Dejé que un desconocido me tocara en el metro
Esa mañana salí de casa con la ropa que no habría elegido por mí misma. Mi jefe insistió: tenía una cita temprano con uno de esos clientes que firman contratos grandes y esperan cierta clase de atención, y él sabía exactamente qué vestido quería verme puesto. Lycra turquesa, ajustada al cuerpo, tan corta que apenas me cubría. Zapatillas de plataforma del mismo tono. Debajo, un juego de lencería fucsia con encaje negro que me hacía sentir más expuesta que vestida.
El plan era sencillo: dejar la camioneta en el taller —llevaba un faro roto desde hacía semanas— y llegar al otro extremo de la ciudad en mi propio coche. Pero en el taller me dijeron que tardarían cuatro horas, y yo no podía esperar. Tomé mi cartera, conté el efectivo y me di cuenta de que apenas llevaba unos billetes. Pensaba pagar todo con tarjeta. La tonta de mí había olvidado que el resto del día dependía de monedas.
Así que terminé donde nunca quería terminar vestida así: en el transporte público, calculando transbordos para estirar lo poco que tenía.
El primer autobús transcurrió sin novedad. El problema empezó cuando bajé hacia la estación. Detrás de mí venía un hombre de camisa blanca de manga larga. No le presté atención hasta que noté que repetía cada uno de mis movimientos: la misma fila en la taquilla, los mismos torniquetes, el mismo andén. Quise adelantarme hacia los vagones reservados para mujeres, pero el tren llegó antes y entré por la puerta más cercana. Él corrió y subió por la anterior.
Estás exagerando, me dije. No todo el mundo te persigue.
No iba lleno, pero tampoco quedaban asientos. Me recorrí hacia el centro del pasillo sabiendo que en la siguiente estación, donde confluyen varias líneas, el vagón se llenaría sin remedio. Y así fue. La gente entró en oleadas hasta que el espacio para moverme desapareció. Poco antes de arrancar de nuevo, sentí que alguien se acomodaba detrás de mí, empujando a los que tenía al lado. Seguí con la vista clavada en el teléfono.
Entonces empezó.
Una mano se balanceaba cerca de mis caderas. Con el bamboleo del tren era fácil confundirlo con un roce casual, así que ajusté la correa del bolso, lo apreté contra el costado y seguí jugando con el móvil. Pero los dedos volvieron, esta vez prendiéndose del borde de mi vestido. En una estación bajó algo de gente y el dueño de aquella mano aprovechó para cambiarse a mi derecha.
Apenas cerraron las puertas, la palma se deslizó abierta sobre mí, sin disimulo alguno. Di un respingo. Cuando giré la cabeza, me quedé helada: era el hombre de la camisa blanca, el que me seguía desde la calle. Tenía la cara más tranquila del mundo, como si su mano perteneciera a otra persona.
—Oiga, ya —le dije, en voz baja pero firme.
No reaccionó. Al contrario: tiró del dobladillo hacia arriba hasta dejarme medio descubierta y empezó a amasar con descaro. No era placer lo que sentía, era rabia. Le aparté la mano de un manotazo y él, en respuesta, bajó la palma a mi muslo y frotó de arriba abajo. Me sujeté del tubo, traté de bajarme el vestido con la mano libre, y él tiraba en sentido contrario, terco, metiendo los dedos donde yo no los quería. Forcejeamos en silencio, absurdamente, como si nadie alrededor pudiera notarlo.
—Ya deja en paz a la señorita —dijo de pronto una voz.
Un hombre se había abierto paso entre la gente y empujaba al acosador con el hombro.
—¿Y tú qué te metes? —escupió el otro.
—Déjala. Yo la defiendo. ¿Qué problema tienes con ella?
Mientras discutían, me acomodé el vestido, junté fuerzas y le solté al acosador una bofetada que resonó en todo el vagón. La gente volteó. El tipo se quedó plantado, sobándose la mejilla como un idiota, y yo, con la misma mano que me ardía, tomé la de mi defensor y lo jalé hacia las puertas.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
—Sí. Muchas gracias —dije, y no le solté la mano.
—¿En qué estación baja?
—En la del mercado.
—Yo también. Si gusta, me quedo con usted hasta entonces.
—Por favor —apreté sus dedos un poco más fuerte.
***
Recorrimos dos estaciones tomados de la mano, sin hablar mucho. Cuando bajamos del tren pude verlo bien: un hombre algo mayor que yo, cabello oscuro salpicado de canas, gafas, espalda ancha, una sonrisa que se disculpaba por existir. Se llamaba Damián, ronda los cincuenta, trabajaba de contador y tenía familia. Me ofreció acompañarme hasta el transbordo, y durante el trayecto charlamos como si nos conociéramos de antes.
En las escaleras nos soltamos. Le di las gracias otra vez y un beso en la mejilla. Nos aseguramos de que el otro no nos siguiera.
—¿Usted también va para el norte? —pregunté, ya en el siguiente andén.
—Sí, aunque bajo una estación antes —dijo, con una risa tímida.
Extendí la mano y él la tomó de nuevo. Bajamos las escaleras como una pareja cualquiera. Algo se había encendido en mí entre el susto, la adrenalina y esa cortesía suya tan a la antigua. No lo pensé demasiado. Caminamos hacia el fondo del andén, donde apenas había gente, y antes de que llegara el tren me coloqué delante de él y le pasé el brazo por encima para que me abrazara. Me pegué a su cuerpo, eché las caderas hacia atrás como sin querer, y sentí cómo, poco a poco, él reaccionaba contra mi espalda.
