Lo que mi novia hizo al salir de la playa nudista
Pasaron los minutos y no ocurrió nada digno de mención. Charlábamos tranquilos sobre la toalla mientras, de reojo, yo seguía observando a la chica de unos metros más allá. No se había movido de su postura, y yo no perdía detalle. Tenía las piernas algo abiertas y desde mi ángulo se veía todo. Me preguntaba si sería consciente de que la miraba.
Aquella incertidumbre me ponía cachondo. Por un lado, la idea de que una desconocida me estuviera enseñando su sexo con tanto descaro me aceleraba el pulso. Por otro, estaba con mi novia y, evidentemente, no podía hacer nada al respecto. Me dije que esa misma noche follaría con Lucía y se me pasarían todos los sofocos. Pero todavía quedaba tarde por delante, y se me estaba haciendo eterna.
Sin venir a cuento, Lucía bajó la voz y se acercó a mi oído.
—No había probado esto nunca. Pero ver a toda esta gente desnuda me está poniendo un poco cachonda. ¿A ti no te pasa?
—¿Perdona? —giré la cabeza, seguro de haber oído mal.
—Me dan ganas de hacerte cosas. Ya veremos esta noche.
—Joder, Lucía, aquí no se puede. No me digas eso, que me pones.
***
En ese momento notamos cierto revuelo en la orilla. Dos socorristas corrían hacia una figura que braceaba mar adentro. Supusimos que sería algún chaval que se había confiado y no había calculado bien sus fuerzas para volver. Enseguida mucha gente se puso de pie mirando en aquella dirección. Nosotros no nos levantamos: desde donde estábamos veíamos la escena perfectamente.
Pero hubo movimiento. La gente empezó a acercarse al agua, y un buen número pasaba justo por nuestro lado, esquivándonos mientras seguíamos tumbados y desnudos. Ahora sabía que decenas de miradas se posarían sobre nosotros, aunque solo fuese para no tropezar. En cuestión de minutos habría una veintena de personas alrededor. No podía adivinar si miraban el rescate o nos miraban a nosotros, ni qué pasaba por sus cabezas. Una multitud desnuda, y nosotros en medio.
Un hombre de unos sesenta años, igual que tantos otros en aquella playa, se detuvo a un metro escaso de nuestra toalla. Tenía pinta de oficinista cualquiera: poco pelo, algo de barriga, piel muy blanca. El cajero del banco, el compañero de otro departamento. Un tipo del montón. Y allí estaba, plantado, con una mano sobre los ojos para taparse el sol, mirando hacia el rescate. Desnudo, por supuesto. Sin más, empezó a hablar en voz alta.
—¿Otra vez? Ayer ya tuvieron que sacar a un crío que se había pasado con la bebida. La semana pasada, un turista pasado de todo casi no lo cuenta. Esta juventud no respeta nada.
Nos giramos hacia la voz. El hombre estaba a un palmo de Lucía, con el pene colgando en dirección a los socorristas.
—Ya, no respetan nada. Mezclan de todo y pasa lo que pasa —respondió ella por cortesía.
—Los socorristas deberían atender emergencias de verdad, no borracheras —añadió él.
Entonces se volvió del todo hacia nosotros, y su sexo quedó, sin que él pareciera notarlo, a menos de un metro de la cara de Lucía, que se había incorporado sobre los codos. Yo estaba detrás de ella, pero veía la situación entera. El tipo parecía necesitado de conversación, y se quedó al menos cinco minutos de cháchara. Intentábamos no parecer maleducados, pero aquello empezaba a resultar incómodo. Lucía llevaba las gafas de sol puestas, así que ni yo mismo sabía hacia dónde estaba mirando. Una imagen irreal. Y, lo admito, mi novia desnuda y tumbada con un sexo ajeno a un palmo de su rostro tampoco me desagradaba del todo.
Por fin sacaron al chico del agua. La playa entera aplaudió y la gente regresó a sus sitios. El hombre terminó su discurso, se despidió con educación y pasó por detrás de nosotros; al hacerlo, su miembro casi rozó la mejilla de Lucía.
—Bueno, al menos han salvado al crío —dijo ella.
—Sí. Eso está bien. ¿Pero qué me dices de nuestro amigo? Tenía la cosa colgando justo delante de tu cara.
—No sabía ni dónde mirar. Con las gafas disimulaba, pero ha sido rarísimo. Me ha hecho una radiografía y yo sin poder hacer nada. Aunque no parecía mal tipo.
—Solo faltaba eso —reí.
***
La playa fue vaciándose poco a poco. Los nudistas se vestían por aquí y por allá para volver a sus coches; el camino hasta el aparcamiento era largo y no era plan de salir de cualquier manera. Nosotros nos quedamos un rato más. Vi que la chica de antes se había puesto en pie, había guardado el libro y doblaba la toalla. Lo normal habría sido que se enfundara un bañador, una camiseta, algo. Pero no. Metió todo en la bolsa, se la colgó al hombro y se alejó caminando, desnuda, hacia el aparcamiento.
