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Relatos Ardientes

Lo dejé mirar todo lo que perdió cuando me dejó

Hay una butaca al fondo del set, fuera del alcance de los focos, y tú estás sentado en ella desde hace media hora. No te has movido. No has dicho una palabra. Yo, en cambio, llevo todo ese tiempo de rodillas sobre el suelo de cemento, atada a una columna de hierro, con el cuerpo abierto a la vista de cualquiera que pase por el plató. Y no dejo de buscarte con los ojos.

Quería que vinieras. Le pedí a la productora que te dejara entrar. Que mire, le dije. Que mire hasta que no aguante.

Hace unos meses yo era otra cosa. Era la novia recatada con la que ibas a casarte, la que decía «esta noche no» más veces de las que decía «sí», la que se tapaba con la sábana hasta el cuello. Tú me querías así: callada, limpia, tuya. Y cuando te cansaste de esperar a que dejara de tener miedo, te fuiste. Sin gritos. Solo una maleta y un portazo.

Mírame ahora.

Renata está a mi lado, de pie, sosteniendo la correa que llevo abrochada al cuello. Es la actriz con la que comparto la escena: alta, de pelo rojo, con una calma de profesional que a mí todavía me falta. Tira de la correa apenas lo justo para obligarme a levantar la barbilla y mirar a la cámara. El operador ajusta el encuadre, cuenta hacia atrás con los dedos, y la sala entera se queda en silencio.

—¿Lista? —pregunta Renata, en voz baja, solo para mí.

—Lista —respondo.

Pero antes de que empiece la toma vuelvo a girar la cabeza hacia el fondo. Hacia ti. Y ahí sigues, con los codos sobre las rodillas y la mandíbula tan apretada que se te marca el músculo de la sien. Me miras con algo que no sé si es odio o deseo. Probablemente las dos cosas a la vez. Eso es exactamente lo que vine a buscar.

***

La primera escena es sencilla, casi suave para lo que vendrá después. Renata me suelta de la columna y me lleva a gatas hasta el centro del plató, donde hay un banco acolchado bajo una luz cenital. La gente del equipo se mueve alrededor con cables y reflectores, indiferentes a mi desnudez, y esa indiferencia me calienta más que cualquier mirada. No soy una persona para ellos. Soy una toma que hay que iluminar bien.

Me hace tumbar boca arriba sobre el banco. Sus manos me recorren el vientre, los pechos, el cuello, con una lentitud calculada para la cámara. Sé que tú estás midiendo cada centímetro que ella toca. Sé que estás recordando todas las veces que aparté tu mano de mi cuerpo porque tenía sueño, porque me dolía la cabeza, porque me daba vergüenza.

Renata me besa el interior del muslo y yo arqueo la espalda. No finjo. Hace tiempo que aprendí a no fingir.

—Más alto la barbilla —dice el operador—. Que se le vea la cara.

Levanto la cabeza y, en el mismo gesto, te encuentro otra vez. Tienes la mano derecha cerrada en un puño sobre la rodilla. Bien. Quiero que te duela. Quiero que cada gemido mío sea una factura de todo lo que no me diste.

Cuando los dedos de Renata se hunden en mí, gimo de verdad, y el sonido rebota en las paredes desnudas del plató. Alguien del equipo carraspea. Tú cambias de postura en la butaca, incómodo, y por primera vez en media hora apartas la vista. Solo un segundo. Después vuelves a mirar, porque no puedes no mirar. Para eso te invité.

***

El operador hace una señal y la escena cambia. Renata me ayuda a levantarme y me coloca de pie contra una estructura de andamio que han montado en el lado izquierdo. Me sujetan las muñecas a la barra metálica, por encima de la cabeza, y me separan los pies con una barra rígida entre los tobillos. Quedo completamente expuesta, estirada, sin manera de cerrarme ni de esconderme. Es lo que quiero.

Aparece el primero de los actores. Es un hombre que no había visto antes del rodaje, ancho de hombros, tranquilo, con esa seguridad de quien hace esto a diario. Se planta frente a mí y espera la indicación. El operador asiente.

Lo que viene después lo siento y lo dejo escribir en mi cara, porque sé que el primer plano va directo a ti. Cuando me penetra, echo la cabeza hacia atrás y suelto un quejido largo que no tiene nada de actuado. Renata, detrás de mí, me sostiene por las caderas y me habla al oído.

—Tu ex no te quita los ojos de encima —murmura, divertida—. Está sufriendo.

—Bien —digo entre dientes—. Que sufra.

Y tú sufres. Lo veo. Tienes la respiración acelerada y la espalda rígida contra el respaldo de la butaca. Te has llevado una mano al muslo, cerca de la entrepierna, y la has dejado ahí, a medio camino entre el deseo y la vergüenza de desearme delante de toda esta gente. Anda, pienso, tócate. Nadie te lo va a impedir. Solo no podrás tocarme a mí.

El hombre marca un ritmo y yo me dejo llevar. Cada embestida me empuja contra las correas, y el tirón en las muñecas me arranca un sonido nuevo cada vez. No me corro todavía, pero estoy cerca, y juego con eso, lo retraso, lo dejo crecer, porque sé que cuanto más dure más insoportable será para ti.

