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Relatos Ardientes

Atrapé a mi vecino espiándome desde su ventana

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Lo que voy a contar pasó hace apenas unos meses, en pleno invierno, cuando el frío todavía dejaba los vidrios empañados por las mañanas. Vivo sola en un departamento, en el cuarto piso de un edificio viejo que tiene más años que paciencia. Una de esas madrugadas en que la temperatura bajó de golpe, una cañería del baño se reventó y el agua empezó a filtrarse hacia los departamentos de abajo. El plomero tardaría dos días en venir, así que no me quedó otra que armar un bolso y refugiarme en la casa de mi madre.

Esa casa la conozco de memoria. Es de un solo piso, modesta, con un patio chico y ventanas que dan a la calle interna de un complejo cerrado. Crecí ahí. Mi antiguo cuarto sigue casi igual a como lo dejé, salvo por las cajas que mi madre fue acumulando con los años. Llegué temprano, dejé mis cosas y me metí a la ducha pensando que era un día como cualquier otro. No tenía idea de lo que estaba a punto de pasar.

Salí del baño envuelta en una toalla y crucé el pasillo hasta el cuarto para vestirme antes de irme a trabajar. Lo que había olvidado por completo era un detalle: meses atrás yo misma me había llevado las cortinas gruesas de esa habitación a mi departamento. Lo único que quedaba era una tela finita, casi transparente, de esas que filtran la luz pero no esconden nada. Y yo no me acordé.

Dejé caer la toalla. Me quedé desnuda frente al espejo un segundo, buscando la ropa interior en el bolso, y recién entonces se me ocurrió mirar hacia la ventana.

Ahí estaba él.

El hijo de los vecinos de enfrente, un muchacho que debía rondar los veinticinco, parado del otro lado del vidrio de su propia casa, con los ojos clavados en mí. No me había dado cuenta de que su ventana quedaba casi exactamente frente a la mía, separadas apenas por la calle interna. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, él se puso rígido, se dio vuelta y prácticamente corrió hacia el fondo de su casa.

Lo lógico habría sido sentir vergüenza. Taparme, cerrar lo poco que quedaba de cortina, indignarme. Pero lo que sentí fue otra cosa. Un calor que me subió desde el estómago y me dejó los pezones duros como piedritas y el coño empezando a humedecerse contra el aire frío. La idea de que alguien me había estado mirando las tetas y el culo sin que yo lo supiera, de que mi cuerpo desnudo le había puesto la polla tan dura como para hacerlo huir, me prendió de una manera que no esperaba.

Esto no debería gustarme tanto.

Me vestí despacio, todavía con el corazón acelerado y las bragas ya empapadas, y me fui a trabajar. Pero la imagen no se me iba de la cabeza. Toda la jornada estuve distraída, apretando los muslos bajo el escritorio, repasando ese segundo, su cara de susto, la forma en que se quedó congelado antes de salir corriendo. Me imaginaba una y otra vez lo que habría hecho al llegar a su cuarto: sacarse la verga y machacársela pensando en mí, corriéndose contra la pared. Para la hora del almuerzo ya había tomado una decisión que no terminaba de creerme: esa tarde iba a volver y, de alguna manera, iba a buscarlo.

***

Llegué a la casa de mi madre cerca de las seis. Me preparé un té, me senté junto a la ventana de la cocina y empecé a vigilar la casa de enfrente como una cazadora esperando a su presa. Conversaba con mi madre de cualquier cosa, pero mis ojos no se despegaban del vidrio. Pasaron casi cuarenta minutos hasta que lo vi salir. Cerró la puerta, se acomodó la campera y caminó hacia la calle.

—Me quedé sin leche, voy un momento a la tienda —le dije a mi madre, y salí casi pisándole los talones.

La tienda del complejo está a una cuadra. Entré y, efectivamente, ahí estaba él, mirando una góndola sin verla realmente. En cuanto me reconoció bajó la vista al piso y juro que lo vi temblar. Yo me hice la desentendida. Saludé al dueño del local, agarré un cartón de leche y, en lugar de ir directo a la caja, me acerqué a él como quien busca algo en el mismo estante.

Me incliné apenas, lo justo para que la abertura de mi blusa le mostrara el nacimiento de las tetas, y le hablé bajito, casi al oído.

—No salgas tan rápido —le dije—. Esperame y nos volvemos juntos.

Se puso colorado hasta las orejas. Abrió la boca para decir algo y no le salió nada, solo asintió con la cabeza como un chico al que acaban de descubrir en una travesura. Le miré de reojo el bulto que se le marcaba en el jean y no pude evitar sonreír: se le estaba parando ahí mismo, en plena tienda. Pagué la leche, él pagó una botella de gaseosa que ni siquiera quería, y salimos juntos a la calle fría.