¿Qué estaba haciendo? Todo el mundo se vestía para salir y ella, en cambio, se marchaba así, tal cual. Una cosa es la playa, pero ¿cómo reaccionaríais al cruzaros con una mujer así en pleno sendero? A mí me ponía muchísimo. La desnudez en lugares inesperados siempre me ha parecido de lo más excitante. Y allá iba ella, rumbo a su coche, supongo, exponiéndose en el mejor de los casos a una multa. Parecía una habitual del sitio; seguro que lo había hecho mil veces.
—Oye —le dije a Lucía—, ¿vamos así hasta el final de la playa? En la salida ya nos vestimos.
—Parece que te está gustando la situación.
—Sí, no está mal. Aprovechemos antes de irnos, que luego quién sabe si volveremos a hacer algo parecido.
—Como quieras. Pero salgamos por aquel extremo, aunque haya que cruzar el pinar. Está más cerca del coche que dar toda la vuelta.
Caminamos por la orilla. Nos cruzamos con más gente: unos con perros, otros solitarios, algún corredor que parecía entrenar para los Juegos. Sobre todo, gente normal sin ropa. Nada extraordinario, desde chavales de veintitantos hasta abuelos de setenta. Saludar resultaba muy extraño. No es lo mismo dar las buenas tardes a un conocido en la acera del pueblo que a una señora de cincuenta con los pechos al aire, o a un hombre paseando su sexo flácido bajo los últimos rayos de sol.
Veíamos de todo y, cómo no, lo comentábamos en voz baja.
—Madre mía —susurró Lucía—, vaya regalo se gasta aquel. Tú no vas mal, pero menudo aparato tiene el rubio.
—Por favor, no seas bruta.
—¿Qué pasa, que tú no estás mirando los culos y los sexos que hay a la vista?
—No te lo voy a negar. Hay algunas que… Y oye, qué culito el de aquella chica. Me encanta el tuyo, pero a veces…
—Muy bonito, sí. Ya me gustaría a mí.
—El tuyo está perfecto.
—¿Te das cuenta de lo que estamos criticando, y nosotros qué? No somos modelos precisamente.
—Ya, pero así se ven todas las virtudes y los defectos —reconocí.
Era curioso: muchos ganaban una barbaridad al vestirse. Pechos enormes ocultos tras camisetas holgadas, chicas de atributos discretos que parecían un tesoro en cuanto se ponían el sujetador. Entre risas y comentarios llegamos al final de la playa. Sobre unas rocas grandes nos sentamos a vestirnos. Yo me puse el pantalón, la camiseta y las zapatillas que traía en la mochila. Sacudí la toalla y la guardé. Lucía hizo lo propio: se enfundó una blusa azul larga que le llegaba casi a las rodillas y, debajo, la parte de abajo del bikini. Se calzó las chanclas y empezamos a subir.
***
El sendero ascendía por un pinar mediterráneo más bien denso, con maleza entre los troncos. El camino estaba bien marcado de tanto pasar la gente por allí. Subimos unos minutos por una cuesta suave pero constante. Al llegar a un claro llano paramos a tomar aire. Y fue entonces cuando lo vimos. Algo nos imaginábamos, pero aquello despejó cualquier duda.
—No sé por qué, pero me da que aquí pasan cosas —dijo Lucía—. Playa, bosque cerrado, rincones para esconderse…
—Ya me doy cuenta. Y no quiero ni pensar lo que ocurrirá aquí caída la noche.
—¿Qué es aquello? No será…
—Pues… sí. Parece un tipo aliviando tensiones. Y encima tenemos que pasar a su lado.
Pegado a unos árboles, completamente desnudo, había un hombre. Se llevaba la mano al sexo mientras apuntaba hacia el tronco más cercano. No hacía falta pensar mucho para entender qué hacía. Y el camino pasaba justo por allí; no queríamos perder la poca luz que nos quedaba. Cuál no sería mi sorpresa al acercarnos: era el mismo desconocido que un rato antes, en la arena, me había hecho un gesto de aprobación con el pulgar. Lejos de esconderse, siguió concentrado en su tarea mientras nos aproximábamos.
—Oye, Adrián —murmuró ella—, ¿está haciendo lo que creo?
—Sí, Lucía, está haciendo lo que crees. Venga, vamos a dejarle en paz.
—Qué vulgar. Al menos que se busque un sitio más escondido.
—Hay gente a la que le gusta donde pueden pillarla. Pero este se ha pasado, está al borde del camino.
Pasamos a unos cinco metros de él. Nos vio, pero no se inmutó. Cuando estuvimos cerca, me miró, me reconoció y volvió a hacerme el gesto del pulgar, y luego se giró de espaldas para taparse un poco. Lucía lo vio todo, me agarró fuerte del brazo y me dijo que aquel hombre le daba mala espina.
