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Relatos Ardientes

Mi novia disfruta exhibiéndome ante su vecina

Hace tiempo que no me sentaba a escribir nada, pero esto necesito contarlo. Es de esas cosas que uno cree que solo le pasan a otros, y de repente le toca a uno la lotería.

Estoy saliendo con una mujer a la que la idea de mostrarme delante de otras la enciende de una manera que todavía no termino de entender. No le basta con desearme: necesita que las demás me deseen también, y disfrutar de esa envidia como quien saborea un postre.

Valeria es alta, de espalda ancha y piernas firmes de quien entrena en serio. Tiene unas caderas rotundas y una melena pelirroja rizada que parece moverse sola. La conocí en uno de los gimnasios donde doy clases, y ya después de la primera noche juntos me pidió una foto del cuello para abajo.

—Es para que mis amigas vean lo que acabo de cazar —dijo, mordiéndose el labio.

A cualquier otro tal vez le habría espantado. A mí me puso tanto que se me volvió a poner dura ahí mismo, y ella, al verme el bulto marcado bajo la sábana, no lo dejó pasar. Me apartó la tela, agarró la polla con toda la mano y se la llevó a la boca sin más rodeos, tragándola entera de una sola bajada. Sentí el fondo de su garganta apretándome el glande y tuve que morderme el labio para no correrme ahí mismo.

—Tranquilo, guapo —susurró, soltándomela con un hilo de saliva colgando—. Ya sabes que te quiero durito para varios asaltos.

Me la volvió a chupar despacio, lamiéndome de los huevos a la punta, y luego se sentó encima empalándose de golpe. El coño se le abrió de par en par para tragarme y empezó a montarme con las tetas botando delante de mi cara. La agarré del culo, se lo abrí a manotazos y la subí y bajé al ritmo que a mí me dio la gana hasta vaciarme dentro con un rugido. Ella se corrió encima, apretándome con el coño como si me quisiera ordeñar hasta la última gota.

***

Lo de exhibirme empezó como un juego y fue creciendo. Un día me pidió que le abriera la puerta a su vecina solo en ropa interior, supuestamente recién levantado, para ver qué cara ponía.

Desde entonces esa mujer encontraba cualquier excusa —que si le faltaba azúcar, que si se le había acabado el café— para tocar el timbre justo cuando sabía que yo estaba en casa. No siempre acertaba con el horario, pero la mayoría de las veces sí. Y a Valeria le encantaba verla quedarse sin palabras, comiéndome con los ojos en el umbral.

—Me pone más a mí que a ella —me confesaba después, todavía riéndose, mientras me metía la mano por dentro del calzoncillo y me la agarraba con esa avidez tan suya.

La cosa fue a más. Valeria empezó a fotografiarme mientras me duchaba en su casa y a mandar las imágenes a su grupo de amigas, a sus compañeras de trabajo, incluso a su jefa. Todo su círculo terminó sabiendo cómo era mi cuerpo, y los comentarios que le devolvían la tenían fascinada.

Pongo lo de «espiarme» entre comillas porque yo sabía perfectamente que lo hacía. Cuando me enjabonaba, miraba de reojo hacia la puerta entreabierta y la veía asomada con el móvil enfocándome. Esa imagen me funcionaba mejor que cualquier otra cosa: bastaba con verla ahí, agazapada, para que se me pusiera dura al instante y, más de una vez, terminara meneándomela bajo el agua sabiendo que ella lo grababa todo para sus amigas.

—Hoy te he ofrecido entre las chicas —bromeaba de vez en cuando—. He puesto precio y todo.

Era una broma recurrente, pero a mí me calentaba de una forma absurda imaginar que una de sus amigas pagara por una noche conmigo. Una fantasía tonta que ninguno de los dos pensaba cumplir, aunque jugar con ella nos divertía a los dos.

***

Una mañana, recién despierto, Valeria me pidió que me tumbara con los ojos cerrados.

—Quiero una foto para el grupo del trabajo. Se vuelven locas cuando les llega algo tuyo.