Caminamos los primeros metros en silencio. Yo decidí ir directo al grano. No tenía sentido fingir.

—Sé que me estabas mirando esta mañana —le dije, mirando al frente, como si comentara el clima—. Que me viste las tetas, el coño, todo. No tiene nada de malo. A tu edad se te tiene que parar por cualquier cosa. Lo único raro es que se te ponga dura por alguien que te lleva como diez años.

—Lo siento, de verdad, yo no quería… —empezó.

—No te disculpes —lo corté—. No estoy enojada. Al contrario. Decime una cosa, ¿te la hiciste después, pensando en mí?

Frenó un segundo, sorprendido, y siguió caminando a mi lado, la cara ardiendo. Terminó asintiendo apenas, sin animarse a mirarme. Notaba su nerviosismo en cada paso, en la forma en que apretaba la botella. Y a mí ese nerviosismo me humedecía todavía más. Cuando estábamos llegando a la altura de las dos casas, me detuve frente a la mía y bajé la voz otra vez.

—Si querés ver más —le dije, deslizándole discretamente mi tanga en el bolsillo de la campera—, mirá tu ventana esta noche, a eso de las ocho. Y guardate eso para acompañarte.

Se quedó sin palabras, con la mano tanteando la tela húmeda que le acababa de meter en el bolsillo. Yo abrí la puerta, le dediqué una última mirada por encima del hombro y entré sin esperar respuesta. El corazón me golpeaba el pecho y sentía el coño palpitando bajo la pollera, sin nada debajo. No podía creer lo que acababa de hacer, y al mismo tiempo no me había sentido tan viva en mucho tiempo.

—¡Soy Damián, por cierto! —alcanzó a decir desde la vereda, casi gritando.

Sonreí sin darme vuelta. Mariana, pensé. Que se acuerde de mi nombre cuando esté cascándosela esta noche con mi bombacha en la cara.

***

Las horas siguientes fueron una tortura deliciosa. Cené con mi madre haciendo un esfuerzo enorme por parecer normal, atenta solo al reloj, con el clítoris latiéndome cada vez que pensaba en él. A las siete y media ella se arregló para ir a la misa de la tarde, como cada día, y en cuanto la puerta se cerró detrás de ella la casa quedó en silencio y a mi disposición.

Entré al cuarto y apagué la luz del techo. Dejé encendida solo la lámpara del velador, esa luz tibia y baja que deja todo entre sombras y deja ver, a la vez, lo justo. Me paré frente a la ventana de cortina fina. Del otro lado, la casa de enfrente seguía a oscuras. Por un momento pensé que no iba a venir, que lo había asustado demasiado.

Entonces, a las ocho en punto, se encendió una luz suave en la ventana de enfrente. Y ahí estaba él, sentado, mirando hacia mí, ya con el torso desnudo.

Sentí que se me secaba la garganta y que el coño se me mojaba entero de un solo golpe. Empecé despacio, bajándome el cierre de la campera de abrigo y dejándola caer de los hombros. Después tomé el borde de mi remera y la fui subiendo de a poco, centímetro a centímetro, mirándolo a través del vidrio todo el tiempo. Cuando la tela pasó por encima de mis tetas y quedaron al aire, sin corpiño, con los pezones erectos y oscuros por el frío, lo vi separar los labios y respirar hondo. El vidrio se le empañó un segundo con esa exhalación.

Dejé la remera en el piso. Me pasé las manos por el cuello, por los hombros, por el pecho, hasta ahuecar mis tetas y ofrecérselas apretadas contra el vidrio de mi ventana. Me pellizqué los pezones entre el pulgar y el índice, tirando de ellos hasta que me arqueé, y le mostré la cara de placer sin disimulo. Cada vez que confirmaba que sus ojos estaban en mí, una corriente eléctrica me recorría del cuello al coño. Nunca me había sentido tan deseada y tan puta al mismo tiempo. No me estaba tocando para mí; me estaba tocando para que él mirara, y eso lo cambiaba todo.

En un momento lo vi moverse. Se bajó el cierre del jean, se lo abrió, y sacó la verga hacia afuera. Incluso con la distancia y el vidrio de por medio pude ver perfectamente lo grande y dura que la tenía, roja en la punta, brillante ya de líquido preseminal. Con la otra mano se llevó algo a la cara y me arrancó una sonrisa: era mi tanga, la que le había metido en el bolsillo. Se la apretó contra la nariz y la boca, oliéndome, mientras empezaba a pajearse mirándome. El muy descarado se estaba oliendo mi coño y machacándose la polla al mismo tiempo, sin sacarme los ojos de encima.

