Me exhibió en público y todos clavaron la mirada
Era mi penúltimo día en la isla y un imprevisto lo cambió todo. Mi dueño tuvo que volverse a la península por trabajo, así que antes de marcharse me dejó al cuidado de Marco, un hombre de su confianza que regenta una discoteca y conoce a medio mundo. Durante esos días me había estado alquilando a clientes exigentes, y yo había obedecido cada capricho con una mezcla de vértigo y deseo que no terminaba de entender.
Soy Mariela. Además de trabajar como acompañante, soy la esclava de un hombre que disfruta cediéndome como si fuera un objeto que pasa de mano en mano.
Esa noche tenía un contrato importante: una exhibición privada delante de invitados, algo para lo que me habían entrenado por la mañana en la habitación del hotel. Íbamos camino del coche cuando a Marco le sonó el teléfono. Mientras él atendía, malhumorado, su acompañante aprovechó para meterme la mano por debajo de la falda corta, sin importarle si alguien nos miraba desde la acera. Sus dedos encontraron mi coño sin bragas, ya empapado, y se hundieron en mí de golpe, dos hasta el fondo, moviéndose con la brutalidad del que sabe que el dueño no está mirando. Ahogué un gemido mordiéndome el labio mientras me follaba con la mano en plena acera, y él sonreía notando cómo se me apretaba el coño alrededor de sus dedos. La brisa de la noche me rozaba la piel desnuda y yo notaba cómo se me erizaba todo.
Marco colgó con cara de pocos amigos.
—Han anulado la fiesta. Un imprevisto del cliente. Esto me cuesta una fortuna y no tengo tiempo de buscar otra cosa.
Se quedó callado, pensativo, mientras los dos lo mirábamos esperando su decisión. Cuando volvió a hablar, lo hizo señalándome con la barbilla.
—Bruno, ya que te gusta tanto, te la cedo hasta mañana a las ocho. La quiero de vuelta en la habitación a esa hora, ni un minuto más tarde. Y cuídala bien, que vale mucho dinero.
Bruno no se creía la suerte que le había caído del cielo. Era un tipo enorme, de manos grandes, con una sonrisa que prometía una noche larga.
—Será un placer, jefe —dijo—. Mañana a las ocho la tendrá lista. Bien follada y con la boca llena de mi corrida.
Marco se alejó hacia su coche todavía rumiando el contratiempo. A mí se me humedeció la entrepierna solo de pensar que volvían a entregarme como una mercancía, sin preguntarme nada, sin que mi opinión contara. Esa sensación de no decidir, de ser un cuerpo que otros se reparten, me encendía más que ninguna otra cosa.
—No pienso perder ni un segundo —me dijo Bruno mientras subíamos otra vez al hotel—. Toda la noche eres mía y te voy a usar entera. Voy a follarte por todos los agujeros hasta que no puedas ni caminar.
—Estoy deseando —contesté, y era verdad.
***
En cuanto cerró la puerta de la habitación me hizo desnudarme. Me pidió el collar y la cadena que guardaba en mi bolsa, me los ciñó al cuello y enganchó la argolla con un chasquido metálico que resonó en el silencio.
—A partir de ahora me obedeces a mí —dijo, apoyándome una mano en la cabeza—. Repítelo.
—Te obedezco a ti —murmuré, de rodillas.
Tiró de la cadena con suavidad, lo justo para recordarme quién mandaba. Se abrió el pantalón y sacó una polla gorda, gruesa, más grande de lo que había imaginado, ya dura y goteando en la punta. Me la acercó a la cara y me la restregó por los labios, por las mejillas, por la nariz, marcándome con su olor a hombre sudado.
—Abre la boca, putita. Y no la cierres hasta que yo te diga.
Abrí y me la metió hasta el fondo de una sola embestida. Se me clavó en la garganta, me dieron arcadas, se me saltaron las lágrimas, pero él me sujetó la nuca con las dos manos y empezó a follarme la boca sin ninguna piedad. La polla entraba y salía a un ritmo brutal, chocando contra el paladar, contra la campanilla, hasta el fondo cada vez. Las babas me chorreaban por la barbilla y me caían sobre los pechos. Cuando ya estaba a punto de asfixiarme, la sacaba un segundo para dejarme respirar y volvía a hundírmela hasta las pelotas.