—Es normal, mujer —le dije—. Lleva todo el día viendo gente desnuda. Es lógico que esté cachondo.
—No me imaginaba que sería tan descarado.
—Pasa rápido y no le interrumpas. Es un poco incómodo.
—Es incomodísimo. ¿Qué hago? ¿Paso sin más? ¿Lo saludo? ¿Miro?
—No hagas nada. Pasa como si no lo hubieras visto.
Avancé unos metros. Pinché a Lucía para que apretara el paso y, sin darme cuenta, la adelanté. A los pocos instantes la había perdido de vista. Miré hacia atrás. Seguía en el claro, parada a unos metros del hombre que se masturbaba.
***
Lo que pasó después me dejó frío. O caliente, ya no sabría deciros. El tipo continuaba con el sexo en la mano, de espaldas. Lucía no le quitaba ojo desde cinco metros. Dio un paso, crujió una rama, él miró hacia atrás e hizo ademán de esconderse tras la maleza. Mi novia le hizo un gesto con la mano, como apaciguando a un animal asustadizo, y se quedó mirándole fijamente. Yo lo observaba todo desde más arriba, sin moverme.
El hombre señaló hacia abajo, y Lucía repitió el gesto. Lo entendí al instante, y luego alucié en colores. Mi novia se acercó a una piedra, se sentó y se quitó la parte de abajo del bikini. El tipo no apartaba la vista mientras volvía a girarse hacia ella. Lucía se aproximó con la prenda en la mano y se la ofreció. Él, al principio receloso, alargó el brazo y la cogió. Estoy seguro de que, mientras ella se desnudaba, aquel desconocido pudo ver perfectamente el sexo de mi novia.
No me puedo creer lo que estoy viendo.
Así estaba Lucía: sin nada debajo, con la blusa larga cubriéndole el cuerpo, mientras el extraño se llevaba la prenda a la cara y la olía con detenimiento. Él dio un paso hacia ella; Lucía retrocedió y negó con la cabeza. La imagen se me quedó grabada: aquel hombre, con la prenda húmeda de mi novia en la mano, desnudo, mirándola sin pestañear. Se tocó el pecho con la mano, y ella, despacio, se desabrochó los botones de la blusa. Y ahí se quedó, observándole, a apenas cinco metros.
El tipo volvió a empuñarse el sexo. Con la prenda apretada en el puño, se masturbó a un ritmo lento. Lucía no perdía detalle; yo permanecía paralizado. Tras unos segundos, él terminó, y varios chorros cubrieron la tela. Después le ofreció la prenda de vuelta; ella retrocedió de nuevo. El hombre la dejó sobre una piedra. Lucía se acercó, la miró, vio cómo había quedado y la recogió con dos dedos para dejarla allí mismo. Le hizo un último gesto y se abrochó la blusa. El desconocido murmuró algo en otro idioma —un «thanks» o un «danke», no lo distinguí—, cogió la prenda otra vez, la olió y desapareció entre los arbustos.
***
—Lucía, ¿qué acabas de hacer?
—No lo sé. No podía evitarlo.
—Mujer, poco más y le haces tú una paja.
—Te repito que no lo sé.
—Te has desnudado delante de él. Le has visto correrse pensando en ti.
—¡No sé qué me ha pasado! Me ha calentado verle así.
—Pero si no le conoces de nada. ¿Y ahora cómo subimos? Te has quedado sin nada debajo.
—La blusa me llega casi a las rodillas. No me verán nada.
—Ya te han visto de sobra.
—No me lo recuerdes. Bastante vergüenza me da volver así.
Y así volvimos. Mi novia bajándose la blusa cada vez que alguien nos cruzaba o nos adelantaba, yo con un calentón tremendo. Estoy seguro de que quien subía detrás pudo ver más de la cuenta, porque el sendero se empinaba en algunos tramos. En dos ocasiones tuve que estirarle la tela hacia abajo cuando su trasero quedaba al aire. Llegamos al coche al fin.
—Más te vale no mancharme la tapicería —le advertí, medio en broma.
—¿Por quién me tomas?
—Le has enseñado el sexo a un desconocido hace diez minutos. Y lo has hecho porque querías. A ver cómo volvemos al hotel si estás así.
—No estoy mojada.
—Lo que tú digas. Y recemos por que no nos pare ningún control en la carretera.
—No soy ninguna guarra.
—No digo que lo seas. De hecho, me ha gustado verte tan desinhibida.
—Por Dios, qué vergüenza…
—No le des vueltas. Pero que sepas que me ha encantado.
—¿Sí, cariño?
—Sí. Me gusta que pongas cachondos a los demás.
Y así descubrí que a mi novia le gustaba poner cachondos a los desconocidos. Aquella fue solo la primera vez; ya vendrían otras. El día, por cierto, todavía no había terminado. Pero eso, como descubrí más tarde, es otra historia.