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Relatos Ardientes

Exhibo a mi novia y los vecinos no le quitan ojo

Carla lleva meses provocándome de la manera más retorcida que se me ocurre, y la culpa es mía por haberle dado cuerda. Lo que tenemos no se parece a ninguna relación anterior: el sexo, el juego que lo rodea, esa tensión constante de saber que otros la desean mientras yo decido hasta dónde llega. No la cambiaría por nada.

A ella le gustan esas camisetas cortas que apenas pasan del ombligo. El verano pasado, con el calor apretando, le pedí que en casa no se pusiera otra cosa: camiseta diminuta, tanga de hilo y sandalias. Le encantó la idea más que a mí.

Había ganado algún kilo sin dejar el gimnasio, así que se le había puesto un culo grande, redondo, firme. Me vuelve loco. La mitad del tiempo la tengo a cuatro patas, y eso era solo el principio de lo que vino después.

Una tarde estaba limpiando la terraza vestida así, agachándose contra el cristal sin darse cuenta de lo que ofrecía. Yo sí me di cuenta de algo: un vecino del bloque de enfrente no le quitaba el ojo de encima. Y no solo miraba.

El tipo se estaba masturbando con la vista clavada en ella. Dos ventanas más allá había otro que tampoco se perdía el espectáculo, aunque no alcancé a ver qué hacía con las manos. Carla, ajena a todo, frotaba los vidrios y les regalaba la postal perfecta.

El primero no tardó en terminar. Se puso de pie y soltó todo contra el alféizar sin el menor pudor. El otro seguía allí, inmóvil, devorándola.

Ver a mi novia deseada por desconocidos que soñaban con ella me puso durísimo. La llamé con la excusa de que no encontraba algo en la cocina, y en cuanto entró me la follé contra la encimera, de espaldas, agarrándola del pelo y susurrándole lo que era.

Después de hacerla terminar, de ponerla de rodillas y acabar en su boca mientras me sostenía la mirada, le conté lo que había pasado en la terraza. Se quedó a medio camino entre la sorpresa y la curiosidad.

—¿El cerdo del sexto, verdad? —dijo limpiándose la comisura—. Cada vez que me lo cruzo en el portal me mira el culo sin disimular.

—Pues esta vez se hizo una paja y acabó fuera de la ventana —respondí.

—Qué asco.

—A mí me encantó. Quiero que lo hagas más veces. Como castigo, te follaré la boca y el culo.

Le brillaron los ojos de una forma que ya conocía bien.

—Bueno… si ese va a ser el castigo, igual empiezo a portarme mal —dijo mordiéndose el labio.

***

Y empezó a portarse muy mal. Pero con una condición mía: yo tenía que verlo o grabarlo. Quería ser testigo de cómo otros la deseaban. Si se exhibía sin mí delante, no tenía ninguna gracia.

Estrenó la idea con un repartidor de comida, un chaval que no llegaría a los veinticinco. Dejé el móvil grabando apuntando hacia la puerta, donde había dejado la propina sobre una mesa baja. Esa mesa baja era la clave: la obligaba a agacharse sin doblar las rodillas.

Carla llevaba una camiseta de tirantes roja, ceñida hasta marcarle los pezones, sandalias finas y un tanga a juego. Verla así, antes de que llegara nadie, ya me apretaba la bragueta.

Cuando el chico subió, ella le abrió, agarró el pedido y le pidió que esperara por la propina. Caminó despacio hasta la mesa, se inclinó ofreciéndole el culo entero, recogió la moneda y se la dio con una sonrisa de inocencia fingida.

En cuanto cerró la puerta le di una palmada sonora en la nalga y le dije que era una guarra. Ella gimió, se rio y me agarró el paquete mientras revisábamos el vídeo en la pantalla.

—Lo primero que ha mirado el pobre han sido las tetas —dijo entre risas.

—Normal, con lo que tienes —respondí.

En la grabación se veía clarísimo: el chaval clavó la vista en su culo apenas se giró, apretó los puños y se mordió el labio cuando se agachó. Aquello había sido demasiado para él.

—Eres una zorra. Seguro que ahora se va a casa a pensar en ti —le dije, y le di otra palmada, más fuerte.

Gimió y me agarró con ganas. La empujé sobre la mesa, aparté el tanga y se la metí de golpe. Estaba empapada. La embestí con rabia, fascinado con ese culo enorme frenando cada golpe.

No llevaba ni veinte embestidas cuando se vino, ruidosa, aferrada como podía a la madera. Yo seguí dándole, azotándola, hasta que me corrí dentro como un animal y ella se vino otra vez al notarlo.

—Menos mal que tomas la píldora —jadeé después, derrumbándome en el sofá.

—Si me vas a follar así cada vez, no lo dudes —contestó ella, y supe que no me había equivocado al elegirla.