Me dejé hacer. Oí el clic del móvil y enseguida la pantalla empezó a vibrar con las respuestas.

—Buf, vaya cuerpo, guapo —leyó en voz alta, imitando a una de ellas—. Estas fotos les van a encantar.

—A este paso me abro una cuenta y cobro —dije, medio en broma.

—Pues Bea pagaría, eh. Está obsesionada. Y Cristina, mi jefa, ni te cuento. Ya me ha pedido vídeos.

—¿Vídeos? —Me reí—. Bueno, pero sácale algo a cambio. Un mejor horario, un aumento.

—No es mala idea. —Tenía el móvil en una mano y con la otra ya había empezado a bajarme el calzoncillo para dejarme la polla al aire y acariciármela despacio—. ¿Sabes lo que me dijo la muy descarada? Que si la dejo mirar la próxima vez que folle contigo.

—Estás fatal —murmuré, aunque la sangre ya me había bajado entera y la verga se me hinchaba en su puño.

—Pues si me deja mirar cómo me la metes… no le voy a decir que no.

Me había tocado la lotería, de verdad. Empezó a masturbarme con calma, apretando bien la base y subiendo la mano hasta el glande con un giro de muñeca que le había cogido perfecto. Con la otra mano encendió la grabadora del móvil y le mandó un audio a su jefa, riéndose entre frase y frase.

—Cristina, guapa, si vieras lo que tengo en la mano ahora mismo… —le decía, mientras me hacía una paja lenta que me arqueaba la espalda—. Un rabo así de gordo, calentito, todo para mí sola. Ya te subo foto, no seas ansiosa.

Me pasó el pulgar por la punta, recogió la gota que asomaba y me la extendió por el glande antes de fotografiarlo bien de cerca. Aguanté lo que pude, con los dientes apretados y las caderas empujando solas contra su mano.

—No puedo más —dije, con la garganta seca—. Ven aquí.

Dejó el teléfono y se inclinó sin dejar de mirarme a los ojos. Estaba húmedo todavía de la ducha, y aun así escupió sobre el glande y siguió con la mano un par de bajadas antes de metérsela en la boca con una mezcla de prisa y disfrute. No corría. Mantenía el contacto visual mientras se hundía la polla hasta la garganta y, con la otra mano, se separaba los labios del coño y se frotaba el clítoris en círculos lentos.

La oía tragar saliva a mi alrededor, chupar con los mofletes hundidos, sacarla entera para lamérmela desde los huevos hasta la punta y volver a metérsela hasta arcadearse un poco. La lengua le vibraba en el frenillo cada vez que subía, y los pelos rojos rizados le caían sobre mi vientre y mis muslos como si me estuvieran acariciando ellos también.

—Eres una viciosa, ¿lo sabes? —le dije, agarrándole el pelo con firmeza y guiándole la cabeza a mi ritmo.

Asintió sin soltarme, gimiendo con la boca llena. La saliva le chorreaba por la barbilla y me caía por los huevos hasta el ojo del culo. Disfrutaba más ella de aquello que yo, y eso me volvía loco. Sacaba la polla un segundo para escupirle encima, se abofeteaba la lengua con ella, se la restregaba por las mejillas y volvía a tragársela entera.

—Cómo mama esta jefa —murmuró en un descanso, riéndose ronca—. Que aprenda Cristina cómo se hace.

Se la volvió a meter y aceleró. Cuando ya no aguanté más la sujeté del pelo con las dos manos y la apreté contra mí, hasta el fondo, hasta que noté la nariz aplastada contra mi hueso púbico. Le solté la primera descarga directamente en la garganta y la mantuve ahí mientras se me vaciaban los huevos a base de espasmos. Ella tragó todo, sin apartar los ojos, y segundos después se corrió frotándose sola, temblando entera, con la polla todavía dentro de la boca y el semen resbalándole por la comisura.

—Menudo desayuno —dijo, limpiándose con el dorso de la mano y mandándole otra foto a su jefa—. Le va a dar algo cuando lo vea.

