La desconocida de la sombrilla de al lado
Lo confieso sin vergüenza: una de las cosas que más me gustan de la playa es que siempre hay algo que mirar. Soy un voyeur de los de toda la vida, de esos que escanean con disimulo cada toalla a su alrededor. Y, puestos a elegir, prefiero a las mujeres que rondan mi edad, las que ya pasaron de los cincuenta, aunque tampoco le hago ascos a las de cuarenta y poco.
Las jovencitas de veinte no me dicen nada. Tendrán cuerpos firmes y bonitos, pero siento que no tenemos nada en común, que cualquier cosa con ellas sería una carrera agotadora por estar a la altura. En cambio, una mujer madura sabe lo que quiere. Las dos partes tienen experiencia suficiente para entenderse sin demasiadas vueltas, y eso, para mí, vale más que cualquier piel tersa de veinte años.
Por eso, cuando me desperté bajo la sombrilla aquella tarde de agosto, lo primero que hice fue comprobar el estado de mi mujer. Dormía profundamente, con la respiración pesada de la siesta. Me incorporé despacio, me calé las gafas de sol —pieza imprescindible para un hombre de mi oficio— y giré la cabeza a un lado y a otro buscando algo interesante.
Al principio no tuve mucha suerte. A mi alrededor solo había señoras entradas en años o cuerpos que ya hacía tiempo se habían rendido a la comodidad. Nada que llamara mi atención. Resignado, decidí seguir durmiendo, esta vez boca abajo. Pero al darme la vuelta descubrí que justo a mi espalda tenía un premio que no había visto.
Era una mujer de unos cincuenta y pico, piel bronceada, melena negra y corta, y un bikini del mismo color, lo bastante pequeño para insinuar sus formas y lo bastante discreto para no resultar ridículo. Sexy y elegante a la vez. Sus pies no estaban a más de metro y medio de mi toalla.
Me coloqué boca abajo, con las manos bajo la barbilla y las gafas bien puestas, y le hice un repaso completo. Desde mi perspectiva a ras de suelo veía sus pies cuidados, las uñas pintadas de un rojo intenso. Las piernas torneadas, el vientre plano, y unos pechos que el sujetador sostenía sin esfuerzo: grandes lo justo para resultar atractivos, pequeños lo justo para que la tela los mantuviera en su sitio.
Confiado en que mis cristales oscuros me convertían en un espía perfecto, disfruté de cada centímetro de su piel. Ella parecía dormida, relajada, con la respiración suave. En un momento dado se movió apenas y separó las piernas unos centímetros. De repente, a poco más de dos metros, tenía una vista privilegiada de su entrepierna.
No se le veía un solo pelo. Se depilaba, y por lo liso que se adivinaba el monte parecía que no quedaba nada alrededor. Me quedé absorto unos minutos, imaginando cómo sería verlo del todo desnudo, convencido de que sería un espectáculo magnífico.
La playa estaba poco concurrida. En la orilla, un niño se dio un golpe y rompió a llorar de forma escandalosa. Por el rabillo del ojo vi que mi mujer se removía sobresaltada por el ruido, pero siguió durmiendo. Volví mi atención a la desconocida y la sorprendí incorporando la cabeza para buscar al crío. Cuando comprobó que la madre ya se acercaba, se relajó y, durante una décima de segundo, sus ojos se clavaron en los míos.
Me mantuve quieto. Detrás de mis gafas era imposible que adivinara hacia dónde miraba, aunque reconozco que sentí un latigazo de vergüenza, como si me hubiera pillado. Tonterías mías. Ella volvió a tumbarse con total despreocupación.
Empezaba a adormilarme de nuevo cuando se ajustó la parte de arriba del bikini, con ese gesto automático que las mujeres hacen sin pensar y que a mí me resulta endemoniadamente sexy. Tensó las tiras del sujetador y luego, para mi deleite, se llevó las manos a los laterales de la braguita y tiró un poco hacia arriba.
El movimiento hizo que la tela se le clavara en la entrepierna. Lo que un momento antes había sido una superficie lisa enmarcó de pronto sus labios. Desde mi posición distinguí dos bultos suaves a cada lado de donde debía estar la entrada. Aquella visión me encendió por completo. Con un punto de remordimiento, comprobé que mi mujer seguía durmiendo. De momento, todo bajo control.
Yo estaba en el séptimo cielo. El sol me calentaba la espalda y la imagen que tenía delante me provocaba un cosquilleo agradable; de haber sido un gato, habría ronroneado. Mi vecina, en cambio, parecía cada vez más despierta. Se dio media vuelta y se tumbó boca abajo, ofreciéndome una panorámica espléndida de su trasero, con el tanga perdiéndose entre las nalgas.
Al girarse, juraría que volvió a comprobar con la mirada —ojos azules, por cierto— si la observaba. Mis gafas me protegieron otra vez, pero empecé a sospechar que ella sabía perfectamente que no estaba dormido, que me la estaba comiendo con los ojos. Sus curvas eran preciosas, con apenas algo de celulitis y un par de estrías aquí y allá, pero todo firme, todo en su lugar.
El tanga aparecía entre sus nalgas y volvía a desaparecer entre las piernas, y los pequeños pliegues de la tela me hacían bizquear en el intento de ver algo más de su intimidad. Estuvo así un par de minutos, aunque no del todo quieta; la notaba inquieta, como si algo le rondara la cabeza.