***

Renata se aparta un momento y vuelve con un látigo fino de cuero. No es parte de mi castigo: es parte de mi placer, aunque tú nunca entendiste la diferencia. Cuando el primer latigazo me cruza la espalda, no grito de dolor. Gimo. La línea de fuego que me deja en la piel se conecta directamente con todo lo demás, y el segundo actor, que ha entrado por mi izquierda sin que yo lo viera, aprovecha ese instante para hacerme abrir la boca.

Ahora soy dos cosas a la vez. Una boca y un sexo, llenas las dos, atrapada entre dos hombres que no conozco mientras una mujer de pelo rojo me marca la espalda y toda una sala lo registra. Y al fondo, siempre al fondo, tú.

Pienso en las veces que me pediste un trío y yo puse cara de asco. En las veces que me preguntaste, con miedo de ofenderme, si alguna vez había fantaseado con algo más, y yo te dije que no, que estaba bien así, que el sexo era para querernos. Mentía. Mentía porque la chica que era entonces tenía pánico de la mujer que llevaba dentro. Tú no mataste a esa mujer. Solo la encerraste un tiempo. Y mira lo que pasa cuando por fin la dejo salir.

El látigo cae otra vez. Me corro con la espalda ardiendo y la boca ocupada, y mi grito sale ahogado, convertido en un gemido sordo que hace temblar al hombre que tengo delante. El operador se acerca con la cámara para capturar el momento. Sé qué cara estoy poniendo. Es una cara que tú nunca me viste poner, porque nunca te dejé. Esa es mi venganza más cruel: no que me follen delante de ti, sino que veas, por fin, lo que te perdiste.

***

Hay una pausa técnica. Cambian un foco que parpadea, alguien me ofrece agua con una pajita y yo bebo sin soltar las correas, todavía atada, todavía abierta. El cuerpo me tiembla, pero es un temblor bueno, de máquina que ha encontrado por fin su velocidad. Renata me limpia el sudor de la frente con una toalla y me sonríe.

—¿Aguantas otra? —pregunta.

—Aguanto las que hagan falta —le digo, y la miro a ti mientras lo digo.

Porque esto es para ti. Cada escena, cada correa, cada hombre, cada orgasmo. No volví a este set por dinero ni por las ganas, aunque las tenga. Volví porque quería esta imagen exacta: yo, libre y deshecha bajo los focos, y tú, atado a una butaca por tu propio orgullo, sin poder hacer otra cosa que mirar lo que dejaste ir.

La última toma es solo de Renata y mía. Me sueltan de la estructura y me dejan de rodillas frente a ella, que se sienta en una silla con las piernas abiertas. El equipo se reúne alrededor, las luces se cierran sobre nosotras dos, y yo me inclino hacia ella sin que nadie tenga que ordenármelo.

Mientras la complazco con la boca, levanto la vista una última vez por encima de su muslo. Te has puesto de pie. Tienes los ojos brillantes y la cara desencajada, y por un momento creo que vas a cruzar el plató y a hacer una escena que arruine la grabación. La productora te observa de reojo, lista para llamar a seguridad.

Pero no lo haces. No te atreves. Nunca te atreviste a nada conmigo, y por eso estamos donde estamos.

Renata se corre con un suspiro largo, me toma de la barbilla y me obliga a mirar a la cámara con su sabor todavía en mis labios. El operador grita «corten», y la sala estalla en el murmullo ordinario de la gente que recoge cables y comenta la jornada. La magia se rompe. Vuelvo a ser una persona.

Me cubro con una bata, descalza sobre el cemento frío, y camino hacia el fondo. Hacia ti. Por primera vez en toda la noche estoy a tu altura, mirándote a los ojos en lugar de buscarte desde el suelo.

—¿Por qué? —preguntas, y la voz te sale rota.

Podría darte mil respuestas. Podría hablarte de la mujer que encerraste, del miedo que ya no tengo, de todo lo que descubrí cuando dejé de pedirte permiso para desearlo. Pero ninguna de esas respuestas es la que viniste a buscar, y los dos lo sabemos.

Me acerco hasta que mi boca casi roza tu oído.

—Porque querías mirarme —susurro—. Toda la noche. Y por fin te dejé.

Después me doy la vuelta y vuelvo al set, donde alguien me llama para revisar las tomas. No miro atrás. Ya no hace falta. Sé que tú sí lo haces.

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Comentarios (5)

VentanaVerde

Dios mio que relato!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

SilvanaMar

Ese momento donde te das cuenta que sos vos quien tiene el poder... ay. Me conecto mucho con esta historia. Muy bien contado.

Carlitos_82

increible como transmite la tension sin necesitar decir tanto. bravo!!!

NocheLarga22

Por favor tiene que haber una segunda parte, no podes dejarlo ahi!! Quede con ganas de saber que paso despues.

NestoR_lector

Lo que mas valoro es que no necesita ser explicito para transmitir todo lo que transmite. La emocion esta en lo que no se dice. Muy bien logrado, saludos desde el norte.

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