***

Unos días más tarde le compré un bikini que era la mínima expresión: dos triángulos de tela y unas tiras finísimas. Me costó dar con uno que sujetara bien, que no dejara escapar una teta al primer movimiento.

Carla lo sostuvo entre los dedos y soltó una carcajada.

—Mi camiseta tiene diez veces más tela que esto.

—Lo sé.

—Eres un cochino, Dani.

—No. Tú eres la pervertida que quiere calentar a medio mundo y me obliga a castigarte.

—Ya, claro… —dijo poniendo cara de víctima—. Si es que soy carne de psiquiatra.

Se lo probó y le quedaba perfecto. Apenas cubría las aureolas arriba y los labios abajo, pero sujetaba mejor de lo que parecía. Se movió, comprobó que nada se salía y se sorprendió ella misma.

—¿Y cuándo lo estreno? —preguntó.

—Casualmente, un antiguo jefe con el que sigo en contacto nos ha invitado este finde a una barbacoa en su chalet.

—Con esto no me va a quitar el ojo de encima. Y su mujer me va a odiar —dijo, ya entrando en el juego.

—Es posible. Y es posible que a mí se me ponga dura y tenga que follarte en su baño.

Le expliqué la verdad: Ricardo, mi exjefe, era un baboso de manual. Más de una empleada se había quejado de él, y su matrimonio se sostenía por el dinero.

—Una cosa es calentar —dijo ella, pensativa—, y otra que me babeen o me metan mano.

—Si dejas que te toque el culo, el castigo será peor —solté—. Tendré que follártelo para purificarlo.

Sabía que el anal la volvía loca. Me miró fijo, alternando entre mis ojos, sin cambiar el gesto.

—Eres un cabrón. Meter eso en la ecuación es jugar muy sucio.

—Yo te digo lo que hay.

Esbozó media sonrisa, se arrodilló y me la chupó allí mismo, sosteniéndome la mirada como solo ella sabe. No hizo falta cerrar el trato con palabras.

***

El sábado fuimos al chalet, al otro lado del río, en una urbanización tranquila. Una casa vieja pero cuidada, con una piscina grande. Ricardo me recibió con un abrazo y, en cuanto le presenté a Carla, salió a relucir el baboso de siempre.

—Vaya, vaya, Dani. ¿Cómo lo haces para venir siempre del brazo de un mujerón? Encantado, Ricardo —dijo sin despegar los ojos de su escote, aunque ella llevaba un vestido de verano de lo más normal.

Si quería barro del bueno, tenía que ensuciarme yo primero.

—A ver si encuentro una así para mí. Carla es mi prima, vive en Logroño —mentí.

Ella me levantó una ceja con cara de «¿en serio?», pero me siguió la corriente. Saludé a Susana, la mujer de Ricardo, una señora encantadora, y en cuanto vi que desde la cocina se dominaba toda la piscina, mi cabeza empezó a maquinar.

—Carla, llevas toda la semana dándome la lata con la piscina. Ahí la tienes para ti sola —le dije.

—¡Sí! Si no os importa, me cambio y la estreno —respondió ella, captándolo al vuelo.

La acompañé al coche con la excusa de las toallas.

—¿Tu prima? —me susurró.

—Si digo que eres mi novia, Ricardo se contiene. Y yo quiero que te babee a gusto.

—Aaah… ahora lo entiendo —dijo con su sonrisa más perversa—. Pues igual hoy me porto mal, que tu exjefe no está tan mal para la edad.

Salió del baño con el microbikini puesto y a Ricardo se le secó la boca. Por primera vez desde que lo conocía, no supo qué decirle a una mujer guapa. Los kilos de más le daban a Carla unas curvas de infarto, y aquellos tres triángulos de tela verde dejaban poco a la imaginación.

—Madre de Dios, niña, ¿con eso vas a salir? ¡Se te ve todo! —rio Susana.

—Es para no marcarme con el sol —contestó ella, angelical.

—Pues yo también me meto, que me has dado envidia —se apresuró a decir Ricardo, y fue a ponerse el bañador.

Susana puso los ojos en blanco y me miró.

—No sé en qué pensabas trayendo semejante mujerón delante del cerdo de mi marido.

—Es con lo que está cómoda —respondí—. Ojalá no fuera mi prima.

***

Me quedé ayudándola con la ensalada, colocándome de forma que solo yo viera el exterior. Por la ventana seguí cada movimiento. Carla se untaba la crema despacio, demorándose en el pecho, mientras Ricardo le hablaba sin perder detalle.

Ya sentía el cosquilleo subiéndome por la entrepierna. Entonces ella, sin inmutarse, se quitó la parte de arriba y siguió extendiéndose la crema sobre las tetas como si tal cosa. Ricardo dejó de hablar. Solo miraba, incrédulo.