Eso me terminó de encender. Me desabroché la pollera y la dejé caer, quedando completamente desnuda contra el vidrio. Me di vuelta despacio, le mostré el culo y me lo abrí con las dos manos, dejándole ver todo. Me incliné hacia adelante, apoyé las tetas contra el vidrio helado y le regalé la vista del coño hinchado entre mis piernas abiertas. Después volví a girarme y me senté en el borde de una silla que arrastré justo frente a la ventana.

Abrí las piernas de par en par. Me llevé dos dedos a la boca, los ensalivé bien y los bajé directo al clítoris. Empecé a frotármelo en círculos lentos, mostrándole cada movimiento, separándome los labios con la otra mano para que viera exactamente cómo me tocaba. Del otro lado, la mano de Damián iba cada vez más rápido sobre su verga. Se la agarraba entero, con el puño cerrado, y bombeaba con fuerza, los dientes apretados, la tanga todavía pegada a la nariz.

Me metí dos dedos en el coño. Los sentí entrar de un solo empujón, mojadísima como estaba, y empecé a follarme sola frente a él, con el pulgar clavado en el clítoris. Me mordí el labio para no gritar. Con la otra mano me apretaba una teta, me la sacudía, me tiraba del pezón. Todo para él. Todo mientras él se la seguía cascando del otro lado de la calle, mirándome como si nunca hubiera visto nada igual.

Llevé el ritmo lento, calculado, subiendo la intensidad solo cuando lo veía reaccionar. Cuando notaba que iba a acabar, aflojaba, sacaba los dedos empapados y se los mostraba a la luz, brillando de mi propio jugo. Después me los llevaba a la boca y los chupaba enteros, sin dejar de mirarlo. Él hacía lo mismo del otro lado: frenaba la mano, se apretaba la base de la polla, tomaba aire y volvía a empezar. Los dos sincronizados por una calle de por medio y un par de vidrios, sin tocarnos, sin oírnos, comunicándonos solo con la mirada y el cuerpo. Era la cosa más intensa que había vivido. Toda la tensión acumulada desde la mañana, desde ese primer segundo en que lo descubrí espiándome, se concentró en ese juego silencioso.

Cuando ya no aguantaba más, apoyé la nuca contra el respaldo de la silla, levanté las piernas y las abrí todavía más, para que me viera el coño abierto de par en par. Me clavé tres dedos y empecé a moverlos rápido, en serio, sin actuar. El clímax me llegó como una ola que no vi venir. Tuve que apoyar la mano libre en el marco de la ventana para no perder el equilibrio, mordiéndome el labio para no hacer ruido en la casa vacía. Sentí el coño apretándome los dedos en espasmos, el vientre contraído, las piernas temblando solas. Del otro lado, casi en el mismo instante, lo vi tensarse, echar la cabeza hacia atrás y correrse con fuerza: chorros blancos que le salpicaron la mano, el vidrio de su ventana y la tanga que todavía sostenía. Nos quedamos los dos quietos un momento, recuperando el aire, mirándonos como dos cómplices que acaban de cruzar una línea.

Levanté la mano y me despedí con un gesto suave, casi tierno, todavía agitada, con los dedos todavía brillantes de mi propia corrida. Él me devolvió el saludo con una sonrisa torpe, la polla aún afuera, ablandándose, y desapareció de la ventana. Apagué la lámpara, me dejé caer en la cama y me quedé mirando el techo en la oscuridad, con la respiración entrecortada y una sonrisa que no podía borrar.

Esa noche no pasó nada más. No nos tocamos, no cruzamos una sola palabra durante el juego, y sin embargo fue uno de los encuentros más cargados que tuve en años. A veces el deseo más fuerte es el que se sostiene a la distancia, el que se alimenta solo de miradas, de un coño mojado detrás de un vidrio y una polla dura del otro lado.

La cañería de mi departamento se arregló a los pocos días y volví a mi rutina. Pero ya no es lo mismo. De vez en cuando paso por la casa de mi madre a la tardecita, sin avisar, y reviso de reojo la ventana de enfrente. Y algo me dice que esta historia, la de la vecina y el muchacho que la miraba pajearse pensando en ella, todavía tiene capítulos por delante — capítulos donde el vidrio ya no va a alcanzar.

Pero eso, quizá, lo cuente otro día.

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Comentarios(7)

Ale_Mdp

Que relato tan caliente!! me quede con ganas de mas

NightRider_86

La tension del momento en que se miran es increible, bien narrado!

CarlaFromRosario

jajaja me encanto como termina, nunca me lo habria imaginado asi

VoyeurFan_ok

Por favor escribi una segunda parte, esto no puede quedar ahi

DarioMza

Muy bien escrito, se siente real. Sigue publicando

RitaLect

Me recordo a algo parecido que me paso hace unos años... nunca supe si el se dio cuenta de que yo lo vi

Pacho_BA

corto pero intenso, tremendo final

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