***

Otra mañana me anunció que el sábado venía una prima suya a quedarse.

—Raquel —dijo—. Es prima de mi padre, nos llevamos poco y siempre nos hemos contado todo.

—¿No iba a ir yo el sábado a tu casa? —pregunté.

—Precisamente. —Apareció esa sonrisa torcida que ya conocía—. Quiero que vea con quién estoy follando.

—Entonces no me pongo nada.

—El pijama solo cuando esté yo sola. Cuando haya visita de otra mujer te quiero paseándote con la polla al aire, tranquilo, como si nada. Quiero que se muera de envidia, ver cómo te mira, que no sepa dónde poner los ojos.

Esas palabras tenían un efecto inmediato sobre mí, y ella lo sabía.

—¿Y no se asustará? —pregunté igualmente.

—¿Raquel? Le voy a hacer un favor. Desde que se casó con Martín no levanta cabeza. Me confiesa que echa de menos que se la follen bien, ya me entiendes. —Me echó la mano al paquete y empezó a acariciarme por encima del pantalón, notando cómo se me marcaba entera—. Saldremos de fiesta las dos, y cuando volvamos te vas a pasear delante de ella con este pedazo de rabo colgando. Quiero oír lo que dice y ver la cara que pone cuando te lo vea.

Tenía la boca entreabierta y los ojos encendidos mientras me sujetaba y me apretaba los huevos con la otra mano.

—Y dejaremos la puerta abierta —añadió en voz baja, lamiéndome la oreja—. Que mire bien cómo me follas, cómo me clavas la polla hasta el fondo, cómo me la sacas y se la restriegas por la cara. Que le entren ganas de venir a la cama con nosotros.

***

Estaba a punto de tumbarla ahí mismo cuando le sonó el teléfono. Qué oportunos siempre. La conversación fue breve, y al colgar me miró con otra idea ya en marcha.

—Ropa interior fuera —ordenó—. Viene Pilar, la vecina. Le he dicho que yo no estoy pero que tú sí. Llega en cinco minutos.

—¿Sabe que estoy desnudo?

—No, pero lo está deseando. Cada vez que te ve en calzoncillos se le cae la baba. Tú hazte el despistado. Yo me escondo en la despensa y miro.

Colocó su pequeña cámara digital en un estante de la cocina, apuntando hacia el centro, y movió el bote de sal a un cajón que no era el suyo.

—Cuando te pida la sal, ábrele cuatro armarios buscándola —me explicó—. Que te dé tiempo a verte bien el culo y la polla al descuido.

Me metí un momento bajo el agua fría para fingir que me había pillado a mitad de la ducha y, de paso, calmarme un poco la verga, que solo con oír el plan se me había puesto medio dura. Sonó el timbre. Salí sin toalla, abrí solo lo justo y asomé la cabeza y el torso. Pilar me recorrió de arriba abajo antes incluso de saludar, y cuando abrí un poco más la puerta y sus ojos bajaron hasta la entrepierna, se le cortó el aire un segundo.

—Hola, guapo —dijo, tragando saliva—. Vengo a que me prestes un poco de sal, que se me ha terminado.

—Claro, pase. Lo único que me ha pillado recién salido de la ducha, disculpe el aspecto.

—No te preocupes por mí —respondió, con una sonrisa que le cambió el tono de voz—. A mí no me molesta nada. Al contrario.

Entró. Antes de que cerrara la puerta, sus ojos ya estaban clavados en mi polla, colgando entre los muslos, todavía brillante por el agua. Me sonrió sin disimulo.

—Mejor así que en ropa interior —dijo, y se rió de su propio descaro, mordiéndose el labio inferior.

Decidí improvisar para hacerlo más creíble. Fui hasta el baño a buscar una toalla, secándome sobre la marcha, y sentí su mirada clavada en mi culo durante todo el trayecto. Me pasé la toalla por la nuca, por el pecho, y a propósito la dejé caer un momento para agacharme a recogerla enseñándole el ojete y los huevos colgando entre las piernas. Cuando me giré para volver, ella seguía en el mismo sitio, hipnotizada, con los ojos fijos en la polla que se me balanceaba a cada paso.