Carla me buscó con los ojos y me regaló media sonrisa, ignorándolo a él por completo. Vi cómo mi exjefe se llevaba la mano disimuladamente al bañador y se ajustaba lo que ya no podía disimular.

Cuando terminó de embadurnarse, le ofreció el bote a Ricardo y se tumbó boca abajo. Él no tardó ni dos segundos en aceptar y empezar por la espalda.

Yo me demoraba con la ensalada, disfrutando del espectáculo. Susana me contaba las últimas hazañas de su marido, ajena a lo que ocurría a sus espaldas. Menos mal: una cosa era saber que era un baboso, y otra tolerarlo en su propia casa.

Ricardo bajó de la espalda al culo. Echó crema y se recreó, amasando cada nalga con las dos manos, en círculos. No extendía: masajeaba. Mi erección latía contra los vaqueros, todavía a salvo de la mirada de Susana.

Carla giró la cara, le dijo algo, y él continuó hasta los pies, dándole un masaje que la hizo cerrar los ojos de gusto. Cuando terminó, ella le agradeció con una sonrisa, y Ricardo se levantó sin molestarse en ocultar el bulto antes de irse un momento hacia el garaje. Volvió, un par de minutos después, notablemente más relajado.

En ese momento sonó el teléfono de Susana y salió al jardín a hablar. Aproveché para hacerle un gesto a Carla. Entró solo con el tanga y las sandalias, las tetas bailando con cada paso.

—¿Te ha gustado el espectáculo? —preguntó.

No respondí. La agarré de la muñeca y subimos al baño. La puse de rodillas y se lanzó a mamármela con desesperación, escupiendo, paseándomela por la cara, sin soltarme la mirada.

Cuando sentí que me faltaba poco, la levanté contra el lavabo.

—Te voy a follar el culo, por guarra.

—Ya era hora —jadeó.

Escupí y la penetré despacio, tapándole la boca con la mano. En cuanto entró del todo, aceleré. Sus gemidos ahogados eran más intensos de lo normal. En el espejo veía su cara descompuesta, los ojos en blanco, gozando como nunca.

Se frotó el clítoris a toda velocidad y se vino casi al instante. Sentí su cuerpo cerrarse sobre mí y ya no aguanté: le llené el culo apretándome contra ella, susurrándole lo que era. El orgasmo me dejó sin ver nada durante varios segundos.

La dejé sentada, con la mirada perdida, y bajé a terminar la ensalada antes de que volviera Susana.

***

Ya en la barbacoa apareció Gerardo, un socio reciente de Ricardo al que yo no conocía. Se quedó en shock al ver a Carla con sus tetas apenas cubiertas. La comida fue animándose con el vino, y no fueron pocas las veces que pillé a los dos hombres mirándola.

—¿No te incomoda ese bikini? —le preguntó Susana.

—Qué va. La parte de arriba a veces aprieta, por eso me la quito —respondió, y se la quitó sin más, ante la mirada hambrienta de los dos.

—A mí me daría vergüenza ir con todo al aire, sentir que me miran… —siguió Susana.

—Yo ya me he acostumbrado. De cría me molestaban los viejos verdes; ahora ni los registro.

Le escribí por mensaje que tirara su bebida y fuera a buscar una bayeta, moviendo bien las tetas al limpiar. Dicho y hecho: derramó la cerveza, se excusó y volvió contoneándose, regalándonos su culo en movimiento. Gerardo y Ricardo no parpadeaban.

—No seáis babosos —rio Susana, dándole un manotazo a su marido.

—La niña está como un queso, a todos se nos van los ojos —se defendió Gerardo—. Si tuviera veinte años menos, Dani, le tiraría la caña.

—Lo tendrías difícil —solté—, salvo que bailes salsa como un crío.

—¡Llevo años bailando! —protestó él, y Ricardo confirmó entre risas que se había ligado a media academia.

La idea me encendió: Gerardo bailando con Carla, la mano en su culo. Le conté a ella que el hombre había ganado concursos, y a Carla, que adora la bachata, se le iluminó la cara.

—¿Y por qué no ahora? —propuso—. Pero tú también en bañador, que no es justo que yo esté casi desnuda.

Gerardo volvió con un bañador horroroso, y lo que me sorprendió fue el bulto que cargaba: incluso en reposo era algo descomunal. Y si algo le gustaba a Carla, eran las pollas grandes. Cuanto más, mejor. Borracha y metida en el juego, sabía que podía dejarse llevar.

Conecté el móvil al altavoz y empezó la salsa. Gerardo se movía mejor que nuestro profesor, y Carla disfrutaba cada giro. Pero los que más disfrutábamos éramos Ricardo y yo, viendo cómo se le movía todo. Él no perdía ocasión de mirarle el culo en cada vuelta.

