciéndome mejor a esa mano que ya me estaba metiendo dos dedos con una lentitud cruel. Solté un gemido y Mauro giró la cabeza para mirarme como si acabara de descubrir una versión de mí que siempre había sospechado, pero nunca había visto tan desnuda.
Vera me sostuvo la mirada mientras desabrochaba el pantalón de mi marido. Yo tenía una teta medio fuera del vestido porque Damián me había bajado uno de los tirantes para besarme el pezón. Lo chupó despacio, mordiéndomelo apenas, mientras con la otra mano me follaba con los dedos delante de todos.
—Mírala —le dijo Mauro a Vera, sin apartar los ojos de mí—. Le encanta que la vean.
Era verdad. Y escuchar que lo dijera me mojó todavía más. Damián sacó los dedos de mi coño y me enseñó el brillo de mi flujo en sus yemas antes de llevárselas a la boca. Yo estaba tan caliente que por un momento pensé en dejar que todo siguiera ahí mismo, pero el lugar empezaba a llenarse de mirones y necesitaba algo más íntimo, aunque fuera solo un poco.
—Quiero una cama —dije, recomponiéndome el vestido a medias—. No vine a quedarme en el sofá.
Damián se levantó al instante. Me tomó de la mano y nos llevó a una sala más profunda del club. No era privada, pero sí más centrada en el sexo. Había varias camas redondas, luz tenue, cuerpos moviéndose sin esconderse y el sonido húmedo de bocas, gemidos y folladas en distintos rincones. El ambiente me golpeó de lleno en el vientre.
Elegimos una cama libre. Mauro y Vera se acomodaron en la de al lado, tan cerca que podía verlos con solo girar la cabeza. Esa cercanía me excitó porque no era un intercambio separado, sino una escena compartida, un juego de cuatro donde todos podían verse y alimentarse del morbo ajeno.
Damián se quitó la camisa y el pantalón con rapidez. Yo dejé caer el vestido al suelo. Durante un segundo me quedé completamente desnuda bajo esa luz suave, respirando entrecortado, notando las miradas ocasionales de otras parejas. No tardó en tumbarme sobre la cama y besarme con hambre.
Esta vez sí le devolví el beso. Su lengua entró en mi boca y su cuerpo se pegó al mío mientras me apretaba una teta con la mano. Podía sentir su polla dura contra mi muslo. Bajó por mi cuello, chupó mis pezones y siguió hasta abrirme las piernas con los hombros, instalándose entre mis muslos como si llevara horas deseándolo.
—Quiero probarte —dijo antes de hundir la cara entre mis piernas.
Su lengua me abrió sin delicadeza falsa. Lamedoras largas primero, después más directas, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez a mi entrada, donde se detenía para meter la punta y volver a subir. Yo me agarré a las sábanas, arqueando la espalda. Damián sabía comer coño y lo sabía de una manera desvergonzada, ruidosa, como un hombre que disfruta de verdad con el sabor y con la reacción que provoca.
—Así, joder... así —gemí, moviéndome contra su boca.
Me metió dos dedos mientras me chupaba el clítoris y empecé a perder el ritmo de la respiración. Giré la cabeza y vi a Mauro ya desnudo, tumbado boca arriba, mientras Vera le tragaba la polla con una soltura obscena. Se la metía hasta casi la garganta, apartándose solo para escupirle sobre el glande y seguir mamándosela. Mi marido me miró desde allí, con esa expresión suya entre orgullosa y perversa, y yo me corrí en la boca de Damián casi al instante.
El orgasmo me sacudió entero. Le cerré los muslos alrededor de la cabeza y él no se apartó. Siguió lamiendo, alargando las contracciones hasta que tuve que empujarlo suavemente por pura sensibilidad.
—Ahora te toca a ti —le dije, todavía jadeando.
Me incorporé y me lancé sobre su polla. Era de tamaño medio, dura, caliente, con el glande ya brillante. La sujeté con la mano y empecé a lamer la punta antes de meterla en la boca. Escuché cómo soltaba el aire por la nariz al primer contacto. Fui bajando poco a poco, alternando chupadas profundas con la lengua rodeando el tronco, apretando los labios lo justo para sentir cómo le temblaban los muslos.