—Así, tragátela entera, que para eso te han entrenado.
Después me tumbó boca arriba en el borde de la cama, con la cabeza colgando hacia atrás, y me folló la garganta desde arriba con la boca abierta de par en par. Le veía las pelotas balancearse sobre mis ojos con cada embestida. Sentía la polla marcarse por fuera del cuello. Cuando le apeteció, se retiró, me abrió las piernas y me lamió el coño de arriba abajo con una lengua ancha que se demoraba en el clítoris hasta hacerme temblar. Me metió dos dedos y los curvó buscando el punto exacto que me hacía arquear la espalda, mientras seguía chupándome como si quisiera devorarme entera. Me corrí en su cara mordiendo la sábana para no gritar, con las piernas cerrándose sobre su cabeza y las caderas empujándole contra la boca.
Antes de que pudiera recuperarme, me levantó, me puso a cuatro patas sobre el colchón y me embistió por detrás. La polla me abrió el coño de un solo empellón y me arrancó un grito ronco. Empezó a follarme con una fuerza que hacía crujir la cama contra la pared, sujetándome de las caderas y estampándome contra él una y otra vez. Se oía el chapoteo de mi coño empapado, sus pelotas pegándome en el clítoris, mis gemidos ahogados contra la almohada.
—Qué coño más apretado tienes, joder. Vas a ordeñarme la polla, putita.
Me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me tiró de la cadena del collar como si fuera una perra. Cambió de postura sin sacarla, me puso de lado, me levantó una pierna, me follaba desde todos los ángulos. Cuando ya no aguantaba más, me obligó a girarme y a arrodillarme en el suelo, se sacó la polla del coño y se la meneó dos veces sobre mi cara. Un chorro de semen espeso me cayó por la frente, otro sobre los labios, otro sobre las tetas y el piercing del pezón. Me obligó a lamer la punta hasta la última gota y a tragarme lo que había caído en mi boca sin escupir nada.
Lo que vino después fue intenso y largo, una entrega de la que salí temblando y con las rodillas marcadas por la alfombra. Cuando terminó, me dejó tumbada en la cama mientras él recuperaba el aliento, jugando distraídamente con la pequeña joya que llevo colgada del piercing, tirando de ella con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás.
Entonces volvió a coger el teléfono.
—Hugo, tengo aquí una chica de primera —dijo sin dejar de mirarme—. Sumisa, muy bien entrenada, chupa la polla como pocas y tiene un coño de escándalo. Estaba pensando que podría pasarse esta noche por tu local. Atrae clientela, ya sabes. Te mando unas fotos.
Me hizo varias fotos en la cama, de frente y de espaldas, con las piernas abiertas y el coño enrojecido todavía chorreando su semen, mientras le describía al otro mis virtudes con todo lujo de detalle. Apenas tardó un minuto en contestar. Quedaron en que íbamos para allá.
—No hay nada como ser tan guapa y tan descarada para encontrar trabajo al instante —me dijo, satisfecho—. Ya te están esperando.
Otra vez me pasaban de mano en mano como un paquete. Por un lado me excitaba; por otro, no me hacía gracia la idea de un local de carretera. Yo siempre había trabajado por libre, eligiendo. Intenté disuadirlo, más por orgullo que por convicción.
—¿Por qué quieres mandarme a un sitio así, pudiendo quedarte conmigo toda la noche?
—Por eso mismo —se rió—. Tú sola me dejarías seco. Además te hago un favor: vas a estar entretenida y yo me saco unos euros. Mañana ya tendremos tiempo de lo nuestro. Anda, arréglate, que cada minuto que pierdes me cuesta dinero. Te doy diez.