—A ver, le busco la sal, que mi novia la cambia de sitio cada semana —dije, abriendo armarios sin prisa, estirando el brazo hacia arriba para que se me tensara todo el cuerpo.

—No corras —contestó ella, con la voz un punto más grave—. No tengo nada que hacer.

Cada vez que me giraba sentía sus ojos recorriéndome. Yo me pasaba la toalla por el cuerpo con una lentitud calculada, dejaba que rozara la polla como sin querer y fingía que aquello no tenía nada de raro. La verga empezaba a hincharse sola, y no había forma de disimularlo: Pilar bajaba la mirada cada dos segundos y se le notaba en la respiración lo que aquello le estaba haciendo. Encontré la sal y se la entregué, pero ella alargó la conversación con cualquier excusa con tal de quedarse un rato más.

—Espere, que voy a darme crema antes de vestirme —dije, y me metí en el baño.

Me siguió hasta la puerta, con el bote de sal todavía en la mano, hablando de lo despistada que se había vuelto últimamente. Aproveché para mover la cámara a un mueble junto al espejo, donde se veía toda la escena. Yo de pie frente al espejo, con la polla ya semi‑empalmada colgando gorda hacia delante; ella en el umbral, sin perder detalle, con una mano jugando al descuido con el cuello de la camisa.

Me eché crema en las piernas y los brazos con una calma exagerada. Me la extendí por los muslos, subiendo hasta la ingle, rozándome los huevos con los dedos como si fuera parte del ritual. Pilar hablaba de cualquier cosa, pero apenas me miraba a la cara. Cuanto más se le iban los ojos a la polla, más se me hinchaba, y ya empezaba a apuntar hacia arriba con un balanceo pesado.

—¿Te ayudo con la espalda? Tú no llegas bien ahí —se ofreció antes de que yo dijera nada, casi sin voz.

—Si no le importa…

Sus manos eran firmes y se tomaron su tiempo. Empezó por los hombros, amasando fuerte, pegándose a mi espalda de tal forma que noté sus tetas apretadas contra mí a través de la blusa y los pezones duros clavándose. Cuando terminó con los hombros bajaron más de lo necesario, sin preguntar: los lumbares, la curva de las nalgas, y una de las manos se coló por delante hasta la ingle como si fuera parte del masaje. Los dedos me rozaron la base de la polla y se quedaron ahí un instante de más, sintiendo el peso, antes de retirarse fingiendo que había sido casualidad. A mí me ponía exactamente eso: saber que se moría de ganas de agarrármela y que apenas se contenía. La situación era de lo más excitante, y en el espejo la polla ya me apuntaba a la barbilla, gorda, con una vena marcada de arriba abajo.

—Listo —dijo al fin, retirando las manos a regañadientes y con la respiración descolocada.

—Gracias. —Me anudé la toalla a la cintura como pude, con la erección haciendo tienda de campaña por debajo—. Por cierto, los fines de semana me ducho siempre a esta hora. Es la costumbre.

Lo dije como sin querer, para que se quedara con el dato. Estaba seguro de que, por muy «despistada» que fuera, la próxima vez volvería a llamar exactamente a esta hora.

—Pues qué buena costumbre —respondió, sonriendo, con los ojos todavía puestos en el bulto de la toalla.

La acompañé a la puerta y se despidió con una última mirada que lo decía todo. Cerré.

***

Valeria salió de la despensa directa a abrazarme, encendida y fingiendo enfado a la vez. Me metió la mano bajo la toalla y la apartó de un tirón, y al ver la polla dura, apuntando al techo, se le escapó un gemido.

—¿Has visto cómo te miraba? —dijo, agarrándomela con esa mezcla de deseo y celos que tanto la calentaba—. Se relamía cada vez que te girabas. Casi no podía con ella. Y esta pobre está a punto de reventar, mira cómo la tienes.