Damián me agarró del pelo, no con violencia, pero sí con autoridad, marcándome el ritmo. Yo se la chupé como me daba la gana, dejando que me usara un poco porque eso también me ponía. Cada vez que me retiraba para respirar, le miraba la cara de calentura y volvía a tragármela hasta el fondo. A la tercera embestida de su mano en mi nuca, soltó un gemido ronco.
—No pares... me voy a correr.
No paré. Seguí mamándosela hasta que su polla se tensó y me llenó la boca de semen. Tragué casi todo por reflejo y por morbo, y el resto me quedó en la lengua. Me limpié la comisura con los dedos sin apartar la vista de él.
—Ahora sí —murmuré—. Fóllame.
Su recuperación fue rápida, ayudada sin duda por el espectáculo que teníamos al lado. Vera estaba subida sobre Mauro, cabalgándolo de frente, con las tetas botándole libremente mientras mi marido le agarraba las caderas. Ella jadeaba sin pudor, moviéndose con fuerza, y él se aferraba a sus pezones, tirando de ellos mientras la hacía rebotar sobre su polla.
—Tu marido folla bien —me dijo Damián, mirando la escena.
—Por eso sigo casada con él —respondí.
Me hizo girar y me puso a cuatro patas sobre la cama. Sentí una descarga inmediata al adoptar esa postura, expuesta, abierta, con el culo levantado hacia él y hacia cualquiera que quisiera mirar. Me pasó la mano por las nalgas, apartándolas para contemplarme mejor. Después me escupió entre las piernas y frotó la humedad con los dedos.
—Quiero entrar despacio primero —dijo—. Luego vemos cuánto aguantas.
La punta de su polla me rozó el coño y, sin más aviso, me penetró de una sola embestida. Entró duro, caliente, llenándome por completo. Solté un grito y me agarré a la cama mientras él se quedaba un segundo hundido hasta el fondo, disfrutando de la sensación de tenerme entera alrededor.
Empezó con un ritmo firme, profundo, cada empujón haciendo chocar mis muslos contra la cama. Yo sentía cómo se me abría el coño con cada metida y cómo mi cuerpo respondía solo, echándose hacia atrás para recibirlo mejor. Damián me cogía de las caderas y me follaba con hambre, sin decir demasiadas palabras, solo gruñidos, respiración cortada y algún «joder» cuando notaba lo mojada que estaba.
Del otro lado, Vera acababa de correrse sobre la polla de Mauro. Se le veía en la cara, en la manera en que le flaqueaban las piernas. Pero mi marido no había terminado. La sujetó por la cintura, la apartó de encima y la colocó a cuatro patas con una claridad de intención que hizo que Damián dejara de moverse un instante para mirar.
Mauro le pasó la mano por el culo, le metió primero un dedo, luego otro, trabajando su ano mientras Vera jadeaba y asentía. Yo conocía esa cara de mi marido: cuando se ponía así, iba a follar duro. No tardó en apuntarle la polla y empezar a metérsela en el culo poco a poco.
Vera soltó un gemido agudo al sentirlo entrar, mezcla de dolor y excitación. Mauro no retrocedió. La sostuvo fuerte por las caderas y siguió avanzando hasta clavarla entera. Ver aquella escena me volvió loca. El morbo de mirarlo reventándole el culo a otra mujer mientras otro hombre me follaba a mí fue demasiado.
—Míralo —me dijo Damián al oído, sin dejar de embestirme—. Te pone ver a tu marido así, ¿verdad?
—Sí... joder, sí.
Él me sacó la polla del coño y me pasó dos dedos por el ano, frotándolo con calma mientras yo seguía viendo a Mauro clavado en Vera. En otra situación habría tenido más dudas, pero aquella noche yo estaba entregada a todo. Mi culo apretaba solo con la anticipación.
—Relájate —me ordenó—. Te voy a abrir bien.
Me metió un dedo, luego dos, trabajando despacio, con saliva y paciencia. Yo respiré hondo, dejando que el cuerpo cediera. Me tenía completamente expuesta, una mano sujetándome la cadera, la otra abriéndome el culo, mientras al lado Vera recibía las embestidas de Mauro y gemía sin dejar de decirle que no parara.
Cuando Damián sintió que estaba lista, apoyó la punta de su polla en mi ano y empujó con firmeza. La presión fue intensa, casi dolorosa al principio, y solté un quejido mientras mi cuerpo intentaba resistirse. Él no se precipitó. Fue entrando centímetro a centímetro, respirando conmigo, hasta que lo sentí dentro del todo. Entonces me quedé quieta, temblando, acostumbrándome a esa invasión caliente y profunda.