Llegó el tren. Subimos y nos quedamos contra la puerta, esa que no volvería a abrirse hasta el final del recorrido, justo donde yo bajaba. La gente entró del otro lado en cantidad, hasta dejarnos casi aplastados. En cuanto arrancó, moví las caderas despacio de un lado a otro. Lo sentí crecer.
Di media vuelta para quedar de frente y descubrí que, con tanto restregón, el vestido se me había subido hasta la cintura.
—¿Me ayudas a bajarme el vestido? —murmuré.
Damián miró hacia abajo y tragó saliva.
—Niña, se te ve todo —dijo, con la voz quebrada.
—Lo sé. Por eso te pido que me ayudes.
Tomó el borde con la mano y tiró, pero la lycra se enroscaba y volvía a subir cada vez. Lo intentó dos, tres veces, y en cada intento sus dedos me rozaban sin prisa. Lo dejé seguir. Quería ver hasta dónde se atrevía. No tuve que esperar mucho: dejó de fingir que arreglaba la tela y empezó a tomarme con la palma entera, cerrando los dedos despacio, primero un lado y luego el otro.
Estábamos en plena vista. Yo daba al pasillo y él tenía la espalda contra la puerta; cualquiera a mis espaldas podía mirar si quería. Y eso, lejos de frenarme, me prendió más. Sus dedos alternaban: caricias suaves que me hacían cosquillas, presión sobre la tela que ya empezaba a humedecerse, un roce insistente que buscaba colarse por donde no debía. En uno de esos movimientos lo logró. Apartó el encaje, hundió el dedo apenas un instante, lo retiró y se lo llevó a la boca con descaro.
—Riquísimo —dijo, casi para sí mismo.
Un frenazo inesperado del tren nos lanzó a todos unos contra otros. El de atrás me empujó contra Damián y él aprovechó para abrazarme entero. Una mano me recorrió la espalda hasta abajo; la otra volvió a colarse por delante. Con dos dedos empezó un masaje lento, profundo, mientras la palma me presionaba justo donde yo lo necesitaba. Buscó mi boca y se la di abierta, y nos besamos como si el vagón estuviera vacío, las lenguas enredadas, sus dedos moviéndose dentro de mí.
Para entonces ya había olvidado dónde estaba.
***
Sentí la urgencia de devolverle algo. Dejé caer el bolso y me fui deslizando hacia abajo hasta quedar en cuclillas, encajada entre piernas ajenas. Le bajé el cierre, metí la mano y, con algo de esfuerzo, lo liberé. No era enorme, pero se me hizo agua la boca igual. Lo probé despacio, con los labios primero y la lengua después, y luego entero. Ahí estaba yo: en cuclillas, en un vagón repleto hasta el tope, atendiendo a un desconocido que media hora antes era apenas una voz que me había defendido.
Aparté la tela con la mano, me incorporé y traté de guiarlo entre mis piernas. No entraba. Damián me empujó con la palma en la base de la espalda, pero nada; parecía más bien que lo masturbaba con los muslos. Me desesperé un poco. Di media vuelta y le presenté la espalda, volví a apartar el encaje, moví las caderas buscando el ángulo. El calor de su piel contra la mía ya era delicioso aunque no entrara.
Uno de los tirantes me resbaló por el hombro y arrastró el sostén con él. Damián deslizó la mano bajo mi brazo, bajó la tela un poco más y me dejó un pecho al aire. Con los dedos dibujaba círculos lentos, pellizcos diminutos, mientras con la otra mano me sujetaba la cintura y me mecía como si ya estuviera dentro. Me incliné apenas hacia adelante para acomodarme el vestido y, en ese gesto torpe, lo sentí abrirse paso.
Lo demás fue instinto. Empecé a empujar hacia atrás, despacio al principio, hasta que el golpeteo contra la puerta se volvió audible. Fue entonces cuando recordé dónde estaba. Miré alrededor casi asustada y vi lo que temía y deseaba a la vez: un señor, un muchacho, una mujer mayor, todos fingiendo no mirar y mirando de reojo. No fuimos discretos en ningún momento; el vagón entero sabía.
Y en lugar de detenerme, me solté del todo. Los empujones se hicieron tan francos que el vestido terminó de caer y dejó mis pechos sostenidos apenas por el encaje. Damián, encendido, me bajó esa última barrera con una mano mientras con la otra me clavaba a su cuerpo. Sentí que estaba cerca, y yo también. Pero justo antes me empujó hacia adelante, salió de golpe y me jaló de regreso para terminar sobre mi espalda. El calor de su entrega me corrió entre la piel hasta casi rozarme el cabello.
—Perdón, no traigo con qué limpiarte —murmuró, agitado.
—No te preocupes —dije, acomodándome la ropa como podía.
La tela de abajo se me empapó y supe que sería notorio el resto del día. No me importó.
El tren frenaba en su estación. Damián se subió el pantalón a las prisas, me dedicó una mirada entre culpa y asombro, y bajó casi corriendo. Cuando las puertas se cerraron, volteó para ver si yo me había bajado también. No lo hice. Le sonreí y le dije adiós moviendo los dedos.
Al llegar a mi parada, un hombre me preguntó al pasar si quería acompañarlo a algún lado. Me reí y seguí mi camino, con el vestido húmedo pegándose a la piel cada vez que corría el aire, imaginando lo que pensarían los que se cruzaban conmigo. Llegué tarde a la cita, claro. Pero algo me decía que ese día, por una vez, había sido mío y de nadie más.