—He puesto la cámara grabando mientras me daba crema —le conté—. Y me ha sobado la espalda sin que se lo pidiera. Casi me la agarra.

—Qué descaro. —Sus ojos brillaban, mientras me hacía una paja de pie ahí mismo en la cocina—. El próximo día déjate, a ver hasta dónde llega. Que te la coma, si quiere. Quiero verla en ese vídeo perdiendo la vergüenza del todo, con tu rabo en la boca.

Me llevó al dormitorio antes de terminar la frase. Lo que vino después fue puro nervio acumulado. La empujé sobre la cama, le arranqué las bragas de un tirón y le abrí las piernas sin pedir permiso. Se la clavé hasta el fondo de una sola embestida, y ella soltó un aullido que se oyó desde el pasillo. El coño la tenía chorreando, empapada del calentón que le había dado ver toda la escena, y me tragaba la polla entera con un ruido sucio en cada bombeo.

—Así, así, dame duro, imagínate que soy Pilar —me jadeaba al oído, clavándome las uñas en la espalda hasta arañarme—. Fóllame como me habrías follado a ella. Rómpeme el coño.

La agarré por el cuello con una mano, sin apretar del todo, y le empecé a dar embestidas secas, midiendo bien el ángulo para chocar con el hueso al fondo cada vez. Le temblaban las piernas alrededor de mi cintura. Se corrió la primera vez casi al minuto, retorciéndose entera, con el coño palpitando en espasmos que me ordeñaban. La puse a cuatro patas, con la cara contra el colchón y el culo bien alto, y le volví a meter la polla de golpe, agarrándola de las caderas para embestirla como si tuviera que castigarla.

Le escupí en el ojete y le metí el pulgar mientras seguía dándole por el coño. Ella se corrió por segunda vez, gimiendo contra la almohada, empujando el culo hacia atrás como pidiéndome más. Me la saqué, me la restregué por los labios del coño y los pliegues del ano y le di un par de nalgadas que le dejaron la marca de la mano roja en cada cachete.

—Ponte encima —le dije, tumbándome de espaldas—. Quiero que te corras montándome.

Se sentó a horcajadas, se empaló hasta el fondo y empezó a cabalgarme con las manos apoyadas en mi pecho, las tetas botando, la melena roja pegada a la cara por el sudor. Le agarré las caderas y la ayudé a subir y bajar, y cuando la sentí temblar por tercera vez le clavé la polla desde abajo con embestidas cortas y rápidas hasta vaciarme dentro. Sentí cómo el coño me apretaba y me chupaba las descargas, una tras otra, mientras ella se corría encima gritando mi nombre. El semen empezó a escurrirse por la unión, resbalando por sus muslos, y ella se dejó caer sobre mi pecho con la respiración rota.

Después nos quedamos en silencio, mirando el techo, con el olor a sexo por toda la habitación y el chorro tibio saliéndole todavía del coño hasta mi vientre. No hizo falta decir nada. Los dos sabíamos que Pilar volvería el sábado siguiente, puntual como un reloj, y que esta vez Valeria no se conformaría con mirar desde la despensa.

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Comentarios(7)

Gonzalo_95

Buenisimo!!! me tuve que releer un par de partes. Tremendo relato.

RosaM_lect

Y la vecina como reaccionó exactamente? jaja esperando la segunda parte con ansias

ElOjoCurioso

Me encantó la dinámica entre los dos. Se nota que ella lleva las riendas y él lo disfruta, muy bien contado sin ser burdo.

Pablo_lector

corto pero intenso, quede con ganas de mas!!

NocheSuelta88

jajaja la situacion con la vecina me mato. Seguí escribiendo por favor 🔥

Torino_86

Buen relato, se siente real. Me recuerda un poco a algo que viví con mi ex aunque no llegó ni a la mitad jaja. Esperando continuacion!

PatriMontes

Muy buen morbo el de este relato. Me gustó que no fuera tosco, tiene su encanto lo que contás.

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