—Eso es... buena chica —murmuró, y esa frase, dicha en ese tono, me hizo apretar todavía más.
Empezó a follarme el culo con embestidas cortas, controladas, para que el cuerpo aceptara el ritmo. El escozor inicial se mezcló pronto con una excitación brutal. Cada empuje me arrancaba un sonido distinto. Me metí los dedos en el coño para tocarme mientras él me daba por detrás y, en cuanto encontró un ritmo más fuerte, empecé a gemir sin ninguna vergüenza.
—Más fuerte —le pedí—. No me cuides ahora.
Damián obedeció. Sus manos se clavaron en mis caderas y comenzó a empotrarme de verdad, duro, abriéndome el culo a base de polla y ganas. El golpe de sus huevos contra mí, el ruido húmedo, la presión en el ano y mis dedos frotándome el clítoris me llevaron a un punto de puro descontrol.
Vera, al lado, estaba fuera de sí. Mauro seguía follándole el culo con una cadencia salvaje y ella no dejaba de decir lo mucho que le estaba gustando. Escucharla admitirlo delante de su marido añadía una capa más de morbo a todo aquello. Damián también estaba excitadísimo por la escena. Lo notaba en cómo embestía, en cómo me apretaba, en la respiración cada vez más rota.
—Te voy a llenar el culo —me avisó entre dientes.
—Hazlo.
No sé si me puse más caliente por oírme decirlo o por ver a Mauro correrse casi al mismo tiempo dentro del culo de Vera, quedándose hundido en ella unos segundos. Ese espectáculo me disparó el orgasmo. Me corrí con la cara hundida en la cama, el coño contrayéndose vacío mientras Damián seguía machacándome el ano hasta que soltó una sacudida fuerte y se corrió dentro de mí.
Sentí su corrida caliente expandirse y entonces sí, mi cuerpo se aflojó por completo. Permaneció dentro un momento, respirando encima de mi espalda, y luego salió despacio. Noté cómo parte del semen empezaba a resbalar y él, en lugar de apartarse, separó mis nalgas con los dedos y observó fascinado.
Antes de que yo dijera nada, inclinó la cabeza y pasó la lengua por mi ano, recogiendo lo que se escapaba. El contacto me hizo estremecerme entera. Ya venía sensible del orgasmo y esa lamida, tan sucia y tan inesperadamente deliciosa, me arrancó otro gemido. Siguió lamiéndome despacio, limpiándome, hundiendo la lengua entre mis nalgas mientras yo temblaba todavía.
—Joder... —murmuré—. No sabía que eso me iba a gustar tanto.
Él sonrió contra mi piel y me dio un beso en una nalga antes de ayudarme a incorporarme.
Al lado, Mauro y Vera seguían abrazados, recuperando el aliento. Mi marido me miró con esa cara satisfecha de hombre que acaba de disfrutar exactamente la fantasía que quería. Yo me acerqué desnuda, todavía con las piernas blandas, y lo besé. Tenía en la boca el sabor del sexo de otra mujer y no me importó en absoluto.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estoy de puta madre —respondí, riéndome.
Nos quedamos un rato más en la cama, los cuatro, comentando entre jadeos y caricias lo que acababa de pasar. No había incomodidad, ni arrepentimiento, ni esa necesidad de fingir que había sido menos intenso de lo que en realidad fue. Habíamos ido a mirar y terminamos convertidos en parte del espectáculo, follando delante de otros, excitándonos con lo que hacían los demás y dejando que otros se excitaran con nosotros.
Cuando por fin nos vestimos, yo seguía sintiendo el coño palpitante y el culo sensible. Bajo el vestido, seguía sin bragas. Al despedirnos, Vera me besó en la mejilla y Damián me apretó la cintura con una confianza que unas horas antes no existía.
De camino a casa, Mauro llevó una mano a mi muslo y la fue subiendo hasta tocar entre mis piernas. Sonrió al notar que seguía húmeda.
—No me digas que todavía tienes ganas.
Giré la cara para mirarlo y abrí un poco más las piernas en el asiento.
—Después de esta primera vez en un club swinger, lo raro sería que no las tuviera.
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