***
Me eligió él mismo la ropa: una minifalda vaquera cortísima con un cinturón ancho y un top fucsia que apenas me tapaba. Cuando me lo puse, comprobé con un escalofrío que la prenda me quedaba corta y dejaba a la vista la parte inferior del pecho. Era inútil tirar de la tela hacia abajo; volvía sola a su sitio, marcando más todavía lo que pretendía esconder.
—Así voy provocando a cualquiera —protesté—. Voy a llamar la atención de medio mundo.
—De eso se trata —zanjó—. Vas a un sitio donde la gente va a mirar. Y así te tengo más accesible. Puedes ponerte esto o no ponerte nada. Tú misma.
El muy cabrón ya me había tomado la medida. Con ese conjunto, al menor descuido se me veía todo. Me calzó unos zapatos de plataforma con un tacón altísimo para que las caderas se me contonearan a cada paso, y un collar que me dejó puesto a la vista. Antes de salir, me acarició la piel del escote hasta que los pezones se me marcaron contra la tela, me pellizcó el que tenía el piercing y me lo retorció hasta hacerme gemir. Vaya si lo consiguió.
Al cruzar la recepción del hotel con aquella pinta, sentí clavarse en mí todas las miradas. Los recepcionistas, ya acostumbrados, disimulaban peor que de costumbre. En la calle, la brisa de la madrugada me recorría las piernas desnudas y yo caminaba sabiendo que cualquiera que pasara giraba la cabeza. Esa certeza de ser observada, de no poder esconderme, me apretaba un nudo caliente en el estómago.
—Bruno, tengo hambre —dije—. Llevo días a dieta por orden del jefe. Llévame a comer algo, aunque sea rápido.
—Vale, putita. Como te has portado bien. Además te espera una noche larga.
***
Subimos a mi coche de alquiler y él se puso al volante. Aprovechaba cada bache para no frenar, divertido al ver cómo se me escapaba el pecho por debajo del top. Pronto llegamos a un local de comida rápida lleno de gente. Como siempre, entré recibiendo miradas que me seguían desde la puerta hasta la cola del mostrador.
Detrás de mí se colocaron dos chicos jóvenes. No tardé en notar que me estaban grabando con el móvil por debajo de la falda. Hablaban en voz baja, pero llegaban a mis oídos frases sueltas, comentarios sobre lo que la cámara descubría —el coño depilado, los labios hinchados todavía por el polvo reciente, el semen seco pegado al pubis—. Y entonces, como si aquello les diera permiso, sentí dos manos posándose en mi trasero por debajo de la tela.
Al ver que no me apartaba, se envalentonaron. Uno me abrió las nalgas con los pulgares y le pasó al otro un dedo por el coño, hundiéndoselo hasta el nudillo. Yo no quería montar un escándalo en medio del restaurante, así que me limité a mover las caderas de un lado a otro, un gesto que tanto podía leerse como rechazo como invitación, pero que en realidad no hacía más que empalar mejor sus dedos en mi coño. La verdad es que me estaba alterando, y se me escapó un suspiro cuando el dedo empezó a entrar y salir a un ritmo lento y sucio. Bruno me miró de reojo, sin inmutarse, como quien observa un espectáculo que él mismo ha montado.
Eso fue lo que me terminó de encender: que abusaran de mí en público, con mi acompañante al lado mirando sin mover un dedo, mientras dos desconocidos me follaban con la mano en la cola de un restaurante. El de la derecha subió la mano hasta mi pecho, lo abarcó entero por debajo del top y descubrió el piercing que llevo en el pezón. Empezó a tirar del aro con el pulgar y el índice, retorciéndolo, mientras el otro seguía metiéndome y sacándome el dedo del coño empapado.
—Joder —le susurró a su colega—. Si lleva hasta un aro aquí. Y tiene el coño chorreando, tócalo. ¿Qué clase de chica es esta?
—Una sumisa, seguro. Mira el collar. El grandullón que la acompaña debe de ser su dueño. Habría que pedírsela prestada para follárnosla entre los dos.