—Ahora bachata —dije, asintiéndole a Carla.

Captó el mensaje. Ricardo, celoso, dijo que iba al baño. Ayudé a Susana a recoger mientras esos dos bailaban pegados.

—Que tenga cuidado tu prima —me advirtió ella—, que Gerardo tiene las manos muy largas bailando. Más de una bofetada se ha llevado.

Me asomé a la ventana. La mano de Gerardo ya descansaba en plena nalga de Carla. Ella miraba hacia mí, sonriendo, y yo asentía. En cada vuelta, él volvía a plantarle la mano, cada vez con más descaro.

Me iba a estallar. Le pedí a Susana que me buscara una botella concreta del mueble bar, sabiendo que tardaría. En cuanto se fue, me la saqué y me la cascé viendo a mi novia siendo manoseada. Apenas bombeé un poco y ya estaba terminando sobre un papel de cocina.

***

Cuando Susana se ofreció a ir a por hielo a la gasolinera —no la dejé conducir a Ricardo, que iba cargado—, vi mi oportunidad. Les dije que los acompañaba.

—Prima, date una ducha, que estás sudando —le dije a Carla, haciéndole señas de que subiera.

Pero no me fui. Paré la música, me escondí en la habitación frente al baño y esperé. Carla subió y, detrás, Gerardo, con la excusa de refrescarse. Ella le pidió que no cerrara la puerta. Benditos espejos: desde mi ángulo se veía absolutamente todo.

Abrió el agua, se mojó las tetas, se giró de espaldas a él y se bajó el bikini ofreciéndole el culo. Gerardo no aguantó: se arrodilló y empezó a lamerle las nalgas. Carla gimió. Le encantaba.

Yo volvía a estar duro, grabando con el móvil como podía. Él se bajó el bañador y liberó aquel monstruo. Carla lo miró con la boca abierta.

—Menudo rabo tienes —dijo, masturbándolo despacio.

—Se ha puesto así para ti, cariño.

Lo chupaba distinta a como me la chupa a mí: con los ojos cerrados, perdida. No podía culparla. Yo habría hecho lo mismo. Escupió encima, intentó hacerle una cubana con sus tetas, pero aquello no cabía ni de lejos, y sacaba la lengua para lo que no alcanzaban.

Otro chorro se me escapó contra la pared mientras la veía gozar. Sin avisar, Gerardo la levantó, la puso contra el azulejo y se la metió. Carla soltó un gemido largo, agónico.

—Gime para mí —le ordenó él, embistiendo cada vez más fuerte, azotándole ese culo enorme.

—¡Aaah! ¡Aaah! —Carla estaba desatada, golpeando la pared con cada empujón.

Cuando él sintió que se acercaba, se la sacó y se corrió entre sus nalgas, chorro tras chorro sobre la espalda y el pelo de ella. Carla jadeaba exhausta, pero no había llegado al final. Gerardo se secó por encima y se largó al jardín.

No pude contenerme. Salí de mi escondite, me la saqué, le tapé la boca y le susurré al oído.

—Mi turno, guarra.

Empecé a embestirla mientras ella gemía contra mi mano.

—¿Así que te gusta calentar a desconocidos, eh? ¿Te gusta que te follen como la cerda que eres?

Seguí con frenesí hasta vaciarme dentro de ella. Cuando me sintió llenarla, le sobrevino un orgasmo violento: arqueó la espalda y golpeó la pared con un grito ahogado.

Saqué la polla, cogí una toalla y volví a mi escondite justo a tiempo. Qué orgasmo, señores. Carla se quedó sentada en el plato de la ducha, con la mirada perdida y una sonrisa imborrable, mientras el agua caliente caía sobre ella.

Esto, sin duda, habría que repetirlo.

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Comentarios (7)

VoyeurDelSur

Que relato mas morboso!! me encanto cada detalle, de los mejores que lei en mucho tiempo

MatiasRdr

Por favor tiene que haber una segunda parte. Quedé con ganas de saber como siguio todo eso con los vecinos jaja

AlejoR_76

jajaja los vecinos no son tan inocentes tampoco 😂 buenisimo

LectNocturno

Lo que mas me gusta de este tipo de relatos es que se sienten reales, nada forzado. La dinamica de pareja que describis es muy creible y el morbo va creciendo de a poco hasta que explota. Tremendo.

Sole_22

dios mio!!! que imaginacion, o sera real?? 👀

DiegoAvent

Muy bueno. Una pregunta, ella sabia que los vecinos miraban o no?? quede con esa duda

NocheConRiver

me recordo a algo que paso en mi edificio hace años jaja, aunque no tan interesante como esto. Excelente relato

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