Al cabo se giró de nuevo y quedó sentada, con las rodillas dobladas y en alto. Las abrazó y paseó la vista por la arena, fingiendo una tranquilidad que la tensión de sus brazos desmentía. De pronto se quedó mirando el horizonte, los ojos azules fijos en el agua. Despacio, bajó la mirada y la posó sobre mis gafas.
No había duda. Era imposible que viera mis ojos, pero yo sentía los suyos taladrándome. Con un gesto suave alargó la mano, cogió sus propias gafas de sol y se las puso sin dejar de mirarme. Ahora los dos nos observábamos sin vernos las pupilas, como si nos hubiéramos colocado sendas máscaras de baile para poder actuar sin pudor.
Tuve la certeza de que el espectáculo estaba a punto de comenzar. Su boca dibujó una sonrisa. Soltó las piernas, se inclinó ligeramente hacia atrás apoyando el peso en las palmas y cruzó los muslos en una especie de postura de yoga. La posición le tensaba la musculatura, marcándole unas piernas fibrosas y fuertes. Para un mirón como yo, aquello equivalía a imaginarme el resto igual de tenso.
Decidí incorporarme un poco, para que entendiera que no dormía y que lo que veía me gustaba. Su sonrisa se ensanchó: a ella también le agradaba tenerme atento. Sin mover el torso, una de sus manos se posó en la rodilla y resbaló lentamente, acariciando el muslo terso, hasta detenerse sobre la braguita.
Se quedó ahí unos segundos antes de empezar a frotarse por encima de la tela. Veía cómo el tejido seguía el movimiento de su mano, la presión que ejercía sobre sí misma. Tragué saliva. Aquella mujer elegante se estaba masturbando solo para mis ojos, en mitad de una playa pública.
Con dedos ágiles apartó la tela a un lado y me mostró su sexo, depilado tal como había imaginado. El pulgar sujetaba la braguita mientras el índice y el corazón dibujaban círculos sobre el clítoris. A los pocos segundos esos dedos se perdieron en su interior, y el gesto le arqueó la espalda y le entreabrió los labios.
No podía creer lo que veía. Esa mujer hermosa, de aspecto impecable, se penetraba con los dedos a la vista de cualquiera que tuviera la fortuna de mirar. No había nadie demasiado cerca, pero en cualquier momento alguien podía acercarse, y eso lo hacía todavía más excitante. Tan absorto estaba que no me di cuenta de que mi mujer se había despertado.
Alargó la mano con los ojos aún cerrados y me tocó el brazo. Pegué un respingo del susto.
—Cariño, ¿estás bien? —preguntó extrañada, sin abrir los ojos.
—Sí, estaba medio dormido —atiné a decir, apartando la vista del espectáculo apenas un par de segundos.
Cuando volví a mirar, la desconocida amplió la sonrisa, esta vez con un punto de ironía. Sin prisa, sacó los dedos de su interior, se recolocó la braguita, se bajó las gafas para mirarme por encima de ellas y se llevó los dedos a la boca. Los lamió despacio, con los ojos azules clavados en los míos, y volvió a subirse las gafas.
—¿Quieres ir al agua? —me preguntó mi mujer mientras se incorporaba.
—No, cariño —respondí—. Ve tú, que te alcanzo en un minuto, cuando termine de espabilarme.
—Vale —contestó—. Voy yendo.
Le dediqué una sonrisa y la vi alejarse hacia la orilla. Cuando me pareció que estaba a una distancia prudente, me volví hacia mi vecina. Se había puesto en pie y parecía recoger sus cosas. Se aseguró de que la mirara, me dio la espalda y se dobló por la cintura para sacudirse la arena de los pies.
Tenía una flexibilidad asombrosa: las rodillas perfectamente rectas y la espalda plegada hasta llegar a los tobillos sin esfuerzo. En esa postura, el culo quedaba orientado hacia mí, con la tela del tanga tan tensa entre las nalgas que alcancé a distinguir hasta la zona más oscura que rodea el otro agujero. Una auténtica barbaridad.
Cuando terminó la función de limpiarse los pies, se enderezó. Cogió una camiseta de su cesta, se plantó frente a mí, pasó el brazo izquierdo por la espalda y se desabrochó el sujetador. Lo retiró con la derecha y dejó los pechos al aire, con los pezones apuntándome directamente. Eran tal como los había imaginado: más bien pequeños, de pezones oscuros y aureolas bien proporcionadas, ligeramente caídos pero magníficos.
Despacio, se puso la camiseta, que cayó como el telón de un teatro al acabar la representación. Recogió la cesta, se bajó de nuevo las gafas y, con una sonrisa amplia —supongo que por mi cara de pasmado—, dijo:
—Ya nos veremos.
Y se marchó sin esperar respuesta, dándose media vuelta.
Me quedé un buen rato petrificado, como el idiota que era en ese instante. Luego me levanté y caminé hacia el agua, donde me esperaba mi mujer. Solo confiaba en dos cosas: que no notara demasiado el bulto del bañador y que, por lo que más quisiera, no pudiera leerme la mente, porque entonces me tocaría dar muchísimas explicaciones. Me lancé de un salto y me sumergí, esperando que el frío me ayudara a despejarme. No lo creía ni yo.