Con el manoseo se me había subido la tela y ahora enseñaba medio pecho. Lo lógico habría sido recolocarme la ropa, pero pudo más el morbo y lo dejé tal cual. En una mesa cercana, dos chicas se habían dado cuenta de todo y me miraban con la cara torcida, indignadas de que me dejara tocar sin protestar. Esas miradas de desaprobación, lejos de avergonzarme, me ponían más. Saber que toda la sala me observaba —unos con deseo, otras con desprecio— me convertía en el centro absoluto de la noche, y eso era exactamente lo que mi cuerpo pedía.
Cuando nos tocó el turno avancé, librándome de ellos para su disgusto y, todo hay que decirlo, también para el mío. El dedo salió de mi coño con un ruido húmedo que sólo oí yo. Al volver con la bandeja y los brazos estirados, cualquiera que estuviera sentado podía ver cómo se me asomaba el pecho por debajo de la camiseta, y yo no podía hacer nada por taparme. Ofrecía un espectáculo por donde pasaba, sintiendo las miradas pegarse a mí como manos invisibles.
Nos sentamos, y al rato los dos chicos aparecieron en la mesa de al lado para no perderme de vista. Bruno se dio cuenta enseguida.
—Esos dos quieren seguir con la fiesta.
—¿Qué fiesta? —pregunté, haciéndome la tonta.
—¿Te crees que no he visto cómo te metían el dedo hasta el fondo y tú se lo permitías? —dijo bajando la voz—. Ahora vas a darles algo que mirar mientras comes. Quiero ver hasta dónde llegas. Abre las piernas por debajo de la mesa y no las cierres.
No tuve que esforzarme mucho. Separé las rodillas y la falda se me subió hasta la cintura, dejándoles ver el coño desnudo desde su ángulo. Al apoyar los codos en la mesa e inclinarme hacia delante, la camiseta volvía a subírseme y dejaba los pezones al descubierto. Los dos espectadores empezaron a grabar de nuevo, y poco después noté que mantenían una mano por debajo de la mesa, sin disimular ya lo que hacían: se estaban meneando la polla mirándome. Uno se sacó la verga entera y me la enseñó de reojo, gorda y roja, y empezó a pajearse sin quitarme los ojos de encima. Me lamí un dedo despacio y me pellizqué el pezón del piercing por encima del top, mirándole a la cara. Se corrió a los pocos segundos, apretando los dientes, echándose todo en la mano por debajo de la mesa. Su amigo tardó apenas un poco más. Me miraban con una cara de deseo que me encendía todavía más, mientras Bruno me animaba en voz baja a seguir dándoles función.
Terminé de comer caliente y satisfecha a partes iguales, con el coño empapado escurriéndoseme sobre el asiento de plástico. Al levantarnos pasamos junto a ellos y les dediqué una sonrisa que los dejó embobados.
***
Volvimos al coche hasta llegar a un edificio cuyas luces de neón delataban lo que era. Un escalofrío me recorrió entera, mezcla de miedo y excitación. Nunca había trabajado en un sitio así, y aunque no era lo que mi categoría merecía, haría lo posible por complacer a Bruno. Me sentía extrañamente cómoda dejándome llevar por él.
Al bajar del coche, me tendió la mano.
—Dame la cadena.
—¿Quieres que entre como una perra? —pregunté.
—Quiero que todos vean que eres de mi propiedad. No cada día puede uno presumir de una chica como tú.
Me ponía a mil que me presentara de aquel modo, marcándome como suya delante de desconocidos pero, a la vez, valorándome por encima de las demás. Dejé que enganchara la cadena al collar y entramos. El local era una sala alargada con una barra a lo largo de la cual esperaban varias chicas, algunas solas, otras camelando a sus clientes. La luz era tenue, pero en cuanto crucé el umbral, todas las cabezas se giraron hacia mí, hacia la mujer que entraba sujeta por una cadena que tiraba un hombre enorme.
Bruno me condujo hasta un grupo de cuatro hombres reunidos al fondo. En cuanto llegamos, dejaron de hablar y centraron toda su atención en nosotros. Sentí cada par de ojos recorriéndome de arriba abajo, calculando, deseando, imaginándome ya con sus pollas dentro.
¿Qué iba a pasar esa noche?